martes, 19 de febrero de 2019

SECTAS CRISTIANAS EN AFRICA-Segunda Parte


La práctica de «las curaciones milagrosas», realizada según los ritos más tradicionales y que sólo son comprensibles a partir de los criterios que sostiene la tradición cultural africana sobre el origen espiritual y social de la enfermedad, ocupa un puesto central en muchas de las sectas proféticas y mesiánicas. Cuando esta vuelta a la tradición ocupa la atención mayor de las sectas, éstas comienzan a ser clasificadas como «indigenistas»; pero es preciso advertir que esta clasificación es válida, y cada vez más, para todas las sectas e incluso para las iglesias independientes. África sale por sus fueros. La mezcla de elementos proféticos, mesiánicos e indigenistas es cada vez mayor. Y todo ello, además, condimentado por corrientes pentecostalistas y carismáticas.

Sobre este particular conviene andar con mucho cuidado. El cristianismo africano entra fácilmente en la línea de los carismáticos y de los pentecostales; lo que, en principio, no es objetable sino plausible. De hecho, muchas pequeñas comunidades, plenamente ortodoxas, pueden calificarse de carismáticas o de pentecostales. Ocurre, sin embargo, que con extrema facilidad estas comunidades segregan líderes cuya relación con la Iglesia «oficial» presenta más de una duda. Si se produce algún choque importante entre el líder y la jerarquía, la comunidad carismática o pentecostales, suele separarse de la iglesia «oficial».
Emprende así un camino que, en el África religiosa de hoy, deriva pronto en una nueva secta. Se puede decir lo mismo, aunque con extrema prudencia, de ciertos movimientos calificados de «revivalistas» o de «renovación». El fervor de los primeros tiempos ha ido apagándose con el paso del tiempo y el cambio de las generaciones o por el peso del secularismo-ambiente que está invadiendo el continente por medio del neo-colonialismo cultural. Estos movimientos de revitalización de la vida espiritual -con acusados llamamientos a la conversión y a la renuncia de Satanás- suelen querer permanecer en la comunión católica.

No siempre lo consiguen. La incomprensión por parte de la gran comunidad, los roces con los párrocos y los obispos, un cierto aire de superioridad de los «realmente convertidos» sobre los menos coherentes con las exigencias del Evangelio, dificultan mucho la unidad; pero aun cuando puedan asumir algunos perfiles de las sectas, no está claro que se les pueda adscribir a título pleno en las características mayores de las mismas. Hay en muchos de estos grupos una pronunciada falta de identidad entre seguir siendo parte de la Iglesia -o de las Iglesias- o estar avanzado «por libre». Muchos de sus componentes no sabrían responder a carta cabal a esta pregunta.

Como no lo sabrían, igualmente, muchos de los miembros de las sectas hechas y derechas si se les preguntara por su pertenencia real a alguna de ellas. La mezcla de elementos, ya señalada, facilita la confusión, ciertamente, y facilita, sobre todo, que el fiel pueda pasar de una secta a otra sin el menor reparo. El trasiego de fieles de un grupo sectario a otro es, también, una característica a tener en cuanta. Todos los que observan el fenómeno sectario en África están acordes en afirmar que la expansión de las sectas representa un peligroso desafío a la Iglesia y a las iglesias «oficiales»Por ahora, el número de los católicos que abandonan la comunidad católica y se pasan a alguna o algunas sectas, no es -por lo que parece- demasiado notable; sí lo es, por el contrario, el de los que, manteniéndose en la comunidad eclesial, frecuentan con mayor o menor asiduidad los ritos y liturgias de las sectas o el de los que retornan a prácticas del «animismo» tradicional. Algo tienen las sectas que les atrae; algo tiene la Iglesia que les resulta insatisfactorio. Primera constatación de no pequeña importancia. Las sectas proliferan, principalmente, entre la gran masa de los que todavía siguen fieles a las religiones tradicionales. El «indigenismo» de las sectas es una como prolongación de la religión tradicional, aunque más ilustrada y sistematizada que en la fe y el ritual animista.

Las influencias cristianas, a comenzar por la lectura de la Biblia, confieren a las sectas, en su dimensión «indigenista», un aire de modernidad. Es el paso de la religión tradicional u oral a la condición de religión del Libro sagrado. Y este hecho -se reconozca o no explícitamente- confiere a las sectas una mayor autoridad. Con el añadido de que la lectura de las Sagradas Escrituras es fundamentalista o literalista por un lado, y selectiva, por otro. Las sectas priman el Antiguo Testamento sobre el Nuevo; y de éste destacan con fascinación el Libro del Apocalipsis. Hay que constatar por último que muchas de las sectas africanas -y no sólo de procedencia occidental- cuentan de unos años a esta parte con abundantes recursos económicos y con cuantiosos materiales propagandísticos. A esta constatación hay que añadir una segunda y probablemente complementaria: las sectas se ven potenciadas desde el exterior del continente africano en la medida en que la Iglesia católica comienza a comprometerse con mayor decisión en los problemas de la justicia, de la defensa, de los derechos humanos y de la dignidad del hombre, de la implantación de regímenes democráticos y, sobre todo, en el trabajo de una mayor concientización social de sus fieles. Este hecho deja entrever que algunos poderes occidentales desean un África desestructurada o automatizada, con una profesión religiosa evanescente y descomprometida, irracionalista, mágica y crédula.

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