PROGRAMA Nº 1269 | 01.04.2026

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¿POR QUÉ DECIDIERON MATAR A JESÚS? (Primera Parte)

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Todos saben cómo murió Jesús: crucificado. La imagen de la cruz es universal, reconocible, inevitable, pero hay una pregunta mucho menos explorada, casi incómoda por su profundidad, que sigue resonando con fuerza: ¿por qué lo mataron?, ¿qué fue lo que llevó a las autoridades a tomar una decisión tan extrema? Durante su vida pública, Jesús mantuvo constantes enfrentamientos con los líderes religiosos de su tiempo, no como un hecho aislado sino como una tensión creciente que se fue intensificando con cada gesto y cada palabra, porque rompía esquemas, desafiaba normas e incomodaba estructuras profundamente arraigadas. No respetaba el sábado según la interpretación oficial cuando afirmaba: “(…) El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.” (Mc 2,27), tampoco seguía las normas de pureza ritual (Mc 7,1-23), reinterpretaba la ley de Moisés (Mt 5,20-48), se rodeaba de publicanos y pecadores (Mc 2,13-14), compartía la mesa con gente de mala fama (Mc 2,15-17) y no dudaba en tocar a leprosos y muertos (Mc 1,41; 5,41), y todo esto generaba rechazo, incomodidad y una creciente inquietud en quienes sostenían el orden religioso.

Más de una vez quisieron eliminarlo, pero no se animaban, porque el pueblo lo seguía, lo escuchaba y lo defendía, y ese apoyo generaba temor a una reacción popular que podía desestabilizar el equilibrio. En un momento preciso, algo cambió, algo ocurrió que colmó la paciencia de las autoridades, un gesto que cruzó un límite y que transformó la tensión en decisión, porque a partir de ese punto ya no hubo dudas: había que matarlo. La pregunta entonces se vuelve inevitable: ¿cuál fue ese momento decisivo? Los Evangelios ofrecen dos respuestas que, lejos de contradecirse, revelan distintas perspectivas del mismo proceso. Según el Evangelio de Juan, el detonante fue la resurrección de Lázaro (Jn 11,45-54), un signo tan impactante que provocó una reacción inmediata, mientras que los otros tres evangelios —Mateo, Marcos y Lucas— señalan otro episodio como determinante: la expulsión de los vendedores del Templo.

Y hay razones fuertes para pensar que esta segunda explicación se acerca más al núcleo del conflicto, porque cuando Jesús es juzgado ante el Sanedrín, los testigos no lo acusan por sus milagros, sino por algo directamente relacionado con el Templo: “Nosotros lo hemos oído decir: Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre” (Mc 14,58), y esa misma idea aparece incluso en las burlas de quienes lo ven en la cruz: “(…) ¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!” (Mc 15,29), y más tarde vuelve a repetirse en el juicio contra Esteban: “Nosotros le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos ha transmitido Moisés”. (Hech 6,14). El foco es claro, el problema no fue solo lo que Jesús decía, sino lo que hizo en el Templo, porque en una de sus visitas a Jerusalén entra en el recinto sagrado y se encuentra con un escenario habitual, vendedores de animales y cambistas instalados en el atrio exterior, pero de pronto la escena cambia, reacciona, actúa, expulsa a los vendedores, vuelca las mesas, derriba los puestos e interrumpe el movimiento comercial, y mientras lo hace, enseña con una frase que resulta decisiva: “(…) Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”. (Mc 11,17).

El gesto es fuerte, directo y provocador, pero para comprenderlo hay que entender el contexto, porque los vendedores no estaban allí por casualidad, cumplían una función concreta, ya que los peregrinos que llegaban a Jerusalén necesitaban animales sin defectos para los sacrificios, algo que no era fácil transportar desde lejos ni garantizar en cuanto a su pureza, y allí podían adquirirlos con seguridad, mientras que los cambistas facilitaban el pago del impuesto religioso, ya que las monedas comunes no eran aceptadas en el Templo por llevar imágenes paganas y solo se permitían monedas específicas, de modo que su actividad hacía posible ese intercambio. Es decir, no se trataba de un sistema corrupto en apariencia, sino de una estructura funcional, aceptada e incluso necesaria, y, además, no operaban en el interior del Templo, sino en el atrio exterior, el espacio destinado a los gentiles, un lugar que muchos no consideraban plenamente sagrado.

Entonces, la pregunta se vuelve más profunda y más exigente: ¿por qué reacciona Jesús con tanta fuerza si no era alguien preocupado por la liturgia ni por los detalles rituales?, porque en los Evangelios nunca aparece obsesionado con la pureza del culto ni con el orden ceremonial, su mensaje iba por otro lado, y sin embargo aquí su actitud rompe la imagen de un Jesús sereno y pacífico, mostrando una firmeza que desconcierta, una acción que resulta disruptiva y que, ya en los primeros tiempos, tampoco fue comprendida del todo, porque las primeras comunidades sabían que ese enfrentamiento existió y que tuvo consecuencias decisivas, pero no conservaban con precisión el motivo profundo, y por eso, cuando los evangelistas escriben sus relatos, cada uno interpreta el episodio desde su propia mirada.

Y es precisamente en esa diversidad de interpretaciones donde comienza a revelarse el verdadero sentido de lo ocurrido, porque este gesto en el Templo no fue simplemente un acto de enojo ni una reacción momentánea, sino una señal que apuntaba al corazón mismo del sistema religioso, un gesto que no se limitaba a lo visible, sino que tocaba una estructura mucho más profunda, y es en esa dirección donde se abre la clave para entender por qué decidieron matarlo. En el próximo programa veremos cómo este episodio no solo generó incomodidad, sino que representó una amenaza directa para el orden establecido, y por qué esa postura resultó absolutamente intolerable para las autoridades de su tiempo.

Equipo de Redacción
ANUNCIAR Informa (AI)
Para el programa de radio
EL ALFA Y LA OMEGA

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