martes, 31 de mayo de 2016

LADRAN, SANCHO, SEÑAL QUE CABALGAMOS



En esta columna de Opinión, hoy quiero compartirles un comentario, yo más bien diría una crítica ¿“constructiva”? de la producción radial que ANUNCIAR Contenidos hace del año 2010 al 2015 llevo adelante y que ya todos ustedes conocen, es sobre el radioteatro EL VIAJE QUE CAMBIÓ AL MUNDO, este “comentario” fue realizado en el sitio www.radialistas.net, donde los responsables del mismo se presentan así:

“La Asociación RADIALISTAS APASIONADAS Y APASIONADOS es una ONG sin fines de lucro con sede en Quito, Ecuador. Nuestra misión es contribuir a la democratización de las comunicaciones, especialmente de la radio, desde las perspectivas de género y ciudadanía. Somos un centro de producción al servicio de radialistas de todos los continentes, priorizando América Latina y el Caribe”

A continuación les compartiré el comentario de esta ONG y mi respuesta al mismo. Para que ustedes puedan diferenciar entre una y otra, mi respuesta llevara la mención de ANUNCIAR, y al comentario de ellos será, RADIALISTAS, dejo a su total discernimiento y reflexión lo que expreso de ahora en adelante:

RADIALISTAS
“No anunciamos estos radioteatros para que los pasen en sus emisoras, sino para que no los pasen”

ANUNCIAR
(Es bueno que la gente tenga la libertad para “escuchar todas las campanas”)


RADIALISTAS
“Su contenido es ofensivo para los pueblos indígenas”

ANUNCIAR
(En el Radioteatro hay “de todo”, trata de ser objetivo, para ello habrá que escucharlo completo, desde el EPISODIO I, sobre todo el EPISODIO IV, donde se le ha dado un gran valor a caciques que la historia, de ambas partes a olvidado y que tuvieron una gran participación en la resistencia y malestar con los españoles)

RADIALISTAS
“Se presenta la invasión europea como un “encuentro de culturas”

ANUNCIAR
(Más allá de la opinión de cada uno, lo cierto es – nos guste o no – que, a partir de este hecho resultó, como consecuencia, un modo distinto de ver al mundo en ese momento)

RADIALISTAS
“Se presenta el genocidio perpetrado en estas tierras como un acto generoso y evangelizador”

ANUNCIAR
(Hubo “de todo” en ambos lados: de parte de los nativos como también de los españoles, incluso los clérigos)

RADIALISTAS
“El papa Francisco pidió perdón en Santa Cruz “por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”

ANUNCIAR
(Por supuesto, desde hace unos cuantos años los Papas están pidiendo perdón, ya que, en su momento los hombres de la Iglesia no estuvieron, por lo menos, a la altura de las circunstancias o lo que es peor, cometieron graves errores)

RADIALISTAS
“Bien harían los productores de estos episodios en retirarlos. Además, radiofónicamente el libretaje, actuación y edición dejan demasiado que desear”

ANUNCIAR
(En todos estos aspectos sabemos que, como toda obra humana de estas características, no es nada perfecta, pero estimamos que estas críticas (que las agradecemos y las respetamos) deben ser necesariamente constructivas.

Para ello nos parece que deberán tenerse en cuenta muchos aspectos, quizás desconocidos, de esta obra radial, donde el guionista consulta la bibliografía de 27 historiadores diferentes, tanto de Europa como Latinoamérica, trabajo que le demando solo en la investigación histórica de cómo se desarrolló el cuarto viaje de Colón, aproximadamente 3 años, ese es el tiempo que le llevo para poder escribir el guión y contar hechos históricos que en la actualidad no se sabían.

Esta producción es como un “crisol” en donde convergen locutores de diferentes rubros, actores y actrices con variado matiz, técnicos en grabación, productores independientes, publicistas, vendedores de publicidad, community managers, escritores, radiodifusores, presentadores de televisión, cantantes, guionistas, intérpretes comerciales, personas y entidades católicas, cristianas y de diversos credos, etcétera.

Todas estas personas de habla hispana, especializados en diversos rubros y estilos, provenientes de más de 24 países de las tres Américas y Europa, (España y Francia, incluyendo los Países Bajos), la cual de ninguna manera tenían la intención de entrar en una polémica inútil, sino volcar en esta propuesta, en formato de radioteatro “virtual” a través de las redes sociales, “algo” (muy investigado) sobre un tema (estemos de acuerdo o no) de carácter histórico, respecto al cual hay “muchas versiones”.

El radioteatro EL VIAJE QUE CAMBIÓ AL MUNDO, fue un proyecto generador de vínculos unificadores, que surgió de una idea que, aprovechando las nuevas tecnologías de la comunicación social, tuvo como objetivo un trabajo en equipo, dejando de lado nuestras pequeñas diferencias, a fin de comenzar a generar nuevas producciones “multimediales”, con un valor agregado. En ese sentido, es una obra inédita. Sostener una mega realización de este tipo, sin ningún apoyo, tanto económico como institucional de toda índole, demuestra que la voluntad y la profesionalidad han sentado una base muy importante para llevar adelante un proyecto radiofónico como este.

“Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”)

Alfredo Musante (República Argentina)
Guionista-Productor
Director

JUANA DE ARCO

Santa y heroína francesa. Nacida en el seno de una familia campesina acomodada, la infancia de Juana de Arco transcurrió durante el sangriento conflicto enmarcado en la guerra de los Cien Años que enfrentó al delfín Carlos, primogénito de Carlos VI de Francia, con Enrique VI de Inglaterra por el trono francés, y que provocó la ocupación de buena parte del norte de Francia por las tropas inglesas y borgoñesas.

A los trece años, Juana de Arco confesó haber visto a san Miguel, a santa Catalina y a santa Margarita y declaró que sus voces la exhortaban a llevar una vida devota y piadosa. Unos años más tarde, se sintió llamada por Dios a una misión que no parecía al alcance de una campesina analfabeta: dirigir el ejército francés, coronar como rey al delfín en Reims y expulsar a los ingleses del país.

En 1428 viajó hasta Vaucouleurs con la intención de unirse a las tropas del príncipe Carlos, pero fue rechazada. A los pocos meses, el asedio de Orleans por los ingleses agravó la delicada situación francesa y obligó al delfín a refugiarse en Chinon, localidad a la que acudió Juana, con una escolta facilitada por Roberto de Baudricourt, para informar a Carlos acerca del carácter de su misión.

Éste, no sin haberla hecho examinar por varios teólogos, accedió al fin a confiarle el mando de un ejército de cinco mil hombres, con el que Juana de Arco consiguió derrotar a los ingleses y levantar el cerco de Orleans, el 8 de mayo de 1429. A continuación, realizó una serie de campañas victoriosas que franquearon al delfín el camino hacia Reims y permitieron su coronación como Carlos VII de Francia (17 de julio de 1429).

Acabado su cometido, Juana de Arco dejó de oír sus voces interiores y pidió permiso para volver a casa, pero ante la insistencia de quienes le pedían que se quedara, continuó combatiendo, primero en el infructuoso ataque contra París de septiembre de 1429, y luego en el asedio de Compiègne, donde fue capturada por los borgoñones el 24 de mayo de 1430.

Entregada a los ingleses, Juana de Arco fue trasladada a Ruán y juzgada por un tribunal eclesiástico acusada de brujería, con el argumento de que las voces que le hablaban procedían del diablo, con lo cual se pretendía presentar a Carlos VII como seguidor de una bruja para desprestigiarlo. Tras un proceso inquisitorial de tres meses, fue declarada culpable de herejía y hechicería; pese a que ella había defendido siempre su inocencia, acabó por retractarse de sus afirmaciones, y ello permitió conmutar la sentencia de muerte inicial por la de cadena perpetua.

Días más tarde, sin embargo, recusó la abjuración y reafirmó el origen divino de las voces que oía, por lo que, condenada a la hoguera, fue ejecutada el 30 de mayo de 1431 en la plaza del mercado viejo de Ruán. Durante unos años, corrió el rumor de que no había muerto quemada en la hoguera, ya que habría sido sustituida por otra muchacha, para casarse posteriormente con Roberto des Armoises.

En 1456, Juana de Arco fue rehabilitada solemnemente por el papa Calixto III, a instancias de Carlos VII, quien promovió la revisión del proceso. Considerada una mártir y convertida en el símbolo de la unidad francesa, fue beatificada en 1909 y canonizada en 1920, año en que Francia la proclamó su patrona.

FIESTA DE LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Poco después de la narración de la anunciación, el evangelista Lucas nos guía tras los pasos de la Virgen de Nazaret hacia “una ciudad de Judá” (Lc 1, 39). Según los estudiosos esta ciudad debería ser la actual Ain-Karim, situada entre las montañas, no distante de Jerusalén. María llegó allí “con prontitud” para visitar a Isabel su pariente.

El motivo de la visita se halla también en el hecho de que, durante la anunciación, Gabriel había nombrado de modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido de su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible a Dios” (Lc 1, 36-37).

El mensajero divino se había referido a cuanto había acontecido en Isabel, para responder a la pregunta de María: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Esto sucederá precisamente por el “poder del Altísimo”, como y más aún que en el caso de Isabel. Así pues María, movida por la caridad, se dirige a la casa de su pariente. Cuando entra, Isabel, al responder a su saludo y sintiendo saltar de gozo al niño en su seno, “llena de Espíritu Santo”, a su vez saluda a María en alta voz: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Cf. Lc 1, 40-42). Esta exclamación o aclamación de Isabel entraría posteriormente en el Ave María, como una continuación del saludo del ángel, convirtiéndose así en una de las plegarias más frecuentes de la Iglesia. Pero más significativas son todavía las palabras de Isabel en la pregunta que sigue: “¿de donde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Isabel da testimonio de María: reconoce y proclama que ante ella está la Madre del Señor, la Madre del Mesías. De este testimonio participa también el hijo que Isabel lleva en su seno: “saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 44). El niño es el futuro Juan el Bautista, que en el Jordán señalará en Jesús al Mesías.

En el saludo de Isabel cada palabra está llena de sentido y, sin embargo, parece ser de importancia fundamental lo que dice al final: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). Estas palabras se pueden poner junto al apelativo “llena de gracia” del saludo del ángel. En ambos textos se revela un contenido mariológico esencial, o sea, la verdad sobre María, que ha llegado a estar realmente presente en el misterio de Cristo precisamente porque “ha creído”. La plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica como la Virgen de Nazaret ha respondido a este don.

¡Sí, verdaderamente “feliz la que ha creído”! Estas palabras, pronunciadas por Isabel después de la anunciación, [luego] a los pies de la Cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema y se hace penetrante la fuerza contenida en ellas. Desde la Cruz, es decir, desde el interior mismo del misterio de la redención, se extiende el radio de acción y se dilata la perspectiva de aquella bendición de fe. Se remonta “hasta el comienzo” y, como participación en el sacrificio de Cristo, nuevo Adán, en cierto sentido, se convierte en el contrapeso de la desobediencia y de las incredulidades contenidas en el pecado de los primeros padres. Así enseñan los Padres de la Iglesia y, de modo especial, San Ireneo, citado por la Constitución Lumen gentium: “El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe”.

A la luz de esta comparación con Eva los Padres -como recuerda todavía el Concilio- llaman a María “Madre de los vivientes” y afirman a menudo: “la muerte vino por Eva, por María la vida”. Con razón, pues, en la expresión “feliz la que ha creído” podemos encontrar como una clave que nos abre a la realidad íntima de María, a la que el ángel ha saludado como “llena de gracia”. Si como a llena de gracia ha estado presente eternamente en el misterio de Cristo, por la fe se convertía en partícipe en toda la extensión de su itinerario terreno: “avanzó en la peregrinación de la fe” y al mismo tiempo, de modo discreto pero directo y eficaz, hacía presente a los hombres el misterio de Cristo. Y sigue haciéndolo todavía. Y por el misterio de Cristo está presente entre los hombres. Así, mediante el misterio del Hijo, se aclara también el misterio de la Madre.

miércoles, 25 de mayo de 2016

60 AÑOS DE LOS INICIOS DE LA TV ABIERTA CATÓLICA EN BUENOS AIRES


Si nos remontamos a 60 años atrás (allá por el año 1956) veremos cómo la semilla de la televisión abierta católica actual estaba germinando: era el esbozo nacido de un grupo de personas liderado por el jesuita Padre Héctor Grandinetti que, con el mandato de su Padre Superior, había iniciado algo que parecía imposible: dedicarse a una nueva evangelización a través de la TV Abierta en Buenos Aires. Así nació DICON S.A. que fue adjudicada el 28 de abril de 1958 para ser titular de una licencia correspondiente a LS84 TV CANAL 11 de Buenos Aires, dando así inicio a la TV privada en la Argentina. Todo esto y mucho más está relatado en un pequeño libro de apenas 500 ejemplares de tirada, escrito mucho tiempo después de aquel logro por el mismo Padre Héctor Grandinetti (y que fue encontrado varios años atrás en forma “casual” en una librería de la Editorial San Pablo), cuyo título es: “La otra cara de la televisión argentina”, para aquellos que deseen profundizar más en el tema, ingresan www.telemision21.com.ar en el ítem “Publicaciones” y podrán hallar el libro en formato digital, para leer online o descargarlo en su ordenador en formato pdf.

Los escollos, de todo tipo, tal como lo relata el P. Grandinetti, fueron enormes, pero la constancia y el fuego interior apostólico del mismo, hicieron posible este logro providencial. Sin embargo, especialmente en este tema de la Televisión, vemos que no siempre se lo suele manejar con el conocimiento y la visión necesarios respecto a un medio tan importante para la evangelización. Fue así que se generó un desvío en el camino vislumbrado por su iniciador. Así lo demuestra el Padre Grandinetti cuando él mismo fue desplazado, información que podemos encontrar muy detalladamente en las páginas 89 y 90, del libro citado anteriormente que lleva el título: “La otra cara de la televisión argentina”Lo suyo implicó una elevada visión respecto a lo que se debía cumplir en lo referente a los MCS de la Iglesia. Justamente, al final de dicha página 90, y como una suerte de “profecía”, el Padre Grandinetti daba a conocer que su emprendimiento evangelizador, a pesar de esos permanentes escollos, era un verdadero desafío hacia el futuro.

Fue un emprendimiento que comenzó como un canal de TV Abierta, para todos, pero con titularidad de carácter no institucional (una SOCIEDAD ANÓNIMA) y más allá de los avatares de este tema, este objetivo no quedó trunco, si pensamos que, en esta tarea de la radiodifusión del Mensaje, la Divina Providencia siguió actuando. Fue así que actualmente se trata de otro desafío: a partir del Decreto del P.E.N. Nro. 1314, del 23 de octubre de 2001, se autoriza en forma permanente e institucional (no es una licencia para una empresa privada, con un lapso de vigencia) la instalación de un sistema de TV Abierta en Buenos Aires (LRL456 TV CANAL 21), con la titularidad de una Persona Jurídica de Carácter Público (la Institución Iglesia Católica), sobre un “terreno” (canal 21) sobre el cual se debe “construir un edificio” (emisora de TV) y que necesita aportes de todo tipo.

Dichos aportes han ser sumamente “cuidados” a fin de que no influyan negativamente en la conducción y producción, tratándose de una Persona Pública con una papel definido, de tal modo que el Mensaje a difundir a través de ese espacio, tan valioso en los tiempos que corren, sea coherente con la Misión educativa que tiene la Institución a fin de llegar a tanta gente que lo necesita. Al respecto, con el propósito de reflexionar sobre algunos de los pasajes del Documento del Episcopado Argentino sobre el Bicentenario de la Independencia, extraemos algunos conceptos que pueden ser aplicados a la realidad actual del Canal Orbe 21 del Servicio de TV Abierta de la Ciudad de Buenos Aires, en su carácter de “medio educativo” con titularidad de la Iglesia Católica:

“La educación es el gran desafío que todos tenemos delante como Nación. Por algo se habla de una «emergencia educativa»” Para superarla es fundamental una educación que sea verdadera, es decir, que abra la mente y el corazón a la trascendencia de Dios, Padre y Creador de todo. «La crisis más grande de la educación, desde la perspectiva cristiana, es la clausura a la trascendencia» fruto de un neopositivismo que tiende a dominar en todos los países. No bastan nociones, no basta cúmulo de informaciones, es necesario descubrir el sentido último de la realidad toda”

Finalmente el capítulo hace referencia a la propuesta educativa cristiana cuyo núcleo no consiste en ideas o valores sino que es una Persona: Jesucristo. Encarnada en testigos vivos, es el más genuino y precioso aporte que podemos dar para una sociedad nueva, para una patria verdaderamente libre. “De esta misión no nos es lícito desertar”.

Fuente:
Mayo 2016

martes, 24 de mayo de 2016

HISTORIA DE LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.

Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liége, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión.

Mons. Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la extendió por toda la actual Alemania.

El Papa Urbano IV, por aquél entonces, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa- en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus" del 8 septiembre del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.

Luego, según algunos biógrafos, el Papa Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos. La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta.

En 1317 se promulga una recopilación de leyes -por Juan XXII- y así se extiende la fiesta a toda la Iglesia. Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV, y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV. La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia. Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS O MARÍA AUXILIADORA

Es una advocación a María Auxiliadora, que rastrea su nombre desde el año 345 con Juan Crisóstomo, tomó fuerza con el Papa Pío V en el siglo XVI y fue definitivamente popularizada con el desarrollo de las obras educativas y apostólicas de Don Bosco en el siglo XIX. Aunque comúnmente se la asocia a la Iglesia Católica Romana, la Iglesia Ortodoxa conoce también la advocación desde 1030 en Ucrania cuando el país logró defenderse de una invasión bárbara, hecho que la religiosidad de la época atribuyó al auxilio de la Virgen María.

La advocación Auxiliadora no es en realidad nueva y era ya conocida en los primeros siglos de nuestra era por las primeras comunidades cristianas y los Padres de la Iglesia. En numerosas inscripciones cristianas encontradas en los territorios de hegemonía griega se encuentran dos títulos por medio de los cuales se refería a la Virgen María: uno es (Teotokos, Madre de Dios) y el otro es (Boeteia, Auxiliadora). Entre los Padres de la Iglesia que se refirieron directamente a la Virgen María como "Boeteia" se encuentra Juan Crisóstomo en una homilía del año 345, Proclo en el 476, Sebas de Cesárea en el 532. Después del tiempo patrístico, entendido este hasta el siglo V, otros personajes hicieron mención de dicho título como Romano Melone en el 518, Sofronio, arzobispo de Jerusalén, Juan Damasceno en el 749 y Germán de Constantinopla en el 733.

Las luchas centenarias entre naciones cristianas y musulmanas tendrían su culmen en el siglo XVI. El Islam había destruido ya el Imperio bizantino con la Caída de Constantinopla el 29 de mayo de 1453 y se preparaba para entrar a Europa. El Papa Pío V fue el principal promotor de una alianza europea con el fin de contrarrestar el avance de los otomanos a la cual se denominó la Liga Santa de 1571 (la segunda del siglo XVI) y que quedó conformada por España, Venecia, Génova, Malta y los Estados Pontificios. El 7 de octubre de 1571 se libró una de las batallas más importantes de la historia, la de Lepanto, en la cual fueron vencidas de manera definitiva las huestes otomanas y Europa occidental fue preservada de la invasión. Para el mundo euro católico de la época, la detención de dicha invasión fue leída desde una perspectiva religiosa de lucha entre el bien y el mal interpretado esta según los paradigmas medioevales y los enfrentamientos entre las dos religiones monoteístas. En tal caso, se concluyó que el éxito de los ejércitos católicos se debía a la intervención de la Virgen María que había ido en auxilio de los cristianos.

El Papa Pío VII, quien gobernó la Iglesia Católica entre 1800 y 1823, fue el segundo Pontífice romano que daría una gran importancia a esta advocación mariana. Le correspondió los años de la consolidación del Imperio napoleónico. Firmó con Napoleón Bonaparte un Concordato que parecía garantizar la paz entre la Iglesia y Francia en 1801. En 1804 fue a París para la coronación del nuevo emperador, pero sólo pudo ungirlo porque Napoleón se impuso a sí mismo la Corona. Bien pronto las aspiraciones ambiciosas de Napoleón entrarían en contraste con la influencia de la Iglesia. En 1806 el Papa se negó a sumarse a la exigencia de Napoleón de bloquear a Inglaterra, lo que condujo a una invasión francesa de los Estados Pontificios y puso en prisión al anciano Papa de 77 años de edad, primero en Savona y luego en Fontainebleau en 1809. En su cautiverio, situación esta que le causó un gran sufrimiento y deterioró bastante su salud, el Papa prometió a la Virgen que si recuperaba su libertad y volvía a Roma, declararía ese día como solemne en honor de María Auxilio de los cristianos. Bien pronto la suerte de Napoleón cambió y Pío VII recuperó su libertad. Llegó a Roma el 24 de mayo de 1814 y cumplió su promesa. De este acontecimiento, viene la tradición de la Solemnidad de María Auxiliadora cada 24 de mayo.


Pero la persona que más tendría que ver con la popularización de la invocación de María como Auxilio de los cristianos sería el santo educador de Turín, san Juan Bosco, quien veía el florecimiento de sus obras apostólicas y educativas entre los jóvenes como obra de la Virgen María. Don Bosco comienza a referirse a esta con el nombre de María Auxiliadora a partir de 1860, año en el que relata que la Virgen le manifestó su deseo de ser honorada bajo dicho título y su voluntad de que se le construyera un templo. Es posible que este deseo de afinarse a María como "Auxilio de los cristianos" tenga su razón de ser en la difícil época que la Iglesia Católica vivía en Italia con el avance de los movimientos nacionalistas que abogaban por la Unificación de Italia aún en contra de la existencia de los Estados Pontificios y por ende de la autoridad del Papa. Don Bosco estuvo muy cerca del pontificado del Papa Pío IX, el último Papa-Rey de los Estados Pontificios. Bien pronto la expansión de las obras salesianas en los cinco continentes tendrían como consecuencia la internalización de esta advocación de origen estrictamente europeo. Por otra parte, fundó el Instituto Hijas de María Auxiliadora con el fin de llevar el Sistema Preventivo Salesiano a las muchachas y de honorar a la Virgen bajo dicha advocación.

martes, 17 de mayo de 2016

SOBRE LA SANTÍSIMA TRINIDAD-PARTE III

LA SANTÍSIMA TRINIDAD Y MARÍA

Madre de Dios Hijo

La relación fundamental de María con respecto a su Hijo Jesús es la de su Maternidad. Encontramos la fórmula veneranda del Concilio de Éfeso, definida en el año 431: María es Madre de Dios (Theotokos), como no dudaron los Santos Padres en llamarla. Así la invocaban los fieles ya antes de ese Concilio, en el sigo IV y quizás en el III.

En un papiro han llegado hasta nosotros las palabras de la más antigua oración mariana que se rezó en la Iglesia, y que contiene el título de Madre de Dios aplicado a María: Bajo tu misericordia nos refugiamos, ¡oh Madre de Dios!; no desprecies nuestras súplicas en la necesidad, sino líbranos del peligro, sola pura, sola bendita. La oración es muy significativa. Por la relación de Madre que María tiene con Jesús, se comprende la singular eficacia de su intercesión. A esto se debe que los fieles, ya en los primeros siglos, acudieran a Ella confiadamente en su necesidad e indigencia.

Pero, incluso antes de fijar la atención en la importancia intercesora que se deriva de que María es Madre de Dios, convendría subrayar el relieve teológico de primer plano que el título encierra. Frente a Nestorio, san Cirilo de Alejandría y el Concilio de Éfeso comprendieron que lo que estaba en juego era el dogma fundamental del cristianismo: que Jesús es Persona divina; que no hay en Él sino un único sujeto último de responsabilidad, que es la Persona del Logos. Ello permite decir con verdad que Dios (y no sólo un hombre) por nosotros ha padecido, ha sido crucificado e incluso ha sufrido la muerte. Es impresionante que para garantizar esta verdad se recurriera a un título mariano: la Santísima Virgen es la Madre de Dios.

Finalmente conviene no olvidar que la Maternidad de María con respecto al Hijo de Dios asocia su existencia a la de su Hijo. Ella es la Madre santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo. Ella es la Nueva Eva asociada a Cristo, el Nuevo Adán, según una temática que comenzó a desarrollarse en la Iglesia a partir del siglo II. Si la primera Eva dialogó con el demonio, desobedeció a Dios y trajo sobre el mundo muerte y ruina, María, la Nueva Eva, dialoga con el Ángel, obedece a Dios y trae al mundo al Salvador y, con Él, la salvación.

SOBRE LA SANTÍSIMA TRINIDAD-PARTE II

Desde el principio, los cristianos sintieron la necesidad de una fórmula que expresara lo esencial y asegurara la unidad en la confesión de fe: Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y padre de todos (Ef 4,5-6). Los resúmenes del anuncio y las confesiones de fe cumplen esa función (Hch 2,14-39;1 Co 15,1-7). Ahora bien ¿cómo expresamos nosotros lo esencial de la fe? ¿qué interrogantes tenemos sobre el misterio de Dios? En realidad, nadie conoce bien al hijo sino el padre, ni al padre le conoce bien nadie sino el hijo, y aquel a quien el hijo se lo quiera revelar (Mt 11,27). Es un misterio revelado a los humildes (11,25).

En los primeros tiempos los cristianos consideraban lo esencial de su fe en la confesión de Cristo. La fe en Dios la tienen en común con los judíos. Cuando se trata de anunciar el punto central de la fe cristiana, se proclama la fe en Cristo. Esta confesión central se expresa en fórmulas breves: Jesús es Señor (1 Co 12,3), Jesús es el Cristo (1 Jn 2,22), Jesús es el hijo de Dios (1 Jn 4,15). La mayoría de las confesiones de fe del Nuevo Testamento tienen un solo artículo: la confesión de Cristo.

Junto a la fe en Cristo se enuncia frecuentemente una confesión de Dios que está en relación con la fe judía: El Señor nuestro Dios es solamente uno (Dt 6,4). Esta fe en Dios, fundamental para el judío, lo es también para Jesús (Mt 22,37) y para la Iglesia naciente, que repite confiadamente la oración de Jesús: Abba, Padre (Rm 8,15;Ga 4,6). Por ello en el Nuevo Testamento aparecen frecuentemente confesiones de fe con dos artículos. Por ejemplo: “…llegue la gracia y la paz, que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo” (Rm 1,7).

En la primera carta de San Clemente a los Corintios (s.I) encontramos este saludo inicial: "Que la gracia y la paz se multipliquen entre vosotros de parte de Dios omnipotente por mediación de Jesucristo". Y este saludo final: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros y con todos los que en todo lugar son, por medio de El, llamados de Dios" (LXV,2). Igualmente, en las cartas de San Ignacio de Antioquía (hacia 107) encontramos saludos semejantes: A la Iglesia de Magnesia "bendecida en la gracia de Dios Padre por Jesucristo, nuestro Salvador". Y también: "Os envío mi adiós en la concordia de Dios, en posesión que estáis de un espíritu inseparable, que es Jesucristo" (Magnesios XV).

A la luz de estas fórmulas binarias se explica que, a mediados del siglo II, el judío Trifón acusara a los cristianos de creer en dos dioses (San Justino, Diálogo con Trifón, 11,64ss). O que el pagano Celso lanzara una acusación semejante al cristiano Orígenes (hacia 185-254): "Si ellos, dice Celso, no sirvieran a otro fuera del Dios uno, tendrían quizá frente a los otros una doctrina inatacable. Ahora bien, ellos veneran con la mayor desmesura a éste que sólo hace poco que apareció y creen, no obstante, que no se comete el menor desafuero contra Dios, aunque se venere también a su servidor" (Orígenes, Contra Celso, VIII, 12). En los escritos de Tertuliano (hacia 200) encontramos esta formulación binaria: "Examinemos qué es lo que aprendió esa bienaventurada Iglesia (de Roma), qué es lo que ha enseñado, qué es lo que ha compartido con las iglesias africanas: ella reconoce a un único Dios y Señor, creador del universo, y a Cristo Jesús, Hijo de Dios" (De praescriptione haereticorum, 36).

En el Nuevo Testamento, la fórmula de tres artículos más clara es la que aparece al final del Evangelio de San Mateo como mandato del Señor resucitado de bautizar en el nombre del padre y del hijo y del espíritu santo (Mt 28,19). Pero parece una interpolación posterior (según algunos, del siglo IV).

En el Evangelio de San Marcos se dice solamente: “El que crea y se bautice, se salvará” (Mc 16,16). Se suele citar también esta fórmula: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del santo espíritu estén con todos vosotros (2 Co 13,13; ver 1 Co 12,4-6; Hch 19,1-7). Pero el espíritu es un don, la promesa anunciada por Jesús: “Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí”. (Jn 15,26).

Partiendo de las fórmulas ternarias de la fe y de los textos en los que Jesús promete el espíritu, se estructuró una especulación sobre la Trinidad.

La palabra tríada aparece por primera vez en Teófilo de Antioquía (hacia 181).

La palabra trinidad aparece por primera vez en Tertuliano; ya estamos en el siglo III (hacia 217); el Espíritu es "la tercera persona".

Es bien conocida la fórmula helenística que, tras un proceso especulativo extremadamente complejo, en parte contradictorio y, en todo caso, largo y penoso, recibió sus perfiles clásicos de los tres Padres capadocios (Basilio, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa) en el siglo IV: Dios es trino en "personas" (hypóstasis, subsistencias, prósopa) y, sin embargo, uno en "naturaleza" (physis, ousía, esencia, sustancia)"

Desde el desierto de Antioquía, San Jerónimo (hacia 376) manifiesta al papa Dámaso su perplejidad: "La rama de los arrianos denominados Campenses exige de mí, hombre romano, ese nombre novedoso de las tres hipóstasis. ¿Qué apóstoles, dime, legaron esas cosas?","toda la tradición de las letras profanas no entiende por hipóstasis otra cosa que (ousía) sustancia" (Epistolario 15,3 y4).

En fin, alejándose del original terreno bíblico y metiéndose en terreno filosófico, la especulación intenta (osadamente) explorar la intimidad de Dios, que nadie conoce sino el espíritu de Dios (1 Co 2,11).

San Agustín es consciente de lo imposible que es discurrir sobre lo inefable y experimenta dificultad y contradicción: "Pues que son tres nos lo asegura la verdadera fe, al decirnos que el Padre no es el Hijo y que el Espíritu Santo, Don de Dios, no es ni el Padre ni el Hijo" (De la Trinidad VII,4,7).

Y en otro lugar añade: "El Espíritu no es ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu del Padre y del Hijo, al Padre y al Hijo coigual y perteneciente a la unidad trina" (I,4,7).

Además, "sólo el Padre es padre y no es Padre de dos hijos, sino de un Hijo único" (VII,4,7). Y finalmente: "Tampoco encontramos que hable la Escritura de tres personas", pero no lo contradice (VII, 4, 8). San Agustín intentó explicar el misterio de la Trinidad en analogía con las facultades del hombre: memoria, entendimiento y voluntad (I, 3,5-6). En el siglo XIII Santo Tomás de Aquino insistió en el intento (Suma teológica I, c.27, a.3).

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "Siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es 'consustancial' al Padre, es decir, un solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó 'al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre'" (n.242). La fe en el Espíritu se formuló así en Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre" (n.245).

El concilio de Nicea fue convocado por el emperador Constantino, que intervino personalmente en las sesiones; presidió el concilio el obispo Osio de Córdoba, que residía en la corte imperial; el papa Silvestre envió a dos presbíteros como delegados; acudieron unos 300 obispos, una cuarta parte de los existentes, casi todos orientales; muchos salieron descontentos; en general, estaban contra Arrio (+336), que negaba la divinidad de Cristo, pero les disgustaba la expresión "homousios"; temían que se interpretara en sentido sabeliano (modalismo de Sabelio, s.III).

Además, el origen del credo niceno-constantinopolitano no ha sido puesto en claro totalmente; no poseemos las actas de Nicea, ni de Constantinopla; este concilio fue convocado por el emperador Teodosio; no asistieron delegados del papa; el concilio definió la divinidad del Espíritu Santo, cerrando así definitivamente la cuestión trinitaria; los obispos que discrepaban de la teología imperial eran destituidos y desterrados.

En el concilio de Calcedonia (a.451) se leyó y aprobó por aclamación el credo niceno, ordenando a continuación los delegados imperiales que se leyera igualmente "la fe de los ciento cincuenta Padres" formulada en Constantinopla. Al final, en presencia del emperador Marciano, todos los obispos firmaron el credo constantinopolitano. Este credo (que se encuentra en Roma más tarde, en el siglo XI) desarrolla más que los precedentes el artículo tercero sobre el Espíritu Santo. El de Nicea decía escuetamente, según el texto original griego: "Y (creemos) en el santo espíritu". El llamado credo de los apóstoles, que deriva del antiguo credo romano, fue impuesto por el emperador Carlomagno en todos sus dominios (a.769) y en el siglo XII se convierte en el credo oficial de Roma.

La liturgia de la Trinidad se propaga en Francia a partir del siglo VIII (a pesar de la tenaz oposición romana); el papa Juan XXII la introduce en Roma en 1334. Sin embargo, en la predicación ordinaria, aunque se habla del Padre, del Hijo y del Espíritu, se suele silenciar la doctrina trinitaria. Es cierto que en la fe cristiana popular, quizá a consecuencia del cambio de significado en los términos, la Trinidad es muchas veces entendida en sentido triteista (tres personas, tres dioses), lo que no se ajusta al dato bíblico. Tampoco se ajusta el monarquismo o modalismo (una persona con dos o tres modos sucesivos de manifestación). Por la especulación se llegó a una estéril controversia entre las Iglesias latina y griega. San Agustín había afirmado que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Esta doctrina fue introducida en el credo constantinopolitano por el Papa Benedicto VIII en 1014.

La fórmula "gloria al padre y al hijo y al espíritu Santo" surge en la polémica antiarriana en el siglo IV. Sin embargo, la fórmula más antigua (que encaja con la forma clásica de las oraciones romanas) es ésta: Gloria al padre por el hijo en el espíritu santo. Esta es la perspectiva del Nuevo Testamento. El problema clave no es la cuestión de cómo tres pueden ser uno, sino cómo se puede determinar conforme a la Escritura la relación de Jesús con Dios a la luz del espíritu. Los intentos de interpretación basados en conceptos filosóficos (tan caducos, tan cambiantes, tan discutibles) no pueden ser impuestos a los creyentes  como vinculante expresión de fe.

Alejándose de la palabra de Jesús, se pusieron a especular. Olvidaron la advertencia que San Cirilo de Jerusalén (en el s.IV) dirigía a sus catecúmenos: "En lo que respecta a la naturaleza y a la hipóstasis, ¡no te mezcles en ello! Si la Escritura nos hubiese dicho algo sobre este particular, hablaríamos de ello. Pero no estando escrito, no tengamos la osadía" (Catequesis 16,24). El espíritu, dice Jesús, no hablará por su cuenta (Jn 16,13), os recordará todo lo que yo os he dicho (14,26;DV 10). Prescindiendo  de su palabra, nadie puede reclamar para sí el espíritu de Cristo.

El espíritu de Dios ha llegado a ser tan propio del Señor glorificado que éste no sólo da espíritu santo (Jn 20,22), sino que por su resurrección se convierte en espíritu que da vida (1 Co 15,45). Pablo llega a decir: El Señor es el espíritu (2 Co 3,17). Resucitado a la vida de Dios, existe en la dinámica del espíritu, es decir, del Espíritu como poder por el que el Señor glorificado sigue presente en la historia del mundo, como principio de una historia nueva y de un mundo nuevo. De donde resulta una consecuencia decisiva, a saber: la fe en el Espíritu y la fe en la Iglesia venían así a coincidir, ya que ambos no eran sino la misma fe en la presencia y en la acción de Dios en el mundo, en la vida y en la historia de los hombres.

SOBRE LA SANTÍSIMA TRINIDAD-PARTE I

La Trinidad es el dogma central sobre la naturaleza de Dios de la mayoría de las iglesias cristianas. Esta creencia afirma que Dios es un ser único que existe simultáneamente como tres personas distintas o hipóstasis:

El Padre,
El Hijo y
El Espíritu Santo.

Algunas confesiones minoritarias —como las iglesias unitarias, los testigos de Jehová y los pentecostales unicitarios, entre otros— rechazan esta creencia. Los mormones afirman creer en la Trinidad pero tienen una interpretación específica y radicalmente diferente del dogma mayoritariamente aceptado.

Existen triadas de dioses desde la antigüedad histórica, tal vez por el carácter místico que algunas culturas tienen del número tres. En la India existe un concepto parecido, el trimurti. Por su parte, el filósofo griego Platón concibió una cosmología compuesta por tres realidades:

Dios, ser absoluto y causa primera.
Logos, o razón universal y
Anima Mundi, alma universal emanada de Dios que anima y gobierna el mundo visible; en otras ocasiones, la trinidad platónica es descrita como las ideas de Bien, el resto de ideas inteligibles que proceden del Bien, y las ideas materializadas o mundo visible.

En el año 215 d. C., Tertuliano fue el primero en usar el término Trinidad (trinitas). Anteriormente, Teófilo de Antioquia ya había usado la palabra griega (tríada) en su obra A Autólico (c. 180) para referirse a Dios, su Verbo (Logos) y su Sabiduría (Sophia). Tertuliano diría en Adversus Praxeam II que «los tres son uno, por el hecho de que los tres proceden de uno, por unidad de substancia»

La formulación ‘un solo Dios en tres Personas’ no quedó firmemente establecida, y ciertamente no se asimiló por completo en la vida cristiana ni en su confesión de fe, antes del fin del siglo IV. Pero es precisamente esta formulación la que originalmente reclama el título del dogma trinitario. Entre los Padres Apostólicos, no había existido nada que siquiera remotamente se acercara a tal mentalidad o perspectiva.

La New Catholic Encyclopedia (1967, tomo XIV, pág. 299)
La trinidad de personas dentro de la unidad de naturaleza se define en términos de «personas» y «naturaleza», los cuales son términos filosóficos griegos; en realidad estos términos no aparecen en la Biblia. Las definiciones trinitarias surgieron como resultado de largas controversias en las cuales ciertos teólogos aplicaron erróneamente a Dios estos términos y otros, tales como «esencia» y «sustancia».

La fórmula fue adquiriendo forma con el paso de los años y no fue establecida definitivamente hasta el siglo IV:

La definición del Concilio de Nicea, sostenida desde entonces con mínimos cambios por las principales denominaciones cristianas, fue la de afirmar que el Hijo era consustancial (literalmente ‘de la misma sustancia que) el Padre. Esta fórmula fue cuestionada y la Iglesia pasó por una generación de debates y conflictos hasta que la «fe de Nicea» fue reafirmada en Constantinopla en 381.

En Nicea toda la atención fue concentrada en la relación entre el Padre y el Hijo, inclusive mediante el rechazo de algunas frases típicas arrianas mediante algunos anatemas anexados al credo; y no se hizo ninguna afirmación similar acerca del Espíritu Santo. Pero, en Constantinopla (381) se indicó que éste es adorado y glorificado junto con Padre e Hijo, sugiriendo que era también consustancial a ellos. Esta doctrina fue posteriormente ratificada por el Concilio de Calcedonia (451), sin alterar la substancia de la doctrina aprobada en Nicea.

La escritura y doctrina cristiana descansa en el monoteísmo (un solo Dios), por lo tanto había que ajustarla a lo que decía la Escritura con respecto al Padre, al Hijo y el Espíritu, sin caer en el politeísmo, ni tampoco modificando la Escritura por conveniencia (Eisegesis). Los teólogos de los primeros siglos del Cristianismo elaboraron explicaciones que generaron varias corrientes de pensamiento y una intensa polémica.

Esta polémica se acentuó durante el reinado del emperador Constantino I, cuando los dirigentes de la Iglesia comenzaron a contar con el apoyo imperial y tuvieron que precisar cuál debía ser la doctrina compartida por las diversas comunidades cristianas. En contraposición tanto frente a las posiciones subordinacionistas (principalmente los partidarios de Arrio) como a las modalistas, algunos teólogos llegaron a la conclusión de que, si estas tres personas compartían diferentes cualidades y características divinas exclusivas de Dios (señorío, eternidad, omnisciencia, omnipresencia, santidad, etc.), se tendría que utilizar la formula matemática 1x1x1=1 en vez de 1+1+1=3, ya que ésta rompe el monoteísmo de Dios y se convierte en politeísmo o henoteísmo.

Citas del Nuevo Testamento en las que se menciona a las tres entidades:

El bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19);

Además de la polémica sobre la naturaleza de Jesús —si era humana, divina, o ambas a la vez—, de su origen —si eterno o temporal— y de cuestiones similares relativas al Espíritu Santo, el problema central del dogma trinitario es justificar la división entre "sustancia" única y triple "personalidad". La mayoría de las iglesias protestantes, así como las ortodoxas y la Iglesia Católica, sostienen que se trata de un misterio inaccesible para la inteligencia humana.

La Iglesia católica dice: “La Trinidad es el término con que se designa la doctrina central de la religión cristiana [...] Así, en las palabras del Símbolo Quicumque: ‘el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, y sin embargo no hay tres Dioses, sino un solo Dios’. En esta Trinidad [...] las Personas son co-eternas y co-iguales: todas, igualmente, son increadas y omnipotentes. [...]"

La Iglesia ortodoxa griega dice de la Trinidad lo siguiente: «Dios es trino y uno. [...] El Padre es totalmente Dios. El Hijo es totalmente Dios. El Espíritu Santo es totalmente Dios»

Las Iglesias Cristianas Evangélicas definen: Dentro de la unidad de un Único Dios existen tres distintas personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Los tres comparten los mismos atributos y la misma naturaleza, por lo tanto estos tres constituyen el único Dios.

Personas de la Trinidad

El Padre. Es increado e inengendrado.

El Hijo. No es creado sino engendrado eternamente por el Padre.

El Espíritu Santo. No es creado, ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo (según las iglesias evangélicas y la iglesia católico-romana) o sólo del Padre (según la Iglesia católica-ortodoxa).

Según el Dogma definido en el Primer Concilio de Constantinopla (381), las tres personas de la Trinidad son realmente distintas pero son un solo Dios verdadero. Esto es algo posible de formular pero inaccesible a la razón humana, por lo que se le considera un misterio de fe. Para explicar este misterio, en ocasiones los teólogos cristianos han recurrido a símiles. Así, Agustín de Hipona comparó la Trinidad con la mente, el pensamiento que surge de ella y el amor que las une.  Por otro lado los teólogos clásicos, como Guillermo de Occam, afirman la imposibilidad de la comprensión intelectual de la naturaleza divina y postulan su simple aceptación a través de la fe.

miércoles, 11 de mayo de 2016

LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO Y EL CAMINO HACIA LA SANTIDAD

La tradición teológica y espiritual cristiana ha resaltado desde muy antiguo el papel de los siete dones del Espíritu Santo en la santificación del alma. Como es sabido, aunque la expresión “dones del Espíritu Santo” se puede entender de forma general, es decir, referida a todo tipo de dádivas divinas, habitualmente tiene un sentido mucho más específico; recordémoslo con palabras del Catecismo de la Iglesia Católica, que recogen sintéticamente la doctrina tradicional:

“La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo". “Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-3). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas”.

No es nuestra intención ahora abordar la cuestión teológica de la naturaleza de estos dones, su relación con las virtudes, su número septenario, etc. Este artículo quiere enmarcarse en un contexto más teológico-espiritual que dogmático, más práctico que especulativo. Teniendo en cuenta la abundante doctrina de los santos y maestros espirituales sobre el papel de los dones en la santificación del alma, queremos fijarnos sobre todo en una visión clásica de la vida espiritual cristiana: su presentación como un camino, itinerario o ascensión.

En ese camino hacia la santidad, la iniciativa y la actividad principal es divina: la acción del Espíritu Santo en el alma, contando con la libre cooperación humana. La actitud cristiana de docilidad a esa conducción interior divina resulta así decisiva en el proceso de la propia santificación. Como acabamos de leer en el Catecismo, Dios infunde en nuestras almas los siete dones precisamente con el objeto de facilitar esa docilidad a sus inspiraciones y mociones; y en este punto es justamente donde completan y perfeccionan a las virtudes. La santidad del alma crecerá así en la medida de una mayor docilidad a la acción del Espíritu Santo, y por tanto, en la medida de un mayor arraigo y desarrollo de esas “disposiciones permanentes” que son los dones.

La enumeración clásica de los siete dones del Espíritu Santo, tomada de Isaías 11, 1-3, ha sido vista por la tradición teológica y espiritual como una cierta gradación de la actuación del “Espíritu septiforme” en el cristiano: el espíritu de sabiduría sería la culminación de un proceso iniciado desde el temor de Dios. Es el itinerario que presenta, entre otros, San Agustín:

“Cuando el profeta Isaías recuerda aquellos siete famosos dones espirituales, comienza por la sabiduría para llegar al temor de Dios, como descendiendo desde lo más alto hasta nosotros, para enseñarnos a subir. Parte del punto adonde nosotros debemos llegar, y llega al punto donde nosotros comenzamos. Dice, en efecto: “descansará sobre El, el Espíritu de Dios, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad, Espíritu de temor de Dios” (Is 11, 2-3). A la manera, pues, que el Verbo encarnado, no aminorándose, sino enseñándonos, desciende desde la sabiduría hasta el temor; así debemos nosotros elevarnos desde el temor a la sabiduría, no llenándonos de soberbia, sino progresando, ya que el temor es el inicio de la sabiduría” (Prov 1, 7)

Por esta razón se coloca en el primer lugar la sabiduría, que es la verdadera luz del alma, y en el segundo el entendimiento. Como si a los que le preguntan: ¿de dónde hay que partir para llegar a la sabiduría?, les respondiera: del entendimiento. ¿Y para llegar al entendimiento? Del consejo. ¿Y para llegar al consejo? De la fortaleza. ¿Y para llegar a la fortaleza? De la ciencia. ¿Y para llegar a la ciencia? De la piedad. ¿Y para llegar a la piedad? Del temor. Luego desde el temor a la sabiduría, porque “el temor de Dios es el inicio de la sabiduría” (Prov 1, 7)”. Este papel gradual de la acción divina a través de los siete dones es el que queremos presentar aquí. La frase de los Proverbios citada dos veces en ese texto de San Agustín, combinada con la enumeración “desdendente” de Isaías, es precisamente la fuente principal de casi todos los autores que defienden esta visión progresiva de la acción del Espíritu divino en el alma, por la sucesiva intervención de los siete dones.

No obstante, conviene aclarar desde el principio que se trata de un “modelo” teológico-espiritual que no conviene extralimitar. En efecto, esta visión puede servir de orientación para comprender el proceso de santificación del alma, y también de ayuda práctica en la vida ascética; pero no pretendemos afirmar que exista una estricta periodización de la vida espiritual en siete etapas bien delimitadas, según los dones, como tampoco pretenden eso otros modelos clásicos como el de las tres vías, o el de las moradas teresianas, por poner sólo dos ejemplos bien conocidos, entre muchos otros, abundantes en la literatura espiritual. La acción del Espíritu divino es riquísima y variadísima en la vida de millones de cristianos de todas las épocas, y no está predeterminada por esquemas y periodizaciones rígidas; aunque también es cierto que esa actividad divina sigue una lógica que nos permite, aunque sin rigideces, poder presentar unos rasgos generales y comunes de la vida cristiana lo más universales posibles.

En particular, los siete dones desempeñan un papel importante desde el principio hasta el final del camino de santidad; como lo juegan las virtudes, los sacramentos, la oración, etc. Hay algo de cada uno de ellos en cada etapa, e incluso en cada acto de la vida cristiana. Pero también nos parece que existe una mayor necesidad y predominio del temor de Dios en los primeros pasos de ese itinerario, mientras la sabiduría se suele enseñorear de la vida contemplativa y de intenso amor a Dios de las almas más santas; por hablar sólo de los dos extremos de la cadena. Sea como sea, nos parece que una reflexión sobre cada uno de los aspectos de esta septiforme intervención divina en el cristiano, puede ser de gran utilidad para una mayor comprensión teológica de la persona y la actuación del Espíritu Santo, y para una mejora interior personal de cada uno en la docilidad a sus impulsos e inspiraciones.

Extractado del artículo publicado en “Scripta Theologica” 30 (1998/2), 531-557), por Padre Javier Sesé. Facultad de Teología. Universidad de Navarra

martes, 10 de mayo de 2016

JORGE CHADI EN EL ALFA Y LA OMEGA



JORGE CHADI, visito a los muchachos de EL ALFA Y LA OMEGA y contó como desarrolla su pastoral en la Iglesia; su amistad y trabajo con el Padre Pepe Di Paola y su encuentro con el Papa Francisco.




JORGE CHADI junto a su esposa Marta, se reunieron con el Santo Padre en Santa Marta y le llevaron correspondencia de Alfredo Musante, director responsable de EL ALFA Y LA OMEGA y presidente de ANUNCIAR Grupo Multimedio de Comunicación, donde Jorge le acerco el trabajo que viene haciendo el Padre Pepe por los màs necesitados: los pobres y la carta de Alfredo donde le expresa todo el trabajo comunicacional que vienen realizando con ANUNCIAR y le informa a Francisco la realidad comunicacional de los medios catòlicos en la Argentina y la desunión y poco interés en el trabajo de equipo....



domingo, 8 de mayo de 2016

CUANDO SUBIÓ JESÚS A LOS CIELOS

Cuentan los evangelios que después de la muerte de Jesús muchas personas aseguraron haberlo visto otra vez vivo en la tierra. Es decir, contaron haber tenido "apariciones" de Jesús resucitado. Entre esos testigos privilegiados figuran María Magdalena (Jn 20,11), los discípulos de Emaús (Lc 24,13), Simón Pedro (Lc 24,35) y muchos más. Sin entrar aquí a preguntarnos cómo fueron esas "apariciones", ni de qué manera lo vieron aparecer, sí queremos averiguar: ¿cuánto tiempo duraron tales "apariciones" de Jesús? Según Los Hechos de los Apóstoles (escrito por san Lucas) fueron exactamente 40 días, ya que después tuvo lugar la famosa Ascensión, en la que Jesús subió a los cielos y no volvió a ser visto por nadie. En efecto, cuenta este libro que luego de aparecerse durante 40 días, Jesús condujo a los apóstoles hasta el monte de los Olivos, donde les dio las últimas instrucciones.

"Y después fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a su vista. Mientras ellos miraban fijamente al cielo, viendo cómo se alejaba, aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús que ha sido llevado al cielo, vendrá del mismo modo que lo han visto subir al cielo" (Hch 1,1-11). Pero este relato presenta un grave problema: contradice a otros textos del Nuevo Testamento. Por ejemplo, a la 1ª carta a los Corintios, la cual enumera una serie de apariciones de Jesús que resultan incompatibles con estos 40 días. En dicha carta escribe san Pablo: "Les recuerdo, hermanos, el evangelio que les prediqué. Qué Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras. Que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras. Que se apareció a Cefas (es decir, a Pedro) y luego a los Doce. Después se apareció a más de 500 hermanos a la vez, la mayor parte de los cuales todavía viven y otros murieron. Más tarde se apareció a Santiago. Luego a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, que soy como un aborto" (1 Cor 15,1-8).

La primera, a Cefas (o Pedro), no ofrece dificultad, pues sabemos que tuvo lugar el mismo domingo de Pascua (Lc 24,34). Pero la segunda, "a los Doce", resulta más difícil de ubicar. Debido a que Judas el traidor se había suicidado, sólo quedaban once de aquel primitivo grupo. Y los evangelios sí nos cuentan que los Once presenciaron una "aparición" de Jesús (Mt 28,16; Mc 16,14; Lc 24,33). Pero "los Doce" sólo se volvieron a formar, según el libro de Los Hechos (1 15-26), después de la Ascensión, cuando Pedro decidió elegir por sorteo a alguien para reemplazar a Judas. Si, pues, Jesús se les apareció a los Doce, debió ser después de la supuesta Ascensión a los 40 días. La tercera aparición, "a más de 500 hermanos a la vez", también resulta imposible de colocar dentro de los 40 días mencionados. Estos "hermanos" no aparecen como "discípulos", ni "apóstoles", sino como simples cristianos que estaban participando de alguna reunión, y que tuvieron la dicha de presenciar a Jesús resucitado. Y para que pudiera darse una reunión de más de 500 personas en un solo lugar y al mismo tiempo, debió de haber tenido lugar bastante tiempo después de Pentecostés, cuando el cristianismo había comenzado a crecer y a extenderse en grupos más amplios.

La cuarta "aparición" es a Santiago, un pariente de Jesús (Mc 6,3) que llegó a ocupar un puesto destacado en la Iglesia de Jerusalén (Hch 12,17). Pablo dice que Jesús se le apareció "después" de hacerlo a aquellos 500 hermanos. Por lo tanto, se trata también de una aparición tardía, cuando la Iglesia ya había crecido. En penúltimo lugar figuran "todos los apóstoles". Este grupo es diferente de los Doce, a quienes Pablo ya ha nombrado. Ahora bien, sabemos que el título de "apóstol" (que significa "enviado"), sólo se les dio entre los primeros cristianos a los que fueron "enviados" a predicar el Evangelio a lugares lejanos. Lo cual ocurrió bastante después de la muerte de Jesús. Por lo tanto estos "apóstoles" debieron de ver a Jesús resucitado mucho después de los 40 días de su Ascensión. Por último san Pablo escribe que el Señor se le "apareció" también a él. Sabemos que se refiere a la visión que tuvo cuando viajaba camino a Damasco, el día de su conversión (Hch 9,1-19). Y ésta ocurrió... ¡seis años después de la supuesta Ascensión de Jesús a los cielos!

Algunos, para evitar tal incongruencia, sostienen que ese día san Pablo sólo vio una luz que lo derribó y oyó una voz que le hablaba. Por lo tanto no se trata de una verdadera aparición de Jesús. Pero Pablo, cuando habla de las "apariciones" en su carta a los Corintios, emplea siempre la misma palabra griega (oráo) para todas, lo cual significa que él considera a todas las apariciones de la misma categoría. Incluso cuando alguien pretende disminuirlo en su autoridad de apóstol, él se enoja y exclama: "¿Acaso no soy apóstol? ¿Acaso no he visto (oráo) a Jesús?" (1 Cor 9,1), poniéndose, así, al mismo nivel de todos los que vieron a Jesús resucitado. Entonces, ¿durante cuánto tiempo vio la gente aparecer a Jesús resucitado? Evidentemente durante mucho tiempo. Pero un tiempo indefinido, imposible de precisar exactamente. Y si las apariciones se prolongaron durante un tiempo indeterminado, ¿cuándo subió Jesús a los cielos? En el Nuevo Testamento tenemos la respuesta: Jesucristo subió a los cielos el mismo día que resucitó, es decir, el domingo de Pascua. Su salida de la tumba y su Ascensión fueron un mismo hecho.

Esto se ve claramente porque nunca el Nuevo Testamento (fuera del libro de Los Hechos) dice que Jesús haya subido al cielo en una fecha distinta a la de su resurrección. Al contrario: cuando afirman que ha resucitado, están diciendo también que ha subido al cielo. Por ejemplo, san Pablo en todas su cartas supone que la resurrección y la Ascensión fueron simultáneas (Rm 8,34; Flp 2,8-9; 1 Ts 1,10). Lo mismo ocurre con san Pedro, el cual enseña que Jesucristo "fue al cielo y está a la derecha de Dios" por su resurrección, no por su Ascensión (1 Pe 3,21-22). Y la carta a los Hebreos presenta a Jesús pasan- do directamente, de su resurrección, al cielo (1,3; 9,12; 10,12; 12,2). Incluso el Apocalipsis, que tantas veces describe a Jesús triunfante en la gloria del cielo, jamás dice que hubo una Ascensión. Pero donde más claramente se nos dice que la resurrección de Jesús y la Ascensión ocurrieron el mismo día es en los cuatro evangelios. San Marcos, por ejemplo, describe a Jesús subiendo al cielo el mismo domingo de Pascua (16,19).

También san Lucas dice que la resurrección de Jesús (24,3), la aparición a los discípulos de Emaús (v.13), a san Pedro (v.34), a todos los apóstoles (v.36), la despedida (v.44), y la Ascensión (v.51), ocurrieron el mismo día de Pascua. Incluso cuando Jesús se les aparece a los discípulos de Emaús, les dice que el Mesías ya ha entrado "en la gloria" (24,26) .En Mateo, cuando Jesús aparece a los apóstoles, les dice: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (28,18), con lo cual da a entender que ya ha tenido lugar la Ascensión. Y en Juan, al describir la "aparición" a María Magdalena el domingo de Pascua, Jesús le dice a ella: "Vete y dile a mis hermanos: Subo a mi Padre y al Padre de ustedes, a mi Dios y al Dios de ustedes" (20,17). 0 sea que describe a la Ascensión ocurriendo el mismo día de la resurrección. Si, pues, los cuatro evangelios (incluido Lucas), cuentan que la resurrección y la Ascensión de Jesús tuvieron lugar el mismo día de Pascua, ¿por qué, entonces, Los Hechos de los Apóstoles dicen que la Ascensión fue a los 40 días de la resurrección?

En realidad el 40 es un número simbólico no real. En la Biblia se emplea muchas veces esta cifra para significar el "cambio" de un período a otro, el "fin" de una generación y el comienzo de otra. Y que el número 40 no es aquí una cifra exacta sino simbólica lo comprobamos porque, más adelante, el mismo libro de Los Hechos dice que Jesús "se apareció durante muchos días" (13,31), pero no dice que eran 40. Y después vuelve a hablar de las apariciones de Jesús pero por tiempo indefinido (10,40- 42), no durante 40 días. ¿Y por qué san Lucas emplea este número simbólico en Los Hechos? ¿Por qué, si en el evangelio dijo que la Ascensión había sido el mismo día de la resurrección, cambió de idea en su segundo libro y la describió como sucediendo 40 días después? Porque cuando escribió Los Hechos, unos diez años después del evangelio, se propuso resolver un grave problema que se había suscitado entre los primeros cristianos.

A partir de las "apariciones" de Jesús a los apóstoles, a las mujeres y a los demás discípulos, muchos pensaron que el Señor había regresado definitivamente a la tierra, como lo había prometido, y que ahora se iba a quedar para siempre con ellos. Que iba a reanudar la misma vida que había tenido antes de morir. Es que Él había dicho varias veces: "Me voy, pero volveré para estar otra vez con ustedes" (Jn 14,28); "No los voy a abandonar; volveré con ustedes" (Jn 14,18); "Volveré a verlos, y ustedes se llenarán de alegría (Jn 16,22). Entonces, cuando se difundió la noticia de que estaba otra vez vivo y actuando en el mundo, muchos creyeron que ya no había de qué preocuparse. Que habían llegado ya los últimos tiempos. Que Jesús había venido a quedarse y a establecer su Reino glorioso en la tierra. Esta idea paralizó la actividad de algunos creyentes de tal manera, que muchos ya no querían salir a predicar, ni evangelizar, ni trabajar, ni hacer ningún esfuerzo (como leemos en 2 Tes 3,10-12). Estando otra vez Jesús en la tierra, él se encargaría ahora de todo. ¿No se aparecía, acaso, a cada rato? Bastaba, pues, invocarlo para que él solucionara todas nuestras necesidades.

Lucas comprendió lo peligroso que resultaba la idea de un Jesús apareciéndose por todas partes. Pero tampoco podía negarla. Simplemente había que ponerle un fin. Y fue así como, iluminado por el Espíritu Santo, decidió contar que Jesús sí estuvo apareciéndose a los apóstoles durante un tiempo, pero que este tiempo se acabó. Que ya no actúa más en este mundo, al menos directamente. Que ahora somos nosotros los que tenemos que salir a trabajar, en lugar de él. De este modo Lucas buscó desalentar la actitud de cuantos vivían contemplando el cielo, esperando que apareciera Jesús a hacer las cosas, sin que ellos hicieran nada. Para expresar más claramente su mensaje, empleó el número simbólico 40, a fin de significar que con la Ascensión de Jesús terminó un ciclo (el de la tarea que Jesús debía realizar en la tierra), y dio comienzo otro (el del trabajo que debían desarrollar los apóstoles en el lugar de Jesús). Y para dar más realismo al relato, describió la Ascensión como un hecho histórico, es decir: como si hubiera sucedido en un lugar preciso (el monte de los Olivos), de un modo determinado (subiendo en el aire, hasta que una nube lo cubrió) ¡y hacia un destino específico! (el cielo).

Esta idea de mostrar a Jesús subiendo a los cielos fue tomada por Lucas de la tradición judía. En ella se contaba de varios personajes importantes que al final de sus vidas habían subido al cielo corporalmente, como Henoc (Gn 5,24), Elías (2 Re 2,1-13), Esdras y Baruc (estos dos últimos mencionados en los libros apócrifos). Por lo tanto, basándose en ellos, imaginó también a Jesús subiendo corporalmente a los cielos. Jesucristo, después de resucitar, no volvió más a la tierra. Se fue inmediatamente a los cielos, junto a su Padre. Y si hubo "apariciones" suyas fueron todas producidas "desde" el cielo. Pero como estas "apariciones" hicieron pensar a muchos creyentes que Jesús había venido a quedarse a la tierra, Lucas dijo que las apariciones fueron sólo por 40 días. Después creó la escena de la Ascensión, en la que los apóstoles lo ven subir y alejarse de este mundo. Así, dejó bien en claro que ya estaba clausurado el período de las apariciones, que había que salir a construir el Reino, y dejar de esperarlo todo de arriba. Por eso el relato de la Ascensión dice también que unos ángeles se presentaron y les reprocharon a los apóstoles: "Hombres de Galilea, ¿qué hacen aquí, mirando al cielo?"

Lucas quiso decirnos que, al "desaparecer" el Señor, debía "aparecer" la Iglesia. O sea, un grupo de hombres y mujeres que hicieran lo mismo que Jesús: trabajar por la justicia, apoyar a los más débiles, promover a los pobres, curar a los enfermos, predicar el amor, luchar por la paz. Ya era hora de dejar de hacer, de las apariciones de Jesús, la solución a todos los problemas, como si fuera la lámpara de Aladino de la cual se puede sacar lo que se quiera. Por eso, a continuación de la Ascensión, Lucas cuenta en el libro de los Hechos la intensa tarea a la que se lanzaron Pedro, Juan, Pablo y los demás apóstoles para sembrar el mensaje de amor que había traído el Maestro. Jesús ya no estaba. Ahora era el tiempo de ellos. El relato de la Ascensión nos enseña que hay que dejar de mirar a las nubes, esperando la ayuda únicamente de arriba. Y que debemos ponernos a trabajar seriamente, con esfuerzo y sacrifico, entre dolores y alegrías, por el Reino que Jesús comenzó. Él algún día volverá a ver lo que hemos hecho.

Extracto de la nota escrita por
el biblista Ariel Álvarez Valdés
REVISTA DIDASCALIA
ABRIL 1999