martes, 27 de enero de 2015

Mahatma Gandhi

Pensador y líder del nacionalismo indio. Es la personalidad indígena más relevante de la historia india contemporánea. Domina la escena política y social de la India durante la primera mitad del siglo XX. Valioso legado de su actividad encaminada al bien de sus compatriotas y a la independencia de su país en el marco de una extraordinaria concepción filantrópica y humanitaria, ha quedado la obra titulada por él Historia de mis experiencias con la verdad (que en su primera redacción data de unos veinte años antes de su muerte), una mole ingente y variado de artículos publicados en revistas y periódicos, numerosos discursos oficiales pronunciados en la India y en Inglaterra y las abundantes alocuciones de carácter familiar y paternal dirigidas al pueblo y cuyo vivo y religioso recuerdo se mantiene todavía.

Pasó la infancia en un ambiente familiar ordenado y recogido que dejó en él una huella indeleble. Su padre era funcionario estatal de grado elevado y su madre conservaba una fe religiosa apasionada y operante que se remontaba a las antiguas y sagradas tradiciones brahmánicas e hindúes. Después de haber seguido en su patria un curso regular de estudios y cuando tenía cerca de veinte años, mantuvo durante tres años un primer contacto directo con la cultura occidental, viviendo en Londres, donde esperaba perfeccionarse en los estudios jurídicos. Regresó después a la India; pero no permaneció allí mucho tiempo.

Los ideales que guiaron toda su vida y que se identifican con un ardiente amor a la India (cuya antigua civilización y algunas épocas gloriosas de su historia trimilenaria se le aparecían como firmes bases para la deseada unión nacional) y una necesidad innata de llevar a cabo la difícil misión con un espíritu de amor y caridad hacia la humanidad entera, comienzan a revelarse públicamente con el generoso impulso con que Gandhi -habiéndose trasladado en 1893 al África meridional- se dedicó a realizar la obra de redención y de elevación moral y social de muchos millares de indios allí residentes.

Numerosas y variadas fueron sus iniciativas humanitarias; instituyó colonias agrícolas y hospitales, y, sobre todo desde entonces, trató de eliminar las castas y religiones que dividían a su pueblo. En sus relaciones y en sus inevitables choques con las autoridades gubernativas de Sudáfrica inauguró un método de lucha, o mejor de resistencia que mantenía el respeto a la persona humana y evitaba la revuelta armada; y ya en África, en 1906, puso en práctica el "satyagraha" ("obstinación por la verdad"), conocido en Occidente con el nombre de "resistencia pasiva".

Regresó a finales de 1914 a la India, donde llevó una vida retirada hasta 1918, término de la primera Guerra Mundial. A partir de este año, Gandhi fue prácticamente el jefe del movimiento nacionalista. Su bandera, al principio la simple "autonomía", que toma su base de la "autonomía económica" a la que se llega mediante la "no colaboración" y después con la "desobediencia civil", pasa a ser en fin el símbolo de la "independencia nacional" ("svaraj").

1920 señala una fecha importante en la vida de Gandhi, porque fue precisamente en este año, en ocasión de la sesión extraordinaria del Congreso Nacional Indio en Calcuta y en la ordinaria celebrada poco después en Nagpur, cuando Gandhi obtuvo un gran éxito personal, por cuanto en la primera fue aprobada y en la segunda ratificada la puesta en práctica de una gradual resistencia pasiva, deseada y ardientemente propugnada por Gandhi.

Se convierte entonces en primerísima figura, no sólo en el seno del Congreso, sino en toda la India; y a este año se remonta el título de "Mahatma", que el mismo pueblo le confirió en un impulso espontáneo de entusiasmo y de devoción; y dicho apelativo, que significa literalmente "el magnánimo" y alude a sus dotes de "profeta" y de "santo" que las masas le reconocían, lo glorifica y lo señala para la posteridad.

Los períodos sucesivos de la vida de Gandhi muestran una ininterrumpida serie de episodios durante los cuales continuó su actividad política, con pausas más o menos largas pasadas en duras prisiones. De 1930 es una vigorosa llamada directa al pueblo, redactada por entero por Gandhi y sancionada por el Congreso; llamada en la que se siente vibrar toda la pasión y todo el amor de Gandhi por su tierra madre y su anhelo por liberarla de la dominación extranjera. De aquel mismo año es su valerosa actuación contra las leyes del monopolio de la sal y su memorable marcha de tres semanas, osada y simbólica al mismo tiempo, realizada en medio del entusiasmo irrefrenable de las muchedumbres a lo largo del recorrido que separa la ciudad de Ahmedabad de la pequeña localidad costera de Dandi.

A finales de 1931 participa en Londres en la segunda conferencia de la Mesa Redonda. Pero la conferencia marcó un fracaso para la causa india. Vuelto a su patria, Gandhi vivió durante algunos años apartado de la política oficial; pero dedicado a su apasionada atención a los problemas sociales, especialmente al concerniente a los "intocables". Reapareció en la escena política en 1940, durante la segunda Guerra Mundial, y con indómita constancia, continuó luchando -siempre inerme- por aquellos ideales de cuya fe nunca se apartó; y así mantuvo una esperanza inquebrantable hasta el día de su sacrificio.

Gandhi ha sido jefe y maestro de su pueblo y lo ha guiado a la consecución de la meta que había soñado ardientemente. Gandhi vio la India independiente, aunque no se haya verificado su deseo de fundir hindúes y musulmanes en unitaria convivencia. Y, ciertamente, ello constituyó una espina, a la que se añadieron las amargas desilusiones y dolores por las violencias y los estragos que acompañaron al nacimiento de la Unión India y del Pakistán.

Extraordinaria figura de asceta indio, Gandhi no pasó su existencia en el tradicional eremitorio solitario, sino que fue impulsado por su infinito amor a su tierra madre y a sus hermanos a vivir -excepto algunos breves paréntesis- en medio del mundo y a practicar sus virtudes ascéticas, aun permaneciendo en contacto con gobernantes y métodos políticos del pleno siglo XX. El amor ("ahimsa") fue su arma política, y se nos aparece totalmente dominado por aquel sentimiento de bondad y de afectuosa dulzura que es la nota dominante del Visnuísmo.

Sus repetidos y dolorosos ayunos (realizó dieciséis, el último de ellos pocos días antes de su fin en un intento de conseguir la paz religiosa de toda la India) eran la prueba de una completa entrega a su causa y consiguieron la devoción de las masas; su palabra apasionada las entusiasmaba, sus plegarias y sus invocaciones al dios Raro, recitadas en público, conmovían y arrebataban al auditorio. Actuó políticamente siguiendo medios que estaban en neto contraste con la práctica dominante, consideró despreciable el principio según el cual el fin justifica los medios, principio que muchos siglos antes, un maestro indio de política, Kautilya, había exaltado y puesto en práctica con un realismo sin escrúpulos.

Pero el método, diríamos evangélico, predicado y realizado por Gandhi consiguió el deseado triunfo. El desconsolado anuncio hecho a las gentes de que el padre ("bap") había muerto, el dolor del pueblo impresionado por la noticia del trágico fin, la consagración de sus cenizas, sumergidas religiosamente en numerosos ríos sagrados del inmenso país, revelaron al mundo que la India había perdido a su más grande santo de la Edad Moderna.

El Evangelio según el Espiritismo

“El Evangelio según el Espiritismo” (L'Évangile Selon le Spiritisme) es un tratado sobre espiritismo y religión escrito por el ocultista francés Allan Kardec, publicado en 1864. Es un intento de relacionar las enseñanzas de Jesucristo con el espiritismo, tarea que Kardec encaró con verdadera obsesión; ya que fue él mismo quien instaló las bases morales de la práctica espiritista, de manera que estaba particularmente interesado en reconciliar esa visión con las ideas católicas dominantes.

Como era de esperar, “El Evangelio según el Espiritismo” arrastró terribles críticas de la comunidad eclesiástica, pasando a engrosar rápidamente su lista de libros prohibidos. Consta de veintiocho capítulos. Veintisiete están dedicados a diseccionar un verso en particular de los Evangelios, asociándolos con las enseñanzas del espiritismo. El último capítulo, acaso el más extraño, contiene plegarias sugeridas por Kardec y sus médiums por ciertos “espíritus desencarnados”.

Allan Kardec fue, sobre todo, un católico ferviente. Sus intentos de reconciliar la Iglesia Católica con el espiritismo, su pasión, fueron tan loables como impotentes. Su conocimiento de la Biblia hizo que la batalla fuese interesante, al menos para el observador imparcial, pero esto no le evitó ser masacrado por el brazo académico de Roma.

“El Evangelio según el Espiritismo” señala que las traducciones de los Evangelios son imperfectas, y que resultan ininteligibles si no los asociamos correctamente con la cultura y el contexto histórico de los pueblos de medio oriente. Acto seguido, elabora una serie de teorías descabelladas pero muy interesantes. Finalmente, Allan Kardec propone un cambio de enfoque en relación con Jesús, y sugiere que sus enseñanzas verbales son apenas un matiz menor de su esencia, cuyo significado absoluto se encuentra en sus acciones, reflejos simbólicos de una verdad más noble y alta.

La segunda parte de “El Evangelio según el Espiritismo” compara la moral cristiana y asegura que el espiritismo es su descendiente más acabado, incluso lo ubica más cerca de las enseñanzas de Jesús que la propia iglesia. Para ello, Allan Kardec apunta a la poca o nula contradicción existente en el espiritismo, ya que los todos los espíritus elevados que fueron convocados a través de médiums y sesiones espiritistas dan una sola versión del mensaje, lógico, consistente y coherente con las ideas cristianas primigenias.

La tercera parte de “El Evangelio según el Espiritismo” es un rápido recorrido por los Evangelios, explicando el significado perdido de algunos conceptos y palabras que sólo se encuentran allí. A continuación resumimos las conclusiones de este libro, las cuales explican por sí solas la controversia que generó en su época:

La revelación de Dios en continua, no se limita a los textos sagrados. Existieron tres revelaciones directas: Moisés, Sócrates -fallida por cierto- y Jesús.

Los espíritus son inmortales y reencarnan para perfeccionar su moral e inteligencia y de este modo ser dignos de estar en presencia de Dios.

La religión debe ser libre, flexible.

La moral debe estar basada únicamente en el amor.

Todos los espíritus son salvados, aún los más perversos, conocidos como demonios; aunque luego de un tiempo que excede la capacidad humana para concebirlo.

¿Cómo hizo Moisés para contar su propia muerte? - Segunda Parte

Durante siglos los lectores de la Biblia se preguntaron: ¿cómo hizo Moisés, autor de los cinco primeros libros bíblicos, para contar en el capítulo 34 del Deuteronomio su propia muerte? ¿Cómo se enteró del día, lugar y hora en que iba a fallecer, del duelo que harían los israelitas por él, y de los futuros detalles de su sepultura?

La pregunta era obligada, porque uno de los dogmas más firmes entre los estudiosos bíblicos fue, durante mucho tiempo, que Moisés era el autor del Deuteronomio. Sin embargo hoy ningún biblista serio piensa así. La misma Iglesia Católica ha abandonado ya esta postura, gracias a los hallazgos de las últimas décadas. ¿Quién escribió, entonces, el Deuteronomio, cuarto libro de la Biblia y uno de los más sagrados de todo el Antiguo Testamento?

Como mencionáramos en el programa anterior, con estos descubrimientos a mano, sólo faltaba alguien que pudiera hacer una síntesis y presentar una hipótesis satisfactoria. Entonces apareció en escena un genial pensador llamado JULIO WELLHAUSEN. Este protestante alemán recogió los datos nuevos que habían ido apareciendo, les dio mayor precisión científica, logró ponerles fecha, y en 1878 estuvo en condiciones de presentar, por primera vez, su nueva hipótesis que lo consagrará para siempre ante el mundo: la "teoría de los cuatro documentos", llamada también, en homenaje a él, "TEORÍA WELLHAUSENIANA". Según ésta, el Pentateuco no sería obra de Moisés sino el resultado de una compilación de cuatro escritos, que en un principio eran independientes y que luego se fusionaron en uno solo.

¿Cómo nacieron estos cuatro documentos, y qué contenían? El más antiguo de todos es el llamado documento Yahvista. Fue compuesto en Jerusalén alrededor del año 950 a.C, en tiempos del rey Salomón. Su autor era un gran teólogo y excepcional catequista. Comenzaba con la historia de Adán y Eva (de Gn 2), la vida en el Paraíso, el pecado original, el asesinato de Caín, el diluvio universal y la torre de Babel. Seguía después con la vida de Abraham, Isaac, Jacob, y José en Egipto. Luego contaba algunas cosas sobre la opresión egipcia, el nacimiento y la vocación de Moisés, las plagas de Egipto, ciertos episodios del monte Sinaí, y terminaba con la llegada de los israelitas a las puertas de la tierra prometida (Nm 25).

Los relatos del yahvista se distinguen en el Pentateuco porque están contados con un arte muy primitivo, llenos de colorido y atrevidos antropomorfismos. Presentan a Dios como alfarero, jardinero, cirujano, sastre, huésped de Abraham, interlocutor familiar de Moisés. Es decir, un Dios cercano, casi "humano", mezclado en la historia de los hombres. Cuando a la muerte de Salomón el país se dividió en dos, el reino del sur se quedó con la historia Yahvista. Entonces dos siglos más tarde, hacia el 750 a.C, un autor anónimo del reino del norte decidió componer otra obra que recogiera las tradiciones propias norteñas.

Este nuevo documento, llamado Elohista, relataba más o menos la misma historia que el Yahvista, sólo que era más breve pues comenzaba directamente con Abraham (Gn 15). Se lo distingue en el Pentateuco porque, a diferencia del Yahvista, evita describir a Dios con características tan "humanas". Sus relatos no muestran a Dios hablando con los hombres cara a cara sino desde el cielo, desde una nube, desde el fuego, a través de ángeles, o en sueños. El documento terminaba, igual que el Yahvista, con la llegada de los hebreos a la tierra prometida (Nm 25).

En el año 622 a.C, en unos trabajos de reparación del Templo de Jerusalén, fue descubierto en un viejo armario un código legal. Muchas de las leyes allí escritas ni siquiera eran conocidas por los judíos. A fin de revalorizarlas y hacerlas cumplir, los escribas del rey Josías crearon, en torno a él, una historia ficticia en la que Moisés, a punto de morir, daba al pueblo judío estas nuevas leyes para que las observaran. Así nació este tercer documento, llamado por ello Deuteronomista (= segundas leyes).

Cien años más tarde, cuando los israelitas fueron llevados cautivos a Babilonia, los sacerdotes decidieron escribir una nueva historia del pueblo de Israel, tal como lo habían hecho el Yahvista y el Elohista. Pero la novedad consistía en incluir, a lo largo del relato, una serie de leyes litúrgicas, de ritos y celebraciones, para que el pueblo no olvidara de cumplirlas en el país extranjero. El libro comenzaba, como el Yahvista, con la creación del mundo en seis días (de Gn 1), seguía con el diluvio universal, la historia de Abraham, Isaac y Jacob, la esclavitud de los israelitas en Egipto, la vocación de Moisés, la liberación y la alianza en el monte Sinaí, hasta la llegada de los israelitas a la tierra prometida (Nm 36).

Cuando los judíos regresaron del destierro y quisieron recopilar sus tradiciones, se dieron con que tenían cuatro relatos distintos de su pasado histórico. No queriendo perder ninguno de ellos, un compilador anónimo resolvió combinarlos en uno solo. Y nació así el Pentateuco. La fusión se hizo alrededor del año 450 a.C. y a la manera semita, es decir, yuxtaponiendo, pegando, cortando, sin preocuparse demasiado por armonizar las diferencias. Incluso dejando "duplicados". Por eso al analizar con cuidado la obra se descubren ciertas incoherencias, repeticiones y contradicciones en la narración. La obra tuvo un éxito tan grande que los cuatro documentos originales cayeron pronto en el olvido. Hasta se olvidó el nombre de aquél que los había unificado, y entonces el Pentateuco fue atribuido a Moisés.

Hasta aquí la teoría de WELLHAUSEN. Y, como era de esperar, encontró pronto un rechazo general en todas las Iglesias protestantes, donde había nacido. También los católicos la condenaron enérgicamente, y el 27 de junio de 1906 la Pontificia Comisión Bíblica declaraba que el Pentateuco era obra de Moisés, y prohibía cualquier enseñanza contraria. Frente al fracaso de su hipótesis, WELLHAUSEN escribió en 1883: "Sé qué las Iglesias rechazarán primero mis teorías durante cincuenta años, pero luego las admitirán en su credo con sutiles argumentos".

Tales palabras resultaron casi una predicción, porque sesenta años más tarde, en 1943, el Papa Pío XII publicó la encíclica "Divino Afflante Spiritu", en la que anunciaba que ya habían pasado los tiempos del miedo a la investigación, y que los biblistas católicos debían utilizar para sus estudios todas las ayudas de las ciencias modernas. Y en 1951 se publicó una traducción francesa del Génesis, en la que se incluía por primera vez, con permiso oficial, la teoría de los cuatro documentos. Se había cumplido brillantemente la predicción de WELLHAUSEN.

Aunque la "TEORÍA DE LOS CUATRO DOCUMENTOS" sufrió hoy algunas transformaciones y fue retocada en los detalles, la genial intuición de WELLHAUSEN perdura todavía: el Pentateuco es una obra que expresa el espíritu de Moisés, pero escrita por varias generaciones de teólogos, historiadores, catequistas, juristas, sacerdotes y liturgistas, todos ellos inspirados por Dios para componer esta monumental epopeya sagrada.

La teoría de WELLHAUSEN ayuda a los lectores modernos, por una parte, a no interpretar ingenuamente estos cinco libros como si hubieran sido escritos de corrido por una sola persona, a fin de entender mejor el complejo mensaje que encierran. Y por otra, a admirar aún más la grandeza de Dios, que buscó el aporte de tantos autores anónimos para la confección de la obra más preclara del Antiguo Testamento.

Ariel Álvarez Valdés
Biblista

San Juan Bosco

Santo y sacerdote italiano, también llamado Don Bosco. Su niñez fue dura, pues después de perder a su padre, tuvo que trabajar sin descanso para sacar adelante la hacienda familiar. Se cuenta que aprendió a leer en cuatro semanas; quería estudiar para ser sacerdote, por lo que tenía que hacer todos los días a pie unos diez kilómetros (a veces descalzo, para no gastar los zapatos) para ir a estudiar en el liceo de Chieri. Con el fin de pagar sus estudios trabajó en toda clase de oficios.

Ordenado en 1841 y preocupado por la suerte de los niños pobres, particularmente por su imposibilidad de acceso a la educación, a partir de 1842 fundó el Oratorio de San Francisco de Sales. Estableció luego las bases de la Congregación de los sacerdotes de San Francisco de Sales, o salesianos (1851), aprobada en 1860, y de su rama femenina, el Instituto de Hijas de María Auxiliadora. Tales instituciones, dedicadas a la enseñanza de los niños pobres (a los que se formaba en diversos oficios y en la vida cristiana), se desarrollaron con rapidez gracias al impulso de uno de los grandes pedagogos del siglo XIX.

La orden salesiana alcanza hoy en día 17.000 centros en 105 países, con 1.300 colegios y 300 parroquias, mientras que el instituto femenino de María Auxiliadora (las Hermanas Salesianas) posee 16.000 centros en 75 países, dedicados a la educación de la juventud pobre. Ya en vida de Don Bosco las instituciones por él fundadas llegaron a reunir más de cien mil niños pobres bajo su protección.

Además de su labor educadora y fundadora, San Juan Bosco publicó más de una cuarentena de libros teológicos y pedagógicos, entre los cuales cabe destacar El joven instruido, del que se llegaron a publicar más de cincuenta ediciones y un millón de ejemplares sólo en el siglo XIX. El propio santo se encargó también de compilar y editar los llamados Sueños de Don Bosco, un total de 159 sueños en ocasiones premonitorios que tuvo a lo largo de su vida, el primero de ellos a los nueve años de edad.

San Juan Bosco murió la madrugada del 31 de enero de 1888 en Turín. Durante tres días, la ciudad piamontesa desfiló ante su capilla ardiente, a cuyo entierro acudieron más de trescientos mil fieles. Fue beatificado en 1929 y canonizado en 1934; para su canonización se presentaron 650 milagros obrados por él. Su festividad se conmemora el día de su fallecimiento, el 31 de enero.

La Sociedad Vril


Fue una sociedad pseudo-científica y esotérica surgida durante el período de la Alemania nazi. Gran parte de sus actividades han sido objeto de numerosas especulaciones, incluyendo la propia existencia de la sociedad.

“Vril” es una sustancia nombrada en la novela de ciencia-ficción “The Coming Race”, del autor Edward Bulwer-Lytton. Varios lectores teosofístas creyeron que era un relato verídico sobre la existencia de una raza superior que habitaba en las profundidades de la Tierra y que utilizaba una energía llamada "Vril". En la década de 1960 comenzaron a surgir teorías conspirativas sobre la “Sociedad Vril”.

Willy Ley era un ingeniero alemán que había emigrado a los Estados Unidos en la década de 1930. En 1947 publicó un artículo titulado “Pseudociencia en la tierra de los nazis” en el que intentaba explicar a sus lectores cómo Alemania había investigado varias teorías pseudo-científicas y esotéricas durante el gobierno nacionalsocialista.

Atribuyó esta tendencia a la gran popularidad de varias teorías irracionales durante la época. Entre otros grupos pseudo-científicos menciona uno muy peculiar: “El siguiente grupo fue literalmente fundado a partir de una novela. Ese grupo al que me refiero se hacía llamar “Sociedad por la Verdad” y se encontraba más o menos localizado en torno a Berlín, dedicando su tiempo a la búsqueda del Vril

El artículo de Willy Ley y dos pequeños panfletos, describen un sistema de movimiento perpetuo basado en el “Vril”, son la única base real de las especulaciones sobre esta sociedad, que se produjeron posteriormente sobre la "Sociedad por la Verdad" que Willy Ley afirma que realizaba investigaciones sobre la existencia del “Vril”, y que posiblemente esté relacionado con las teorías especulativas de la “armas maravillosas” que los nazis intentaron desarrollar sin éxito.

La existencia de la “Sociedad Vril fue defendida por primera vez por Jacques Bergier y Louis Pauwels. En su libro “El retorno de los brujos”, publicado en 1960 afirmaban que la “Sociedad Vril era una comunidad secreta de ocultistas que surgió en Berlín antes del ascenso de los nazis. La Sociedad Vril de Berlín era de hecho una especie de círculo interno de la “Sociedad Thule, esta última tenía principal interés por la una reivindicación sobre los orígenes de la raza aria. “Thule” era un país situado por los geógrafos grecorromanos en el más lejano norte. La sociedad fue bautizada en honor a la “Última Thule” (en latín ‘el norte más distante’), mencionada por el poeta romano Virgilio en su poema épico Eneida, que era la porción más al norte de “Thule” y se suele asimilar a Escandinavia.

La ariosofía la designó como capital de la Hiperbórea y situaron “Última Thule” en el extremo norte cercano a Groenlandia o Islandia. Los miembros de esta sociedad creían en la teoría intraterrestre y entre sus metas, incluyó el deseo de demostrar que la raza aria procedía de un continente perdido, quizás la Atlántida.

Pero si volvemos a la “Sociedad Vril, sus miembros afirmaban que se encontraba en estrecho contacto con la sociedad inglesa conocida como “Orden Hermética del Amanecer Dorado”.

En la década de 1990 se produjo un renovado interés por la “Sociedad Vril en Alemania con la aparición de nuevas publicaciones. Existen teorías sobre esta sociedad, con el mito de la fabricación de platillos voladores por parte de los nazis.

viernes, 23 de enero de 2015

Comunicar la familia: ambiente privilegiado del encuentro en la gratuidad del amor

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA XLIX JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

Comunicar la familia: ambiente privilegiado del encuentro en la gratuidad del amor

El tema de la familia está en el centro de una profunda reflexión eclesial y de un proceso sinodal que prevé dos sínodos, uno extraordinario –apenas celebrado– y otro ordinario, convocado para el próximo mes de octubre. En este contexto, he considerado oportuno que el tema de la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales tuviera como punto de referencia la familia. En efecto, la familia es el primer lugar donde aprendemos a comunicar. Volver a este momento originario nos puede ayudar, tanto a comunicar de modo más auténtico y humano, como a observar la familia desde un nuevo punto de vista.

Podemos dejarnos inspirar por el episodio evangélico de la visita de María a Isabel (cf. Lc 1,39-56). «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”» (vv. 41-42).

Este episodio nos muestra ante todo la comunicación como un diálogo que se entrelaza con el lenguaje del cuerpo. En efecto, la primera respuesta al saludo de María la da el niño saltando gozosamente en el vientre de Isabel. Exultar por la alegría del encuentro es, en cierto sentido, el arquetipo y el símbolo de cualquier otra comunicación que aprendemos incluso antes de venir al mundo. El seno materno que nos acoge es la primera «escuela» de comunicación, hecha de escucha y de contacto corpóreo, donde comenzamos a familiarizarnos con el mundo externo en un ambiente protegido y con el sonido tranquilizador del palpitar del corazón de la mamá. Este encuentro entre dos seres a la vez tan íntimos, aunque todavía tan extraños uno de otro, es un encuentro lleno de promesas, es nuestra primera experiencia de comunicación. Y es una experiencia que nos acomuna a todos, porque todos nosotros hemos nacido de una madre.

Después de llegar al mundo, permanecemos en un «seno», que es la familia. Un seno hecho de personas diversas en relación; la familia es el «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia» (Exort. ap. Evangelii gaudium, 66): diferencias de géneros y de generaciones, que comunican antes que nada porque se acogen mutuamente, porque entre ellos existe un vínculo. Y cuanto más amplio es el abanico de estas relaciones y más diversas son las edades, más rico es nuestro ambiente de vida. Es el vínculo el que fundamenta la palabra, que a su vez fortalece el vínculo. Nosotros no inventamos las palabras: las podemos usar porque las hemos recibido. En la familia se aprende a hablar la lengua materna, es decir, la lengua de nuestros antepasados (cf. 2 M 7,25.27). En la familia se percibe que otros nos han precedido, y nos han puesto en condiciones de existir y de poder, también nosotros, generar vida y hacer algo bueno y hermoso. Podemos dar porque hemos recibido, y este círculo virtuoso está en el corazón de la capacidad de la familia de comunicarse y de comunicar; y, más en general, es el paradigma de toda comunicación.

La experiencia del vínculo que nos «precede» hace que la familia sea también el contexto en el que se transmite esa forma fundamental de comunicación que es la oración. Cuando la mamá y el papá acuestan para dormir a sus niños recién nacidos, a menudo los confían a Dios para que vele por ellos; y cuando los niños son un poco más mayores, recitan junto a ellos oraciones simples, recordando con afecto a otras personas: a los abuelos y otros familiares, a los enfermos y los que sufren, a todos aquellos que más necesitan de la ayuda de Dios. Así, la mayor parte de nosotros ha aprendido en la familia la dimensión religiosa de la comunicación, que en el cristianismo está impregnada de amor, el amor de Dios que se nos da y que nosotros ofrecemos a los demás.

Lo que nos hace entender en la familia lo que es verdaderamente la comunicación como descubrimiento y construcción de proximidad es la capacidad de abrazarse, sostenerse, acompañarse, descifrar las miradas y los silencios, reír y llorar juntos, entre personas que no se han elegido y que, sin embargo, son tan importantes las unas para las otras. Reducir las distancias, saliendo los unos al encuentro de los otros y acogiéndose, es motivo de gratitud y alegría: del saludo de María y del salto del niño brota la bendición de Isabel, a la que sigue el bellísimo canto del Magnificat, en el que María alaba el plan de amor de Dios sobre ella y su pueblo. De un «sí» pronunciado con fe, surgen consecuencias que van mucho más allá de nosotros mismos y se expanden por el mundo. «Visitar» comporta abrir las puertas, no encerrarse en uno mismo, salir, ir hacia el otro. También la familia está viva si respira abriéndose más allá de sí misma, y las familias que hacen esto pueden comunicar su mensaje de vida y de comunión, pueden dar consuelo y esperanza a las familias más heridas, y hacer crecer la Iglesia misma, que es familia de familias.

La familia es, más que ningún otro, el lugar en el que, viviendo juntos la cotidianidad, se experimentan los límites propios y ajenos, los pequeños y grandes problemas de la convivencia, del ponerse de acuerdo. No existe la familia perfecta, pero no hay que tener miedo a la imperfección, a la fragilidad, ni siquiera a los conflictos; hay que aprender a afrontarlos de manera constructiva. Por eso, la familia en la que, con los propios límites y pecados, todos se quieren, se convierte en una escuela de perdón. El perdón es una dinámica de comunicación: una comunicación que se desgasta, se rompe y que, mediante el arrepentimiento expresado y acogido, se puede reanudar y acrecentar. Un niño que aprende en la familia a escuchar a los demás, a hablar de modo respetuoso, expresando su propio punto de vista sin negar el de los demás, será un constructor de diálogo y reconciliación en la sociedad.

A propósito de límites y comunicación, tienen mucho que enseñarnos las familias con hijos afectados por una o más discapacidades. El déficit en el movimiento, los sentidos o el intelecto supone siempre una tentación de encerrarse; pero puede convertirse, gracias al amor de los padres, de los hermanos y de otras personas amigas, en un estímulo para abrirse, compartir, comunicar de modo inclusivo; y puede ayudar a la escuela, la parroquia, las asociaciones, a que sean más acogedoras con todos, a que no excluyan a nadie.

Además, en un mundo donde tan a menudo se maldice, se habla mal, se siembra cizaña, se contamina nuestro ambiente humano con las habladurías, la familia puede ser una escuela de comunicación como bendición. Y esto también allí donde parece que prevalece inevitablemente el odio y la violencia, cuando las familias están separadas entre ellas por muros de piedra o por los muros no menos impenetrables del prejuicio y del resentimiento, cuando parece que hay buenas razones para decir «ahora basta»; el único modo para romper la espiral del mal, para testimoniar que el bien es siempre posible, para educar a los hijos en la fraternidad, es en realidad bendecir en lugar de maldecir, visitar en vez de rechazar, acoger en lugar de combatir.

Hoy, los medios de comunicación más modernos, que son irrenunciables sobre todo para los más jóvenes, pueden tanto obstaculizar como ayudar a la comunicación en la familia y entre familias. La pueden obstaculizar si se convierten en un modo de sustraerse a la escucha, de aislarse de la presencia de los otros, de saturar cualquier momento de silencio y de espera, olvidando que «el silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido» (Benedicto XVI, Mensaje para la XLVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 enero 2012). La pueden favorecer si ayudan a contar y compartir, a permanecer en contacto con quienes están lejos, a agradecer y a pedir perdón, a hacer posible una y otra vez el encuentro. Redescubriendo cotidianamente este centro vital que es el encuentro, este «inicio vivo», sabremos orientar nuestra relación con las tecnologías, en lugar de ser guiados por ellas. También en este campo, los padres son los primeros educadores. Pero no hay que dejarlos solos; la comunidad cristiana está llamada a ayudarles para vivir en el mundo de la comunicación según los criterios de la dignidad de la persona humana y del bien común.

El desafío que hoy se nos propone es, por tanto, volver a aprender a narrar, no simplemente a producir y consumir información. Esta es la dirección hacia la que nos empujan los potentes y valiosos medios de la comunicación contemporánea. La información es importante pero no basta, porque a menudo simplifica, contrapone las diferencias y las visiones distintas, invitando a ponerse de una u otra parte, en lugar de favorecer una visión de conjunto.

La familia, en conclusión, no es un campo en el que se comunican opiniones, o un terreno en el que se combaten batallas ideológicas, sino un ambiente en el que se aprende a comunicar en la proximidad y un sujeto que comunica, una «comunidad comunicante». Una comunidad que sabe acompañar, festejar y fructificar. En este sentido, es posible restablecer una mirada capaz de reconocer que la familia sigue siendo un gran recurso, y no sólo un problema o una institución en crisis. Los medios de comunicación tienden en ocasiones a presentar la familia como si fuera un modelo abstracto que hay que defender o atacar, en lugar de una realidad concreta que se ha de vivir; o como si fuera una ideología de uno contra la de algún otro, en lugar del espacio donde todos aprendemos lo que significa comunicar en el amor recibido y entregado. Narrar significa más bien comprender que nuestras vidas están entrelazadas en una trama unitaria, que las voces son múltiples y que cada una es insustituible.

La familia más hermosa, protagonista y no problema, es la que sabe comunicar, partiendo del testimonio, la belleza y la riqueza de la relación entre hombre y mujer, y entre padres e hijos. No luchamos para defender el pasado, sino que trabajamos con paciencia y confianza, en todos los ambientes en que vivimos cotidianamente, para construir el futuro.

Vaticano, 23 de enero de 2015
Vigilia de la fiesta de San Francisco de Sales.
Francisco

martes, 20 de enero de 2015

Selfie 20.01.2015 - Programa 684

miércoles, 14 de enero de 2015

Selfie 13.01.2015 - Programa 683

Los Versos Satánicos

Es la cuarta novela del escritor indio nacionalizado británico Salman Rushdie. El título hace referencia a los versos satánicos, un intento de interpolación en el Corán descrito en la biografía de Mahoma escrita por Ibn Ishaq. La publicación del libro en 1988, en el Reino Unido, trajo consigo una fuerte polémica, desde la prohibición y quema del libro en los países musulmanes así como disturbios tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. El 14 de febrero de 1989, el ayatolá Jomeini proclama una fatwa, instando a la población musulmana a ejecutar a cualquier persona relacionada con la publicación del libro. Una Bonyad o fundación religiosa iraní llega incluso a ofrecer una recompensa en efectivo por la muerte de Rushdie quien dos días después sería puesto bajo protección del gobierno británico las 24 horas del día.

Tales precauciones fueron fundamentadas cuando los traductores Hitoshi Igarashi y Ettore Capriolo así como el editor noruego Wiliam Nygaard fueron brutalmente atacados, en distintas localidades, por fanáticos musulmanes. El traductor de la edición japonesa murió a consecuencia de las heridas infligidas en dicho ataque. La fatwa hacia Salman Rushdie sigue vigente, según reporta la agencia de noticias oficial del estado iraní, y la recompensa asciende a U$D 2,8 millones ofrecidos por una bonyad financiada por el gobierno. En junio de 2007, la Reina Isabel II de Inglaterra y el gobierno británico le concedieron a Salman Rushdie la distinción de caballero (Sir) a lo cual, el mundo islámico ha vuelto a reaccionar a casi 20 años de la primera publicación de "Los Versos Satánicos".

Los gobiernos de Egipto e Irán, así como manifestantes en Malasia, grupos talibán de Afganistán y otros de línea dura en Pakistán han mostrado su condena a la distinción hecha por el gobierno británico, denunciando una provocación al mundo islámico por parte de occidente. El gobierno británico se ha negado a dar una excusa sobre su acto y más bien lo defiende como un premio al trabajo literario de Salman Rushdie, gracias al conjunto de valores que, según John Reid (Ministro del Interior de Reino Unido), tiene Gran Bretaña indiferentemente si se comparte o no los puntos de vista del autor premiado, sin embargo la ministra británica de relaciones exteriores, Margaret Beckett, comento que su país "lamenta" la ofensa causada por el título a Rushdie a quienes "se tomaron muy a pecho ese nombramiento".

En 2012 a raíz de un vídeo publicado en EEUU en el que se ridiculiza a Mahoma el precio de su cabeza vuelve a subir esta vez hasta los tres millones de dólares.


Sobre las Virtudes Teologales

Las Virtudes teologales informan y vivifican todas las virtudes morales. Para comprender las virtudes teologales, primero lea lo que es Virtud. Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).

Las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado por El mismo. Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que El nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe. Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla. Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el ‘vínculo de la perfección’ (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.

FE

"El acto de fe" es el asentimiento de la mente a lo que Dios ha revelado. Un acto de fe sobrenatural requiere gracia divina. Se da bajo la influencia de la voluntad la cual requiere la ayuda de la gracia. Si el acto de fe se hace en estado de gracia, es meritorio ante Dios. Actos explícitos de fe son necesarios, por ejemplo, cuando la virtud de la fe está siendo probada por la tentación o cuando nuestra fe es retada o cuando estamos ante actitudes mundanas contrarias a la fe. Estas situaciones debilitarían nuestra fe si no recurrimos a un acto de fe. Un ejemplo de acto de fe: "Dios mío, yo creo en Tí y todo lo que nos enseñas en Tu Iglesia, porque Tu los has dicho y tu palabra es veraz". El acto de fe no siempre se vocaliza. En muchas situaciones lo hacemos y está siempre latente en nuestro corazón.

La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que El nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque El es la verdad misma. Por la fe ‘el hombre se entrega entera y libremente a Dios’ (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. ‘El justo vivirá por la fe’ (Rm 1, 17). La fe viva ‘actúa por la caridad’ (Ga 5, 6). El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf Cc. Trento: DS 1545). Pero, ‘la fe sin obras está muerta’ (St 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.

El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: ‘Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos’ (Mt 10, 32-33).

Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. Pablo habla de la ‘obediencia de la fe’ (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el ‘desconocimiento de Dios’ el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. ‘Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos’ (CIC can. 751).

ESPERANZA

La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación. Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

El primer mandamiento se refiere también a los pecados contra la esperanza, que son la desesperación y la presunción: Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados.

Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito).

CARIDAD

La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por El mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos ‘hasta el fin’ (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Cristo murió por amor a nosotros ‘cuando éramos todavía enemigos’ (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como El hasta a nuestros enemigos (cf Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9, 37) y a los pobres como a El mismo (cf Mt 25, 40.45).

“‘Si no tengo caridad -dice también el apóstol- nada soy...’. Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma... ‘si no tengo caridad, nada me aprovecha’ (1 Co 13, 1-4). Es la primera de las virtudes teologales: ‘Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad’ (1 Co 13,13).  La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión.

miércoles, 7 de enero de 2015

Sobre Discípulos y Apóstoles

Los términos del epígrafe y sus correspondientes conceptos intervienen con bastante frecuencia, no sólo en temas del área religiosa sino también en asuntos de la vida común. Aquí y ahora, nos interesan desde la perspectiva del primer grupo y de modo particular en el ámbito del cristianismo. Procuremos dejar bien en claro su núcleo esencial y preciso, a fin de distinguir, dentro de sus variados usos y aplicaciones, cuándo deban entenderse en un sentido acotado y específico y cuándo, en cambio, representan una extensión o analogía respecto del primero.

Discípulos de Cristo – Esta expresión, tomada en significado estricto y en su contexto histórico, designa a todos aquellos que con entusiasmo e interés aceptaron y aprendieron (etimológicamente, discípulo equivale  a «aprendiz») la doctrina de salvación transmitida en forma directa hace dos mil años, a través de los labios de Jesús. Luego, esta noble función de generar nuevos discípulos pasó a ser la principal tarea de los que mencionamos a renglón seguido.

Apóstoles – Ellos, en la acepción propia y técnica del término, fueron los efectivos arquitectos de ese divino proyecto que se llama «Iglesia de Cristo», en la que se desempeñaron como sus primeros e insignes ministros jerárquicos. Instituidos después de la resurrección del Redentor, en su nombre y representación proclamaron a los cuatro vientos el mensaje evangélico, con tal eficacia que lograron engendrar una maravillosa profusión de discípulos de Cristo. Tras los Apóstoles, y en el curso de tantos siglos hasta nuestros días, la correlación entre apostolado y discipulado estuvo y está ejercida y fomentada por las legítimas autoridades eclesiásticas. Y esta estupenda aventura del espíritu proseguirá hasta el fin de los tiempos. El apostolado se muestra siempre a la orden del día y se despliega de mil maneras, desde las habituales y clásicas hasta las más insólitas.

Así, por ejemplo: 

a) bien que les cuadra el epíteto de apóstoles a los numerosos niños de nuestros colegios que, inducidos por lo que asimilan en la catequesis, se desviven por recolectar objetos cuyo producto contribuirá para aliviar las dificultades de criaturitas internadas en los hospitales.

b) No menos les corresponde el título de apóstoles a los universitarios que, con similar motivación, consagran parte de su tiempo en resolver problemas de gente en situación crítica.

c) Ni que hablar de los numerosos catequistas (mujeres en primera fila, pero también varones). Con admirable constancia inculcan en nuestros hijos el conocimiento y el amor de Jesús, el cariño y la confianza para con la mamá y el papá, el respeto y la solidaridad hacia los semejantes. ¡Cuántos apóstoles de diez puntos en el gremio de la catequesis!. 

d) Pero existe una instancia muy especial en la que adquiere mayor relieve y compromiso la denominación de apóstol. Nos referimos a quienes, en pos de una auténtica vocación y en virtud del orden sagrado, ejercen el rol de diáconos permanentes, presbíteros y obispos (junto con el obispo de Roma, en primer lugar, que es ahora nuestro apreciado papa Francisco). Este meritorio elenco de ministros de Dios aseguran con su apostolado el bienestar y el progreso de la comunidad creyente, en la proporción en que sus palabras y sus acciones reflejan la imagen de Cristo.


La misma apreciación se extiende a numerosos contingentes de personas consagradas en institutos religiosos. Además de cumplir con las tareas específicas acordes a la finalidad de su fundación, colaboran en otros múltiples servicios de bien público que les asignan los obispos. Muchos entre ellos conforman ese grupo de tan gratas resonancias: ¡los misioneros!, dentro del propio país y también en tierras extrañas…

En esta especie de cuadro sinóptico que acabamos de trazar, desfila una notable variedad de cristianos bajo la «figura de apóstol». Cada cual la concretiza según su grado de receptividad, con un determinado formato y con un mayor o menor volumen de significación. De cualquier forma, todos ellos son instrumentos libres y meritorios, y por su intervención la gracia del Señor puede llegar a tantas almas desprovistas de alegría y esperanza.

Estos mensajeros del Evangelio, incluso los más modestos, en la medida de su caridad y convicción, devienen en realidad partícipes del específico rol de los APÓSTOLES estrictamente dichos, los cuales constituyen el «prototipo» y la «causa ejemplar» de cualquier apostolado que se desarrolle en la Iglesia. Y si profundizamos aún más el tema, debemos afirmar que en este misterioso concepto del apostolado el punto central es Jesucristo, el gran enviado (=Apóstol) de las divinas Personas de la Santísima Trinidad, para labrar la salvación del mundo.

Fuente:
www.periodicodialogo.blogspot.com.ar

La mujer ritualmente impura en la antiguedad y los ritos de purificación

A través de la historia, especialmente en el occidente, las mujeres fueron consideradas ritualmente impuras. De acuerdo a la tradición judía, el flujo de sangre menstrual de una mujer la colocaba, regularmente, en estado de profanación ritual. Tabúes similares contra la menstruación existían en los círculos paganos griegos y romanos.

A través de su manía anti-sexual, los Padres de la Iglesia agravaron los temores hacia la impureza ritual de las mujeres, ellos temían que tal impureza pudiera profanar lo más sagrado del templo, el santuario y principalmente, el altar. En un clima donde a pasos agigantados, se vieron todos los aspectos del sexo y la procreación como manchados por el pecado, los teólogos consideraron que a una criatura impura como la mujer no podría encomendársele el cuidado de las realidades sagradas de Dios.

Un texto clave del Antiguo Testamento sobre la profanación por los períodos menstruales aparece en Levítico 15-19, 30, que contiene las siguientes fórmulas:

“Cuando una mujer tenga su menstruación, será impura durante siete días, y el que la toque será impuro hasta la tarde.

Cualquier objeto sobre el que ella se recueste o se siente mientras dure su estado de impureza, será impuro.

El que toque su lecho deberá lavar su ropa y bañarse con agua, y será impuro hasta la tarde.

El que toque algún mueble sobre el que ella se haya sentado, deberá lavar su ropa y bañarse con agua, y será impuro hasta la tarde.

Si alguien toca un objeto que está sobre el lecho o sobre el mueble donde ella se sienta, será impuro hasta la tarde.

Si un hombre se acuesta con ella, la impureza de la mujer se transmite a él; será impuro durante siete días, y cualquier lecho sobre el que se acueste, será impuro.

Cuando una mujer tenga un flujo de sangre durante varios días, fuera del período menstrual, o cuando la menstruación se prolongue más de lo debido, será impura mientras dure el flujo, como lo es durante la menstruación.

Todo lecho en el que se acueste y todo mueble sobre el que se siente será impuro, lo mismo que durante el período menstrual.

El que los toque será impuro: deberá lavar su ropa y bañarse con agua, y será impuro hasta la tarde.

Una vez que cese el flujo, la mujer contará siete días, y después será pura.

Al octavo día, conseguirá dos torcazas o dos pichones de paloma, y los presentará al sacerdote, a la entrada de la Carpa del Encuentro.

El sacerdote los ofrecerá, uno como sacrificio por el pecado y el otro como holocausto. De esta manera, practicará el rito de expiación delante del Señor, en favor de esa mujer, a causa de la impureza de su flujo”.


Estas leyes se hicieron más onerosas y complicadas en la tradición rabínica que siguió. Las consecuencias para las mujeres fueron:

Cada mes, había siete o más días durante los cuales ella estaba ritualmente impura.

Ellas necesitaban purificación luego de dar a luz; cuando nace un varón la madre estaba impura por 40 días, cuando es niña, son 80 días
(Levítico 12:1-8).


El tabú contra la mujer durante su embarazo y menstruación fue común entre muchas naciones en los siglos pre-cristianos. No tan sólo las mujeres eran consideradas “impuras” durante esos períodos, sino en peligro de contagiar su impureza a otros, veamos algunos mitos:

“El contacto con el flujo mensual de la mujer amarga el vino nuevo, hace que las cosechas se marchiten, mata los injertos, seca semillas en los jardines, causa que las frutas se caigan de los árboles, opaca la superficie de los espejos, embota el filo del acero y el destello del marfil, mata abejas, enmohece el hierro y el bronce, y causa un terrible mal olor en el ambiente. Los perros que prueban la sangre se vuelven locos, y su mordedura se vuelve venenosa como las de la rabia. El Mar Muerto, espeso por la sal, no puede separarse excepto por un hilo empapado en el venenoso fluido de la sangre menstrual. Un hilo de un vestido infectado es suficiente. El lino, cuando lo toca la mujer mientras lo hierve y lava en agua, se vuelve negro. Tan mágico es el poder de las mujeres durante sus períodos menstruales, que se dice que lluvias de granizo y remolinos son ahuyentados si el fluido menstrual es expuesto al golpe de un rayo”. Plinio el Viejo, Historia Natural, libro 28, cáp. 23, 78-80; libro 7, cáp. 65.

Durante los primeros cinco siglos de la era cristiana, la parte de la Iglesia de habla griega y siriaca protegió a la mujer de los peores efectos del tabú de la menstruación. El Didascalia del 3er siglo explica que las mujeres no son impuras durante sus períodos, que no necesitan purificaciones rituales y que sus maridos no deben abandonarlas. Las Constituciones Apostólicas repitieron este mensaje tranquilizador. En el año 601 DC, el Papa Gregorio I endosó este enfoque. Las mujeres que menstrúan no debieran estar fuera de la iglesia o lejos de la santa comunión. Pero esta verdadera respuesta cristiana fue, desafortunadamente, dominada por un increíble prejuicio en siglos posteriores.

Fueron los padres latinos quienes reintrodujeron una histeria anti-sexo en la moralidad cristiana. Empezó con Tertuliano (155-245 DC), quien declaró que aún los matrimonios legales estaban “manchados con la concupiscencia”.

San Jerónimo (347-416 DC) continúo esta línea de pensamiento, enseñando que la corrupción se manifiesta en todo sexo y relación, aún dentro de matrimonios legítimos. El matrimonio, con todo su sexo “sucio”, sólo vino luego de la caída por el pecado original. No es ninguna sorpresa que también Jerónimo sostuviera que los “fluidos menstruales” hacían impuras a las mujeres.

El Concilio local de Cártago, en el norte de África (desde el 345 DC) introdujo reglas imponiendo la abstinencia sexual a obispos, sacerdotes y diáconos.

Los Concilios locales en Francia, Orange (441 DC) y Epaon (517 DC) decretaron que no se ordenarían mujeres diáconos en esas regiones. La razón obvia fue el temor de que las mujeres que menstruaban profanaran el altar.

El Papa Gelasio I (494 DC) objetó que las mujeres sirvieran en el altar. El Sínodo Diocesano de Auxerre (588 DC) decretó que las mujeres debían cubrirse las manos con una tela “dominical” para poder recibir la comunión.

El Sínodo de Rouen (650 DC) prohibió a los sacerdotes poner el cáliz en las manos de las mujeres o permitirles distribuir la comunión.

El obispo Timoteo de Alejandría (680 DC) ordenó que las parejas deben abstenerse de relaciones sexuales los sábados y domingos y en el día previo a recibir la comunión. Las mujeres que menstruaban no podían recibir la comunión, no podían recibir el bautismo o visitar la Iglesia durante la Pascua.

El obispo Teodoro de Canterbury (690 DC), ignorando la carta del Papa Gregorio el Grande dada a su predecesor, prohibió a las mujeres menstruantes visitar la Iglesia o recibir la santa comunión.

El obispo Teodolfo de Orleans (820 DC) prohibió a las mujeres entrar al santuario. También dijo que: “las mujeres deben recordar su enfermedad y la inferioridad de su sexo; por tanto, deben tener miedo de tocar cualquier cosa sagrada que está en el ministerio de la Iglesia”.

“No se permite a las mujeres visitar una iglesia durante su período menstrual o después del nacimiento de un niño. Esto es porque la mujer es un animal que menstrua. Por tocar su sangre, las frutas no madurarán. La mostaza se degenera, la hierba se seca y los árboles pierden su fruto antes de tiempo. El hierro de enmohece y el aire se obscurece. Cuando los perros la comen, adquieren rabia.” Paucapalea, Summa, Dist. 5, pr. § 1 v.

Las mujeres no deben llevar la comunión a los enfermos y deben permanecer fuera de la Iglesia luego de que dan a luz. La razón: "Esa sangre es tan abominable e impura, que ya Julius Solinus había escrito en su libro sobre las maravillas del mundo, que a través de su contacto las frutas no maduran, las plantas se marchitan, la hierba muere, los árboles pierden su fruto, el aire se obscurece, si los perros la comen quedan afligidos de la rabia... Y las relaciones sexuales en este período menstrual son muy riesgosas. No tan sólo por la impureza de la sangre hay que abstenerse de tener contacto con una mujer menstruante; por dicho contacto, puede nacer un feto dañado". Rufinus, Summa Decretorum, passim.

Las mujeres no pueden tocar los vasos sagrados. El nacimiento de un niño conlleva una doble maldición: "Hay dos mandamientos en la Ley (Antigua), uno pertinente a la madre cuando da a luz, el otro al parto mismo. En relación de la madre que da a luz, si dio a luz un varón, debe evitar entrar al Templo por 40 días, como persona impura; porque el feto, concebido en la impureza, se dice que permanece sin forma por 40 días" Sicardo de Cremora, Mitrale V, ch. 11.

La supuesta “impureza ritual” de la mujer entró en la Ley de Iglesia, principalmente, a través del Decretum Gratiani (1140 DC), el cual se convirtió en ley oficial de la Iglesia en el año 1234, una parte vital del Corpus Iuris Canonici (Código Canónico) que tuvo vigencia hasta el 1916. El nuevo Código Canónico (1983) ofrece muchas mejoras al estatus de la mujer en la Iglesia. Aunque mantiene la prohibición contra la ordenación de la mujer, y reserva el lectorado y el ministerio de acólito sólo para hombres, el nuevo código finalmente dio revés a la posición de la Iglesia, estableciendo que las mujeres “por diputación temporera”, pueden llevar a cabo los siguientes ministerios en la Iglesia:

Lectoras de las Sagradas Escrituras durante la liturgia
Servidoras del altar
Comentadoras durante la Eucaristía
Predicadoras de la Palabra
Cantantes y coristas, ya sea solas o como miembros de un coro
Líderes de servicios litúrgicos
Ministras de bautismo
Distribuidoras de la Sagrada Comunión

A través de este cambio en la ley y en la práctica, la Iglesia oficial finalmente reconoció, al menos en alguna medida, que su prejuicio contra la mujer, basado en la “impureza ritual”, no tenía fundamento.

martes, 6 de enero de 2015

La historia detrás de los Reyes Magos

La historia que llegó hasta nuestros días es que tres Magos –o sabios- llegaron de Oriente a Palestina, guiados por una estrella. La Biblia, más concretamente el Evangelio según Mateo –único libro que menciona el episodio-, dice que los Magos pasaron primero por Jerusalén, donde fueron a ver a Herodes y a preguntarle por el "Rey de los judíos", que acababa de nacer. "Hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo".

Esto alarmó a Herodes, que consultó a sus sacerdotes y fueron ellos los que indicaron que, según la profecía, sería en Belén donde nacería el Mesías. Herodes les pidió entonces que, una vez que hubiesen encontrado al Niño, le avisaran, ya que él también quería "adorarlo".

En realidad, sus intenciones eran asesinarlo pero, dice Mateo, esto les fue "revelado en sueños" a los Magos que entonces regresaron a su tierra por otro camino, evitando volver a pasar por Jerusalén. Pero antes, vieron al Niño recién nacido: "Entraron en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y, postrándose, lo adoraron; luego, abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra", relata Mateo.

Y eso es todo lo que dice el Evangelio. El relato bíblico fue luego progresivamente adornado durante la Edad Media. Poco a poco, los Magos se convirtieron en Reyes y se los bautizó Gaspar, Melchor y Baltasar.

El Libro de la Caverna de los Tesoros es un escrito del siglo VI que busca establecer las genealogías de los patriarcas bíblicos y de los reyes de Israel y de Judá a fin de probar que Jesucristo desciende de Adán.

En ese texto se dice que los presentes que los Magos orientales llevaron a Jesús habían sido depositados por el mismísimo Adán en Persia, en el monte Nud (nombre que significa paraíso), para que fuesen llevados al Mesías, cuya llegada sería anunciada por una estrella de extraordinario tamaño.

De generación en generación, dice el libro, doce magos eran encargados de acechar el cielo para descubrir la señal esperada. Para ello debían subir cada año al monte Nud y rezar allí por tres días observando el firmamento. Así fue como un día vieron la estrella que les indicó que el momento había llegado, tomaron entonces los presentes y emprendieron el viaje hacia Palestina.

Aunque por un tiempo se habló de muchos magos, hasta doce como lo señala el Libro de la Caverna, finalmente el número se estabilizó en tres. Fue en buena medida a partir de la cantidad de regalos que se empezó a hablar de tres Magos. Un número simbólico además, ya que representa la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo).

A fines del siglo XIII, Jacobus de Voragine (1228-1298), cronista italiano y Obispo de Génova, escribió un libro llamado La leyenda dorada, en el cual hace el retrato de todos los santos y santas católicos e incluye a los tres Magos de Oriente, reuniendo todas las tradiciones que sobre ellos circulaban hasta el momento, incluso los nombres que se les había empezado a dar desde el siglo VI. Su descripción fue la siguiente:

"El primero de los magos se llamaba Melchor, era un anciano de cabellos blancos y larga barba. Obsequió el oro al Señor como su rey, porque el oro significa la realeza de Cristo. El segundo, llamado Gaspar, joven, sin barba, rojo de tez, rindió a Jesús, a través del incienso, el homenaje a su divinidad. El tercero, de rostro negro, luciendo toda la barba, se llamaba Baltasar; la mirra en sus manos recordaba que el Hijo debía morir".

Quedó de este modo consagrada la interpretación del significado de los obsequios, símbolo de tres características de Jesús: su realeza, su divinidad y su condición humana y mortal. La mirra era una resina aromática que se usaba en la conservación de los cuerpos.

En La Leyenda dorada, los nombres aparecen en tres idiomas, latín, hebreo y griego. Esta última versión es la que hoy usamos. En latín, los nombres de los reyes magos eran, según Voragine, Appellius, Amerius y Damascus. En hebreo, Galgalat, Malgalat y Sarathin. Y, en griego, Caspar, Balthasar y Melchior.

Las representaciones más antiguas de los magos los mostraban en trajes persas, con pantalones fruncidos en el tobillo y gorros frigios. Ofrecen sus presentes también según el rito persa, sosteniendo las ofrendas con las manos cubiertas por sus mantos. Fue a partir del siglo IX que se los empezó a representar como Reyes, con las testas coronadas. Y, a partir del siglo XIII, pasaron a representar las tres edades de la vida: Gaspar, adolescente, joven, imberbe; Baltasar, hombre maduro con barba; y Melchor, un anciano calvo con barba blanca.

Primero se los consideró árabes o persas; poco a poco pasaron a representar los tres continentes hasta entonces conocidos: Asia, Europa y África. A partir del siglo XV, encarnan a toda la humanidad: un asiático, un blanco y un negro. En la catedral de Viseu, en Portugal, se ve incluso a un cuarto mago: un aborigen brasileño también ofrece presentes al recién nacido.

El título de Reyes se les empezó a dar a partir del siglo III, pero recién en torno al 1200 esa condición empezó a reflejarse en la iconografía que, además, poco a poco les fue agregando camellos y un séquito de sirvientes. Más tarde fueron considerados santos, y sus reliquias llegaron en el siglo XII a la catedral de Colonia, donde son veneradas hasta el día de hoy.

Pese a su origen misterioso, o tal vez por eso mismo, son parte de todo el folklore que rodea a las fiestas navideñas. Tienen incluso su propia fecha, el 6 de enero, día de la Epifanía (que significa revelación o aparición, en referencia a que Jesús se muestra al mundo), y en algunos países son venerados como santos que velan por el Niño Jesús en su pesebre.

Durante mucho tiempo, y en especial entre los cristianos de Oriente, la Epifanía era una fecha más importante que Navidad porque representaba el momento de la presentación del Niño Dios a los hombres.

jueves, 1 de enero de 2015

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