miércoles, 20 de febrero de 2013

La primera empleada laica del Vaticano


Los murmullos cesaron en el ruidoso andén de la vieja estación romana del ferrocarril. En aquel otoño de 1934, aunque la tarde era tibia, empezaban ya a sentirse los vientos invernales que soplaban desde las montañas.

Ensordecidos por el estruendo de la caldera de la locomotora que había partido de Frankfurt varias horas antes y ahora exhalaba un chorro de vapor para liberar su carga, la angustia de decenas de espectadores que aguardaban en el andén había llegado a su fin. Salir de Alemania era toda una aventura y la llegada a Roma de la locomotora sin duda había alegrado los rostros de los espectadores.

Hermine Speier bajó la escalera metálica luciendo su nueva mascada blanca, de seda, que había comprado con sus últimos ahorros especialmente para la ocasión. Sus ojos se posaron en la figura familiar que la esperaba con los brazos abiertos, su maestro en la Universidad de Heidelberg la persona que la había atraído como un imán a al estudio de la arqueología y que ahora la miraba descender del tren, complacido y sonriente.

—“Así es como la recuerdo, jovial y alegre. Bienvenida a Roma.”
—“Gracias profesor” —respondió, atándose la mascada al dedo medio mientras arrastraba su pequeña maleta, gastada en los bordes— “Es lo único que pude traer. Créalo o no, estoy siguiendo sus pasos. No es agradable que a una le digan que ya no puede seguir trabajando en la Universidad y en el país, especialmente por ser judía.”

Pero Ludwig Curtius tenía una sorpresa para ella.

—“Spinny” —le dijo, recordando el apodo con el que la llamaban sus amigos cercanos— “he hablado con el Director general de los Museos Vaticanos, mi amigo Bartolomeo Nogara para que usted empiece a organizar la colección fotográfica. Será la primera mujer en trabajar como profesional en el Vaticano. El mismo Papa le dará la bienvenida. ¿Se imagina? la primera mujer…”

—“La primera mujer… y además, judía.”

Hermine Speier fue recibida y confirmada en su puesto por Pío XI este pregunto: “¿De qué religión es Hermine Speier?” Y cuando le dijeron que judía, afirmó: “una razón más para contratarla”. Así empezó a trabajar de inmediato en los enormes salones del Museo. Fue la primera mujer laica en trabajar en el Vaticano, aparte de las monjas y del personal eventual de servicio. Allí, el eco de sus tacones hizo revolotear a las palomas y creó el marco propicio para que la Ilustración teutona penetrara por las rendijas de los pasillos vaticanos.

Pocos años después de su llegada a Roma, en 1943, mientras la bota nazi se teñía de la sangre que manaba a su paso por la campiña romana, Hermine Speier hubo de dejar la apacible tranquilidad de su morada vaticana para escapar hacia las Catacumbas de Santa Priscila en la vía Salaria. La ferocidad alemana arremetía contra la comunidad judía de Roma y Hermine Speier tuvo que refugiarse en la casa de las religiosas de Santa Priscila. Este acuerdo se produjo a través del sobrino del Maestro Pontificio de Ceremonias.

El escondite era muy seguro: en el caso de que la casa fuese tomada, Speier y los otros “evadidos” podrían escapar a través de un túnel secreto cercano a las catacumbas, como hacían los cristianos perseguidos muchos siglos antes. Después de la guerra, Speier se convertiría al catolicismo, y su familia cortó lazos con ella.

Su historia se puede leer de distintas maneras y a través de perspectivas diferentes: como una página de la historia de los intelectuales judíos emigrados de Alemania, como un paso importante en la afirmación de la presencia femenina en el Vaticano, o como un importante momento en el trabajo llevado a cabo por la Santa Sede en los años '30 y en los '40 para ayudar a una minoría perseguida”.

Pero es la historia de una arqueóloga, que desde una mirada más cercana, aparece como una parábola rica de significado. Una judía alemana, estudiante de los Clásicos, que encuentra refugio en el Vaticano durante las noches más negras de la barbarie del siglo XX, y que descubre que a la sombra de Pedro, un sitio en el que refugiarse y dar testimonio del sentido del humanismo que es la herencia más grande del 'más auténtico espíritu alemán'. Este encuentro entre el humanismo alemán, el judaísmo y el cristianismo es único para reflexionar y meditar.

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