martes, 12 de julio de 2016

EL PAPA CON UN MENSAJE EVANGÉLICO

Escribo estas líneas preocupado por los comentarios sobre la persona del papa Francisco que reflejan distintos medios, sobre todo porque pueden oscurecer su mensaje evangélico y profético, su visión de este momento histórico y el lugar de la Iglesia en él. Mi intención es la de un pastor que, lejos de buscar divisiones internas, ve la necesidad de poner de relieve todo el servicio y la vida del Papa por encima de opiniones sesgadas y de suposiciones e informaciones no debidamente chequeadas. Recuerdo su sorpresiva elección hace más de tres años, la alegría de muchísima gente y el desencanto de unos pocos que trasmitieron a los medios que, en el pasado, el Papa había estado vinculado con la dictadura militar. Poco tiempo después, en su viaje a Brasil por la Jornada Mundial de la Juventud, los medios comunicaron un gran entusiasmo por la repercusión mundial de sus gestos y de su mensaje. Su invitación a "hacer lío" fue entendida como una inyección vital para las nuevas generaciones

Sin embargo, cuando el magisterio del Papa se encaminó decididamente a predicar sobre el drama de la pobreza y de los excluidos, manifestando en forma clara la doctrina social de la Iglesia, cuando comenzó a dar visibilidad a los rostros de los refugiados que interpelan al corazón mismo de Europa, en muchos medios comenzó a aparecer la desconfianza hacia su persona y se buscó una interpretación política de sus acciones, excluyendo el móvil pastoral. Una cosa es que su iluminación de la vida social desde el Evangelio pueda tener una repercusión política y otra muy distinta es que su acción se interprete a partir de un código político. Si no nos permitimos una lectura en clave pastoral de sus palabras y gestos, nos perdemos lo esencial de su mensaje. El Santo Padre es y ha sido siempre un pastor. Las interpretaciones políticas de sus actos nos llevan a perdernos en un laberinto que diluye su sentido.

Seguramente, para Francisco, recibir en el año de la misericordia a personas que lo han insultado públicamente significa manifestar algo tan esencial al Evangelio como el perdón. Pero al mismo tiempo existen en nosotros dificultades culturales y psicológicas profundas para entender el perdón y la misericordia. Nos cuesta entender a un Dios cuya omnipotencia resida justamente en la misericordia. Creemos que la misericordia no es justa, cuando en realidad supera tanto a la justicia que provoca en el que la recibe la posibilidad de transformarse en justo. La misericordia tiende a cambiar el corazón del que es alcanzado por ella.

Tal vez, esta suerte de "compulsión" a perdonar propia del Papa (su persona y sus gestos transmiten como un derroche de compasión) haya dejado de señalar aquello que no estaba bien en la conducta del otro. Sin embargo, fijémonos que el padre en la parábola del hijo pródigo no se detiene en los límites del hijo, sino que los sobrepasa, abrazándolo y preparando una fiesta para celebrar su vuelta. Es muy humano pensar que el padre es injusto, ya que no actúa igual con el hijo mayor, que le ha sido siempre fiel. Estamos educados en una cultura del "toma y daca". Y justamente Jesús no enseña esto. A muchos, ciertas actitudes del Papa les han parecido injustas y han sentido enojo. Confío en que una reflexión madura sobre lo que implica la misericordia pueda ayudarlos a sintonizar el lenguaje de los gestos. Pero, de cualquier modo, decir que el Papa "empodera a los violentos" es no entender en absoluto el fondo de su mensaje, que es sumamente escuchado y respetado en un mundo que va intuyendo que sin misericordia es imposible la paz.

Hoy nos encontramos con un papa que pone límites. Que les dice a los suyos que no se dejen llevar por el terreno resbaladizo de la corrupción. Y también se lo critica por esto. Cuando perdona, porque perdona; cuando es exigente, porque es exigente. A pesar de esto, el pueblo argentino en general, y en particular nuestro pueblo más sencillo, entiende el lenguaje de su pastor casi por connaturalidad y desea con todo su corazón recibirlo en la patria. Creo que esta coyuntura nos plantea un doble desafío en el año de la misericordia. Por una parte, nos invita a profundizar en la naturaleza misericordiosa de Dios, revelada por Jesús. Por otra parte, es oportuno renovar nuestra fe en el sucesor de Pedro. Tal vez cuando el papa era italiano, polaco o alemán nos costaba menos mirarlo como al sucesor de Pedro, pero a Francisco lo conocemos, habla castellano con acento argentino y tal vez algún día lo hayamos cruzado en el subte. "Nadie es profeta en su tierra", recordaba Jesús (Lc 4,24). Quizá nos esté pasando algo de eso. Pero la fe nos despierta y nos invita a ver la verdad: el Señor ha llamado a uno de los de nuestra tierra y es a Francisco a quien le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas".

Mons. Oscar Ojea
Obispo de San Isidro
Pcia. Bs. As.
Argentina

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