martes, 9 de julio de 2013

¿Cuántos viajes hizo Jesús al extranjero? - Segunda Parte

El tercer viaje al extranjero Jesús lo hizo por tierra, y su primera parada fue la ciudad de Tiro (Mc 7,24), a 60 kilómetros de Cafarnaúm. Al llegar allí, “no quería que nadie lo supiese”. Pero de improviso se le presentó una mujer fenicia con su hijita enferma, y le suplicó que la curara. Jesús se negó, explicándole que él había venido a ayudar a los judíos, no a los paganos. Pero la mujer le replicó que el pan de Dios es abundante, y que alcanza para todos, incluidos los paganos. Al escuchar estas palabras, Jesús aceptó curar a la niña.

Con este milagro, Marcos nuevamente quiso mostrar a sus lectores la igualdad de judíos y paganos. En efecto, el segundo milagro de Jesús en tierra judía había sido la curación de una mujer (Mc 1,29-31); también ahora, el segundo milagro a los paganos es en beneficio de una mujer. Pero hay más. La forma como Marcos presenta el encuentro de Jesús y la fenicia es una joya de la catequesis, ya que describe la actitud de la Iglesia primitiva ante la evangelización de los paganos. En efecto:

a) que Jesús y sus discípulos fueran a Tiro de manera velada, sin que nadie lo supiera, refleja la cautela con la que la Iglesia primitiva empezó moviéndose en medio de los paganos, como no queriendo despertar expectativas entre ellos;

b) la súplica del milagro que hace la mujer fenicia, muestra la necesidad que tenían los paganos de recibir el Evangelio;

c) la negativa de Jesús, expresa las objeciones que los primeros cristianos ponían para no predicar a los paganos: él había venido únicamente para los judíos;

d) la réplica de la mujer a Jesús, es el argumento en el que se basaba la misión a los paganos: el Evangelio alcanza para todos;

e) la curación de la niña por Jesús, enseña que el mismo Jesús habría querido que su mensaje de salvación llegara a los paganos;

f) finalmente, la manera casi impensada en que la mujer se encuentra con Jesús, describe cómo la evangelización a los paganos, emprendida por la Iglesia, no fue fruto de un programa previamente calculado, sino que los acontecimientos se desencadenaron de forma inesperada, y terminaron rompiendo las barreras que separaban a judíos de paganos.

De Tiro, Jesús se dirige a la Decápolis, segunda etapa de su viaje. Le presentaron entonces a un sordomudo. Este hombre simbolizaba de manera perfecta la situación en la que se hallaban los paganos en aquel tiempo: sin poder escuchar a Dios, ni hablar con él, porque no se les predicaba el Evangelio. Jesús tocó el oído del enfermo con sus dedos, le puso saliva en la lengua, y lo curó. Los acompañantes, al ver semejante prodigio, salieron a predicar por todas partes la buena noticia de lo que Jesús había hecho (Mc 7,31-37).

Con esta nueva acción, Jesús va abriendo progresivamente el terreno de la evangelización en territorio extranjero. El ex endemoniado de Gerasa, curado en el primer viaje, había quedado en tierras paganas pregonando lo que Jesús había hecho con él. Ahora ya no es sólo el enfermo curado, sino todos los compañeros y amigos del sordomudo, los que se vuelven predicadores. Han comprendido quién es Jesús, y saben anunciarlo como aquél que abre los oídos para escuchar a Dios, y ofrece palabras para poder responderle.

El último milagro de este tercer viaje es la multiplicación de los panes. Después de curar al sordomudo, Jesús se vio rodeado por una muchedumbre con hambre. Sus discípulos sólo pudieron reunir 7 panes. Jesús entonces hizo sentar a la gente en la hierba, dio gracias a Dios, y entregó los panes para que fueran repartidos, junto con unos peces. Así, unas 4.000 personas pudieron comer aquella tarde, y hasta sobraron 7 canastas con pan (Mc 8,1-10). ¿Qué sentido tiene este milagro? Marcos ya había contado una primera multiplicación de panes, pero en territorio judío (Mc 6,30-44). Y como este milagro representaba la eucaristía, la Iglesia primitiva corría el peligro de pensar que sólo los judíos estaban invitados a ella. Por eso ahora el evangelista relata una segunda multiplicación de panes, esta vez en territorio pagano, para señalar que también los paganos estaban invitados a participar de la comunión con Jesús.

Este tercer viaje al extranjero resulta, pues, de enorme importancia teológica para san Marcos. Porque mientras los paganos eran despreciados en el mundo judío, y mirados con recelo en las comunidades cristianas, el evangelista Marcos enseña a sus lectores que los paganos se merecen no sólo la salud (como la niñita fenicia), y la palabra divina (como el sordomudo curado), sino también el pan de la eucaristía, signo y anuncio de la “comida de salvación”, a la que también ellos estaban invitados, para encontrarse con Jesús.

Después de la multiplicación de los panes termina el tercer viaje, y Jesús regresa con sus discípulos a la región de Dalmanutá” (Mc 8,10). Casi inmediatamente, Marcos refiere el cuarto viaje. Dice que Jesús y sus discípulos partieron de Dalmanutá y se fueron “a la orilla opuesta” (Mc 8,13). De nuevo se encuentran los discípulos en la barca con Jesús. Pero ahora no hay tormentas ni viento en contra. Esta vez el peligro se halla dentro de la misma barca: los discípulos van preocupados. Es como si cada vez que viajaran hacia territorio pagano, les invadiera el miedo. Entonces Jesús aprovecha para darles una enseñanza: “Tengan cuidado con la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes” (Mc 8,15).

Los discípulos no entienden estas palabras, pero los lectores sí entendemos: la levadura de los fariseos es la mentalidad cerrada, opresiva, apegada a la Ley judía, propia de los grupos más conservadores de la Iglesia de aquel tiempo; y la levadura de Herodes es la mentalidad autoritaria, opresora, dominante, propia de algunos dirigentes de aquella época. Si esa mentalidad se mete en la barca de la Iglesia, dice Jesús, se puede estropear el pan de las dos multiplicaciones que él había realizado (Mc 8,19-21), es decir, el esfuerzo de unir a los dos pueblos (judíos y paganos) en uno solo.

Cuando desembarcaron en Betsaida, le presentaron a Jesús un ciego para que lo curara. Jesús lo llevó fuera de la aldea, le puso saliva en los ojos, impuso sus manos y le preguntó: “¿Ves algo?” El ciego respondió: “Sí, veo a los hombres como árboles que caminan”. Jesús volvió a poner sus manos sobre los ojos, y esta vez el ciego quedó completamente curado (Mc 8,22-26).

Este milagro resulta muy extraño. Es como una curación en varias etapas, donde Jesús, con paciencia y cuidado, tuvo que imponer las manos, preguntar, escuchar, volver a intentar, hasta que al final el ciego pudo ver bien. Pero no es que a Jesús sus poderes le hubieran funcionado mal. Marcos, con la genialidad que lo caracteriza, quiso mostrar el cuidado que la Iglesia primitiva debió tener para recibir a los paganos en su seno. Ellos no siempre estaban en condiciones de aceptar la fe inmediatamente; por eso había que enseñarles con paciencia, escucharlos, preguntarles, hasta que pudieran abrir los ojos, descubrir a Cristo, y mirar la vida de otra manera. Así, curando al ciego de Betsaida, Jesús volteó el último prejuicio de separación que quedaba con los extranjeros.

La segunda etapa de este cuarto viaje fue la ciudad de Cesaréa de Filipo, 25 kilómetros más al norte. La localidad era famosa por el culto al dios griego Pan, protector de los pastores. Toda la ciudad estaba llena de recuerdos de esta divinidad. Además, en la falda de un cerro cercano el rey Herodes había hecho construir en el año 19 a.C. un templo al emperador Augusto, de 20 metros de largo y altas murallas. Y al oriente del templo se erguía otro santuario, dedicado a las ninfas, divinidades de los ríos y los bosques, porque cerca de allí nacía el río Jordán. Una ciudad, pues, cargada de resonancias paganas.

Justamente en este lugar, dice Marcos, Jesús pregunto a sus discípulos mientras caminaban por la calle: “¿Qué opinan ustedes de mí?” Y Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”. Resulta sorprendente que aquí, en medio de tantos santuarios paganos y recuerdos idólatras, Jesús arrancara a Pedro su más grande confesión de fe. Un magnífico detalle de Marcos, que pretende recalcar cómo incluso en medio de un ambiente pagano, rodeado de cultos extraños, es posible conservar la fe y creer en Jesús. Los paganos, aunque vivían en una tierra impura, no por eso tenían una fe contaminada. Se puede confesar a Jesús aun en tierra extranjera. Fue el último gesto de Marcos hacia los paganos, a quienes les dedicó con amor e inteligencia, su precioso Evangelio. Durante su vida, Jesús nunca predicó a los paganos. Todo su tiempo lo invirtió en su patria, y en la prédica a los judíos. Pero después de su muerte el Evangelio empezó a anunciarse también a los paganos, que pronto sintieron simpatía por el cristianismo.

Los cristianos deberíamos imitar a Marcos, y tomar conciencia de que Dios también quiere llegar a cuantos hoy se sienten excluidos de la institución eclesial por diversas razones. Ojalá pronto abandonemos la cerrazón pastoral y busquemos nuevos caminos de acercamiento a los grupos considerados disidentes, heterodoxos, impuros o pecadores. Aunque suene inaudito y parezca sacudir nuestros cimientos eclesiales, la barca de Jesús es para eso. Para salir de nuestro encierro eclesial, y marchar con él en nuevos viajes al exterior.

Ariel Álvarez Valdés
Biblista

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