martes, 16 de abril de 2013

El Misterio de la Encarnación - 2º Parte


El hecho de la Encarnación de Dios, que se hace un hombre como nosotros, nos muestra el realismo sin precedentes del amor divino. La acción de Dios, de hecho, no se limita a las palabras, es más podríamos decir que Él no se contenta con hablar, sino que se sumerge en nuestra historia y asume sobre sí la fatiga y el peso de la vida humana. El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, nació de la Virgen María, en un tiempo y en un lugar específico, en Belén durante el reinado del emperador Augusto, bajo el gobernador Quirino (Lc 2,1-2); creció en una familia, tuvo amigos, formó un grupo de discípulos, dio instrucciones a los apóstoles para que continuaran su misión, completó el curso de su vida terrenal en la cruz.

Este modo de actuar de Dios es un poderoso estímulo para cuestionarnos sobre el realismo de nuestra fe, que no debe limitarse a la esfera de los sentimientos y emociones, sino que debe entrar en la realidad de nuestra existencia, es decir, debe tocar nuestra vida de cada día y orientarla de manera práctica. Dios no se detuvo en las palabras, sino que nos mostró cómo vivir, compartiendo nuestra propia experiencia, salvo en el pecado.

El Catecismo de San Pío X, que algunos de nosotros hemos estudiado de niños, con su sencillez, a la pregunta: "¿Para vivir según Dios, ¿qué debemos hacer?", da esta respuesta: "Para vivir según Dios debemos creer las verdades reveladas por Él y observar sus mandamientos con la ayuda de su gracia, que se obtiene mediante los sacramentos y la oración". La fe tiene un aspecto fundamental que afecta no sólo la mente y el corazón, sino toda nuestra vida.

Un último elemento que propongo a vuestra reflexión. San Juan dice que el Verbo, el Logos estaba con Dios desde el principio, y que todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo, y que nada de lo que existe fue hecho sin Él (cf. Jn 1:1-3). El evangelista claramente alude a la historia de la creación que se encuentra en los primeros capítulos del Libro del Génesis, y los relee a la luz de Cristo.

Este es un criterio fundamental en la lectura cristiana de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento siempre deben ser leídos juntos y a partir del Nuevo se revela el sentido más profundo también del Antiguo. Aquel mismo Verbo, que siempre ha existido con Dios, que es Dios Él mismo y por el cual y en vista del cual todas las cosas fueron creadas (cf. Col 1:16-17), se hizo hombre: el Dios eterno e infinito se sumergió en la finitud humana, en su criatura, para reconducir el hombre y el conjunto de la creación a Él. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: "la primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo brillo supera el de la primera" (n. 349).

Los Padres de la Iglesia han acercado a Jesús a Adán, hasta llamarlo "segundo Adán" o el nuevo Adán, la imagen perfecta de Dios. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que nos da la respuesta completa a la pregunta "¿Quién es el hombre?". Sólo en Jesús se revela plenamente el proyecto de Dios sobre el ser humano: Él es el hombre definitivo según Dios.

El Concilio Vaticano II lo reitera firmemente. Dice así: "En realidad, sólo en el misterio del Verbo encarnado, encuentra verdadera luz el misterio del hombre... Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le revela su sublime vocación" 

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