martes, 15 de septiembre de 2009

Nuestra Señora de los Dolores

Desde los primeros tiempos del cristianismo, los fieles manifestaron tierno amor por nuestra Señora. La devoción a los dolores de María fue difundida especialmente, a mediados del siglo 13, por la orden de los siervos de la Virgen o Servitas, cuyo principal cometido era meditar en la pasión de Cristo y en los dolores de su Madre.

En el siglo 17 comenzaron a celebrarse dos fiestas dedicadas a los siete dolores de María, la primera –según el antiguo calendario litúrgico– el viernes siguiente al domingo de pasión, llamado viernes de dolores, que fue extendida a la Iglesia universal por Benedicto XIII en 1724; la segunda, se celebraba el tercer domingo de septiembre, instituida por el Papa Pío VI en 1814, la que en 1913 acabó fijándose definitivamente en el 15 de este mes de septiembre.

En dos distintos lugares de las Sagradas Escrituras se mencionan las amargas penas que afligieron el corazón de la Virgen. Tuvo que huir con su niño a Egipto; después vio a su hijo encarcelado y flagelado. Lo contempló con la cruz a cuestas y una corona de espinas que le hacía sangrar las sienes, golpeado e injuriado. Oyó los terribles golpes del martillo cuando lo clavaban y luego lo vio pendiente del madero; presenció su sed devoradora y la infame burla del vinagre; su atormentada agonía y su grito final. Todo esto vio que le ocurría a su Hijo, quien jamás tuvo en la boca palabras que no fueran de perdón, misericordia e inmenso amor.

Los dolores de María frente a la cruz de la cual pende el Salvador son los más terribles que puedan pensarse. Y así lo cuenta San Juan Evangelista, que fue testigo ocular: "Estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena..."

Sugieren los autores sagrados que todos los tormentos que sufrieron los mártires son, en comparación de los de María, lo que una gota de agua en el mar. Tenía María el cuerpo martirizado y sin vida de Jesús en su regazo, y cuando fue depositado en el sepulcro, la losa sellada separó a la Madre del Hijo.

Pero el amor de nuestra Señora –que constituye el principal motivo de su pena y amargura– es magnánimo y más poderoso que la misma muerte. Atravesada está siete veces por el dolor, como por siete espadas, pero no rehúsa los dolores, sino que los padece con su Hijo por la redención del género humano.

Por dos veces durante el año, la Iglesia conmemora los dolores de la Santísima Virgen que es el de la Semana de la Pasión y también el 15 de setiembre.

"Hoy el patriarca Jacob exulta de gozo y, con espíritu profético nos presenta aquella mística y bienaventurada escalera, que se apoya sobre la tierra y llega hasta el cielo" (Gen 28,12).

Hoy el vetusto Moisés, profeta y guía del pueblo de Israel, nos habla claramente de aquella zarza situada sobre el monte Horeb (Ex 3,15).

Hoy el antiguo Zacarías, célebre como profeta, alza su voz diciendo: "He aquí que yo he visto un candelabro todo de oro, con una lámpara encima". (Za 4, 2).

"Hoy el gran heraldo Isaías, maravilloso entre todos los profetas, a grandes voces profetiza, diciendo: Saldrá un retoño de la raíz de Jesé y de él brotará una flor". (Is 11, 1).

Hoy el admirable Ezequiel exclama: "He aquí que la puerta estará cerrada y nadie entrará por ella, más que el Señor Dios, y la puerta permanecerá cerrada". (Ez. 44, 2).

Hoy el admirable Daniel proclama cosas futuras, como si ya estuvieran presentes: "La piedra se desprendió del monte, sin intervención de mano alguna". (Dn. 2, 45), es decir: sin la acción de ningún hombre.

Hoy David, acompañando a la Esposa y entonando cánticos que se refieren a la Virgen, bajo la figura de una ciudad, levanta la voz diciendo: "Cosas gloriosas se han dicho de ti, OH ciudad del gran Rey". (Sal 87, 3)

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