lunes, 11 de febrero de 2013

La renuncia de Benedicto XVI es la quinta en la historia del Vaticano


La renuncia de un papa es un decisión aceptada y regulada por el Código de Derecho Canónico, que en el canon 332.2 establece que «si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie». No es necesario que se haga por escrito, pero sí que se haga de forma oficial.

En este caso, el papa Benedicto XVI formalizó su decisión personalmente a través de una carta. Una vez formalizada la renuncia, se abre un periodo conocido como «sede vacante». La Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, de 22 de febrero 1996 -que hasta ahora solamente ha sido aplicada en una ocasión, durante la elección de Ratzinger tras la muerte de Juan Pablo II- rige actualmente el procedimiento a seguir en este caso de final de un Pontificado, ya sea por fallecimiento como por renuncia.

Desde el momento que se produce la vacante, se aplica, según declara el canon 335, el principio de nihil innovetur, o que no se innove nada. El gobierno de la Iglesia se confía a los cardenales, que se reúnen en las llamadas Congregaciones Generales, para despachar únicamente los asuntos ordinarios o inaplazables.

A la hora de elegir un nuevo papa, solo podrán votar los cardenales menores de 80 años hasta alcanzar un máximo de 120 electores. Cada cardenal validado para votar deberá escribir en su propia papeleta, que doblará dos veces antes de entregarla al decano, el nombre de su elegido después de la fórmula Eligo Sumum Pontífice. Aunque no es un requisito indispensable, normalmente el nuevo papa suele ser alguno de los integrantes del Colegio Cardenalicio.

Una vez que arranca en Cónclave, que se celebra en la Capilla Sixtina, los cardenales pronunciarán el correspondiente juramento y no podrán comunicarse con el exterior. La primera votación que se produce se denomina «de sondeo». A ella le siguen cuatro votaciones diarias, dos por la mañana y dos por la tarde, cuyo resultado se manifiesta al final de cada turno con la clásica fumata -humo que sale por la chimenea-, que será negra, en caso de no haber llegado a ninguna conclusión, o fumata blanca, cuando se decide quién será el nuevo papa.

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