PROGRAMA Nº 1269 | 01.04.2026

Primera Hora Segunda Hora

¿POR QUÉ CRISTO NO SE DEFENDIÓ?

0

Hay algo profundamente desconcertante en la escena del juicio de Jesús, algo que no encaja con la lógica humana más elemental, porque en medio de acusaciones, presiones y decisiones ya encaminadas, cuando cualquier persona buscaría defenderse, explicar o al menos intentar revertir su situación, Él elige callar, y ese silencio no es un vacío ni una falta de respuesta, sino una decisión cargada de sentido. Los Evangelios lo expresan con claridad: “(…) ¿No respondes nada? (…) Pero Jesús callaba”. (Mt 26,62-63), y más adelante, ya ante Pilato, la escena se repite con la misma intensidad: “Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.” (Mt 27,14), lo cual no solo sorprende a quienes lo juzgan, sino que deja al descubierto que ese silencio no es debilidad, sino una forma distinta de presencia.

Para comprenderlo, es necesario entender primero el contexto en el que se desarrolla ese juicio, porque no se trata de un proceso orientado a buscar la verdad, sino de una instancia donde la decisión ya está tomada de antemano. Las acusaciones no buscan esclarecer los hechos, sino justificar una condena que ya ha sido definida, y en ese marco, cualquier respuesta pierde sentido, porque no hay escucha real ni apertura al diálogo. Jesús no está frente a un tribunal que quiere entender, sino frente a un sistema que necesita condenar, y por eso su silencio no es evasión, sino lucidez; es la comprensión profunda de que no toda palabra construye, de que hay momentos en los que hablar no transforma nada, porque el otro ya ha decidido no escuchar.

Sin embargo, ese silencio no es solo una actitud frente a una situación injusta, sino que tiene un significado más profundo que conecta con toda la tradición bíblica. Siglos antes, el profeta Isaías había descrito la figura del Siervo sufriente con palabras que parecen anticipar exactamente esta escena: “Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no habría su boca.” (Isaías 53,7). No se trata de una coincidencia, sino de un patrón que atraviesa la Escritura, donde el silencio aparece no como ausencia, sino como una forma de entrega, como una manera de sostener la fidelidad en medio de la injusticia.

En este sentido, el silencio de Jesús no es pasividad, sino una forma activa de atravesar el momento que está viviendo. Responder, defenderse, intentar revertir la situación, habría significado entrar en la lógica del enfrentamiento, en el juego del poder, en la dinámica de acusación y defensa que dominaba ese juicio, pero Jesús no se mueve en ese plano. Su autoridad no depende de imponerse con palabras ni de convencer a quienes ya han cerrado su corazón, sino de mantenerse fiel a lo que ha venido a hacer, incluso cuando eso implica no responder.

Esto es lo que desconcierta profundamente a Pilato, porque se encuentra frente a alguien que no actúa como esperaba. Está acostumbrado a acusados que se defienden, que negocian, que buscan salvarse, pero Jesús no entra en esa dinámica, y ese silencio se vuelve más elocuente que cualquier discurso, porque deja al descubierto la verdad del momento: no hay justicia en ese juicio, no hay búsqueda sincera, solo una decisión que necesita ser ejecutada. Así, el silencio se convierte en una forma de denuncia, no mediante palabras, sino mediante la ausencia de ellas, exponiendo la vaciedad de un proceso que ya ha perdido su sentido.

Al mismo tiempo, este silencio tiene una dimensión profundamente personal, porque no es solo una reacción frente a los demás, sino también una expresión de su propia decisión interior. Jesús no es arrastrado por los acontecimientos, no es víctima pasiva de lo que ocurre, sino que atraviesa cada momento con una conciencia clara de su misión, y en ese camino, el silencio forma parte de su fidelidad. No responde porque no necesita hacerlo, porque lo esencial ya ha sido dicho a lo largo de su vida, en sus palabras, en sus gestos, en su forma de vivir, y el juicio no agrega nada nuevo a lo que ya ha sido revelado.

Aquí aparece una enseñanza que trasciende el momento histórico y se vuelve profundamente actual, porque el silencio de Jesús interpela nuestra propia manera de enfrentar las situaciones difíciles. Vivimos en una cultura donde todo parece exigir respuesta inmediata, donde callar muchas veces se interpreta como debilidad, como derrota o como incapacidad de sostener una posición, y, sin embargo, este episodio muestra que no siempre es así. Hay momentos en los que hablar no construye, en los que responder no transforma, en los que el silencio puede ser una forma más profunda de verdad.

Pero no se trata de cualquier silencio. No es el silencio del miedo ni el de la resignación, sino el de quien sabe lo que hace, el de quien no necesita justificarse constantemente, el de quien no depende de la aprobación del otro para sostener su identidad. Es un silencio que nace de la coherencia, de la fidelidad, de una convicción que no necesita imponerse para ser verdadera.

Y, sin embargo, este silencio no es el final. No es un cierre definitivo ni una ausencia total de palabra. Es parte de un proceso. Es el momento en que la palabra se retira para dar lugar a otra forma de expresión, porque lo que Jesús no dice en ese juicio lo dirá de otra manera, en otro plano, con una fuerza que no depende de argumentos ni de defensas. Por eso, su silencio no es vacío, es plenitud, no es debilidad, es firmeza, y en esa decisión se revela una verdad que sigue resonando: no toda verdad necesita ser defendida con palabras, y hay momentos en los que callar es, en realidad, la forma más profunda de hablar.

Equipo de Redacción
ANUNCIAR Informa (AI)
Para el programa de radio
EL ALFA Y LA OMEGA

Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios