miércoles, 4 de enero de 2012

El Bautismo: como sacramento del pueblo

Desde hace unos treinta años, principalmente entre los teólogos, pastoralistas y agentes más cercanos al catolicismo popular, se fue instalando una idea que podría expresarse más o menos así: "el Bautismo es el sacramento del pueblo". Con esas, u otras palabras, parece afirmarse lo siguiente: en primer lugar, que en nuestra región existe un afecto especial por bautizar a los niños y que su solicitud surge espontáneamente; no al modo del cumplimiento de una norma externa sino como algo que forma parte constitutiva del modo de ser, de la cultura. Pero además, también subyace otra noción que configura un panorama más complejo tanto de comprensión teórico-doctrinal como de intervención pastoral: una suerte de apropiación del Bautismo por parte del pueblo.

En este contexto, la preeminencia del Bautismo respecto a los otros sacramentos y la importancia de la praxis pastoral y catequética que esa preferencia conlleva, ha sido considerada en numerosas ocasiones por el magisterio local. Ya en el Documento de San Miguel en la declaración del Episcopado Argentino sobre la adaptación a la realidad actual del país, de las conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín - 1969), al afirmar que "la Iglesia en nuestra Patria reconoce como hijos suyos a la multitud de hombres y mujeres bautizados que forman la gran mayoría de la población argentina...", se le otorgaba una especial significación a "todo bautizado" como miembro pleno de la Iglesia, que hasta el momento no era habitual. Con lo cual, parecía revalorizarse no sólo el sacramento en sí mismo –que no necesitaba ninguna revalorización, sino, y sobre todo, en el entorno global en que es solicitado, otorgado y vivido, es decir, en estas propias características culturales.

Más recientemente, en Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización (CEA, 1990) y después en Navega Mar Adentro (CEA, 2003), se vuelve sobre el particular denotando este peculiar aprecio por el Bautismo presente en la generalidad del pueblo. Otro documento, pero este específico sobre el tema y de gran valor magisterial para el conjunto de la Iglesia en Argentina aunque no pertenezca a la CEA, es el llamado Indicaciones pastorales para el Bautismo de Niños de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Buenos Aires, de 2002. En él, se destaca la "delicadeza" pastoral con la que debe acompañarse todos los aspectos referidos al Bautismo (recepción, catequesis, celebración...).

Estos tres documentos, y otros similares al último elaborados en diversas diócesis de la Iglesia de la Argentina, no sólo tienen la utilidad de ofrecer orientaciones o indicaciones pastorales. Además, representan un claro signo de que existe una "intuición" eclesiástica por la que se capta la peculiaridad de este sacramento en el talante popular. En qué consiste esta peculiaridad, y si es que a partir de ella podrían –o deberían "repensarse" algunos elementos implicados en este sacramento, es el tema que ahora nos ocupa.

El dato empírico e inicial con el que contamos, es que la cantidad de familias que piden el Bautismo para sus hijos, supera amplísimamente a la cantidad de familias de práctica preceptual. Muchas de ellas, ciertamente, peregrinan con más o menos habitualidad a algún santuario o participan de las celebraciones litúrgicas más significativas (Semana Santa, Navidad...). Sin embargo, en su gran mayoría y como suelen decir ellas mismas: "no somos de ir a misa", y no son pocas las que agregan: "creemos en Dios, somos católicos, pero no estamos de acuerdo con muchas cosas de la Iglesia...".
El segundo dato, no siempre tan evidenciado, es el siguiente: según cálculos estimados, sólo dos de cada diez parejas que piden el Bautismo para sus hijos, poseen vínculo sacramental y sus conocimientos catequéticos son bastante elementales. En principio, ambas características tomadas en sí mismas, enajenadas de otras consideraciones posibles, resultan poco consistentes para "calificar" la catolicidad de estas personas o sus niveles de creencia o increencia. Y no se trata tampoco, en absoluto, de hacerlas pasar por el tamiz de la ilustración, tanto en lo cultural como en lo cognoscitivo para otorgarles credencial de cristianas. Así y todo, lo que hoy estos datos están aportando, dos elementos bastante implicados entre sí. Por un lado, el avance sistemático de la crítica de las instituciones, tantas veces estudiado en el contexto del postmodernismo y del cambio de paradigmas, y por otro, que la apropiación del Bautismo está yendo bastante más allá de lo que se consideraba hasta hace unos veinte años en el entorno del catolicismo popular. Lo que se observa, y cada vez con más fuerza, es que entre el imaginario religioso de los tantos que piden el Bautismo para sus hijos y no pocas de las formulaciones tradicionales de la doctrina católica, se abre una brecha cada vez mayor.

Estas apreciaciones las estamos haciendo desde el contexto de una ciudad (la de Buenos Aires, por ejemplo), con todas las connotaciones diferenciales que tienen las grandes metrópolis respecto a otras zonas urbanas. El imaginario religioso (no llega a ser un sistema completo), aún sosteniendo los elementos centrales de la piedad católica (confianza en la providencia divina, devoción por la Virgen y por los santos, fe en Jesucristo salvador...) se ha ido distanciado significativamente de algunos aspectos de la doctrina. Y no sólo de las referidas a la moralidad.

En las nuevas generaciones, las del ’80 en adelante, la apropiación del catolicismo está avanzando de un modo original: ya no se trata de criticar las disposiciones doctrinales, puesto que en gran medida se las ignora. Si no más bien, todo parece conducir a una suerte de reconstrucción doctrinal realizada sobre la base de la propia experiencia de fe. Ante la consulta acerca de porqué desean bautizar a sus niños, la respuesta –salvo en particularísimas excepciones, apunta en esta dirección: "para que esté protegido por Dios", "para que reciba su bendición", "para que crezca sanito", "para que no sea un animalito"... En algunos casos se menciona al Bautismo como "introducción" a la vida de la fe haciendo siempre la salvedad de que, en definitiva, será el niño quien escoja su camino cuando tenga edad suficiente.

Queda claro, entonces, que para esta comprensión del Bautismo no existe ningún tipo de restricción que pudiera impedirlo. ¿En qué afecta la calidad conyugal de los padrinos al deseo de que el niño goce del amparo y de la protección de Dios? La predicación multisecular de la Iglesia respecto al sentido salvífico del Bautismo y su necesidad como respuesta al pecado original, no aparece reflejado en el catolicismo popular. Tampoco, a no ser en las familias más vinculadas a la institución eclesiástica, aparece la figura del padrino-madrina como "el mayor en la fe". Como se sabe, la elección de los padrinos está mucho más vinculada a los afectos que a la educación cristiana. Y en tantísimos casos, tal vez la mayoría, se los escoge a modo de "retaguardia" paterna.

La pregunta que nos surge de inmediato, es qué hacer con estos datos. Que la respuesta pastoral se hace imprescindible, no hay dudas, pero ¿es suficiente? ¿O esta realidad nos provoca a dar otro paso? La perspectiva pastoral, según se ve, tiene sus límites. Veamos esto: en las Indicaciones pastorales... que mencionamos más arriba se insiste en la importancia de "evitar que se difiera indefinidamente o que se impida el Bautismo en razón de los padrinos", para lo cual, se propone privilegiar el deseo de los padres instando a las comunidades a suplir las posibles insuficiencias. En cuanto malabar dialéctico, la propuesta parece razonable, pero de qué modo real las comunidades pueden suplir esas insuficiencias. ¿Acompañando a los padres y a los niños en la formación de su fe? ¿A cuántos es posible acompañar? ¿Cómo? ¿Cómo lo harían las comunidades de los Santuarios en los que los bautismos se multiplican por cientos o por miles a lo largo del año? En la misma línea, ¿qué sentido tiene informar acerca de las "condiciones necesarias" para el padrinazgo (ser católico, estar confirmado, llevar una vida congruente con la fe –por ejemplo, no vivir en pareja extra sacramental, como lo expresa el Código de derecho canónico 872 §3), si de todos modos se lo aceptará igual aún no cumpliendo con esos requisitos? ¿No nos encontramos, acaso, frente a una contradicción pastoral-doctrinal?

Planteado este asunto en términos estrictos, podrían asumirse (de hecho, se asumen) dos actitudes sensiblemente diversas aunque haya matices en cada una de ellas. Por la primera, el Bautismo se restringiría a las familias que puedan acreditar no sólo el cumplimiento de algunas normas, sino también, que manifiesten su convencimiento de que "por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios..." como enseña el Nuevo Catecismo de la Iglesia católica, en el 1213. Y además, siempre que los padrinos elegidos sean "creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana..." (Catecismo, 1255). La otra actitud, fuertemente valorada y reconocida en los últimos años, es la de aceptar que las limitaciones humanas, pueden ser suplidas por la misericordia divina y que por tanto, dado que el Bautismo en sí mismo es mucho más importante que las condiciones circundantes de quien se bautiza y mucho más que la claridad conceptual que acerca de este sacramento tiene el que lo solicita, no debe ser negado mientras exista "esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la fe católica" (Código 868 §1).

Ambas actitudes, sin embargo, relegan la reflexión en torno al meollo creyente que se verifica en la vivencia concreta de las grandes mayorías bautizadas, esas mismas mayorías, a su vez, que le otorgan al continente latinoamericano el privilegio de contar con el porcentaje más alto de católicos del mundo. La primera, lo desacredita casi por completo; la segunda, o bien lo tolera, o bien le concede algún valor pero en el contexto del "mal menor", como un talante religioso que debe ser superado teniendo como horizonte la recta doctrina y el cumplimiento de lo normado. El Bautismo y todo lo que gira en torno a él –como se desprende de lo ya dicho, coloca sobre la mesa algunas cuestiones muy sensibles de la doctrina católica. No sólo es otra puerta por la que ingresa el conflicto ético-religioso de las uniones no sacramentalizadas y todo lo atinente a la moral familiar; si no que instala, desde la lógica popular –no ilustrada, y esto es lo significativo– la cuestión del pecado original y su correlato teológico: la salvación.

¿Por qué la noción de pecado original se ha escindido casi por completo del Bautismo en su comprensión popular? ¿Por qué el Bautismo no es entendido como la liberación del pecado y condición para la salvación? ¿Por qué la elección de los padrinos toma el eje de los afectos mucho antes que el de la educación religiosa, aunque no la desprecie? Estas son algunas de las preguntas que, considerado el Bautismo ya no en su formulación doctrinal sino en cuanto apropiado por el catolicismo popular irrumpen interpelando a la inteligencia de la fe.

Ciertamente que podría considerarse una desviación, una pérdida del verdadero sentido creyente. Pero también, podría entenderse que el sentir de los fieles se ofrece como una interpretación existencial del catolicismo que ayuda a depurarlo de ciertas adherencias, en especial, de las que tanto han insistido en la separación radical de lo divino y lo humano. La experiencia gozosa, esperanzadora y profundamente humana que provoca el niño recién nacido, en poco se asocia a un nacimiento viciado desde su origen por una culpa ancestral. Así mismo, la experiencia más cotidiana de la salvación, no parece proceder tanto de la formación y la práctica religiosa, como del vínculo afectivo con quienes se comparte los gozos y los pesares: es el amor lo que nos salva y es amando como nos salvamos. Esa es la enseñanza basal de Jesús y de los Evangelios.

Tal vez por esto, por la posibilidad de reinterpretar el Bautismo en clave humanizadora de lo religioso, es que se ha convertido –como se dijo al principio– en el sacramento del pueblo.

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Fuente:
Revista Vida Pastoral
Nº 266 – Julio – Agosto 2007

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