martes, 23 de abril de 2013

La bendición: símbolo y catolicismo popular - Primera Parte


El “bendecir” es una de las más antiguas tradiciones de la Iglesia. No se trata, claro, de una costumbre exclusiva del catolicismo. Los bendicionales pertenecen a una enorme variedad de tradiciones religiosas y culturales. Con distintos nombres y diversidad de formas, existen rituales y expresiones de bendición en casi todas las tradiciones religiosas del planeta. Se trata, según parece, de algo naturalmente asociado a cualquier vínculo con lo sagrado. Y por eso, seguramente, se observa tanto afecto por las bendiciones de parte de las mujeres y varones que participan del universo al que llamamos catolicismo popular.

En la Biblia se mencionan desde el primero de sus libros. En el mítico relato de la creación, Dios bendice a los seres vivientes que llenarán las aguas; bendice al varón y la mujer apenas creados; bendice y consagra al séptimo día… A lo largo de todo el Antiguo Testamento encontramos numerosas citas que mencionan esta pluricultural y multisecular costumbre. Dios bendice a las personas y las personas bendicen a Dios. También las personas bendicen a otras personas: los patriarcas a sus pueblos, los padres a sus familias, los sacerdotes a los creyentes. En los Evangelios nos encontramos con Jesús bendiciendo a unos niños mientras pone sus manos sobre ellos (Mc 10, 13-16); bendiciendo el pan en la última cena (Mt 26,26), o bendiciendo a sus discípulos “alzando las manos” en momentos previos de la ascensión (Lc 24,50).

Como se dijo, las citas bíblicas son cuantiosas. Y aunque todas refieren a una presencia –actual o anhelada– “particular” de Dios, es posible distinguir al menos tres tipos de bendiciones: Las bendiciones que expresan alabanza o agradecimiento dirigidos a Dios. Las bendiciones que expresan un deseo de bien o felicidad para quien la recibe. Las bendiciones que expresan la santificación o la dedicación de una persona o cosa entregada a Dios. Es fácil notar cómo esos tres tipos de bendiciones permanecen en la actualidad, los tres están incluidos en las liturgias ordinarias y los últimos dos, suelen ser muy requeridos a los sacerdotes o ministros en el ámbito del catolicismo popular.

Un brevísimo repaso por la etimología del vocablo “bendición”, podrá ayudarnos a introducirnos más y mejor en este asunto. Parece que ninguna de las palabras antiguas expresa por sí sola todo lo que encierra nuestro actual concepto de bendición. El verbo hebreo barak, tan utilizado en el Antiguo Testamento y traducido al castellano por “bendecir”, significaba el deseo de dotar a alguien con el éxito, la prosperidad, la fecundidad. Ese es el sentido claro que aparece en el Génesis cuando Dios bendice al varón y a la mujer recién creados. Como puede observarse, su acento está puesto en el segundo de los tipos de bendiciones mencionados.

Ese verbo (barak) ha sido traducido por el griego eulogein cuyo significado clásico no era estrictamente el de desear el bien, sino el de decir bien, hablar con elegancia. Finalmente, el eulogein griego se tradujo al latín por la palabra benedicere de significado similar: hablar bien; pero no en un sentido estilístico del lenguaje sino hablar bien de algo o de alguien. El término latino benedictio (bendición) se extendió en el uso eclesiástico hasta comprender no sólo al barak hebreo sino también a los otros sentidos con los que hoy utilizamos la palabra bendición. Observemos que el bendecir una cosa o lugar, no puede significar de modo directo el desearle el bien, la prosperidad o la felicidad a esa cosa, sino más bien su consagración en función del bien de quien la utilice. Tampoco el bendecir a Dios significa desearle el bien – ¿qué sentido tendría?– sino que designa una actitud de alabanza o de acción de gracias.

Comencemos a centrarnos en el punto que especialmente nos interesa. ¿Qué piden las personas cuando piden una bendición? ¿Qué es lo que realmente se les “da” cuando se las bendice? Habría que distinguir, ciertamente, entre la bendición de personas y la bendición de objetos; aunque para ambos casos cabría el mismo interrogante: ¿qué realidad nueva o, si se quiere, qué “plus” de realidad le otorga una bendición al objeto o persona bendecida? ¿Le confiere, objetivamente hablando, alguna característica que antes no tenía? Pero no nos adelantemos, volvamos a la pregunta inicial: ¿qué piden las personas cuando piden una bendición?

Aún sin contar con un trabajo de campo sistematizado, parece razonable afirmar que ese pedido responde al anhelo de experimentarse especialmente protegidas o cuidadas por Dios. Las personas bendecidas, entonces, estarían en mejores condiciones que las no bendecidas para enfrentar tanto las vicisitudes de la vida diaria como algún hecho extraordinario o particular que tengan por delante: salir de viaje, someterse a una operación, asistir a una entrevista de trabajo, ir de misión. Algo similar parece ocurrir con la bendición de los objetos religiosos, así como con las viviendas, los comercios, los automóviles u otros bienes por el estilo. Tener una estampa, una medalla o un rosario bendecidos, no es lo mismo que tenerlos sin bendecir. Parece que estos objetos bendecidos poseen una mayor cercanía con lo divino, pasan a tener una dignidad diferencial que los convierte en instrumentos privilegiados de mediación con Dios. Esto, claro, en el mejor de los casos –que intuyo son la mayoría–; en otros, la bendición de un objeto lo lleva un poco más lejos, lo conduce a transformarlo en elemento de protección personal, algo no muy distinto a un amuleto o talismán. Claro que con una diferencia importante. Su calidad “protectora” no le viene de algún relato mítico-cultural, como en la pata de conejo, sino del mismísimo Dios.

Podemos decir, en breve e inicial síntesis, que quien pide una bendición, está anhelando situarse en una mayor inmediatez personal con Dios que la que antes tenía. Tal inmediatez diferencial, ciertamente, ofrecería un mayor estado de amparo y protección. Veamos ahora qué es lo que a las personas se le “da” cuando se las bendice.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Editorial San Pablo (Argentina)

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