lunes, 3 de febrero de 2014

La pastoral de los difuntos y sus cenizas


Según los antropólogos, la cremación del cuerpo de los muertos se practicaba ya al final del período neolítico y también encontramos algunas señales arqueológicas de este ritual en la zona habitada por los cananeos alrededor del 3000 a.C. Los poemas de Homero hablan de ella como un rito de homenaje a los héroes griegos durante la guerra de Troya y sabemos que en Roma se extendió en los últimos tiempos de la República. Pero es en las tradiciones del hinduismo donde se da mayoritariamente esta práctica que incluye la quema de la pequeña nave que transporta los restos de quien ha fallecido. También cremaban a sus muertos los vikingos hasta su desaparición hacia el final del primer milenio.

Los pueblos semitas preferían la "inhumación" y la costumbre fue continuada por los israelitas y por las primeras comunidades cristianas hasta nuestros días. Al "entierro", esto es, depositar en la tierra, se agregó el conservar el cadáver en un féretro colocado en nichos o bóvedas.

En la modernidad, algunos grupos del Occidente ilustrado solicitaban la quema de sus cuerpos para negar "la resurrección de la carne", ya que imaginaban que la dispersión de los restos impediría lo proclamado por la fe; por tal motivo la Iglesia prohibió la cremación (salvo casos de peste o situaciones de fuerza mayor) privando de sepultura eclesiástica a quienes la hubieren solicitado.

Para comprender la intensidad de esta "disputa" en su contexto histórico, basta saber que en 1891, Annie Bessant, suprema directora de la Sección Europea de la Asociación Teosófica se consideraba una entusiasta defensora del "ateísmo, la República y el entierro civil"

En ese mismo clima, el comentario al canon 1203 del antiguo Código de Derecho Canónico de 1917 realizado por los responsables de la edición de la Bac de España dice, con el estilo apologético propio de la época, que la práctica de la cremación está reprobada, entre otros motivos, "por las perversas ideas de que están imbuidos y los fines depravados que persiguen sus más entusiastas defensores entre los cuales se cuentan los afiliados a la masonería, como puede verse en la Instrucción del Santo Oficio del 19 de mayo de 1886..."

Pero esa prohibición fue radicalmente modificada por el Santo Oficio (que luego se convertirá en la Congregación para la Doctrina de la Fe) durante la celebración del Concilio Vaticano II en 1964 y, consecuentemente, en el canon 1176 del Código de Derecho Canónico de 1983. En el Ritual de las Exequias, promulgado el 15 de agosto de 1969, se puede leer:

"Se puede conceder las exequias cristianas a quienes han elegido la cremación de su propio cadáver, a no ser que conste que fue elegida por motivos contrarios al sentido cristiano de la vida"

La supresión de la antigua prohibición, la concentración urbana, la exhumación de los cadáveres en los cementerios en razón del breve tiempo de permanencia en la tierra, y ciertas modificaciones culturales en torno al tema de la muerte han hecho que en muchos lugares, sobre todo en las grandes ciudades, muchas personas creyentes pidan la cremación.

El Ritual de las Exequias prevé que "en este caso, los ritos que se hacen en la capilla del cementerio o junto al sepulcro pueden tener lugar en el edificio del crematorio, evitando todo peligro de escándalo o indiferentismo"

Pero después de haber pasado el primer impacto del duelo, se presenta ante los familiares un problema delicado, sobre todo si el difunto no dejó ninguna disposición especial sobre el destino final de las cenizas.

Algunos guardan la pequeña urna en sus casas, otros la entierran en el jardín o arrojan las cenizas al mar. En algunos casos aparecen discretamente depositadas en algún rincón oscuro de un templo o capilla. En casos más conflictivos, suele ser ocasión de dolorosas discusiones en la que afloran sentimientos contrapuestos entre quienes se encontraban unidos por distintos vínculos.

La cita que remite al Apocalipsis dice: "El mar devolvió a los muertos que guardaba; la Muerte y el Abismo hicieron lo mismo y cada uno fue juzgado según sus obras". Según los comentaristas, "el mar" era antiguamente considerado como el símbolo del caos y del mal, por eso el vidente anuncia: "Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más" (Apoc 21, 1).

El cinerario, símbolo de la esperanza

Ese espacio se puede denominar "cinerario" y un rito adecuado contribuirá al acompañamiento de ese momento tan especial con el que culmina la despedida visible del ser querido.

El cinerario retoma la tradición de unir el cementerio con el templo, y consiste en una fosa de dos o tres metros de profundidad y de uno por cada lado o diámetro. Se lo puede ubicar en el atrio, en algún altar o arcada lateral del templo o en el jardín anexo y cubrir con una loza.

Si se quiere simbolizar mejor la relación entre el bautismo y la muerte, en lugar de la losa, se construye un volumen cúbico o cilíndrico, de unos 80 centímetros de alto, al estilo de la pila bautismal, con una tapa de hierro o mármol con un candado o cerradura de resguardo. En este caso, en una de sus caras laterales tendrán las imágenes o mensajes apropiados.

El fundamento teológico-pastoral de este último tipo de cinerario supone que la mirada desde la fe muestra un nuevo sentido a lo inevitable de la muerte, según escribiera Pablo VI en su Testamento: "La muerte es un progreso en la comunión de los santos...". Esa "comunión" ha tenido un inicio fundamental en el sacramento del Bautismo porque "...allí el discípulo del Señor ya está sacramentalmente muerto con Cristo para vivir una vida nueva; y si muere en la gracia de Dios, la muerte física ratifica este morir con Cristo y lo lleva a la consumación, incorporándose plenamente y para siempre en Cristo Redentor"

Las cenizas, que son la última expresión material de lo que fue el cuerpo, tienen una enorme carga simbólica porque remiten a la memoria de lo que la persona significó para sus familiares y amigos. Una adecuada pastoral integra el momento de depositar las cenizas con un rito que exprese el valor de la despedida y la esperanza en la futura resurrección.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Nº 250 – Año 2004

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