martes, 28 de febrero de 2012

Juana Azurduy de Padilla


Recordemos los nombres de Mariquita Sánchez de Thompson; las acciones valerosas de Martina Céspedes, de Ana Riglos y de Melchora Sarratea, a las que la búsqueda de la libertad política lleva a un protagonismo inusitado para el llamado sexo débil.

También destacó Magdalena Güemes, a la que le decían Macacha. Era hermana del prócer salteño Martín Miguel de Güemes. Mujer brillante en la batalla y en el campo diplomático y tuvo ella, como tantas otras, una influencia central en su hermano, al decidir opiniones en torno a amigos o enemigos.

Frente a este rosario de mujeres argentinas propulsoras de nuestra independencia política, hoy nos detendremos en destacar la vida y cualidades de Juana Azurduy, mujer que tiene un lugar enorme en la historia de la Independencia sudamericana.

Fue una patriota del Alto Perú (actual Bolivia), que acompañó a su esposo Manuel Ascencio Padilla en el liderazgo de grupos guerrilleros que, desde 1809, participaban en las luchas por la emancipación del Virreinato del Río de la Plata.

Ligados con las expediciones enviadas desde Buenos Aires una vez estallada la Revolución de 1810, al mando primero de Antonio González Balcarce y luego de Manuel Belgrano, combatieron a los realistas defendiendo la zona comprendida entre Chuquisaca y las selvas que mediaban hacia Santa Cruz de la Sierra. Vio morir a sus cuatro hijos y combatió embarazada de su quinta hija.

En ese contexto Azurduy lideró la guerrilla que atacó el cerro de Potosí, tomándolo el 8 de marzo de 1816. Debido a su actuación, y tras el triunfo logrado en el Combate del Villar, recibió el rango de teniente coronel por un decreto firmado por Juan Martín de Pueyrredón. Pueyrredón era entonces el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Poco después, el general Belgrano le hizo entrega simbólica de su sable.

Murió indigente el día 25 de mayo de 1862 cuando estaba por cumplir 82 años y fue enterrada en una fosa común.

Había nacido Juana Azurduy de Padilla en Sucre, el 12 de julio de 1780, ciudad entonces situada por fue sitiada por Tupaj Katari y Bartolina Sisa, alzados en armas en apoyo a Túpac Amaru, quien muchos años de nuestra independencia, comenzó por rechazar la presión insostenible de los españoles respecto a maltrato e impuestos a los aborígenes.

Tal vez este espíritu indómito de los pueblos originarios ya cansados de los españoles en el siglo XVIII, marcó para siempre el propio espíritu de Juana.

Con ese impulso, cuando en 1813 junto a su esposo se puso a las órdenes de Belgrano, llegaron a reclutar 10.000 milicianos para la causa de lo que serían más adelante una Argentina y una Bolivia libres. El 14 de noviembre de 1816 fue herida en la Batalla de La Laguna, y su marido acudió a rescatarla y en este acto fue herido de muerte.

En 1825, el Libertador Simón Bolívar, luego de visitarla y ver la condición miserable en que vivía, avergonzado la ascendió al grado de Coronel y le otorgó una pensión. Al salir, le comentó a Sucre, general que aseguró militarmente la independencia de Bolivia, lo siguiente:

"Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre".

Sus restos fueron exhumados 100 años después, para ser guardados en un mausoleo que se construyó en su homenaje en la ciudad de Sucre.

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