miércoles, 15 de mayo de 2013

Una mesa para todos - Jesús y la doble multiplicación de los panes - (Segunda Parte)



Cuando los primeros cristianos, poco después de morir Jesús, empezaron a predicar el Evangelio a los paganos, sintieron la necesidad de dejar en claro que también ellos estaban llamados a participar de la Eucaristía y a recibir el cuerpo de Jesús; que Jesús no había venido a salvar únicamente a los judíos sino también a los paganos. Y la forma que encontraron de hacerlo fue mediante la creación de un relato paralelo de la multiplicación de los panes, muy parecido al anterior, pero en vez de estar ubicado en la orilla occidental del lago de Galilea, situara a Jesús en la margen oriental (Mc 7,31), ya que el lado oriental del lago no era territorio judío sino pagano.

Así se explica porqué actualmente existen en los evangelios dos relatos de la multiplicación de los panes. Y así también se entiende porqué, cuando los comparamos, los dos relatos tienen detalles muy diferentes. Si ahora comparamos los dos relatos desde esta perspectiva, podremos entender mejor el sentido de las divergencias que hay entre uno y otro:

- En el primer relato, la gente se reunió en grupos de 100 y de 50 personas para comer (Mc 6,40); porque el pueblo de Israel, durante su marcha por el desierto con Moisés, estaba organizado en grupos de 100 y de 50 (Ex 18,25; Dt 1,15). En el segundo relato, la gente se organizó espontáneamente para comer, lo que muestra la libertad de las naciones gentiles frente a las estructuras judías.

- En el primer milagro, los apóstoles toman la iniciativa y se afligen por el hambre de la gente (Mc 6,35-36), lo cual muestra la preocupación de los primeros cristianos por transmitir el Evangelio a los judíos. En el segundo milagro, la gente esperó tres días sin comer y los apóstoles no reaccionaron, hasta que Jesús les hizo advertir el hambre de ellos (Mc 8,1-3), señalando así el recelo y la demora de los primeros cristianos en predicar el Evangelio a los paganos.

- En el primer milagro, Jesús siente lástima de la gente “porque estaban como ovejas sin pastor” (Mc 6,34). Se cita, así, una profecía de Ezequiel (Ez 34,5-6), que anunciaba que Dios se iba a ocupar del hambre de su pueblo (Ez 34,13). En cambio en el segundo milagro, Jesús siente lástima de la gente “porque llevan tres días sin comer” (Mc 8,2). Indica que también los paganos, aunque no entraban en la profecía, son amados por Dios, y por eso él se ocupa de su hambre.

- En el primer milagro, la gente se recuesta “en la hierba verde” (Mc 6,39). Es una alusión al Salmo 22, muy conocido por los judíos, donde se dice: “Dios es mi pastor, nada me falta; en hierbas verdes me hace recostar” (Sal 22, 1.2). En cambio en el segundo milagro la gente se sienta “sobre la tierra” (Mc 8,6), que simboliza la universalidad, la totalidad del mundo, de donde venían los paganos.

- En la comida con los judíos, las sobras de pan se recogieron en doce “canastas” (Mc 6,43); la palabra griega usada (kófinos) indica los recipientes pequeños, tejidos de caña y mimbre, comúnmente usados por los judíos. En cambio en la comida con los paganos, las sobras se recogieron en siete “cestas” (Mc 8,8); aquí el término griego (spyrís) alude a los recipientes grandes de cuerda, empleados por los paganos para sus provisiones; el gran tamaño de estas cestas, a diferencia de las primeras, indica la multitud de los pueblos paganos invitados a la Eucaristía.

- En el primer milagro, Jesús tomó los panes y “pronunció la bendición” (Mc 6,41). En cambio en el segundo Jesús tomó los panes y “dio gracias” (Mc 8,6). Las dos palabras significan lo mismo, y se refieren al acto de bendecir a Dios por los alimentos antes de comer. Pero “pronunciar la bendición” (euloguéin, en griego) es la expresión típica que empleaban los judíos en su círculo familiar, mientras que “dar gracias” (eujaristéin, en griego) es la fórmula que se empleaba en los ambientes griegos, es decir, paganos, y por lo tanto más correcta para la bendición de Jesús en el segundo grupo de gente.

Estos detalles son simbólicos y están referidos a esos dos ámbitos lo confirma una escena posterior del Evangelio. Cuando Jesús, poco después del segundo reparto de panes, nota la intranquilidad de los discípulos que se sentían descontentos por tener que ir a misionar al extranjero, les dice: “¿Aún no entienden? ¿Es que tienen la mente embotada? ¿No se acuerdan cuando repartí los 5 panes a los 5.000? ¿Cuántos canastos de sobras recogieron?” Los discípulos le dijeron: “Doce”. “Y cuando repartí los 7 entre los 4.000, ¿cuántas cestas de trozos recogieron?” Le dijeron: “Siete”. “¿Y todavía no entienden?” (Mc 8,14-21). Este diálogo de Jesús y sus discípulos muestra la importancia que tenían los números simbólicos de la multiplicación de panes. Querían significar que tanto el pueblo judío (los 5.000) como el pueblo pagano (los 4.000) estaban llamados a formar un solo pueblo, cada uno con sus particularidades, características y rasgos propios, pero unidos bajo la autoridad y el amor del Señor, y compartiendo el mismo pan.

Qué grande debió de haber sido la sensibilidad de los primeros cristianos, que ante la preocupación de que los paganos se sintieran excluidos y se quedaran lejos de la Eucaristía, dejaron expresamente aclarado que el Maestro de Nazaret era maestro de todos y había venido para todos. Los cristianos modernos no tienen esa misma sensibilidad. Al contrario, muchos consideran la comunión dominical como un premio exclusivo para algunos, un reconocimiento para los que han sido buenos, una recompensa por la santidad personal, un homenaje a las obras meritorias que hicieron durante la semana.

Pero la comunión es el alimento de los débiles, de los que no encuentran el rumbo y acuden a Jesucristo para que los levante de sus miserias y ponga un poco de luz en sus vidas. Y en vez de criticar a quienes van a comulgar, debería dolernos descubrir cómo cada vez más gente está alejada de la comunión, o incluso indiferente; y por ello, alejada de nuestra asamblea, de nuestro servicio, de nuestra atención. Quienes crearon el segundo relato de la multiplicación de los panes imaginaron una escena que históricamente no existió, pero que reflejaba perfectamente la voluntad de Jesús: que nadie quedara lejos de su pan, de su amor, de su amistad. Hoy sigue siendo el sueño de nuestra Iglesia: que millones de hermanos, que están confundidos, alejados y desorientados, vuelvan a acercarse a la comunidad cristiana y se sientan cómodos en ella, sin ser marginados ni rechazados, para que Jesús pueda repartirles su pan. Un pan que la Iglesia tarda demasiado en hacerles llegar.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Editorial san Pablo
(Argentina)

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