martes, 31 de mayo de 2022

LAS VIRTUDES TEOLOGALES

Las Virtudes teologales informan y vivifican todas las virtudes morales. 
Para comprender las virtudes teologales, primero lea lo que es Virtud.

Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).

Las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado por El mismo.

Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13). Informan y vivifican todas las virtudes morales.

Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que El nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.

Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.

Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el ‘vínculo de la perfección’ (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.

FE

"El acto de fe" es el asentimiento de la mente a lo que Dios ha revelado. Un acto de fe sobrenatural requiere gracia divina. Se da bajo la influencia de la voluntad la cual requiere la ayuda de la gracia. Si el acto de fe se hace en estado de gracia, es meritorio ante Dios. Actos explícitos de fe son necesarios, por ejemplo, cuando la virtud de la fe está siendo probada por la tentación o cuando nuestra fe es retada o cuando estamos ante actitudes mundanas contrarias a la fe. Estas situaciones debilitarían nuestra fe si no recurrimos a un acto de fe. Un ejemplo de acto de fe: "Dios mío, yo creo en Tí y todo lo que nos enseñas en Tu Iglesia, porque Tu los has dicho y tu palabra es veraz". El acto de fe no siempre se vocaliza. En muchas situaciones lo hacemos y está siempre latente en nuestro corazón.

La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que El nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque El es la verdad misma. Por la fe ‘el hombre se entrega entera y libremente a Dios’ (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. ‘El justo vivirá por la fe’ (Rm 1, 17). La fe viva ‘actúa por la caridad’ (Ga 5, 6).

El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf Cc. Trento: DS 1545). Pero, ‘la fe sin obras está muerta’ (St 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.

El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: ‘Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia’ (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: ‘Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos’ (Mt 10, 32-33).

Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que El nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.

Fe en relación a la moral

Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la ‘obediencia de la fe’ (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el ‘desconocimiento de Dios’ el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en El y dar testimonio de El.

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.

La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. ‘Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos’ (CIC can. 751).

ESPERANZA

La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. ‘Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa’ (Hb 10,23). Este es ‘el Espíritu Santo que El derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna’ (Tt 3, 6-7).

La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham en las promesas de Dios; esperanza colmada en Isaac y purificada por la prueba del sacrificio. ‘Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones’ (Rm 4, 18).

La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en ‘la esperanza que no falla’ (Rm 5, 5). La esperanza es ‘el ancla del alma’, segura y firme, ‘que penetra... a donde entró por nosotros como precursor Jesús’ (Hb 6, 19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: ‘Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación’ (1 Ts 5, 8). Nos procura el gozo en la prueba misma: ‘Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación’ (Rm 12, 12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, ‘perseverar hasta el fin’ (cf Mt 10, 22; cf Cc. Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que ‘todos los hombres se salven’ (1Tm 2, 4).

Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.

Esperanza en relación a la moral

Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender el amor de Dios y de provocar su castigo.

El primer mandamiento se refiere también a los pecados contra la esperanza, que son la desesperación y la presunción:

Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia -porque el Señor es fiel a sus promesas- y a su Misericordia.

Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito).

CARIDAD

La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por El mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos ‘hasta el fin’ (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: ‘Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor’ (Jn 15, 9). Y también: ‘Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado’ (Jn 15, 12).

“Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: ‘Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor’ (Jn 15, 9-10; cf Mt 22, 40; Rm 13, 8_10).

Cristo murió por amor a nosotros ‘cuando éramos todavía enemigos’ (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como El hasta a nuestros enemigos (cf Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9, 37) y a los pobres como a El mismo (cf Mt 25, 40.45).

El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: ‘La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Co 13, 4-7).

“‘Si no tengo caridad -dice también el apóstol- nada soy...’. Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma... ‘si no tengo caridad, nada me aprovecha’ (1 Co 13, 1-4). La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: ‘Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad’ (1 Co 13,13). 1827 El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es ‘el vínculo de la perfección’ (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.

“La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del ‘que nos amó primero’ (1 Jn 4,19):

O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda... y entonces estamos en la disposición de hijos (S. Basilio, reg. fus. prol. 3).

La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión:

La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep.Jo. 10, 4).

Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el ‘vínculo de la perfección’ (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.

La Caridad en relación a la moral

La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por El y a causa de El (cf Dt 6, 4-5). Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción proveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor.

La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas. Dios nos invita a la participación en la vida divina. Su amor quiere levantarnos a una vida digna de los hijos de Dios. Abramos el corazón a las virtudes de la fe, esperanza y caridad, y erradiquemos de nuestra vida todo lo que nos separa de Dios.

CON EL SUDOR DE TU FRENTE

“Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás”. Génesis 3,19. Ganar el pan de manera honrada es un tema para reflexionar y es que desde el Génesis se indica que el sustento para nuestra supervivencia se tendría que hacer “con el sudor de nuestra frente”.

Desde los inicios de nuestra existencia, el trabajo no gozó de buena reputación, tal vez por haber sido considerado como castigo divino. Depende mucho la óptica con la que se mire, ya que para algunas personas el trabajo es una forma de trascender y una oportunidad para servir. Se busca el trabajo de la misma manera en que se rechaza. He tenido la dicha de vivir en diferentes países y puedo decir que la cultura ayuda en gran medida a percibir la forma en que vemos el trabajo, pero siempre aparece un cierto rasgo de desagrado; se quiere y al mismo tiempo se le da la espalda, algo tendrá que ver el castigo divino con el que fue creado.

Por ahora lo que sabemos es que es la única forma de asegurar el alimento para vivir, debemos realizar alguna actividad durante unas buenas horas para ganarnos el salario. Indudablemente hay mentes brillantes, voluntades inquebrantables y vivales que logran no sólo tener lo necesario, son seres que se aprovechan de su posición. El trabajo forzado es distinto a las condiciones de trabajo de explotación o por debajo de la norma. Diversos indicadores pueden ser utilizados para determinar cuando una situación equivale a trabajo forzoso, como la limitación de la libertad de movimiento de los trabajadores, la retención de los salarios o de los documentos de identidad, la violencia física o sexual, las amenazas e intimidaciones, o deudas fraudulentas de las cuales los trabajadores no pueden escapar.

Además de ser una violación grave de los derechos humanos, exigir a realizar un trabajo forzado también constituye un delito penal. Trabajar es un privilegio para algunos, hay quienes son capaces de exponer sus vidas por buscar un empleo, para mejorar su calidad, por otro lado, hay quienes piensan que trabajar es lo peor que les ha pasado en esta vida. Repito, depende del enfoque con el que se mire. Desde muy pequeños se nos enseña a cumplir con nuestras responsabilidades para que al ser adultos tengamos la disciplina de realizar aquello que nos dará el sustento, en otras palabras; se nos enseña a aceptar que tendremos que asumir actividades para vivir. Así ha sido siempre, trabajar para vivir y en ocasiones vivir para trabajar.

Las nuevas generaciones van evolucionando este pensamiento, incluyendo juego en el trabajo, diversión en el trabajo, creatividad en el trabajo, con el objetivo de disminuir el estrés, cada día incorporan máquinas y tecnología para las labores repetitivas. Resumiendo, aunque la envoltura sea diferente, el contenido sigue siendo el mismo, hay que trabajar nos guste o no. “Quien no quiera trabajar, que no coma” 2 Ts 3,7-12.


EL DIA D

Ni Adolfo Hitler ni sus principales estrategas pudieron evitar el desembarco de los Aliados en las playas de Normandía, ocurrido el 6 de junio de 1944, en una grandiosa invasión que marcó el camino para poner fin a la dominación de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

En la "Operación Overlord", nombre en clave dado para llevar a cabo esta maniobra en el norte de Francia, participaron unos 1200 aviones, seguidos por 5000 embarcaciones de todo tipo, con la asistencia de 200.000 soldados, en su mayoría estadounidenses, británicos y canadienses. Por lo menos diez divisiones aliadas protagonizaron la hazaña, considerada el mayor despliegue militar aeronaval de la historia. La resistencia alemana fue de tal magnitud que se estima que unos 10.000 soldados aliados murieron en los primeros combates, pues se cree que un total de 70.000 alemanes los esperaban en las costas francesas.

La operación pretendía crear una suerte de pinzas sobre las tropas alemanas, ya que por el Este avanzaba el Ejército Rojo de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Así, más de 200.000 soldados cruzaron el Canal de la Mancha y desembarcaron esa mañana en varias playas de Normandía, marcando el principio del fin de la ocupación nazi de Europa occidental. La decisión de invadir Francia se tomó durante la llamada Conferencia de Teherán, realizada entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1943, entre el líder soviético, Joseph Stalin, el primer ministro británico, Winston Churchill, y el presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt.

Los altos mandos designaron al general estadounidense Dwight D. Eisenhower como comandante supremo del cuartel de los Aliados y, además, el general inglés Bernard Montgomery fue nombrado comandante del veintiún Grupo de Ejércitos, que reunía a todas las fuerzas terrestres que tomarían parte en la invasión. Los estadounidenses desembarcaron en las playas de Utah y Omaha; los británicos en Amandy y los canadienses en Juno.

En los meses que condujeron a la invasión los Aliados llevaron a cabo la "Operación Guardaespaldas", consistente en usar información electrónica para burlar a las fuerzas de ocupación nazi. Ante la gravedad de los hechos, Hitler puso al mariscal de campo Erwin Rommel a cargo de desarrollar las fortificaciones con el fin de prevenir una posible invasión. El primer día de la invasión, los Aliados fracasaron en su intento de establecer una cabecera de playa, pero ganaron tenacidad cuando capturaron el puerto de Cherburgo, el 26 de junio, y la ciudad de Caen el 21 de julio.

Los Aliados lanzaron una segunda invasión desde el mar Mediterráneo en el sur francés, el 15 de agosto, y luego avanzaron por territorio francés hasta liberar París, el 25 de agosto de 1944. Así, ante el paso arrollador de los Aliados, las fuerzas alemanas se retiraron al este del río Sena, el 30 de agosto de dicho año, lo que supuso el fin de la Operación Overlord. Ocho meses y medio después, la Alemania de Hitler se rendía finalmente cuando el6 de mayo de 1945 el general Hermann Niehoff entregó la guarnición alemana de Breslavia.

Churchill no estaba totalmente convencido de la victoria de los Aliados en Normandía, por lo tanto temía que lo despertaran de madrugada para comunicarle un desastre, según señala un informe publicado por el diario español ABC. Muchos pensaban que un eventual fracaso fortalecería a Hitler, cuya influencia estaba en declive entre los propios alemanes. Finalmente, el 5 de junio de 1944, la BBC de Londres retransmitió unos versos del poema "Canción de Otoño" del poeta francés Paúl Verlaine. "Los largos sollozos de los violines del otoño / hieren mi corazón con una monótona languidez". Esa era la señal que esperaba Churchill para saber que el desembarco ya estaba en marcha.

HISTORIA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

El Sagrado Corazón es una devoción que en la Iglesia católica se refiere al corazón físico de Jesús de Nazaret, como un símbolo de amor divino. Esta devoción al enfocarse en el corazón de Jesús, de forma metafórica se refiere a la vida emocional y moral de Jesús, especialmente a su amor por la humanidad. Es simbolizado por una corona de espinas y heridas, simboliza en gran parte el amor y el dolor de Cristo hacia las personas que él no pudo salvar.

Tiene su origen medieval, siendo los escritos de santa Matilde de Hackeborn, santa Gertrudis de Helfta y la beata Ángela de Foligno uno de los testimonios más antiguos. Sin embargo la fuente más importante de la devoción en la forma en que la conocemos ahora, fue Santa Margarita María Alacoque de la Orden de la Visitación de Santa María, a quien Jesús se le apareció. En estas apariciones Jesús le dijo que quienes oraran con devoción al Sagrado Corazón, recibirían algunas gracias divinas.

El confesor de Santa Margarita María Alacoque fue San Claudio de la Colombiere, quién creyendo en las revelaciones místicas que recibía, propagó la devoción. Los jesuitas aportaron lo suyo y propagaron la devoción por el mundo a través de los miembros de la compañía. A pesar de las controversias y de los opositores, entre ellos los jansenistas. A mediados del Siglo XX, el capuchino Italiano San Pío de Pietrelcina, y el Beato León Dehon promovieron y revivieron el concepto de la oración dirigida al Sagrado Corazón de Jesús.

Siguiendo una revisión teológica, el Papa León XIII en su encíclica Annum Sacrum (25 de mayo de 1899) dijo que la humanidad en su totalidad debería ser consagrada al Sagrado Corazón de Jesús, declarando su consagración el 11 de junio del mismo año. Pío XII desarrolla en su encíclica Hauretis Aquas el culto al Sagrado Corazón que queda en parte plasmado en el siguiente punto del Catecismo de la Iglesia Católica:

En el punto 478 que "Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres" (Pío XII, Encíclica"HAURIETIS AQUAS")

LA VISITACIÓN DE MARÍA A ISABEL

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".


María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre". María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa”.
(Lc 1,39-56)


En el relato de la Visitación, Lucas muestra cómo la gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva salvación y alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los hombres, oculto en el seno de su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al mundo.

El evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, usa el verbo anístemi, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se usa en los evangelios para indicar la resurrección de Jesús (cf. Mc 8,31; 9,9.31; Lc 24,7.46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5,27-28; 15,18.20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador.

El texto evangélico refiere, además, que María realiza el viaje «con prontitud» (Lc 1,39). También la expresión «a la región montañosa» (Lc 1,39), en el contexto lucano, es mucho más que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en el libro de Isaías: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: "Ya reina tu Dios"!» (Is 52,7).

Así como manifiesta san Pablo, que reconoce el cumplimiento de este texto profético en la predicación del Evangelio (cf. Rom 10,15), así también san Lucas parece invitar a ver en María a la primera evangelista, que difunde la buena nueva, comenzando los viajes misioneros del Hijo divino. La dirección del viaje de la Virgen santísima es particularmente significativa: será de Galilea a Judea, como el camino misionero de Jesús (cf. Lc 9,51).

En efecto, con su visita a Isabel, María realiza el preludio de la misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos. El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de la simpatía familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el mutismo de Zacarías, María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: «Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,40).

San Lucas refiere que «cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno» (Lc 1,41). El saludo de María suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa de Isabel, gracias a su Madre, transmite al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías. Ante el saludo de María, también Isabel sintió la alegría mesiánica y «quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno"» (Lc 1,41-42).

En virtud de una iluminación superior, comprende la grandeza de María que, más que Yael y Judit, quienes la prefiguraron en el Antiguo Testamento, es bendita entre las mujeres por el fruto de su seno, Jesús, el Mesías. La exclamación de Isabel «con gran voz» manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo.

Isabel, proclamándola «bendita entre las mujeres», indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree. Ante la excelencia de María, Isabel comprende también qué honor constituye para ella su visita: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1,43). Con la expresión «mi Señor», Isabel reconoce la dignidad real, más aún, mesiánica, del Hijo de María. En efecto, en el Antiguo Testamento esta expresión se usaba para dirigirse al rey (cf. 1 R 1, 13, 20, 21, etc.) y hablar del rey-mesías (Sal 110,1). El ángel había dicho de Jesús: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (Lc 1,32).

Isabel, «llena de Espíritu Santo», tiene la misma intuición. Más tarde, la glorificación pascual de Cristo revelará en qué sentido hay que entender este título, es decir, en un sentido trascendente (cf. Jn 20,28; Hch 2,34-36). Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de cada creyente.

En la Visitación, la Virgen lleva a la madre del Bautista el Cristo, que derrama el Espíritu Santo. Las mismas palabras de Isabel expresan bien este papel de mediadora: «Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44). La intervención de María, junto con el don del Espíritu Santo, produce como un preludio de Pentecostés, confirmando una cooperación que, habiendo empezado con la Encarnación, está destinada a manifestarse en toda la obra de la salvación divina.

LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (segunda parte)

En la teología católica se llama dones del Espíritu Santo a unas disposiciones fijas que hacen al hombre dócil para secundar los impulsos, inspiraciones o mociones del Espíritu Santo. Tales dones son siete: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Un don es algo dado por otro libre, gratuita y benévolamente: el mismo Espíritu Santo es mencionado como un don en la liturgia o himnos litúrgicos. Dado que la teología considera al mismo Espíritu Santo como el primer don de Dios, en sentido amplio pueden llamarse “dones del Espíritu Santo” todos los dones de Él.

En sentido impropio son dones del Espíritu Santo las virtudes sobrenaturales aun cuando no impliquen la gracia y en sentido propio todo don que implique la amistad o gracia de Dios. Se dice que son hábitos sobrenaturales pues los dones para que sean permanentes o se mantengan han de tener la forma de hábitos. Dado que se trata de realidades sobrenaturales han de ser infundidas por Dios en el alma. En la teología escolástica suele aclararse que los dones son infundidos en las “potencias del alma” indicando con ello las facultades superiores (entendimiento, voluntad, memoria) que reciben un hábito que les permite responder con mayor facilidad y secundar las mociones propias del Espíritu Santo o gracia actual. La facultad los recibe “pasivamente” pero ha de de actuarlos: es decir, no quitan la libertad ni la cohíben.

Es clásico el uso del siguiente texto del libro del profeta Isaías: Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor. (Isaías 11, 1-2). El texto es marcadamente mesiánico y su aplicación como dones que son dados a todos los cristianos se debe a la reflexión posterior de los Padres de la Iglesia a partir de otros textos bíblicos, en resumen a la tradición de la Iglesia aun cuando el único texto específico y fundamental es el mencionado de Isaías. Ahora bien, el texto masorético no cuenta siete sino seis (no menciona el espíritu de piedad) lo cual ha dado pie a discusiones entre los teólogos (que asumen que son siete dado el carácter simbólico de este número) y los exegetas que consideran el texto una simple enumeración de las cualidades de gobierno del Mesías. Tomás de Aquino dedica un artículo en su Suma teológica a defender que son siete.

La terminología usada por los padres tanto latinos como griegos es bastante rica: hablan de dones, munera (regalos), charismata (carismas), spiritus (espíritus), virtutes (fuerzas). Los padres griegos que tratan más extensamente sobre los dones son Justino, Orígenes, Cirilo de Alejandría, Gregorio de Nacianzo y Dídimo el Ciego. Entre los latinos hay que mencionar a Agustín de Hipona y Gregorio Magno. En el sínodo de Roma del año 382, bajo la presidencia del Papa Dámaso I se trató de los dones aplicando la profecía de Isaías a Jesucristo: Se dijo: Ante todo hay que tratar del Espíritu septiforme que descansa en Cristo. Espíritu de sabiduría: Cristo virtud de Dios y sabiduría de Dios (1Co 1, 24). Espíritu de entendimiento: Te daré entendimiento y te instruiré en el camino por donde andarás (Sal 31, 8). Espíritu de consejo: Y se llamará su nombre ángel del gran consejo (Is 9, 6). Espíritu de fortaleza: Virtud o fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1Co 1, 24). Espíritu de ciencia: Por la eminencia de la ciencia de Cristo Jesús (Ef 3, 19). Espíritu de verdad: Yo soy el camino, la vida y la verdad (Jn 14, 6). Espíritu de temor (de Dios): El temor del Señor es principio de la sabiduría (Sal 110, 10).

El Papa León XIII en la encíclica Divinum illud munus (publicada en el año 1897) afirma: “El justo que vive de la vida de la gracia y que opera mediante las virtudes, como otras tantas facultades, tiene absoluta necesidad de los siete dones, que más comúnmente son llamados dones del Espíritu Santo. Mediante estos dones, el espíritu del hombre queda elevado y apto para obedecer con más facilidad y presteza a las inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo. Igualmente, estos dones son de tal eficacia, que conducen al hombre al más alto grado de santidad; son tan excelentes, que permanecerán íntegramente en el cielo, aunque en grado más perfecto. Gracias a ellos es movida el alma y conducida a la consecución de las bienaventuranzas evangélicas, esas flores que ve abrirse la primavera como señales precursoras de la eterna beatitud”.

lunes, 30 de mayo de 2022

ARADIA LA HERMANA DE LUCIFER

En 1899, el folklorista CHARLES LELAND publicó un libro prohibido que posteriormente sería admitido como parte del canon WICCA, titulado: ARADIA O EL EVANGELIO DE LAS BRUJAS; el cual relata la historia de ARADIAREINA DE LAS BRUJAS Y HERMANA DE LUCIFERLELAND sostuvo que aquel extraño libro era, en realidad, parte de una obra más amplia y tenebrosa perteneciente a un grupo de brujas de La Toscana, quienes veneraban a DIANA, ARADIA Y LUCIFER. De hecho, el autor aseguró que el texto le fue entregado en persona por una misteriosa mujer toscana, llamada MAGDALENA, quien además le reveló ciertos aspectos de aquel antiguo culto.

De acuerdo a esta leyenda, ARADIAla diosa de la luna, y LUCIFER, el dios de la luz, son hermanos. Ambos nacieron del vientre de DIANA, y fueron criados con idéntica dedicación, aunque rápidamente evidenciaron ciertas diferencias de temperamento. Al parecer, LUCIFER era un muchacho muy orgulloso del esplendor de su espíritu. Según esta tradición, no fue expulsado del cielo durante las Guerras Celestiales con los ángeles, sino que descendió por voluntad propia a la Tierra debido a que su orgullo le impedía servir al Creador. Por otro lado, DIANA instruyó a su hija, ARADIA, mucho más diplomática que su hermano, a que ella también descendiera a la Tierra para enseñarle a los hombres y las mujeres el arte de la magia. Es por eso que se considera que ARADIA fue la primera bruja de la historia.

LELAND describe a ARADIA como un ser primordial, mezcla de ángel y demonio, sin inclinaciones concretas hacia el bien o hacia el mal, o mejor dicho, con una agenda propia, que muchas veces puede contrastar poderosamente con la ética y la moral de los hombres. No obstante, la mayoría coincide en inscribir su doctrina dentro de la magia blancaMientras ARADIA permaneció en la Tierra, su sabiduría se esparció principalmente sobre las mujeres, quienes aprendieron de ella el arte de la magia en todas sus formas, especialmente aplicada a la medicina natural. No obstante, su estancia en nuestro mundo no fue prolongada. Pronto retornó a las esferas inconcebibles en donde habita DIANA, y desde allí, cuenta la leyenda, observa a sus aprendices y guía los pasos de aquellas mujeres que se inician en el camino de la WICCA.

En ARADIA O EL EVANGELIO DE LAS BRUJASLELAND supone que las brujas de la Toscana son las únicas que han conseguido preservar intacta la antigua sabiduría de ARADIA, sin desviarse hacia un culto más oscuro y siniestro, como el de LUCIFER, más asociado a la magia negraAhora bien, ya fuera de las conjeturas de LELAND, hoy sabemos que ARADIA es una deformación de HERODIAS, no de aquella mujer del Antiguo Testamento, sino de la propia LILITH, la madre de los vampiros; una asociación que ya había sido establecida por JULES MICHELET en su obra: SATANISMO Y BRUJERÍADentro de esta tradición, ARADIA (LILITH) habría sido engendrada por ARDAT. A su vez, daría a luz a ALOUQUA, otra tenebrosa deidad relacionada a los vampiros, y a los LILIM, aquellas criaturas nocturnas que tanto pavor infundían a los pueblos antiguos. De hecho, el culto de ARADIA se mantuvo firme, por lo menos, hasta el siglo VI d.C., donde fue enérgicamente condenado por el CONCILIO DE ANCYRA.

Por alguna razón que ningún especialista ha logrado esclarecer del todo, LUCIFER obtuvo una enorme popularidad, quizá luego de ser instaurado como uno de los enemigos principales de la cristiandad. En cambio, su “supuesta” hermana ARADIA, fue prácticamente olvidada salvo por un puñado de brujas de la Toscana, quienes mantuvieron vivo su culto hasta nuestros días.

lunes, 23 de mayo de 2022

LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (primera parte)

La vida moral de los cristianos esta sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu. Los siete dones son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes las reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Sabiduría
Es el más perfecto de todos los Dones. El nos hace preferir los bienes celestiales a los terrenales y que encontremos así nuestras delicias en las cosas de Dios.

Inteligencia (Entendimiento)
Nos hace comprender mejor las verdades de la Fe.

Consejo
Nos da a conocer con toda prontitud y seguridad, lo que conviene para nuestra salvación y la del prójimo.

Fortaleza
Nos da la energía que necesitamos para resistir a los obstáculos que se oponen a nuestra santificación –para resistir las tentaciones y no caer en pecado- para perseverar durante toda la vida en el cumplimiento del deber, en la vida cristiana.

Ciencia
No se trata de la ciencia del mundo, sino de la ciencia de Dios, nos da a conocer el camino que debemos llevar para llegar al cielo. Este don nos hace ver todas las cosas en Dios, como creaturas suyas, como manifestaciones de su Poder, Sabiduría y Bondad infinita.

Piedad
Despierta un afecto filial hacia Dios a quien podemos dirigirnos con toda confianza y una tierna devoción y prontitud para cumplir con nuestros deberes religiosos.

Temor de Dios
Inclina nuestra voluntad a un respeto filial hacia El; nos aleja del pecado porque le desagrada y nos hace esperar en su poderoso auxilio. Para entenderse bien, este Don nada tiene de común con el temor al castigo de Dios por nuestros pecados, el temor a las penas de esta vida, a las del Purgatorio y del Infierno. Nos es el temor del esclavo que sirve al amo porque no lo castigue, sino el temor del buen hijo que teme disgustar al mejor de los padres.

Frutos del Espíritu Santo

Son perfecciones que forman en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.

Los frutos del Espíritu Santo son doce:

Caridad: El acto de amor de Dios y del prójimo.

Gozo espiritual: El que nace del amor divino y bien de nuestros prójimos.

Paz: Una tranquilidad de ánimo, que perfecciona este gozo.

Paciencia: Sufrimiento sin inquietud en las cosas adversas.

Longanimidad: Firmeza del ánimo en sufrir, esperando los bienes eternos.

Bondad: Dulzura y rectitud del ánimo.

Benignidad: Ser suave y liberal, sin afectación ni desabrimiento.

Mansedumbre: Refrenar la ira, y tener dulzura en el trato y condición.

Fe: Exacta fidelidad en cumplir lo prometido.

Modestia: La que modera, regula en el hombre sus acciones y palabras.

Continencia: La que modera los deleites de los sentidos.

Castidad: La que refrena los deleites impuros.

Paciencia y Mansedumbre

Los frutos anteriores disponen al alma a los de paciencia, mansedumbre y moderación. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los excesos de la tristeza, y de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos de cólera, que se levanta impetuosa para rechazar el mal presente. Estas dos virtudes combaten, pero no alcanzan la victoria sino a costa de violentos esfuerzos y grandes sacrificios; mas la paciencia y la mansedumbre, que son frutos del Espíritu Santo, apartan a sus enemigos sin combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y con gusto.

Longanimidad

La longanimidad o perseverancia impide el aburrimiento y la pena que provienen precisamente del deseo del bien que se espera, o de la lentitud y duración del bien que se hace, o del mal que se sufre y no de la grandeza de la cosa misma o de las demás circunstancias.

Bondad y Benignidad

Estos dos frutos miran al bien del prójimo. La bondad y la inclinación que lleva a ocuparse de los demás y a que participen de lo que uno tiene. No tenemos en nuestro idioma la palabra que exprese propiamente el significado de benígnitas: y la palabra benignidad, se usa únicamente para, significar dulzura; y esta clase de dulzura consiste en, manejar a los demás con gusto, cordialmente, con alegría, sin sentir la dificultad que siente los que tienen la benignidad sólo en calidad de virtud y no como fruto del Espíritu Santo.

Modestia

La modestia es bastante conocida como virtud. Regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente; y además dispone todos los movimientos interiores del alma, como en la presencia de Dios.

Continencia (Templanza) y Castidad

Las virtudes de templanza y castidad atañen a los placeres del cuerpo, reprimiendo los ilícitos y moderando los permitidos: aquélla refrena la desordenada afición de comer y de beber, impidiendo los excesos que pudieran cometerse; ésta regula o cercena el uso de los placeres de la carne.

Mas los frutos de templanza y castidad desprenden de tal manera al alma del amor a su cuerpo, que ya casi no siente tentaciones y lo mantienen sin trabajo en perfecta sumisión.

EL DÍA EN QUE PORTUGAL Y ESPAÑA SE REPARTIERON EL NUEVO MUNDO

En pleno centro de España, en medio de las frías y áridas tierras castellanas, se erige una pequeña localidad de 141 kilómetros cuadrados. La habitan en la actualidad unas 9.000 personas y ostenta el título de "muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa". Allí ocurrió hace 525 años un hecho histórico que determinó la configuración política y territorial de América, dividió al mundo en dos hemisferios y definió la lengua y la cultura de millones de personas. Esa localidad se llama TORDESILLAS, se encuentra al norte de Madrid.

Allí fue donde el 7 de junio de 1494 las dos grandes potencias de la época, Castilla y Portugal, llegaron a un acuerdo para repartirse las zonas de navegación del océano Atlántico y los territorios del llamado "NUEVO MUNDO". Un año antes, en marzo de 1493, Cristóbal Colón había regresado a Castilla con una noticia sorprendente. El viaje que había emprendido el 3 de agosto de 1492 desde el puerto español de Palos de la Frontera en busca de una ruta más corta hacia Asia -donde los comerciantes europeos obtenían las especias, que se empleaban para condimentar los alimentos, las que alcanzaban precios altísimos- había dado sus frutos.

La expedición había concluido con el descubrimiento de unas nuevas tierras desconocidas hasta entonces en Europa. Las disputas por el control de esos territorios entre las dos grandes potencias marítimas de entonces -Castilla y Portugal- comenzaron de inmediato. El ambiente echaba chispas. Había que hacer algo para evitar la guerra. Así que en marzo de 1494 representantes de Juan II de Portugal y de los Reyes Católicos (Isabel de Castilla y Fernando de Aragón) se reunieron por primera vez en Tordesillas. El objetivo era establecer un acuerdo que delimitara los ámbitos de actuación de cada reino y restableciera la paz entre las dos coronas. Tordesillas era por aquel entonces una localidad importante de Castilla, un punto estratégico de paso gracias a su puente medieval sobre el río Duero.

Rodeada por una muralla, la villa tenía unos 3.500 habitantes. Las reuniones entre los embajadores de Juan II y de los Reyes Católicos se desarrollaron en un magnífico e imponente palacio de Tordesillas. Estaba recién construido y sobre cuya puerta se encontraba el escudo real de los Reyes Católicos y el de su propietario, ALFONSO GONZÁLEZ DE TORDESILLAS. De lo que se acordara en Tordesillas dependía el futuro de la política atlántica de ambos reinos, por lo que tanto el rey portugués como los reyes castellanos siguieron muy de cerca el desarrollo de las negociaciones. Cuando las negociaciones estaban a punto de comenzar el rey portugués cayó enfermó. Tenía 38 años y 30 meses después moriría. A causa de su enfermedad, Juan II permaneció durante todas las negociaciones en Setúbal, una localidad portuguesa a 50 kilómetros al sur de Lisboa, pero intercambiando constantemente mensajes con sus embajadores. Mientras tanto los Reyes Católicos siguieron las negociaciones de Tordesillas primero desde la vecina localidad de Medina del Campo -a 24 kilómetros- y posteriormente desde la propia Tordesillas, residiendo en esa villa del 8 de mayo al 8 de junio.

Hay que tener en cuenta que al regresar de su primer viaje, Colón ni siquiera era capaz de localizar con certeza las nuevas tierras que había encontrado camino de lo que él pensaba que era la India. Así que cuando los reyes castellanos le preguntaron cómo pensaba que había que solucionar el conflicto entre España y Portugal, Colón propuso que se trazara una raya divisoria de norte a sur conocida como "RAYA DE COLÓN", que y según todos los indicios pasaba por Cabo Verde y las Azores. Isabel y Fernando presentaron entonces la propuesta al Papa Alejandro VI para que mediara en el conflicto.

El pontífice, que era de origen español y que debía favores a los Reyes Católicos, admitió la propuesta pero, como le parecía excesivamente favorable a los intereses de Castilla y descaradamente perjudicial a los de Portugal, en la bula que emitió desplazó la línea divisoria 100 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde. Cuando los reyes castellanos le preguntaron cómo pensaba que había que solucionar el conflicto entre España y Portugal, Colón propuso que se trazara una raya divisoria de norte a sur conocida como "RAYA DE COLÓN", que y según todos los indicios pasaba por Cabo Verde y las Azores En ese punto de la negociación, Juan II aceptó ese meridiano que parte el océano Atlántico de polo a polo.

Pero en el proceso de discusiones de Tordesillas los portugueses solicitaron un desplazamiento de la línea divisoria a 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Basaban esa petición en su necesidad de poder regresar de San Jorge de Mina -un puerto de dominio portugués ubicado en África, sobre la costa del golfo de Guinea, en el lugar que ocupa actualmente la ciudad de Elmina en Ghana- sin tener que invadir la costa castellana. La reclamación de Juan II fue aceptada por los monarcas españoles, considerando que estaban concediendo a Portugal agua y nada más que agua.

De esa manera, el 7 junio de 1494 las dos partes aceptan dividir el Océano Atlántico con una tercera y definitiva raya, la "RAYA DEL TRATADO DE TORDESILLAS", situada a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Todo lo situado al este del meridiano pactado en Tordesillas sería para Portugal, mientras que lo que quedaba al oeste se lo adjudicaba Castilla. Los reyes Isabel y Fernando, así como sus embajadores, se frotaron las manos pensando que habían ganado la partida. El tratado, pensaban, dejaba todas las tierras del 'NUEVO MUNDO' en manos de la corona castellana, mientras que Portugal se tendría que conformar simplemente con agua.

Sin embargo, se equivocaron. Cometieron un grave error. Un error gigantesco llamado Brasil, un enorme territorio entonces desconocido y que, al encontrase en extremo este de América, caía de lleno dentro de la zona de dominio portuguesa. Así que cuando el navegante Pedro Álvares de Cabral llegó en 1500 a la costa del actual estado de Bahía, Brasil pasó a manos portuguesas. Algunos historiadores consideran que es muy posible que los portugueses conociesen ya la escasa distancia que separa a la costa brasileña de las islas de Cabo Verde (4.663 km) y que fue por eso por lo que presionaron para "mover" la línea 270 leguas al oeste. Pero aunque hace 525 años fue en Tordesillas donde Portugal y España se repartieron el 'NUEVO MUNDO', el tratado firmado entonces no se conserva en esta localidad. El documento original en castellano firmado por los Reyes Católicos se conserva en Lisboa, en el Arquivo nacional da Torre do Tombo, mientras que la versión en portugués, con la firma de Juan II, se custodia en el Archivo General de las Indias, en Sevilla. En cualquier caso el Tratado de Tordesillas es el único documento español inscrito en el registro "Memoria del Mundo" de la Unesco, un registro creado en 1992 con el fin de preservar los documentos patrimonio de la humanidad.

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LA BATALLA DE PICHINCHA


La batalla de Pichincha se produjo el 24 de mayo de 1822 entre las fuerzas patriotas comandadas por el general venezolano Antonio José de Sucre y las tropas realistas lideradas por Melchor Aymerich. El conflicto se produjo en las faldas del volcán Pichincha, en Quito, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, en la hoy República de Ecuador. Este conflicto finalizó con la victoria de los patriotas sobre las tropas realistas, poniendo fin al colonialismo español en los territorios de la presidencia de Quito, confirmando la liberación de Quito y demás provincias que estaban bajo la administración de la Real Audiencia de esta ciudad.

El ejército patriota estaba integrado por 2.900 hombres, la mayoría grancolombinos (batallones Paya, Magdalena y Yaguachi) y peruanos (batallones Trujillo y Piura). También hubo ingleses y argentinos. Los realistas contaban con 3.000 soldados. La lucha por la independencia de Ecuador se inicia en 1809, cuando se instala la Primera Junta de Gobierno Autónoma de Quito, proclamándose en 1812, junto con las autoridades de la Sierra Norte y Central, en el Estado de Quito, cuyos integrantes fueron reprimidos por las fuerzas coloniales de España.

El 9 de octubre de 1820, la ciudad de Guayaquil declara su independencia del yugo español mediante una revolución liderada por oficiales peruanos y venezolanos, disidentes de las tropas realistas, mientras que los independentistas dirigidos por el Libertador Simón Bolívar, continuaban avanzando por el sur liberando a su paso a diferentes regiones. Sucre había llevado sus tropas desde Guayaquil hasta Quito, con el objetivo de expulsar a los españoles de esta ciudad. Después de muchas penurias llegó a las faldas del volcán Pichincha el 23 de mayo de 1822. Cuando llegó la noche ordenó el ascenso de sus tropas alcanzando una buena altura, pero los españoles los divisaron y subieron al volcán para enfrentarse a ellos.

Cuando todo parecía indicar que la batalla sería para los realistas, entraron en acción el batallón Albión (ingleses) con municiones y refuerzos. Los patriotas volvieron a la carga contra los españoles logrando la victoria a 3.000 metros de altura. La victoria patriota en Pichincha permitió la liberación de Quito. Al día siguiente, 25 de mayo, Sucre entró en Quito, y las tropas españolas se rindieron. El 16 de junio la provincia de Quito fue anexada a Colombia. El 13 de julio de 1822 Guayaquil también formó parte de Colombia. Esta situación se mantuvo hasta 1830, fecha en que se constituyó la República de Ecuador como estado independiente, formado por Quito, Guayaquil y Cuenca.

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domingo, 22 de mayo de 2022

¿QUÉ SIGNIFICA EL «BISMILLAH» DE BOHEMIAN RHAPSODY?

Todos hemos escuchado y cantado con mucho entusiasmo BOHEMIAN RHAPSODY, la canción más famosa del grupo británico QUEEN y que hoy en día, es considerada como una de las mejores de la historia. No obstante, son muchos los que todavía tratan de darle una interpretación a la letra que puede ser muy confusa con todos los elementos, coros y palabras que incorpora. La que más resalta de ellas es de la BISMILLAH, misma que puedes ser escuchada en la famosa parte de opereta:

Bismillah! No we will not let you go - let him go
Bismillah! We will not let you go - let him go
Bismillah! We will not let you go let me go
Will not let you go let me go (never)
Never let you go let me go
Never let me go ooo
No, no, no, no, no, no, no
Oh mama mia, mama mia, mama mia let me go
Beelzebub has a devil put aside for me
For me
For me

Muchas personas le han dado a la palabra connotaciones diabólicas, debido a que en otro verso de la canción, se escucha nombrar claramente a BEELZEBUB (Belcebú, uno de los nombres atribuidos al diablo), pero nada más lejos de la realidad.

BISMILLAH es un término árabe que quiere decir «En el nombre de Alá». Esto tiene sentido, pues no hay que olvidar que Freddie Mercury, el cantante, justamente tenía influencias árabes por parte de su familia. La palabra además, puedes dividirse en tres sílabas que explican mejor lo que realmente significa:

Bi. Que se entiende como «con ayuda de…», «por intermedio dé…»

Ism. Se refiere a la esencia misma de las cosas.

Allah. Traducido al español como Alá, que es el nombre que los árabes le dan a su Dios.

De esto podemos concluir que BOHEMIAN RHAPSODY no es una canción con un mensaje satánico, como han afirmado tantas leyendas urbanas. Pero esto en realidad, es algo que ocurre muy a menudo con las canciones de rock.

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lunes, 16 de mayo de 2022

¿QUIÉNES ESTUVIERON PRESENTES EN PENTECOSTÉS?-Segunda Parte

Al morir Jesús, traicionado por Judas, los Once que quedaban pensaron que el movimiento fundado por el Nazareno había fracasado. Pero un día, mientras los Once estaban rezando junto a algunas mujeres y familiares de Jesús (es decir, los integrantes de la primera reunión), sucedió Pentecostés. O sea, se sintieron invadidos por una fuerza grandiosa y potente, que los llenaba de ímpetu y energía. Y animados por ella, salieron por todas partes a predicar la Buena Noticia. Después de Pentecostés, los Once, al ver crecer la comunidad, y con la intención de organizarse mejor, decidieron restaurar el antiguo grupo de los Doce. Así, en medio de una asamblea de 120 hermanos invocaron al Espíritu Santo y eligieron como nuevo integrante del grupo a Matías. Por lo tanto, primero debió haber ocurrido Pentecostés, y después la reunión de los apóstoles y los 120 para reconstruir el grupo de los Doce.

Más tarde, cuando Lucas escribió el libro de Los Hechos, pensó que si contaba así las cosas sólo aparecerían Once Apóstoles recibiendo el Espíritu Santo. Y para él resultaba inadmisible que en un acontecimiento fundamental como ése no estuvieran presentes los Doce. Por eso decidió tomar la elección de Matías (sucedida después de Pentecostés) y contarla antes, a fin de que el grupo de los Doce ya estuviera completo cuando bajara el Espíritu Santo. La intención de Lucas, pues, en el libro de Los Hechos, no es la de relatar aquel suceso histórico, sino decir a los lectores que la Iglesia toda, simbolizada en el grupo de los Doce, estuvo íntegra y completa el día en que recibió la luz y la fuerza del Espíritu fundador.
Podemos concluir lo siguiente: luego de la muerte y resurrección de Jesús, un pequeño grupo de sus seguidores se mantuvo unido, perseverando firmemente en la oración comunitaria. Es el grupo que llamamos "de la reunión ordinaria" (de Hechos 1, 13-14), formado por los Once Apóstoles, algunas mujeres que habían venido desde Galilea, y la familia de Jesús, con su madre y sus hermanos. Este grupo fue el que vivió la experiencia que llamamos Pentecostés (contada en Hechos 2, 1-4). Pero el genio teológico de Lucas decidió colocar antes la "reunión extraordinaria" de los Doce con los 120 hermanos (Hechos 1, 15-26). De esta manera, el suceso de Pentecostés quedaba como ocurrido en presencia de los Doce. La presencia, pues, de los Doce en Pentecostés no es una presencia "histórica" sino una presencia "teológica", es decir, encierra un mensaje religioso.

Lucas quiso decirnos que la Iglesia cristiana, nacida en Pentecostés, es el nuevo pueblo de Dios, heredero y continuador del antiguo pueblo de Israel, y que toda ella goza de la garantía del Espíritu Santo. Por eso vemos en el libro de Los Hechos que, cuando más tarde vuelve a quedar incompleto el grupo de los Doce por la muerte de otros apóstoles, ya no se eligen reemplazantes. Porque el grupo hacía falta completo sólo para Pentecostés, para el inicio de la Iglesia, nada más. Está bien que en los cuadros, imágenes y pinturas de Pentecostés coloquemos a los Doce Apóstoles recibiendo el Espíritu Santo (y no a los Once, como probablemente sucedió), porque lo que importa es que el arte cristiano sea fiel a la teología, al mensaje religioso. Pero si ponemos a los Doce, no debemos olvidar que Lucas también puso, en su libro, a otros 120 hermanos recibiendo el Espíritu Santo ese día.

Y éstos lamentablemente jamás han aparecido en las representaciones artísticas. Si según Lucas en Pentecostés estaban "todos reunidos", ¿cómo ignorar que para él estaban también los 120 hermanos? Si insertamos a los Doce en el escenario pentecostal, ¿cómo dejar afuera a los 120? Éste ha sido un grave error de la tradición iconográfica de la Iglesia. Porque estos 120 hermanos, que aparecen compartiendo junto a los Doce la vivencia de Pentecostés, representan a los miembros de a pie de la comunidad, es decir, a lo que llamamos la "base", el pueblo simple y sencillo. De modo que, así como en Pentecostés la jerarquía estuvo representada por los Doce, la base de la comunidad estuvo representada por los 120 hermanos. El haber excluido a éstos de aquella experiencia ha llevado a muchos a pensar erróneamente que "la Iglesia" es solamente la jerarquía. Para Lucas, el mismo día que nacía la Iglesia ya estaban germinalmente presentes los dos estamentos: la jerarquía y la base de la comunidad.

En Pentecostés, porque estaban "todos" reunidos, el poder del Espíritu Santo invadió con tal fuerza a la comunidad que ésta tuvo valor para lanzarse a predicar el Evangelio, a conquistar el mundo, y hasta a dar la vida por Jesucristo. Hoy vemos con tristeza cómo muchas de nuestras comunidades languidecen, llevando una vida mortecina, apagada, disminuida, con fuerzas apenas para subsistir, en medio de la indiferencia general del mundo que las rodea. ¿Qué ha pasado? ¿Qué les sucede a nuestras comunidades? La respuesta es sencilla: no estamos "todos" reunidos. En muchos lugares la jerarquía y el laicado se ignoran, los grupos y movimientos están enfrentados por rencillas insignificantes, las instituciones y los agentes de pastoral ven apagadas sus fuerzas y consumidas sus energías en peleas por cuestiones triviales, sin importancia. Quizá por eso el Espíritu Santo, presente sin duda en ellas, no puede actuar de manera eficaz. Choca contra la indolencia y la cerrazón de la comunidad.

Para que el Espíritu vuelva a actuar con el ímpetu pentecostal es necesario que estemos otra vez "todos" reunidos, sin divisiones ni discriminaciones, deponiendo las actitudes exclusivistas y autoritarias, abiertos al Espíritu de Cristo, para que Él nos muestre qué debemos hacer. Lucas sólo introdujo el Espíritu de Pentecostés cuando toda la comunidad estuvo reunida, sin que faltara ninguno. Hay que trabajar cuanto antes para lograr esta unión. Así el Espíritu dinamizará otra vez nuestras comunidades. Y podremos salir, como en aquel antiguo Pentecostés, a dar la vida en serio como testigos de Jesucristo.

Ariel Álvarez Valdés
Biblista

NUESTRA SEÑORA DE LA CONSOLATA

La devoción a Nuestra Señora de la Consolata nació en Turín (Italia) en los primeros siglos del cristianismo. Cuenta la tradición que fue San Eusebio desterrado a Palestina por el emperador Constancio, en el año 354 quien al regresar, le trajo a su amigo San Máximo, una imagen de la Virgen María que -según se decía- había pintado San Lucas. Máximo colocó el cuadro en una capilla, al lado de una iglesia dedicada a San Andrés, y así, el pueblo de Turín comenzó a venerar a la Virgen María bajo el título de Consoladora que, en la expresión popular devino en Consolata.

Los obispos de aquel pueblo confiaron la imagen de la Consolata a los Padres Benedictinos en el año 840, dos acontecimientos contribuyeron a su desaparición. Primero, hubo que esconderla, debido a la persecución y destrucción de imágenes por parte de los iconoclastas. Una guerra, que destruyó el templo de San Andrés y la capilla donde estaba, sepultándola bajo los escombros y en el olvido. Pero permaneció viva en la memoria de sus fieles. Y muchos años más tarde, Arduino, por un tiempo rey de Italia, erigió una capilla para la Virgen Consolota, en agradecimiento a una curación milagrosa y respondiendo al pedido que la misma Señora le había expresado en una visión. Pero también esta capilla fue destruida y la imagen desapareció por segunda vez.

En el año 1104, la Virgen se le apareció a un ciego en Briançon, Francia. Era Jean Ravais (o Ravache), a quien le prometió devolverle la vista cuando llegara al lugar que Ella le indicaría, y donde encontraría la imagen perdida. Jean Ravais así lo hizo y luego de un largo viaje llegó a Turín. El lugar indicado por la Virgen era la torre de una Iglesia destruida. El 20 de junio, en presencia del obispo, sus sacerdotes y el pueblo, comenzaron las excavaciones. De pronto la imagen perdida apareció debajo de las ruinas. Fue el obispo quien la sacó de entre los escombros y la expuso a la vista de todo el pueblo allí congregado, exclamado: "¡Ruega por nosotros, Virgen Consoladora!", A lo que la gente respondió: "Intercede por tu pueblo" y en ese momento, Jean Ravais recobró la vista. Ante ese hecho cada 20 de junio se celebra el día de la Virgen Consolata. Poco a poco el pueblo turinés le construyó a su Patrona un santuario maravilloso, lleno de devoción y de arte que a lo largo de siglos reunió a sus hijos para encontrar consuelo y fuerza en los momentos de mayor dolor.

El cuadro de la Virgen Consolata es un lienzo pintado con estilo de "ícono" oriental-bizantino. Arte sacro, que representa los valores espirituales más que la belleza física exterior. Arte simbólico más que realista. Es de autor desconocido, pero rico en enseñanzas de devoción a la Virgen. Contemplando la imagen impresionan los dos rostros. El de María refleja una leve tristeza templada de suave esperanza. Tiene la mirada dirigida a quienes la miran, como infundiéndoles sus mismos pensamientos, y la cabeza inclinada levemente hacia Jesús, fuente y causa de todas sus grandezas, consuelo de la Humanidad.

La mano derecha contra el pecho pareciera indicar que asume como propias todas las penas de sus hijos, tarea maternal como consoladora de los afligidos. María Consolata nos presenta a Jesús, sentado sobre el brazo izquierdo de su Madre, lado del corazón. María sostiene a su Hijo, lo cuida como Madre, lo custodia, pero no lo retiene para sí. El vínculo de unión entre ellos son las dos manos izquierdas, levemente unidas, que expresan la unidad llena de cariño y de respeto, símbolo del amor más bello que une el corazón de Dios al corazón de una criatura.

El Niño con su mano derecha bendice al mundo a la manera oriental: dos dedos alzados (que significan las dos naturalezas de Cristo, humana y divina), y los otros tres doblados (que indican la Trinidad). Fiel al arte iconográfico, la imagen tiene en cuenta los colores: el manto de la Virgen es de un azul intenso que indica su gloria en el cielo; el borde dorado simboliza su participación en la gloria de Dios; el rojo, expresa la realeza: la de María, Reina de todo lo Creado y la de Jesús. Las tres estrellas sobre el manto de la Virgen (una de ellas oculta por la figura del Niño), son signo de la virginidad de María antes, durante y después de la concepción de Jesús.

El anillo en su dedo es expresión de autoridad y poder: Ella es la Madre del Salvador, vencedora de todo mal. Por último, las dos aureolas que manifiestan la santidad y la gloria de Cristo y de María obtenida por medio de la cruz. En definitiva, el cuadro presenta a María y su Hijo estrechamente unidos: quien encuentra a María, encuentra a Jesús, y quien encuentra al Hijo encuentra a la Madre.