miércoles, 30 de noviembre de 2011

Porque peregrinamos…

Viajando por las rutas argentinas, uno no puede ser ajeno a la inmensa cantidad de ermitas que recuerdan y veneran a la Virgen María, y que existen en los pueblos más escondidos de nuestro país, aquí en Argentina. ¿Un fenómeno? ¿Una costumbre? ¿Una verdadera creencia? ¿Una idolatría?

Parece que la Virgen, la Madre de Dios, llegó a lugares donde la Iglesia todavía no hizo pie; podemos decir que se adelantó al Evangelio, a la pisada de un obispo o de una congregación. Hay localidades que ni siquiera poseen un importante letrero que los identifique, pero la imagen de la Virgen, la vemos repleta de adornos, luces y flores, y María se adelanta, María siempre recibe, María siempre invita. Ella, allí en su gruta o un pequeño templo hecho con mucho esfuerzo por las personas, respetada en la gran mayoría de los casos.

Llaman la atención de los viajeros aquellos carteles que, seguramente aprobados por un organismo nacional, exhiben un ícono de la Virgen de Lujan y una inscripción que reza “Virgen de Lujan, protégenos”. Como les contaba en diversas rutas, se descubren cientos de mensajes elevados hacia Dios: algunos también en “paragolpes” de camiones, pasacalles y hasta en anuncios publicitarios.

Mucha gente accede a la fe en una situación azarosa, quizás por haber conseguido un favor o por un pequeño milagro logrado con la propia convicción en el poder sobrenatural. La Iglesia mira, muchas veces con asombro, los acontecimientos religiosos, que se producen entre el pueblo creyente, casi sin control, casi espontáneamente. Una aparición por acá, una movida carismática por allá, la reciente y creciente devoción a la “Divina misericordia”, algún cura sanador, la “desata nudos”, “san Expedito”… “san Cayetano” y las que ya llevan varios años: la Virgen de San Nicolás, la del cerrito en Salta…

Hoy que vivimos en tiempos de desmotivación, de debilidad en los sentimientos de pertenencia, de escasa participación, presenciar una convocatoria a María espontánea y masiva, nos sorprende. Al ver a miles de personas unidas con un mismo fin, ojala esto se repita a nivel país: que todos unidos, nos reunamos masivamente, movidos por la Fe de construir un país mejor.

En síntesis: observando al peregrino, uno puede ver mucho más que un visitante. Podemos ver el compartir un mate, una charla, el encuentro verdadero de distintas provincias de aquí del país. Se ve jóvenes peregrinos intercambiando opiniones, cantando, compartiendo una jornada.

Ningún obstáculo es lo suficientemente grande como para impedir la llegada del peregrino a los distintos santuarios marianos. No importan las dolencias, las enfermedades, las distancias, los problemas económicos, todo es vencido por la Fe. Esperar, caminar, mantenerse de pie, soportar climas a veces adversos, recorrer distancias, esforzarse, meditar, son algunas de las tantas acciones del peregrino. Compartir el viaje con otros desde el lugar de origen es sin duda algo enriquecedor.

Son muchas las cosas que se aprenden observando a los peregrinos. Es mucho lo que se aprende observando la vida misma. La vida nos enseña a cada instante si sabemos detenernos a mirar. Del peregrinar y del peregrino, tenemos mucho que aprender.

Alfredo Musante
Director Responsable
Programa radial
EL ALFA Y LA OMEGA

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