miércoles, 26 de abril de 2017

LA HUIDA Y PERMANENCIA DE LA SAGRADA FAMILIA EN EGIPTO

El episodio de la huida de la Sagrada Familia a Egipto se halla narrado en el Evangelio de Mateo, los Magos habían venido a Belén a adorar al Rey Niño y a ofrendarle sus dones llenos de profundo significado. Advertidos de lo alto no cumplieron su promesa de regresar a Herodes, sino que se volvieron derecho a su país. Ellos habían venido providencialmente a representar a los gentiles y nuestro Señor les pagó la visita, en esta forma:

“Un Ángel del Señor se aparece en sueños a José, diciéndole: Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para acabar con Él. José, levantándose, tomó consigo al niño y a su madre, de noche, y se refugió en Egipto” (Mt 2,13-14).

¿Por qué huir a Egipto? En primer lugar, había razones de carácter geográfico. Escapar al Norte era imposible. Hacia el Este significaba entrar en un interminable desierto que estaba por encima de sus fuerzas. El solo refugio de la jurisdicción de Herodes era Egipto, como bien cuenta el salmista, “Vengan de Egipto los magnates, Etiopía extienda sus manos a Dios”. (Salmo 67). Por eso aún sin mandato del ángel, ellos habrían escogido ese destino. La providencia de Dios utilizó las consideraciones humanas, pero había razones más profundas para refugiarse en Egipto y habitar allí. José, junto a María y Jesús, comenzaron a moverse por el sur a través de las montañas de Hebrón, por senderos empinados y seguidos de precipicios, peligrosos hasta de día, sin rastro alguno en la oscuridad. En Bersabée comienza la tierra desolada que a poco se convierte en puro desierto, en un verdadero mar de arena. Solos o en caravana debieron, a partir de este momento observar una dirección precisa para poder descansar por la noche en ciertos lugares, que no podían ser otros que los indicados por la presencia de agua, o sea algún oasis. Ese viaje no fue una excursión pintoresca. Ellos soportaron todas las penalidades del camino como cualquier viajero, diferenciándose sólo en su equipaje más pobre. De día el calor era intenso, produciendo torturas de sed y espejismos. De noche el frío era severo y dormían sobre la arena sin el conveniente abrigo.

A lo largo de toda la ruta que se seguía a Egipto se encontraban huesos de animales muertos en el viaje. El más grande sufrimiento, se ha dicho, sentido por María y José fue el del temor, de un terrible temor. La sensibilidad de María lo convertía en pura agonía. Pero una emoción todavía más intolerable fue el percatarse de que su Hijo era ya objeto de odio y de persecución para la muerte. El divino Infante era defendido con gran solicitud de estos sufrimientos. Los cariñosos brazos maternos le acurrucaban protegiéndole del calor del día y del frío de la noche, y estaba bien alimentado por los pechos de su Madre. No todo era desagradable. Se movían por un territorio que hablaba de recuerdos para una mente judía. Mil años antes, de acuerdo a la gran Alianza, Abrahán había tomado posesión simbólica de esa tierra para el Pueblo elegido. Había sido atravesado por todos los antepasados de su raza. José, el predecesor de José, el padre putativo de Jesús, había sido llevado por esos lugares como prisionero, y vendido por sus hermanos por oro. Había estado destinado para llegar a ser poderoso en Egipto; y por él su padre Jacob y sus hermanos fueron a establecerse en Egipto. Y luego una multitud de inmigrantes les siguieron. José y Jacob murieron allí y luego de embalsamarlos los enterraron. Cientos de años más tarde Moisés y Aarón se levantarían y conducirían a su pueblo fuera de Egipto. Ahora la Sagrada Familia estaba pasando por una región toda llena de asociaciones históricas. Aquella humilde joven con su niño era el punto culminante de toda aquella historia.

La mente de María estaría llena de ello, y ella y su esposo se habrían puesto a discutir sobre los diferentes papeles que cada lugar había desempeñado en el pasado. Si tomamos un mapa para seguirles, aparecería su itinerario a lo largo del Mediterráneo desde Gaza al El Arich que antes se llamaba Rinocolura, que etimológicamente quiere decir “los sin narices”, que alude al castigo que sufrió aquella gente cuando les cortaron las narices. Marcaba la frontera entre el reino de Herodes y el Egipto romano. Por fin aquí estuvieron ya en seguro, pues se hallaban fuera de la jurisdicción de Herodes. Luego avanzaron a Pelusio, cuyas ruinas al oriente del actual Canal de Suez, y luego al sudoeste para entrar en el verde valle del Nilo; luego a través de Goshen donde vivieron en otro tiempo sus antepasados, y hacia Heliópolis. Ciertas señales regionales grandemente deseadas se presentaron a la vista, y pronto estuvieron bajo la inspección legal. Dominando el panorama cerca de Giza, asomaron las Pirámides y la gran Esfinge. Su secreto no deja de tener cierta relación con el Todopoderoso a quien el plan divino le ha colocado ante ella en cumplimiento de la profecía:

“He aquí que el Señor viene de Egipto. Y estremézcanse los ídolos egipcios ante El, y el corazón de Egipto se derrite en su interior” (Isaías 19, 1).

Da curiosidad pensar que de todas las estructuras hechas por el hombre que fueron el objeto de la admiración de la Sagrada Familia durante su estadía en la tierra, hayan quedado ahora sólo esta. La mayor parte de los escritores antiguos han recalcado la caída al suelo de todos los ídolos de un templo vecino al paso de la Sagrada Familia. Había una tradición entre los letrados de Egipto que databa desde la permanencia del profeta Jeremías en esa región, y que decía que vendría un Rey de los judíos y que entonces los ídolos serían destruidos. Como deciamos la Sagrada Familia, pasaron por Heliópolis a un lugar llamado Matarié al norte del Cairo. Fue allí donde María y José hicieron una habitación humilde. Muchos son de la opinión de que pronto se trasladaron al Cairo, allí había una gran colonia judía en Leontópolis, y no hay duda que debió haber ayudado a la Sagrada Familia, pues los judíos exiliados tenían un admirable sentido del compañerismo ¿Cómo sobrevivieron en Egipto? José ejercía naturalmente su oficio y sería la colonia judía la que le proporcionaba obras; María se habrá ganado la vida tejiendo a mano, ya que en ello era muy experta. Pero no falta quien afirma que pasaron un tiempo de hambruna y que María solía ir a respigar en los campos. En este caso nadie duda que su pobreza habría sido grande. Se dice que fue durante esta permanencia en Egipto cuando María tejió la túnica inconsútil para su Hijo, la que iba creciendo con El. La residencia en Egipto fue para ellos un cambio de medio que debió haber sido una cosa lo más drástica. Fuera del calor de todo el ceremonial judío, estimulado por la espera inmediata del Mesías, se vieron duramente transportados a la fría atmósfera del paganismo y de la idolatría.

Esta pareja tenía una extraordinaria compensación en su exilio. Tenían a Jesús, y no les hacía falta ningún rito por significativo y bien elaborado que fuese. Frente a Jesús todo ello era sombra y figura. Todo el rico ceremonial de la Ley Antigua era solamente una indicación del Redentor, una anticipación de su venida y de su sacrificio salvador, y toda su eficacia provenía de esta venida. Por lo mismo se entiende que María y José lo tenían todo en el Divino Niño y que no les hacía falta ningún rito, como no hace falta ninguna señal al que conoce el camino. Es cierto que la mente de María se pasaría pensando más asiduamente en las Escrituras, las que se hallaban ya visiblemente en proceso de cumplimiento. La inteligencia brillante de la Inmaculada Concepción sacaría vida de cada palabra de aquel texto Santo. Ella vería cosas que para otros estaban escondidas. Frases de las que otros ojos ni caerían en la cuenta serían para ella proféticas o simbólicas de aquel Niño encantador que ella besaba con ardiente amor o lo estrechaba contra su seno con temor, según los particulares aspectos de su contemplación. No dejaba de admirarse cada vez más hondamente de aquella espada de dolor predicha por el Santo Simeón en el sentido de que atravesaría su corazón. Su agonía le vendría a causa de Jesús, y así no ignoraba que les sobrevendrían terribles cosas a Jesús y a ella. La genealogía de la raza humana que comenzó con Adán es precisamente su árbol de familia. Todos los fundadores de su pueblo son eslabones de la larga cadena que acababan en el último eslabón que ella estaba teniendo en sus brazos, aquella Prole que es el Nuevo Adán. En Egipto los Israelitas se hicieron realmente nación, fuera de los miles de pobres colonos que siguieron al patriarca José. En ese lugar se soldaron en verdadero pueblo a fuerza de ser perseguidos. La permanencia de Jesús allí debe haber tenido un sinnúmero de significados y de símbolos, que convergían en aquella profecía expresada siglos antes de que aquel Hijo viniera al mundo:

“De Egipto llamé a mi Hijo” (Mateo 2,15).

¿Cuánto tiempo estuvo la Sagrada Familia en Egipto? Toda la tradición y la idea cristiana general piensan en términos de un período mucho más largo, con el que están de acuerdo muchísimos escritos. Lo más aceptable es el tiempo de los cuatro años, como bien lo comenta Mateo en su evangelio:

“Muerto Herodes, el Angel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño». Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.” (Mt. 2, 19-21).

Entonces con la misma prontitud con que hicieron la huida volvieron a casa, dejando atrás para siempre, la Esfinge y a las Pirámides. Se cree que el regreso fue por mar, por ser la forma más fácil y natural y porque ya no tenían por qué esconderse. Se habrían embarcado en Menfis y en dos días estarían en Alejandría. En otra embarcación habrían partido de esa ciudad a Yamnia en cuatro días. Y finalmente se habrían encaminado por el pie del Monte Carmelo hasta Nazaret. Su propósito fue ir a vivir en Belén, pero sabiendo que Arquelao, el hijo vicioso del cruel Herodes, estaba reinando en Judea, se dirigieron más bien a Galilea, donde reinaba Antipas, el otro hijo, y así se establecieron en Nazaret.

LA TÚNICA INCONSÚTIL QUE IBA CRECIENDO JUNTO CON JESÚS

Hablar de la túnica de Jesús es recordarlo a Él como lo hemos visto en las estampas, luego en las películas, y así lo tenemos grabado en el corazón y en la mente. Jesús vestía túnica, como todos los israelitas de su época, aunque muchos solamente llevaban una corta. Él no, la suya era hasta el suelo. Lo sagrado debía quedar velado a la vista de los hombres. Fue recién en la Pasión, cuando lo despojaron de sus vestiduras, donde el crimen llegó hasta el culmen, hasta la profanación total del Templo Santo que era el cuerpo de Jesús. Las Escrituras hablan poco de la túnica de Jesús. El versículo 18 del Salmo 22, que profetiza los sufrimientos de Cristo, dice: “se repartieron mis vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes” esta es una frase que recuerdan los evangelistas Juan y Mateo, al relatar la muerte de Cristo. No figuran, pues, en la Biblia, otras menciones a dicha túnica. Pero la Tradición Apostólica la ha recordado como una verdad no escrita. La túnica de Jesús, le fue tejida por su Madre a los doce años. Y milagrosamente, esa túnica sin costuras (“inconsútil”), una obra maestra de amor y de talento, fue creciendo con Jesús. Es evidente que todo objeto que haya tocado el cuerpo sagrado tiene que haber sido milagroso. Quedan restos de los clavos, de las espinas de la Corona y se relatan hechos prodigiosos, curaciones milagrosas obradas por los mismos. La túnica de Jesús era milagrosa. La hemorroísa la tocó y quedó sanada. Estudiando este hecho y frente al relato evangélico de que “Jesús, apretujado por la gente, se da vuelta y pregunta “¿quién me tocó?” Lo extraño del caso es que esa túnica milagrosa, retuvo su poder cuando los soldados la tocaron. Ninguno cayó de espaldas, nadie salió quemado o convertido. Nuevamente, el secreto quedaba velado. La túnica vacía, despojada del cuerpo santo que contenía, quedaba así en manos de hombres crueles, que sin quererlo y paradójicamente, le daban a ella, al no querer dividirla, el homenaje que habían negado a su dueño.

En efecto, se habían repartido las otras vestiduras, el manto, las sandalias, pero la túnica quedó entera, como un símbolo de la integridad de Aquel que la vestía. Hace unos años, si preguntábamos dónde estaría la túnica de Jesús, la respuesta era, en Tréveris, Alemania. Toda la cristiandad creía lo mismo, y de allí los millones de peregrinos que viajaban para verla. Pero últimamente, en lo que va del Tercer Milenio, otra posibilidad ha cobrado fuerza y reclamado el derecho de ser nombrada como la auténtica Túnica que llevó Jesús desde su adolescencia, la que creció con Él, la que lo acompañó en su Ministerio y en su larga y dolorosa Pasión. Esa es la túnica guardada en Argenteuil, Francia, la que ha pasado todas las pruebas y tiene más probabilidades de ser la auténtica, la sorteada por los soldados romanos. Según la leyenda, la túnica fue encontrada en el siglo IV por Santa Elena, madre del emperador Constantino, quien la llevó a Constantinopla, donde se mantuvo hasta el siglo VIII. En el año 800, la emperatriz Irene de Bizancio ofreció como prenda de boda la santa túnica a Carlomagno en su coronación como emperador de Occidente. En el año 850 los normandos saquearon el pueblo de Argenteuil, incluyendo la basílica de San Dennis, pero antes de la llegada de los invasores, la túnica había sido ocultada en una pared. Cuando la abadía fue reconstruida en el año 1003, se restauró la reliquia, siendo venerada hasta el siglo XVI, en que fue parcialmente quemada por los hugonotes en 1567. Durante la Revolución Francesa, al ser destruido el monasterio benedictino de Saint Dennis, la reliquia fue entregada a la iglesia parroquial para su custodia.

El 10 de noviembre de 1793, la Convención decretó nuevas leyes contra la Iglesia y todo lo vinculado con el cristianismo fue destruido. El relicario de plata dorada que contenía la túnica se confiscó el 18 de noviembre, de acuerdo con el mandato de que toda parroquia debía entregar sus tesoros. La túnica, sin embargo, había sido retirada antes de la confiscación, y había sido entregada a la parroquia del lugar. El abad Ozet, anterior rector, temió que sucediese lo mismo con la túnica que seguía estando a su cuidado. Entonces tomó la decisión de cortarla en piezas y esconder cada una en un sitio diferente. De este modo, esperaba que al menos una pieza escapara ilesa a la turbulencia de la revolución. El abad puso su plan en marcha por la noche y junto con el sacristán, dividió la túnica. Enterró las dos piezas mayores en el jardín y distribuyó el resto entre los feligreses más fieles. El temor hizo lo que no hicieron los soldados romanos: dividirla. Las medidas de la túnica son de casi 1,51 cm por 0,91cm y sus fibras son de lana hiladas de un tamaño muy regular. Es de una tela suave, ligera, y el tejido es uniforme y parejo, hecha en un telar primitivo. La prenda es notable porque al haber sido tejida manualmente, está hecha sin ninguna costura, incluyendo las mangas. El tejido, de color marrón oscuro, es típico de la ropa en los primeros siglos de la era cristiana. Evidentemente, los científicos no podían quedar ajenos a los descubrimientos de las reliquias de la Pasión, ya que siempre han resultado enigmáticas para la comunidad científica. En 1998, los científicos del Instituto de Óptica en Orsay decidieron comparar los patrones de manchas de sangre en la túnica, y sobre la Sábana Santa de Turín. Ellos crearon modelos geométricos computarizados realistas y rotativos sobre cómo la túnica se vería si hubiese sido llevada por un hombre de la misma estatura física y la morfología del hombre representado en la Sábana Santa.

En 2004, el Instituto de Genética Molecular Antropológica en París, comenzó las pruebas en la reliquia. Durante los trabajos de restauración de un año antes, la túnica se limpió con un aspirador especial. Por lo tanto los científicos decidieron analizar las partículas aspiradas. Con el uso de un microscopio electrónico de barrido descubrieron granos de polen pertenecientes a 18 especies de plantas. La mayor parte de los granos de polen que pertenecían a especies ya habían sido descubiertos en la Sábana Santa de Turín (seis especies) y en el Sudario de Oviedo (siete especies). Entre ellos se encontraban Cedro del Líbano (Cedrus libani) y Pelosilla esparcida (Parietaria judaica). El descubrimiento más significativo, sin embargo, fue sobre dos especies endémicas de Palestina: el Terebinto (Pistacia Palaestina) y el Tamarisco (Tamarix hampeana). Sus granos de polen habían sido descubiertos también en los paños de Turín y Oviedo. Se descubrieron, además,  en el tejido muchas células sanguíneas con trazas de urea. Esto indicaría un fenómeno raro, “hematidrosis”. O sea, sudar sangre, debido a una angustia extrema, que produce una carga histamínica elevada. Esto coincide con la descripción hecha en el Evangelio de Lucas, que dice que Jesús en el Huerto “sudó sangre”. Varios patólogos afirman que eso se produce ante la realidad de una muerte inevitable. También se menciona también que muchos de los glóbulos rojos (eritrocitos), (que suelen tener forma de disco con dos caras cóncavas), descubiertas en la túnica tienen forma de copa, con sólo una cara cóncava, o son esféricas. Esto ocurre cuando el organismo sufre un gran trauma, o una prolongada agonía. También se encontraron glóbulos blancos (leucocitos) en la prenda.

Los glóbulos blancos tienen cromosomas en su núcleo y por lo tanto tienen el ADN de la persona. No existen dos ADN iguales en el mundo, así que eso es la prueba molecular de identidad de una persona. Luego de examinar miles de células sanguíneas y encontró por fin 10 glóbulos blancos en buenas condiciones. Ya es globalmente sabido que la sangre de la persona que vistió la túnica es del tipo AB, según lo descubriera un hematólogo de Saint-Prix, en el año 1985. Es el mismo tipo de sangre encontrada en la Sábana Santa de Turín y en el Sudario de Oviedo. No queremos terminar este trabajo sin referirnos a un pasaje de una homilía realizada por el Papa Paulo VI, durante el Vía Crucis del año 1964.

“Jesús es despojado de sus vestiduras.
El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien.
Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos.
El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en el mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza.

Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la “primera vestidura” y, por tanto, el esplendor de Dios.”

LA IGLESIA ARGENTINA DURANTE LA ÚLTIMA DICTADURA MILITAR – Cuarta Parte

El gobierno militar orientó sus acciones a obtener el apoyo de la jerarquía católica, la cual en más de una ocasión constituyó una importante cobertura frente a ese tipo de denuncias. Por el otro lado, los militares buscaron neutralizar cualquier intento proveniente de los sectores “progresistas”, a los que se ubicaba automáticamente en el campo de los “enemigos de la nación”. En su cruzada contra la “Iglesia del Pueblo”, los militares contaban con un buen instrumento ideológico: la tesis de la infiltración izquierdista en el seno de la Iglesia, que algunos intelectuales católicos como el SACERDOTE JULIO MEINVIELLE les habían ayudado a elaborar. Esta tesis correspondía perfectamente a la utilización que hacían los militares del concepto de “subversión”, al que definían como un fenómeno global no limitado al ámbito de las organizaciones armadas sino presente en todo el tejido social.

En la primera mitad de la década de 1970, la tesis de la infiltración marxista de la Iglesia gozó de una enorme popularidad en los ámbitos castrenses, donde comenzaba a madurar una cierta impaciencia frente a lo que se entendía como una extrema permisividad por parte de la jerarquía eclesiástica.28 Según ellos, el objetivo de lo que podía llegar a ser una “Iglesia paralela” era socavar las bases espirituales de la Argentina católica. ¿Podían las Fuerzas Armadas permanecer de brazos cruzados ante lo que consideraban una ofensiva del marxismo en el ámbito religioso, que cuestionaba rasgos centrales del catolicismo argentino y por ende el cimiento católico de una identidad nacional de la que se sentían “custodios naturales”? La detención en Mendoza del vicario general del obispado de La Rioja, ocurrida en febrero de 1976, fue uno de los episodios que demostró hasta qué punto las tesis de la infiltración marxista y de la iglesia paralela calaron hondo en el espíritu de los miembros de las Fuerzas Armadas. Los captores de MONSEÑOR INESTAL le plantearon que JUAN XXIII Y PABLO VI eran los culpables de “LA RUINA DE LA IGLESIA”, que los documentos de Medellín eran “COMUNISTAS” y que “LA IGLESIA DE LA RIOJA ESTABA SEPARADA DE LA IGLESIA ARGENTINA”.

Todas estas expresiones estaban en la línea de pensamiento de CARLOS SACHERI, autor de un libro que se titulaba, precisamente, LA IGLESIA CLANDESTINA. El testimonio del SACERDOTE JESUITA ORLANDO YORIO en ocasión del juicio a las juntas militares en 1985 también es revelador al respecto: durante su detención en la Escuela de Mecánica de la Armada uno de sus interrogadores le recriminó el hecho de “HABER INTERPRETADO DEMASIADO MATERIALMENTE LA DOCTRINA DE CRISTO”. En los más influyentes círculos militares se consideraba que “LA INFILTRACIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS MARXISTAS EN EL SENTIDO NACIONAL” y sobre todo “en la Iglesia católica apostólica romana” constituía “lo peor que podía ocurrir”, ya que sus consecuencias para el país podían ser “funestas”. A la luz de esas convicciones pueden comprenderse mejor las palabras de un teniente coronel del ejército que hacía referencia al “mal sacerdote que enseña a Cristo con un fusil en la mano” al momento de enumerar a los “enemigos de la patria”. Expresiones de este tipo comenzaron a hacerse más frecuentes, alentadas en no pocas ocasiones por los sectores más tradicionalistas de la jerarquía. ¿O no había denunciado el propio arzobispo de Rosario la existencia de iglesias en las cuales se habían “incubado” guerrilleros?

Al presentar a los sectores “progresistas” del catolicismo como un subproducto de la avanzada del marxismo, no sólo se pretendía quitarles legitimidad sino que se preparaba el terreno para que se desplegara sobre ellos una represión particularmente violenta. Para examinar esta represión es necesario volver aproximadamente a mediados de 1974, cuando comenzó una fuerte ofensiva sobre las organizaciones que protagonizaban la protesta social. La violencia de las Fuerzas Armadas y de seguridad, también de bandas armadas paraestatales al estilo de la TRIPLE A se hicieron sentir sobre los sectores católicos más activos, los sacerdotes y los cuadros laicos. A la detención, en abril de ese año, de DOS SACERDOTES QUE TRABAJABAN CON LAS COMUNIDADES ABORÍGENES DEL CHACO, le siguió, en mayo, el asesinato del SACERDOTE CARLOS MUGICA, al término de una misa celebrada en la parroquia de San Francisco Solano, en una humilde barriada de la Capital Federal. En febrero de 1975 fue asesinado otro sacerdote, el PADRE JOSÉ TEDESCHI, quien desarrollaba su tarea en una villa de emergencia de la zona sur del Gran Buenos Aires. En mayo de ese mismo año un grupo comando secuestró en Mar del Plata a la decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica.

Entre fines de 1975 y comienzos de 1976 las detenciones, secuestros y asesinatos de sacerdotes y militantes católicos se multiplicaron, dando cuenta de una escalada represiva que se intensificaría luego del golpe militar del 24 de marzo. Al considerar a la “subversión” como un fenómeno global, que podía contaminar hasta el ámbito religioso, los militares encontraban un justificativo para neutralizar la capacidad opositora de las corrientes “progresistas” del catolicismo. Los documentos del comando en jefe del ejército son muy claros al respecto, al señalar que éste “accionará selectivamente sobre organizaciones religiosas en coordinación con organismos estatales, para prevenir o neutralizar situaciones conflictivas explotables por la subversión, detectar y erradicar sus elementos infiltrados y apoyar a las autoridades y organizaciones que colaboran con las fuerzas legales”. Durante el mes de mayo de 1976 fueron detenidos los SACERDOTES JESUITAS ORLANDO YORIO Y FRANCISCO JÁLICS, y fue expulsado del país el SACERDOTE FRANCÉS SANTIAGO RENEVOT. La represión fue particularmente intensa entre los religiosos, sacerdotes y obispos, y en las organizaciones del apostolado católico, como la JUVENTUD UNIVERSITARIA CATÓLICA (JUC) y la JUVENTUD OBRERA CATÓLICA (JOC), vale decir, las que contaban con una menor cobertura institucional.

Durante los meses de mayo y junio, por ejemplo, las fuerzas de seguridad llevaron adelante dos verdaderas redadas como consecuencia de las cuales fueron secuestrados y ‘desaparecidos’ alrededor de una docena de jóvenes católicos que realizaban tareas en barrios humildes de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires. A mediados de junio se produjo la detención de los PADRES ASUNCIONISTAS CARLOS DI PIETRO Y RAÚL RODRÍGUEZ, que motivó enérgicos reclamos por parte de esa congregación religiosa ante la embajada argentina en el Vaticano. En estas circunstancias, ocurrieron dos episodios que adquirieron gran repercusión tanto dentro como fuera del país: la masacre de una comunidad religiosa en una parroquia de la Capital Federal y el ASESINATO DE MONSEÑOR ANGELELLI, obispo de La Rioja. El primero de estos episodios tuvo lugar durante la madrugada del 4 de julio, cuando tres sacerdotes y dos seminaristas de la orden de los palotinos fueron asesinados por un “grupo de tareas” de las Fuerzas Armadas y de seguridad en una parroquia del barrio de Belgrano.

Según múltiples testimonios, en el interior de la casa parroquial se encontraron algunas inscripciones, rápidamente borradas por la policía, que vinculaban a las víctimas con el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, acusándolos de “pervertir las mentes de los jóvenes”. A pesar de los intentos del gobierno por presentar el hecho como una consecuencia del accionar de “organizaciones subversivas”, en los círculos eclesiásticos existía la certidumbre de que los crímenes habían sido cometidos por el régimen militar. El asesinato del obispo de La Rioja que tuvo lugar un mes más tarde (agosto 1976) constituyó la intensificación de la persecución a la Iglesia riojana, como consecuencia de la cual habían muerto ya dos de sus sacerdotes y un militante laico. Empresarios y militares acusaban a MONSEÑOR ANGELELLI de complicidad con el marxismo desde hacía un tiempo atrás. Debido a la investidura de la víctima, este asesinato disimulado bajo un supuesto accidente automovilístico adquirió resonancia internacional. Numerosas desapariciones y asesinatos de miembros del clero se registraron en el curso del año 1976 –y también en 1977– además de los que acabamos de mencionar. Aquéllos son sólo los más publicitados, junto con otro ocurrido hacia fines de 1977, cuando un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada secuestró y asesinó a las RELIGIOSAS FRANCESAS ALICE DOMON Y LÉONI DUQUET.

Sobre todo a partir de la segunda mitad de 1976, la represión golpeaba a organismos e instituciones católicas por ser acusados simplemente de llevar adelante actividades contrarias al “orden público”, o de haber brindado apoyo a grupos “subversivos”. La intervención de las Fuerzas Armadas en este terreno adquirió, pues, formas diversas: desde la separación de su cargo y cesantía de numerosos docentes, en el marco de la ley 21.381, hasta la irrupción de los miembros de las Fuerzas Armadas en colegios o institutos católicos, en espectaculares operativos que incluían la detención de profesores y directivos. A lo largo del país episodios de este tipo ponían en tela de juicio a los docentes y a los métodos pedagógicos que utilizaban. En la localidad correntina de Paso de los Libres, por ejemplo, la RELIGIOSA LIDIA CAZZULINO, que se desempeñaba como profesora de un instituto, fue separada de su cargo debido “a la orientación posconciliar” de su catequesis. En Coronel Pringles, el Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires decidió intervenir el Colegio del Sagrado Corazón “por no acceder la directora del establecimiento a las indicaciones tendientes a impedir la implantación de métodos de estudio de los que es autora la religiosa Clara Yañes”.

Otro operativo realizado, a fines de noviembre 1977, en el Colegio San Miguel a cargo de sacerdotes lourdistas, constituye un buen ejemplo de la magnitud que adquirieron las intervenciones directas de las fuerzas represivas: “un número elevado de efectivos militares con ropas de fajina y armas largas” detuvo a cuatro sacerdotes que se desempeñaban allí como profesores. Todos estos episodios, entre los que cabe mencionar los ataques con explosivos a la Librería Catequística y la clausura, por unos días, de dos importantes editoriales católicas, dibujaban un cuadro de situación que no podía menos que generar una fuerte preocupación en la jerarquía de la Iglesia. Por un lado, la fuerza de la represión que afectaba a la “Iglesia del Pueblo” constituyó una fuente permanente de tensiones entre la Iglesia y las Fuerzas Armadas. En su principio, el ataque contra miembros del clero (y del propio episcopado) era para los sectores mayoritarios de la jerarquía una afrenta inaceptable. A la vez dejaba a los obispos a merced de las críticas provenientes de los sectores subordinados, los que exigían que se adoptaran posiciones más duras con respecto al régimen militar. Por otro lado, era evidente que muchos de los acontecimientos descriptos, como los procedimientos en los colegios católicos, implicaban una clara intromisión de las Fuerzas Armadas en terrenos que la Iglesia consideraba de su absoluta competencia. El tema que así pasaba a ocupar un lugar central era el de la autonomía de la institución eclesial frente a un régimen cuya dinámica autoritaria se ponía de manifiesto en casi todos los planos de la vida social. Sin embargo, las preocupaciones que los métodos represivos adoptados por los militares contra miembros de la Iglesia suscitaban en amplios sectores de la jerarquía eclesiástica no se reflejaban en la política que esta última llevó adelante durante los primeros años del Proceso. La jerarquía eclesiástica contribuyó poco a la defensa de los católicos progresistas cuando empezaron a ser perseguidos desde mediados de 1974.

Éstos debieron, además, enfrentar en el plano interno la ofensiva disciplinaria de los sectores mayoritarios del episcopado que buscaron de este modo superar la crisis institucional y restaurar la unidad eclesial. El tema de los derechos humanos generó acaloradas discusiones en el cuerpo episcopal en las cuales éste quedó virtualmente dividido en dos sectores. Un sector minoritario sostenía la necesidad de que la Iglesia se pronunciara con claridad acerca del tema y generara una instancia orgánica, o al menos oficiosa, para brindar asistencia a las víctimas de la represión, en la línea de la Vicaría de la Solidaridad que había sido propiciada en Chile por el arzobispo de Santiago. El sector mayoritario retomaba en buena medida los argumentos de los militares en cuanto a la existencia de una “campaña antiargentina” impulsada desde el exterior para relativizar la gravedad de la situación, y planteaba la inconveniencia de entrar en un conflicto abierto con el régimen militar, aduciendo en no pocos casos que el tándem Videla/Viola era en todo caso preferible al que estaba compuesto por los comandantes de cuerpo.

Hasta aquí hemos compartido la investigación realizada por MARTÍN OBREGÓN, Docente en Historia e investigador en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Ha preparado una maestría en Ciencias Sociales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Sus investigaciones se centran en el papel de la Iglesia católica durante el Proceso argentino (1976-1983) y más generalmente las relaciones entre catolicismo, nacionalismo y derechos humanos en la Argentina.

Fuente:
www.historizarelpasadovivo.cl

MUROÏ EL DEMONIO QUE HACE LLORAR A LA VIRGEN MARÍA

El MUROÏ, originalmente considerado un demonio, integra también la desmejorada raza de vampiros proveniente de lo que actualmente es la República Checa. Su nombre, evocador como casi todos los demonios, significa literalmente «destino», en un sentido más cercano a la fatalidad que a la buena ventura. Se dice que este demonio sólo es capaz de tomar posesión del cadáver corrupto de una persona maligna, particularidad que lo ubica como uno de los réprobos más populares entre políticos y banqueros. Sus primeras leyendas medievales aclaran que el MUROÏ está ferozmente enfrentado contra todos los símbolos de la fe, incluso aquellos que orbitan en la periferia de la ortodoxia, como el GOLEM, según los mitos hebreos, una especie de homúnculo o autómata que puede ser creado por un rabino.

Su nacimiento, de hecho, es precedido por una serie de signos inconfundibles; uno de ellos, que probablemente expresa dolor y ofensa frente a lo abominable de su presencia, consiste en la aparición de lágrimas de sangre en todas las imágenes de la Virgen María cercanas a su cubil. La única forma de que el MUROÏ no articule sus ataques es identificando el cadáver del poseso y removiendo su corazón. Si esta precaución es pasada por alto se debe solicitar la ayuda de un rabino o un sacerdote católico para que se enfrente con el engendro. Esta batalla no se desarrolla en el terreno filosófico, sino directamente a los garrotazos.

Cuando su presencia es denunciada por las imágenes de la Virgen María que lloran sangre, el rostro del MUROÏ adquiere un tinte rojo bastante característico. Su voz desaparece; en cambio, es reemplazada por prolongados llantos que paralizan a los incautos que tienen la mala fortuna de cruzarse con él. Ciertos demonólogos sostienen que su lamento no es escuchado por todos sino únicamente por quienes están destinados a ser sus víctimas. Si bien este demonio-vampiro resiste la luz del sol, el ajo y los crucifijos, durante el día prefiere ocultarse en su ataúd o en cualquier otra guarida que le permita recuperar sus fuerzas. Para descubrir la ubicación precisa de su escondite se debe trasladar una imagen de la Virgen María y aguardar el brote lacrimógeno, cuya frecuencia e intensidad son directamente proporcionales a su cercanía con el réprobo.

Estas precauciones tienen que ver con la idea de que el MUROÏ sólo puede ser vencido dentro de su guarida, durante el día, y siempre bajo el patrocinio de la Virgen María. Una vez extirpado el corazón, se le debe arrancar la piel entre el dedo pulgar y el dedo índice de las manos con unas tijeras de acero. Nadie, hasta ahora, ha logrado interpretar satisfactoriamente la importancia de esta mutilación, aunque algunos eruditos conjeturan que el MUROÏ utiliza la piel interdactilar a modo de megáfono, es decir, para aumentar la intensidad de su llanto y dirigirlo hacia la víctima que previamente ha seleccionado. Todo parece indicar que cuando este sistema falla, el MUROÏ puede morir nuevamente si se lo reduce a cenizas. Su muerte, sin embargo, no trae consuelo a sus víctimas. Quienes han escuchado el llanto de este demonio lo sentirán durante el resto de sus vidas como un zumbido lejano, persistente y aterrador que palpita en lo profundo de los oídos, en cambio, las imágenes de la Virgen María que han llorado sangre para denunciar su aparición continuarán vertiendo lágrimas incesantemente, hasta que sus siluetas sean ya indistinguibles de la costra sanguinolenta que las recubre.

miércoles, 12 de abril de 2017

¿PORQUÉ LO MATARON A JESÚS? - SEGUNDA PARTE

Todos saben cómo murió Jesús: crucificado. Pero casi nadie sabe por qué lo mataron, cuál fue el motivo determinante de su muerte. Durante su vida pública, Jesús tuvo serios enfrentamientos con las autoridades de su tiempo por diversas razones. Porque no respetaba el sábado (Mc 2,27), no observaba las normas de pureza (Mc 7,1-23), modificaba la ley de Moisés (Mt 5,20-48), se rodeaba de gente excomulgada (Mc 2,13-14), comía con personas de mala fama (Mc 2,15-17), tocaba a los leprosos y a los muertos (Mc 1,41; 5,41). Y varias veces las autoridades estuvieron a punto de apresarlo y darle muerte, pero no pudieron hacerlo por temor a la reacción de la gente. Sin embargo en cierto momento Jesús hizo algo que colmó la paciencia de los gobernantes, y los obligó a tomar la decisión de acabar con su vida. ¿Cuál fue ese incidente?

La versión de Mateo es diferente (Mt 21,12-17). Él escribe para lectores de origen judío, que esperaban la llegada de un futuro Mesías. Por eso adapta el relato a esta mentalidad. Ante todo, dice que Jesús expulsó a los vendedores del Templo el mismo día en que entró en Jerusalén, y no al día siguiente como indica Marcos. Se trata de un detalle muy importante. Porque el día de su entrada en Jerusalén es el día en que la ciudad entera lo había aclamado como Rey y Mesías. De este modo, Mateo quiere decir que el Jesús que acaba de ingresar en el Templo es el Mesías que ellos esperaban.

¿Y qué viene a hacer el Mesías al Templo? Según la creencia judía, el Templo de Jerusalén estaba impuro desde hacía muchos años. En efecto, en el año 167 a.C., un rey de Siria llamado Antíoco Epífanes había invadido Jerusalén y había ofrecido en su Santuario sacrificios a los dioses paganos. Desde entonces los judíos sentían que su Templo estaba manchado, y vivían consternados por eso, pero no podían hacer nada. Sólo les quedaba aguardar que, según una antigua profecía (Mal 3,1-3), llegara el Mesías a purificarlo (1Mac 4,44-46). Mateo, al presentar a Jesús como Mesías, y además purificando el Templo, sugiere que lo purifica no sólo de los vendedores y cambistas, sino de su antigua y vergonzosa mancha.

Para reafirmar esta idea, agrega dos detalles propios de él: a) refiere que luego de expulsar a los vendedores se le acercaron unos ciegos y paralíticos, y los curó; porque estas curaciones se esperaban del Mesías cuando viniera (Mt 11,5); b) señala que un coro de niños hebreos se puso a aclamarlo como Mesías; así, ya no quedaba duda alguna de su identidad. A Mateo no le interesa, como a Marcos, el atrio de los paganos (por eso no cuenta el detalle de que Jesús obstaculiza el paso de la gente por el Templo, ni dice que este será casa de oración para todas las naciones). Le interesa el Templo judío propiamente dicho, y mostrar a Jesús que se presenta como el Mesías que viene a tomar posesión de él y a purificarlo. Por eso decidieron matarlo.

La versión de Lucas es la más breve de todas. Apenas tiene dos versículos, y no cuenta casi nada (Lc 19,45-46). Sólo dice que Jesús echó fuera a los vendedores. No hay mesas volcadas, ni puestos de palomas derribados, ni gente bloqueada para que no pase. ¿Por qué Lucas lo acortó tanto? Porque él escribe para una comunidad cristiana formada por ex paganos y ex judíos, que está en crisis, y que amenaza con dividirse por problemas internos. Por eso busca eliminar de su Evangelio (y también del incidente del Templo) casi todas las escenas de violencia y agresión que pudieran aumentar aun más las tensiones que ya había entre sus lectores.

Y para Lucas, ¿que pretendió hacer Jesús aquel día en el Templo? Simplemente lo purificó para convertirlo en un lugar apto para sus enseñanzas (19,47), algo que no irritaba a ninguno de los lectores de su comunidad. Por eso, a partir de ese momento aparecerá Jesús enseñando permanentemente en el Templo (20,1; 21,37.38; 22,53). Y por ese motivo decidieron matarlo.

Aunque con matices distintos, los tres primeros evangelistas coinciden al menos en que la muerte de Jesús se debió a la expulsión de los vendedores del Templo. En cambio san Juan da una explicación totalmente diferente: lo que provocó la muerte de Jesús fue el haber resucitado a Lázaro (Jn 11,45-54). ¿Por qué? La resurrección de Lázaro es el último milagro que Jesús realiza en el cuarto Evangelio, y el más impresionante de todos. Jesús ya había curado a otros enfermos: a un niño con fiebre (4,52), a un paralítico que llevaba treinta y ocho años enfermo (5,5), a un ciego de nacimiento (9,32). Pero nunca había devuelto la vida a un muerto. Con este milagro, el más espectacular de todos, san Juan presenta a Jesús con el poder sorprendente de dar la vida a los muertos; él es la resurrección en persona que ha venido a visitarnos (11,25-26).

Frente a esto, los sumos sacerdotes y los fariseos no pueden tolerar más, y deciden matarlo. Que alguien devuelva la vida a los muertos ya es demasiado; se torna peligroso, y difícil de manejar. Por eso planean eliminarlo (11,45-53). Pero las autoridades no cuentan con una sorpresa: que precisamente matándolo hacen que Jesús devuelva la Vida a los muertos. La muerte de Jesús es la que inaugura los nuevos tiempos, la nueva era de la resurrección y la Vida eterna. A partir de ese momento, todo el que cree en él ya tiene la Vida plena. La gran ironía de san Juan es mostrar que a Jesús le quitan la vida para que él no dé más la Vida; y sin embargo así es como logran que él dé la Vida.

Si para Juan lo que llevó a la muerte a Jesús fue la resurrección de Lázaro, ¿qué pasó con el incidente del Templo? También él lo cuenta, pero al principio de su Evangelio, y con otra intención. Para Juan, al comienzo de su vida pública Jesús subió un día a Jerusalén y se dirigió al Templo. Allí se encontró con los vendedores de animales y los cambistas, y los expulsó (2,13-22). Pero en la versión de Juan, Jesús tiene una intención distinta a la que presentaron los otros tres evangelistas: lo que Jesús quiere hacer aquí es directamente eliminar el Templo, y reemplazarlo por su persona.

Por eso Juan añade detalles propios en su relato, que muestran esta idea. Por ejemplo, además de ahuyentar palomas (como decían los otros tres Evangelios), dice que Jesús también echó afuera bueyes y ovejas. Porque estos eran los animales empleados como sacrificios en el Templo, y al venir ahora Jesús, ya no hacen falta más animales ni más sacrificios que su muerte redentora. También dice Juan (y sólo él) que cuando le preguntaron a Jesús por qué hacía eso él respondió: "Destruyan este Templo y yo lo levantaré en tres días". Es decir, no sólo los sacrificios sino el mismo Templo ya no tienen sentido, con la llegada de Jesús. Todo debe ser eliminado.

Según Juan, pues, en aquel incidente con los vendedores Jesús no pretendió abrir el Templo a los paganos (como decía Marcos), ni purificarlo (como decía Mateo), ni convertirlo en lugar de enseñanzas (como decía Lucas), sino eliminarlo. Es un relato simbólico de la futura abolición del culto y los sacrificios judíos ante la llegada de Jesús, el nuevo Templo de Dios. Por eso lo puso a continuación de las bodas de Caná, donde Jesús también hace desaparecer allí seis cientos litros de agua, de la que usaban los judíos para sus ritos de purificación (es decir, es el culto judío que desaparece), y los convierte en vino. El culto judío ha dejado de tener valor.

Cerca del final de su vida, Jesús tuvo una disputa con los vendedores del Templo que le costó la vida. ¿Por qué? Exactamente no lo sabemos. Pero cada evangelista se encargó de darle al caso su propia interpretación, según su teología y sus destinatarios. Para Marcos, Jesús quiso abrir el Templo a los paganos. Para Mateo, quiso purificarlo. Para Lucas, quiso adaptarlo. Y para Juan, lo que decidió la muerte de Jesús fue el haber dado la vida a Lázaro.

¿Quién es el que está en lo cierto? Todos. Jesús murió para que no hubiera más excluidos (Marcos), para eliminar la impureza de las intenciones torcidas de los creyentes (Mateo), para que lo que enseñamos sea lo que vivimos (Lucas), y para que el mundo tenga una vida mejor (Juan). La muerte de Jesús fue un hecho tan lleno de significado, tan denso e inagotable en sus consecuencias, que aun con todas las explicaciones que los evangelistas nos den no llegamos a desentrañarla del todo. Pero una cosa es cierta: sólo quien se compromete con alguna de esas consecuencias demuestra haber experimentado la Vida que ella ha traído.

Extracto de la nota escrita por el biblista Ariel Álvarez Valdés
Revista Vida Pastoral
Editorial San Pablo

miércoles, 5 de abril de 2017

¿PORQUÉ SE UTILIZA LAS PALMAS DE OLIVO EN EL DOMINGO DE RAMOS?

En las tradiciones judías y cristianas, el olivo es símbolo de paz: al final del diluvio la paloma de Noé trae un ramo de olivo. La cruz de Cristo, según una vieja leyenda estaba hecha de olivo y cedro. La palma, el ramo, la rama verde se consideran universalmente símbolos de victoria, de ascensión, de regeneración y de inmortalidad.

Las palmas del domingo de Ramos prefiguran la resurrección de Jesucristo al terminar el drama del Calvario y la esperanza de nuestra propia resurrección significado tiene la palma que llevan los mártires.

Los mitos en torno al olivo, tuvieron origen en aquella lejana época en que los hombres se fueron asentando y creando ciudades en torno al Mediterráneo. Algunos ejemplos de estas relaciones mitológicas son:

Egipto:
Los egipcios atribuían a Isis, esposa de Osiris, dios supremo de su mitología, el haber transmitido a los hombres este árbol sacralizado, su forma de cultivo y la utilización de sus frutos.

Fenicios:
Tanto en la religión fenicia como en la cananea, los cultos a los dioses estaban dominados por las preocupaciones agrarias. Se les pedía protección para que concedieran a sus fieles, trigo, agua, aceite, vino y miel y había fiestas que correspondían al ciclo agrícola de la siembra en primavera, la cosecha en verano, la vendimia en otoño, y la recogida de la aceituna y prensado para la obtención del aceite en invierno. Había una historia legendaria, un mito, para cada lugar sagrado y para cada acto sacro.

Griegos:
Cuenta la leyenda que Atenea y Poseidón se disputaban la soberanía de la ciudad, y esta disputa fue llevada al tribunal de los dioses. Estos decidieron conceder la ciudad a quien produjera la mejor obra. De un golpe de tridente Poseidón hizo nacer de la roca un caballo. Atenea, con un golpe de lanza dado en el suelo, hizo brotar un olivo cubierto de frutos. Los dioses deliberaron en el Olimpo, y Atenea obtuvo la victoria.

Los símbolos
Por medio de los símbolos los hombres crean un lenguaje para poder comunicarse con la divinidad.  Los símbolos van cargados de sentimientos e ideas, y representan, de un modo abstracto las propiedades de algunos elementos. El olivo tiene, por todas las cualidades que reúne, una gran riqueza simbólica reconocida desde hace siglos.

Inmortalidad: porque vive, da fruto, y se renueva desde hace miles de años. En el Antiguo Testamento, los hijos felices del padre fecundo se comparan a los renuevos de olivo.

Paz y reconciliación: Noé lo llamó signo de la alianza entre la naturaleza y el hombre al ser el olivo el árbol que no pudrieron ni dañaron las aguas después del diluvio. La paloma, con la ramita de olivo en el pico, ha quedado como símbolo imperecedero de este hecho. En la Eneida, Virgilio también lo utiliza como símbolo de paz y acuerdo. Cuando Jesús entró en Jerusalén, el pueblo judío salió a su paso con ramas de olivo, poniéndolas a sus pies.

Resurrección y esperanza: Después de que Jerjes incendiara la Acrópolis y su olivo sagrado, cuando los atenienses entraron de nuevo en la ciudad, no había más que un montón de ruinas, pero el olivo sagrado del templo de Erection había crecido un codo en la primera noche, imagen de la rapidez con la que el pueblo de Atenas, lleno de ímpetu, iba a renovarse lleno de esperanza.

Fuerza: el olivo es un árbol capaz de resistir las más duras condiciones de sequía y de pobreza del terreno. La maza de Hércules era de madera de olivo y de ella salían raíces, que se convertían en árbol, cuando se clavaba en el suelo.

Sabiduría y virginidad: al tomar los atributos de la diosa Atenea.

Fertilidad: para los helenos, los descendientes de los dioses nacían bajo los olivos, por lo que las mujeres que querían engendrar, dormían bajo su sombra.

Victoria: La Diosa Atenea le otorga este atributo al salir victoriosa de su lucha con Poseidón. En las fiestas Panateneas, a los vencedores en los juegos, además de coronarlos con ramas de olivo, se les concedían toda la cosecha de aceite que se obtuviera en las plantaciones del Ática consagradas a Atenea.

El Huerto de los Olivos donde Jesús oraba y meditaba frecuentemente, era llamado también Getsemaní, que significa “prensa de aceite” y allí siguen dando su sombra de cara a Jerusalén, unos olivos milenarios testigos de acontecimientos históricos. El olivo está unido al drama del Calvario y a las tradiciones evangélicas. Los primitivos cristianos tomaron al olivo como uno de sus principales símbolos religiosos y lo esculpieron y pintaron en las catacumbas. La rama de olivo adornaba con frecuencia los sarcófagos cristianos y su aromático aceite ardía en las lámparas y ampollas ante las tumbas de los primeros mártires. En la religión hebrea se empleaba el aceite para las lámparas, sacrificios, ofrendas y fiestas. La religión islámica, en el Corán, alaba el aceite de oliva y el olivo diciendo:

“Dios es la luz de los cielos y de la tierra. Su luz es a semejanza de una hornacina en la que haya una candileja. La candileja está en un recipiente de vidrio que parece un astro rutilante. Se enciende gracias a un árbol bendito, el olivo, no oriental ni occidental, cuyo aceite casi reluce aunque no lo toque el fuego. Luz de luz.”

Los hallazgos de imágenes de la Virgen en el campo, cerca o dentro de los olivos, árboles u otros objetos, ha sido un hecho frecuente en tiempos pasados. El olivo se ha utilizado tradicionalmente en ritos y ceremonias por la simbología que encierra. Los antiguos navegantes se protegían de las iras de Poseidón colocando una rama de olivo entre las manos de su dios tutelar. En Grecia, cuando nacía un niño, se colocaba una rama de olivo encima de la puerta, si era varón. El día de los esponsales se adornaba las casas del novio y de la novia con guirnaldas de olivo y laurel.

Durante las ceremonias funerarias, se utilizaban ramas de olivo humedecidas en agua purificada y se ofrecían libaciones de aceite y vino a la persona muerta. Esta creencia en los poderes mítico-mágicos del olivo y su simbolismo religioso ha trascendido hasta la actualidad. Los venecianos, por ejemplo, dicen que una rama de olivo puesta en la chimenea, aleja el rayo en las tormentas. En toda Italia hay una creencia que asegura que una rama de olivo situada en la puerta de la casa no deja entrar a brujas y demonios. En España, los ramos bendecidos del Domingo de Pasión (Domingo de Ramos) se siguen colocando en muchas ventanas y balcones de las casas. En los países del Magreb, el olivo se considera sagrado porque creen que el nombre de Alá está escrito en sus hojas.

LA IGLESIA ARGENTINA DURANTE LA ÚLTIMA DICTADURA MILITAR – Tercera Parte

En 1974, la designación de PÍO LAGHI como nuncio apostólico en reemplazo de su antecesor, MONSEÑOR ZANINI, constituyó un elemento importante en esta dirección: durante su gestión en esa nunciatura, entre 1974 y 1980, tuvieron lugar en el país 26 nuevas ordenaciones episcopales. La estrategia adoptada por el Vaticano permitió en definitiva, colocar a la Iglesia argentina en el “HORIZONTE DEL CONCILIO”, superando, al mismo tiempo, el anacronismo de los SECTORES PRECONCILIARES y los “ABUSOS INTERPRETATIVOS” de los grupos católicos más radicalizados. Ambos fenómenos estaban, en el análisis de los círculos renovadores, estrechamente vinculados entre sí: era precisamente el atrincheramiento de los sectores tradicionalistas en la defensa de un modelo de IGLESIA PRECONCILIAR y su oposición a cualquier intento de introducir reformas en el mismo, lo que favorecía la radicalización de los católicos. Una lógica similar operaba en otros terrenos, como el de la pastoral social, donde los sectores identificados con la renovación conciliar vinculaban el crecimiento de las ideologías de izquierda entre los trabajadores con el vacío dejado allí por la Iglesia católica.

Es en los sectores renovadores, aunque también entre elementos fuertemente conservadores, donde la crisis interna de la Iglesia llevó a plantearse la necesidad de recuperar la “cuestión social” vista tanto como clave para superar dicha crisis como para estructurar un nuevo proyecto hegemónico del catolicismo argentino. Las diferentes interpretaciones que cada obispo realizó de los documentos conciliares y de su nivel de compromiso con los mismos autorizan a introducir en el grupo de los renovadores una segunda distinción entre un sector moderado y uno “progresista”. Una ilustración de eso son las experiencias que MONSEÑOR ANGELELLI, MONSEÑOR DEVOTO y MONSEÑOR DE NEVARES llevaron adelante en sus diócesis para aplicar los puntos avanzados de la renovación conciliar en pastoral popular y en la participación de sacerdotes y laicos. Sin embargo, experiencias de este tipo fueron excepcionales dentro de la Iglesia argentina y comenzaron a ser objeto de una fuerte persecución a partir de 1974. Estas líneas dentro de la jerarquía episcopal estaban fundadas en distintas maneras de concebir el lugar de la Iglesia en el mundo y sus vínculos con la sociedad.

Reverberan en la adhesión o las reservas que los obispos manifestaron frente al régimen militar que tomó el poder en 1976. Éste encontró entre los tradicionalistas a sus defensores más entusiastas y entre los renovadores a sus opositores más decididos. En general se puede decir que la corriente mayoritaria, compuesta por los obispos conservadores brindó su adhesión al régimen militar. Sin embargo, como veremos, la relación que entabló con las Fuerzas Armadas a lo largo del período 1976-1983 no estuvo exenta de complejidades y matices. Para comprender la posición de la Iglesia durante los primeros años del Proceso debemos tener en cuenta, en primer lugar, la gravedad de la crisis que estaba ocurriendo en su interior. La mayoría de los obispos argentinos concordaban en considerar como responsables de esa situación a algunos sacerdotes y grupos laicales por la interpretación demasiado radical que hacían de los documentos emanados del CONCILIO VATICANO II y de la CONFERENCIA LATINOAMERICANA DE MEDELLÍN. La jerarquía también coincidía en su voluntad de disciplinar a aquellos sacerdotes y laicos que estaban poniendo en peligro la unidad institucional.

Dos documentos episcopales elaborados pocos días antes del golpe ponían en evidencia la preocupación anticipada de las cúpulas de la Iglesia por restituir la ortodoxia doctrinaria y limitar las innovaciones litúrgicas y pastorales: uno de ellos consistía en una advertencia sobre el debido uso de la vestimenta y los hábitos eclesiásticos. El segundo denunciaba lo que consideraba “desviaciones” que se estaban produciendo en el culto a los santos, como por ejemplo la veneración a la llamada DIFUNTA CORREA. El acalorado debate que dividió al episcopado católico en torno de la llamada “BIBLIA LATINOAMERICANA” durante la segunda mitad de 1976 debe ser interpretado como parte de la misma reacción de su mayoría a favor de una ortodoxia doctrinaria para restaurar la unidad eclesial en detrimento de los sectores “progresistas”. La polémica se originó a raíz de una declaración del arzobispo de San Juan, quien repudió la aparición de una edición de la Biblia a cargo de una conocida editorial católica y ordenó que “en ningún establecimiento o asociación católica de la provincia se tenga en modo alguno el volumen señalado”, ya que en el mismo se hacía una “exaltación del marxismo”.

Pocos días después, MONSEÑOR TORTOLO firmó un comunicado que prohibía también la circulación de la Biblia latinoamericana en la diócesis de Paraná. Bastaba “una simple mirada” para que el pueblo fiel advirtiera “escandalizado, que no pocas láminas y explicaciones anexas son tendenciosas”, argumentaba el comunicado. El tema fue fuertemente publicitado por algunos medios de prensa vinculados al gobierno militar por poner de manifiesto las diferencias existentes dentro de la jerarquía católica. Más aun cuando se conoció la posición del obispo de Neuquén, MONSEÑOR JAIME DE NEVARES, quien recomendaba “calurosamente” la lectura de la Biblia en cuestión. Los alcances de la polémica llevaron a que la cuestión de la nueva Biblia estuviera presente en la agenda de la segunda ASAMBLEA PLENARIA DEL EPISCOPADO. Al término de ésta se dio a conocer un documento que intentaba unificar las diferentes posiciones: el episcopado consideró que la traducción era “sustancialmente fiel” y limitó sus objeciones a las introducciones, notas, e ilustraciones que acompañaban el texto, elementos que hacían necesaria una “revisión y complementación”.

La forma en que se saldó la discusión en torno de la Biblia latinoamericana confirma que el objetivo central de la jerarquía conservadora era asegurar la cohesión institucional de la Iglesia mediante una rígida supervisión de la ortodoxia doctrinaria. Para ello era necesario penalizar a aquellos sectores que habían hecho una interpretación “abusiva” en un sentido “temporalista” del magisterio de la Iglesia, al tiempo que se buscaba dejar paulatinamente de lado las posiciones del tradicionalismo más exacerbado. Para la jerarquía eclesiástica era evidente que la crisis interna que desgarraba al catolicismo argentino no podía desligarse de la que azotaba a la sociedad en su conjunto. Desde fines de la década de 1960 una conflictividad social agudizada había sido un terreno fértil para el crecimiento de aquellas ideologías de izquierda tan temidas por la Iglesia. No eran pocos los obispos que vinculaban el desarrollo de la “Iglesia del Pueblo” con la radicalización de la sociedad en su conjunto. El desafío a la hegemonía ideológica y cultural de la Iglesia se convertía en un problema central para su cúpula en momentos en que ésta veía disminuir día a día las vocaciones religiosas.

¿O no era acaso, como lo había anunciado el obispo conservador MONSEÑOR TORTOLO, el descentramiento de la religión de la vida nacional la causa principal de una crisis que alcanzaba niveles inéditos? Una posible explicación de la aceptación mayoritaria que suscitó la llegada de los militares al poder en el episcopado es que éste se sentía desafiado por la sociedad y amenazado en su seno. Ligados por múltiples lazos a la Iglesia católica desde hacía décadas, los militares aparecían como una barrera –lo que habían sido históricamente– frente a las opciones políticas e ideológicas de la “nueva izquierda”. Eso explica que, a mediados de la década de 1970, la mayoría de los obispos argentinos aprobaban una política represiva en tanto que podía contribuir al aislamiento de los sectores más radicalizados del campo católico. Además, las Fuerzas Armadas definían su identidad corporativa a partir de elementos entre los cuales el catolicismo era central. Eso inducía a pensar que bajo el régimen militar la Iglesia gozaría de una posición privilegiada desde la cual ejercer un papel que nunca delegó: el de guía espiritual de la sociedad. Todo eso hizo que una jerarquía católica a la defensiva brindara su apoyo, en términos generales, al gobierno militar.

EL FACTOR RELIGIOSO FUE IMPORTANTE DENTRO DE LA ESTRATEGIA QUE DESARROLLARON LAS FUERZAS ARMADAS PARA LEGITIMAR EL GOLPE DE ESTADO DEL 24 DE MARZO DE 1976. Desde la década de 1930 la Iglesia católica y las Fuerzas Armadas compartían una misma manera de concebir la identidad nacional: privilegiaban ciertas pautas sociales y culturales “tradicionales”, entre las cuales el catolicismo ocupaba un lugar central. En este sentido, cuando, en 1976, los militares se presentaron como los defensores de una “argentinidad” que estaba siendo amenazada por la “subversión”, había que entender a ésta última como algo “complejo, profundo y global” que pretendía trastocar los “valores esenciales del ser nacional”, algo al servicio de “una concepción donde rigen los antivalores de la traición, la ruptura de los vínculos familiares, el crimen sacrílego, la crueldad y el engaño sistemático”. Era por ello que los primeros documentos militares hacían referencia a la necesidad de “restablecer los valores de la moral cristiana, de la tradición nacional y de la dignidad del ser argentino”.

Al considerar a la “subversión” como un fenómeno global, los militares podían ubicar en el campo enemigo a las corrientes “progresistas” del catolicismo, algunas de las cuales estaban efectivamente vinculadas a los grupos y organizaciones que protagonizaban la protesta social. Para las Fuerzas Armadas, la “Iglesia del Pueblo” constituía una faceta más de la “subversión”, considerada particularmente peligrosa porque su ámbito de actuación era justamente aquel que recurrentemente se invocaba como fuente de los “valores tradicionales del pueblo argentino”: el catolicismo y su Iglesia. En este sentido, la frustrada experiencia de la autodenominada “REVOLUCIÓN ARGENTINA”, entre 1966 y 1973, había demostrado a los militares que esos sectores eran perfectamente capaces de deslegitimar un régimen político que, como el Proceso ahora, pretendía fundar su legitimidad en la observancia de los valores fundamentales de la religión católica. Por otro lado, en un contexto autoritario en que habían sido suprimidos los canales tradicionales de la representación –los partidos políticos y los sindicatos–, la Iglesia católica aparecía como uno de los pocos actores con posibilidades concretas de influir en el curso de los acontecimientos. Eso hacía que los militares no fueran en absoluto indiferentes a los debates que atravesaban el campo católico y a las orientaciones que imponía su jerarquía.

Además, las características del plan represivo implementado por las Fuerzas Armadas, basado en el secuestro y la desaparición de personas, no permitían descartar que los primeros cuestionamientos al régimen proviniesen de las filas católicas, no sólo porque el magisterio de la Iglesia condenara esas prácticas en nombre del respeto a la vida humana, sino fundamentalmente por la presión social que no dejaría de ejercerse sobre la Iglesia. Y eso fue lo que ocurrió: la jerarquía católica se vio interpelada por el incesante desfile de los familiares de los desaparecidos por los templos de todo el país y la gran cantidad de cartas y mensajes que le llegaban exigiendo que denunciara públicamente lo que estaba ocurriendo. Era fundamental para los militares, pues, desarticular el accionar de aquellos sectores del campo católico que presionaban a la jerarquía. De lo contrario, es probable que en caso de tener lugar una declaración pública de la Iglesia condenando la violación de los derechos humanos, su efecto fuera el de aglutinar en torno de ella una oposición política fragmentada, mientras que en el plano externo, comprometería aún más la posición del régimen militar que se vio severamente cuestionado por diversos organismos internacionales a partir de 1977.

Hasta aquí hemos compartido la investigación realizada por MARTÍN OBREGÓN, Docente en Historia e investigador en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Ha preparado una maestría en Ciencias Sociales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Sus investigaciones se centran en el papel de la Iglesia católica durante el Proceso argentino (1976-1983) y más generalmente las relaciones entre catolicismo, nacionalismo y derechos humanos en la Argentina.

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