PROGRAMA Nº 1269 | 01.04.2026

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¿POR QUÉ SE OSCURECIÓ EL CIELO CUANDO MURIÓ JESÚS?

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Hay un momento en la pasión de Cristo que atraviesa el relato con una fuerza inquietante, casi cósmica, como si la misma creación reaccionara ante lo que está ocurriendo, y no es un grito, no es un gesto ni una palabra, sino la irrupción de la oscuridad en pleno día, cuando el sol debería estar en lo alto y, sin embargo, la luz desaparece. El Evangelio lo describe con sobriedad, pero con una contundencia imposible de ignorar: “Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.” (Mt 27,45), y Marcos lo repite con la misma fuerza: “Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde (…)” (Mc 15,33), mientras que Lucas añade un matiz que intensifica la escena: “Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde.” (Lc 23-44), dejando claro que no se trata de un detalle menor ni de un recurso literario sin intención, sino de un signo que exige ser comprendido.

La pregunta surge inevitablemente: ¿qué ocurrió realmente?, y a lo largo de los siglos se han propuesto distintas explicaciones, algunas intentando encuadrarlo como un fenómeno natural, especialmente como un eclipse solar, pero esta hipótesis presenta dificultades importantes, porque la Pascua judía se celebra en luna llena y los eclipses solares solo pueden ocurrir en luna nueva, lo que hace que la coincidencia astronómica sea imposible, además de que un eclipse dura apenas unos minutos y no tres horas como señalan los Evangelios, por lo que la explicación puramente física resulta insuficiente. Otros han sugerido tormentas de arena, nubes densas o fenómenos atmosféricos propios de la región, lo cual podría haber contribuido a oscurecer el cielo en algún momento, pero tampoco alcanza para explicar el peso que el relato le da a este acontecimiento, porque lo que los Evangelios transmiten no es simplemente un dato meteorológico, sino un mensaje cargado de sentido.

Para comprenderlo, es necesario entrar en el lenguaje bíblico, donde la oscuridad no es solo ausencia de luz, sino un signo profundamente significativo, asociado al juicio, al dolor, al desconcierto y a la intervención de Dios en la historia. El profeta Amós lo expresa con palabras que resuenan con fuerza en esta escena: “Aquel día –oráculo del Señor– yo haré que el sol se ponga al mediodía, y en pleno día cubriré la tierra de tinieblas (…)” (Amos 8,9), y este anuncio no describe un fenómeno astronómico, sino un momento de crisis, un quiebre profundo que altera el orden habitual de las cosas. Desde esta perspectiva, la oscuridad en la cruz no describe solo lo que se ve, sino lo que está ocurriendo en un nivel mucho más profundo, porque algo se está rompiendo, algo está llegando a su límite y el mundo entero parece entrar en ese momento de tensión extrema.

La escena es sobrecogedora, porque Jesús cuelga de la cruz mientras el cielo se oscurece y el tiempo parece detenerse, y en medio de esa densidad irrumpe un grito que atraviesa el silencio: “y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34), revelando que la oscuridad no es solo exterior, sino también interior, una expresión del momento más radical de la entrega, del punto en el que Jesús asume plenamente la experiencia humana del dolor, de la soledad y del aparente abandono. No es un elemento decorativo ni un recurso dramático, es el corazón mismo del acontecimiento, donde la luz se retira para mostrar la profundidad de lo que está ocurriendo.

Pero hay aún más, porque en la mentalidad antigua los fenómenos cósmicos no eran indiferentes a los acontecimientos humanos, el universo no era percibido como algo separado de la historia, sino como una realidad que participaba de ella, de modo que cuando ocurría algo decisivo, la naturaleza respondía, y la oscuridad se convierte así en una forma de expresar que lo que sucede en la cruz tiene una dimensión universal. No es un hecho aislado ni un episodio más dentro de la historia, sino un acontecimiento que afecta a todo, que involucra no solo a quienes están presentes, sino a la creación entera, como si el mismo orden del mundo se viera interpelado por lo que está sucediendo.

Sin embargo, no se trata de una victoria de la oscuridad, sino, paradójicamente, de su último intento antes de ser vencida, porque inmediatamente después el relato comienza a transformarse, el velo del Templo se rasga, la tierra tiembla y un centurión romano, testigo de la escena, pronuncia una afirmación inesperada: “Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: ¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15,39), lo que muestra que la oscuridad no tiene la última palabra, sino que funciona como un umbral, como el paso previo a algo nuevo que está por irrumpir.

Por eso, más que preguntarse únicamente qué fenómeno físico ocurrió, la clave está en comprender qué significa, porque la oscuridad en la cruz habla del peso del pecado, del sufrimiento humano, del misterio del dolor asumido hasta el final, pero al mismo tiempo señala que ese momento no es definitivo, que no es el cierre de la historia, sino el punto más bajo antes del amanecer. Es el instante en que todo parece perdido, justo antes de que todo cambie, porque después de la oscuridad viene la luz, pero ya no será simplemente la luz del sol, sino una luz nueva, una que no depende del tiempo ni del ciclo natural, una que nace precisamente en el momento en que el mundo quedó a oscuras y que, desde entonces, no deja de iluminar la historia.

Equipo de Redacción
ANUNCIAR Informa (AI)
Para el programa de radio
EL ALFA Y LA OMEGA

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