martes, 27 de agosto de 2013

Los Locos de la Azotea


Eran cuatro estudiantes de medicina de la Universidad de Buenos Aires, pero terminaron siendo los protagonistas de la primera transmisión radial de la Argentina, que fue escuchada por menos de cien personas. Imaginaban una radiofonía al servicio de la difusión cultural, pero luego el medio “explotó” y se transformó en un fenómeno de masas. Sin proponérselo, aquellos fanáticos de la “telefonía sin hilos” cambiaron para siempre la vida cotidiana de los argentinos.

El hecho como tal ocurrió exactamente a las nueve de la noche del 27 de agosto de 1920, pero se venía incubando desde hacía diez años, cuando los cuatro muchachos decidieron unir sus esfuerzos. Sus nombres eran Enrique Susini, Miguel Mujica, César Guerrico y Luis Romero Carranza. Pero todos ellos quedaron abrazados a la historia popular con el cariñoso apelativo grupal de los locos de la azotea. Ellos fueron los verdaderos fundadores de la radiofonía en la Argentina.

En la Argentina, un hecho incidental marcó el comienzo de la historia. En 1910, Guillermo Marconi llegó a Buenos Aires para continuar sus ensayos. El inventor del “telégrafo sin hilos” desarrolló desde aquí muchas pruebas de transmisión (las hacía desde Quilmes, en la zona sur del conurbano bonaerense), utilizando un barrilete de unos seis metros cuadrados con el que se remontaba una antena. Desde allí, logró enlaces con Irlanda y Canadá. Precisamente, aquellos ensayos en la tierra cervecera fueron la semilla que encendió el entusiasmo de los locos de la azotea.

El grupo de estudiantes de medicina quedó deslumbrado por las posibilidades que suponía el desarrollo de Marconi. A partir de entonces, no se detendrían hasta lograr una transmisión radial. Los cuatro amigos siguieron investigando con pasión cualquier información referente a los principios de Herz, Braun o Marconi. Ni siquiera los detuvo el comienzo de la Primera Guerra Mundial, cuando el desarrollo de la radio se convirtió en parte de un arsenal cubierto por el secreto. Por el contrario, aprovecharon la oportunidad.

La Argentina había sido neutral en el conflicto, pero los militares argentinos querían tener información sobre los efectos de los gases en el frente de batalla y sobre... radiotransmisores. Por eso, en 1917, la Armada le pidió al joven médico y “loco de la azotea” Enrique Susini que viajara a Francia. Fue ese viaje el que le permitió a Susini regresar al país con algunos equipos de 5 Kw. que habían sido usados por el ejército francés. “Éramos médicos estudiosos de los efectos eléctricos en medicina y también radioaficionados lo suficientemente bien informados como para estar a la vanguardia. Pero básicamente éramos personas imaginativas, amantes de la música y el teatro. Por eso se nos ocurrió que este maravilloso invento podía llegar a ser el más extraordinario instrumento de difusión cultural”, refirió Susini años más tarde sobre el grupo que lideraba y las posibilidades del nuevo medio.

Según el historiador Edgardo Roca, la radiotelefonía argentina nació como un entretenimiento de aficionados que jugaban a transmitir y recibir. “Pero el tiempo —afirma—, transformó el hobby de los locos de la azotea en algo imprescindible en todos los hogares”. La historia cambiaría a partir de una ópera transmitida desde el Teatro Coliseo. Aquella noche de 1920, se emitió con un micrófono al que le habían agregado una bocina para sordos y con un transmisor de 5 vatios (que parecía atado con alambres) en la azotea del teatro. Y el milagro fue posible. Las primeras palabras de la emisión:

“Señoras y señores, la Sociedad Radio Argentina les presenta hoy el festival sacro de Ricardo Wagner, Parsifal, con la actuación del tenor Maestri, el barítono Aldo Rossi Morelli y la soprano argentina Sara César, todos con la orquesta del teatro Costanzi de Roma, dirigida por el maestro Félix von Weingarten”.

Tal fue la presentación que ofreció el propio Enrique Susini hacia las 9 de la noche de aquel 27 de agosto histórico. La transmisión fue realizada con éxito, aunque fuera escuchada por menos de cien personas, las únicas que entonces poseían auriculares “a galena” en Buenos Aires. Es que los parlantes y las válvulas eléctricas aún no formaban parte de la tecnología de los receptores. A partir de ese momento, los programas siguieron sin interrupciones. Al siguiente día, se transmitió Aída, por la tarde nuevamente Parsifal y a la noche, Iris, con Gilda Dalla Rizza y Benjamino Gigli. El lunes emitieron en directo Rigoleto y después Manón, con las actuaciones especiales de la compañía lírica del Teatro Municipal de Río de Janeiro.

El debate sobre si aquella fue o no la primera emisión radial aún sigue abierto. Algunos consideran que la transmisión desde el teatro Coliseo fue la “partida de nacimiento” de la radio: quizás el debate no sea relevante en sí mismo, sino por su valor en dar a conocer esta historia sobre el ingenio y la capacidad de aquellos cuatro radioaficionados argentinos. La emisión de Parsifal dio a luz a L.O.R, Radio Argentina, la primera licenciataria de la radiodifusión nacional. L.O.R transmitiría regularmente desde diversos teatros, inclusive desde el propio Teatro Colón, reafirmando su vocación por la difusión artística.

El 12 de octubre de 1922, también realizó lo que podría denominarse la “primera cobertura periodística” al emitir el discurso de la asunción presidencial de Marcelo T. de Alvear. De inmediato, se instaló el debate sobre si la radiofonía debía ser o no comercial. Susini fue uno de los que más se opuso. Su opinión era que si había surgido como un medio de difusión para la cultura, debía seguir así. Pero muchos vieron el potencial comercial que se abría ante sus ojos. Y así se fueron incluyendo los avisos comerciales en la programación, hasta llegar a ser un medio sostenido únicamente por publicidad.

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