PROGRAMA Nº 1269 | 01.04.2026

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¿CUANDO SE CELEBRÓ LA ÚLTIMA CENA? (Primera Parte)

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Hay escenas que atraviesan los siglos sin perder fuerza, imágenes que permanecen intactas en la memoria colectiva: una mesa, un grupo reducido, un Maestro que toma el pan, lo parte y pronuncia palabras que siguen resonando en cada celebración cristiana. En el corazón del Jueves Santo, la Iglesia revive ese momento en que Jesús instituye la Eucaristía, lava los pies a sus discípulos y deja grabado el mandamiento del amor, mientras que horas más tarde, el viernes a las tres de la tarde, la cruz se convierte en el escenario final de su entrega. Sin embargo, detrás de esta tradición tan firme aparece una pregunta inquietante que no pierde actualidad: ¿esa cena ocurrió realmente un jueves?

Para responder, es necesario cambiar de lógica y entrar en una forma distinta de entender el tiempo, porque el mundo judío no lo organiza como nosotros. Para ellos, el día no comienza a medianoche, sino al atardecer; cuando el sol se oculta, nace una nueva jornada, de modo que lo que llamamos lunes empieza en realidad el domingo por la tarde. Este detalle, que a primera vista parece menor, transforma por completo la lectura de los acontecimientos y obliga a replantear la cronología que muchas veces damos por segura.

El Evangelio de Juan ofrece una clave decisiva al afirmar que el año en que murió Jesús la Pascua coincidía con el sábado: “Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne.” (Jn 19,31). Esto implica que el cordero pascual debía comerse el viernes al anochecer, pero Jesús muere ese mismo viernes a las tres de la tarde, por lo que no habría llegado a participar de esa cena. Por eso, según Juan, la adelanta: “Antes de la fiesta de Pascua…” (Jn 13,1). Hasta aquí, la tradición parece clara: la última cena habría tenido lugar el jueves por la noche.

Sin embargo, el relato se tensiona cuando entran en escena los otros evangelios. Mateo, Marcos y Lucas coinciden en que Jesús muere un viernes, pero presentan una diferencia importante respecto de la cena, ya que no la sitúan antes de la Pascua, sino en el mismo día en que debía celebrarse. “El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».” (Mt 26,17; Mc 14,12), dicen Mateo y Marcos, mientras que Lucas refuerza la idea con mayor claridad: “Llegó el día de los Azimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual.” (Lc 22,7). Así aparece una tensión evidente: dos relatos que parecen afirmar cosas distintas sobre un mismo acontecimiento.

Durante siglos, esta diferencia no encontró una explicación convincente, hasta que un hallazgo inesperado abrió una nueva posibilidad de comprensión. En 1947, en las cuevas de Qumrán, fueron descubiertos los manuscritos del Mar Muerto, y entre los textos hallados aparecieron indicios de que, en tiempos de Jesús, coexistían dos calendarios distintos. El primero era solar, ordenado, estable y perfectamente estructurado, con 364 días distribuidos en semanas completas, lo que hacía que cada año comenzara el mismo día, el miércoles. Esto no era casual, porque según el Génesis, el cuarto día —el miércoles— Dios creó el sol, la luna y las estrellas, los astros que rigen el tiempo, y por eso ese día marcaba el inicio del orden temporal. En este sistema, las fiestas no variaban y la Pascua caía siempre en miércoles.

El segundo calendario era lunar, adoptado bajo la influencia de la cultura griega, basado en las fases de la luna y con la ventaja de permitir que las celebraciones coincidieran con los ciclos naturales visibles, como la luna llena en la Pascua. Sin embargo, tenía una consecuencia importante: las fiestas ya no caían siempre en el mismo día de la semana, sino que podían variar. Con el tiempo, este calendario se impuso en los sectores oficiales, especialmente entre las autoridades religiosas, aunque no todos lo aceptaron, ya que los grupos más tradicionales y muchos sectores populares continuaron utilizando el calendario solar.

Aquí aparece una posibilidad que ilumina todo el problema, porque si Jesús celebró la última cena según el calendario más antiguo, el solar, lo habría hecho un martes por la noche, momento en que comenzaba la Pascua para ese sistema, mientras que las autoridades seguían el calendario lunar, en el que la celebración caía más tarde. De este modo, los evangelios sinópticos reflejan una tradición, mientras que Juan se refiere a otra, y lejos de contradecirse, describen el mismo acontecimiento desde calendarios distintos.

Esta hipótesis no solo armoniza los textos, sino que también permite ordenar con mayor coherencia la secuencia de los hechos posteriores, porque hay algo que siempre generó dudas: la enorme cantidad de episodios concentrados en pocas horas. Desde el arresto hasta la crucifixión, todo parece suceder con una rapidez difícil de sostener. Jesús es detenido en Getsemaní: “El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron.” (Jn 18,12); luego es llevado ante Anás y Caifás, donde el Sanedrín intenta construir una acusación, pero encuentra dificultades, ya que “Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.” (Mc 14,56). A continuación, llegan los maltratos, las burlas y los golpes, y al amanecer el tribunal se reúne nuevamente para decidir su condena, tras lo cual Jesús es conducido ante Pilato: “Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.” (Lc 23,1).

El gobernador romano lo interroga, duda, lo declara inocente y, buscando evitar el conflicto, lo envía a Herodes, quien también lo examina y lo devuelve. Pilato insiste, propone liberar a Barrabás o a Jesús, pero la multitud elige y la sentencia se vuelve inevitable. Todo esto, según la cronología tradicional, ocurre entre la noche del jueves y la mañana del viernes, lo que resulta difícil de encajar en tan poco tiempo; en cambio, si la cena tuvo lugar el martes, el relato adquiere otra dimensión, los hechos se distribuyen con mayor coherencia, el proceso se vuelve más verosímil y la pasión aparece como un camino prolongado, no como un desenlace apresurado.

Pero esta nueva perspectiva no solo resuelve cuestiones históricas, sino que abre una mirada más profunda sobre el misterio que estamos contemplando, porque entonces la pasión de Cristo deja de ser un episodio breve y se revela como una entrega sostenida, atravesada por horas de tensión, interrogatorios, silencios y sufrimiento acumulado. Ya no estamos ante un acto impulsivo ni ante una reacción desbordada, sino ante una decisión firme, desarrollada en el tiempo y asumida paso a paso. En el siguiente documento profundizaremos en cómo está cronología extendida no solo aclara dificultades históricas, sino que también revela una dimensión mucho más intensa y dramática de la pasión de Cristo, iluminando el sentido de su fidelidad hasta el final.

Equipo de Redacción
ANUNCIAR Informa (AI)
Para el programa de radio
EL ALFA Y LA OMEGA

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