miércoles, 25 de enero de 2017

NO TEMAS, QUE YO ESTOY CONTIGO

«NO TEMAS, QUE YO ESTOY CONTIGO» (IS 43,5) - COMUNICAR ESPERANZA Y CONFIANZA EN NUESTROS TIEMPOS

Mensaje del papa Francisco para la 51ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (Vaticano, 24 de enero de 2017)

Gracias al desarrollo tecnológico, el acceso a los medios de comunicación es tal que muchísimos individuos tienen la posibilidad de compartir inmediatamente noticias y de difundirlas de manera capilar. Estas noticias pueden ser bonitas o feas, verdaderas o falsas. Nuestros padres en la fe ya hablaban de la mente humana como de una piedra de molino que, movida por el agua, no se puede detener. Sin embargo, quien se encarga del molino tiene la posibilidad de decidir si moler trigo o cizaña. La mente del hombre está siempre en acción y no puede dejar de «moler» lo que recibe, pero está en nosotros decidir qué material le ofrecemos. (cf. Casiano el Romano, Carta a Leoncio Igumeno).

Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, «muelen» cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a todos los que se alimentan de los frutos de su comunicación. Quisiera exhortar a todos a una comunicación constructiva que, rechazando los prejuicios contra los demás, fomente una cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza.

Creo que es necesario romper el círculo vicioso de la angustia y frenar la espiral del miedo, fruto de esa costumbre de centrarse en las «malas noticias» (guerras, terrorismo, escándalos y cualquier tipo de frustración en el acontecer humano). Ciertamente, no se trata de favorecer una desinformación en la que se ignore el drama del sufrimiento, ni de caer en un optimismo ingenuo que no se deja afectar por el escándalo del mal. Quisiera, por el contrario, que todos tratemos de superar ese sentimiento de disgusto y de resignación que con frecuencia se apodera de nosotros, arrojándonos en la apatía, generando miedos o dándonos la impresión de que no se puede frenar el mal. Además, en un sistema comunicativo donde reina la lógica según la cual para que una noticia sea buena ha de causar un impacto, y donde fácilmente se hace espectáculo del drama del dolor y del misterio del mal, se puede caer en la tentación de adormecer la propia conciencia o de caer en la desesperación.

Por lo tanto, quisiera contribuir a la búsqueda de un estilo comunicativo abierto y creativo, que no dé todo el protagonismo al mal, sino que trate de mostrar las posibles soluciones, favoreciendo una actitud activa y responsable en las personas a las cuales va dirigida la noticia. Invito a todos a ofrecer a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo narraciones marcadas por la lógica de la «buena noticia».

La buena noticia
La vida del hombre no es sólo una crónica aséptica de acontecimientos, sino que es historia, una historia que espera ser narrada mediante la elección de una clave interpretativa que sepa seleccionar y recoger los datos más importantes. La realidad, en sí misma, no tiene un significado unívoco. Todo depende de la mirada con la cual es percibida, del «cristal» con el que decidimos mirarla: cambiando las lentes, también la realidad se nos presenta distinta. Entonces, ¿qué hacer para leer la realidad con «las lentes» adecuadas?

Para los cristianos, las lentes que nos permiten descifrar la realidad no pueden ser otras que las de la buena noticia, partiendo de la «Buena Nueva» por excelencia: el «Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Con estas palabras comienza el evangelista Marcos su narración, anunciando la «buena noticia» que se refiere a Jesús, pero más que una información sobre Jesús, se trata de la buena noticia que es Jesús mismo. En efecto, leyendo las páginas del Evangelio se descubre que el título de la obra corresponde a su contenido y, sobre todo, que ese contenido es la persona misma de Jesús.

Esta buena noticia, que es Jesús mismo, no es buena porque esté exenta de sufrimiento, sino porque contempla el sufrimiento en una perspectiva más amplia, como parte integrante de su amor por el Padre y por la humanidad. En Cristo, Dios se ha hecho solidario con cualquier situación humana, revelándonos que no estamos solos, porque tenemos un Padre que nunca olvida a sus hijos. «No temas, que yo estoy contigo» (Is 43,5): es la palabra consoladora de un Dios que se implica desde siempre en la historia de su pueblo. Con esta promesa: «estoy contigo», Dios asume, en su Hijo amado, toda nuestra debilidad hasta morir como nosotros. En Él también las tinieblas y la muerte se hacen lugar de comunión con la Luz y la Vida. Precisamente aquí, en el lugar donde la vida experimenta la amargura del fracaso, nace una esperanza al alcance de todos. Se trata de una esperanza que no defrauda ―porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5)― y que hace que la vida nueva brote como la planta que crece de la semilla enterrada. Bajo esta luz, cada nuevo drama que sucede en la historia del mundo se convierte también en el escenario para una posible buena noticia, desde el momento en que el amor logra encontrar siempre el camino de la proximidad y suscita corazones capaces de conmoverse, rostros capaces de no desmoronarse, manos listas para construir.

La confianza en la semilla del Reino
Para iniciar a sus discípulos y a la multitud en esta mentalidad evangélica, y entregarles «las gafas» adecuadas con las que acercarse a la lógica del amor que muere y resucita, Jesús recurría a las parábolas, en las que el Reino de Dios se compara, a menudo, con la semilla que desata su fuerza vital justo cuando muere en la tierra (cf. Mc 4,1-34). Recurrir a imágenes y metáforas para comunicar la humilde potencia del Reino, no es un manera de restarle importancia y urgencia, sino una forma misericordiosa para dejar a quien escucha el «espacio» de libertad para acogerla y referirla incluso a sí mismo. Además, es el camino privilegiado para expresar la inmensa dignidad del misterio pascual, dejando que sean las imágenes ―más que los conceptos― las que comuniquen la paradójica belleza de la vida nueva en Cristo, donde las hostilidades y la cruz no impiden, sino que cumplen la salvación de Dios, donde la debilidad es más fuerte que toda potencia humana, donde el fracaso puede ser el preludio del cumplimiento más grande de todas las cosas en el amor. En efecto, así es como madura y se profundiza la esperanza del Reino de Dios: «Como un hombre que echa la semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, la semilla brota y crece» (Mc 4,26-27).

El Reino de Dios está ya entre nosotros, como una semilla oculta a una mirada superficial y cuyo crecimiento tiene lugar en el silencio. Quien tiene los ojos límpidos por la gracia del Espíritu Santo lo ve brotar y no deja que la cizaña, que siempre está presente, le robe la alegría del Reino.

Los horizontes del Espíritu
La esperanza fundada sobre la buena noticia que es Jesús nos hace elevar la mirada y nos impulsa a contemplarlo en el marco litúrgico de la fiesta de la Ascensión. Aunque parece que el Señor se aleja de nosotros, en realidad, se ensanchan los horizontes de la esperanza. En efecto, en Cristo, que eleva nuestra humanidad hasta el Cielo, cada hombre y cada mujer puede tener la plena libertad de «entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne» (Hb 10,19-20). Por medio de «la fuerza del Espíritu Santo» podemos ser «testigos» y comunicadores de una humanidad nueva, redimida, «hasta los confines de la tierra» (cf. Hb 1,7-8).

La confianza en la semilla del Reino de Dios y en la lógica de la Pascua configura también nuestra manera de comunicar. Esa confianza nos hace capaces de trabajar ―en las múltiples formas en que se lleva a cabo hoy la comunicación― con la convicción de que es posible descubrir e iluminar la buena noticia presente en la realidad de cada historia y en el rostro de cada persona.

Quien se deja guiar con fe por el Espíritu Santo es capaz de discernir en cada acontecimiento lo que ocurre entre Dios y la humanidad, reconociendo cómo él mismo, en el escenario dramático de este mundo, está tejiendo la trama de una historia de salvación. El hilo con el que se teje esta historia sacra es la esperanza y su tejedor no es otro que el Espíritu Consolador. La esperanza es la más humilde de las virtudes, porque permanece escondida en los pliegues de la vida, pero es similar a la levadura que hace fermentar toda la masa. Nosotros la alimentamos leyendo de nuevo la Buena Nueva, ese Evangelio que ha sido muchas veces «reeditado» en las vidas de los santos, hombres y mujeres convertidos en iconos del amor de Dios. También hoy el Espíritu siembra en nosotros el deseo del Reino, a través de muchos «canales» vivientes, a través de las personas que se dejan conducir por la Buena Nueva en medio del drama de la historia, y son como faros en la oscuridad de este mundo, que iluminan el camino y abren nuevos senderos de confianza y esperanza.

Vaticano, 24 de enero de 2017
Francisco

LA PAPISA JUANA


La leyenda de la papisa Juana cuenta la historia de una mujer que ejerció el papado ocultando su verdadero sexo. El pontificado de la papisa se suele situar entre 855 y 857, es decir, el que, según la lista oficial de papas, correspondió a Benedicto III, en el momento de la usurpación de Anastasio el Bibliotecario.

Otras versiones afirman que el propio Benedicto III fue la mujer disfrazada y otras dicen que el período fue entre 872 y 882, es decir, el del papa Juan VIII. En síntesis, los relatos sobre la papisa sostienen que Juana, nacida en el 822, era hija de un monje. Según algunos cronistas tardíos, su padre, Gerbert, formaba parte de los predicadores llegados del país de los anglos para difundir el Evangelio entre los sajones. La pequeña Juana creció inmersa en ese ambiente de religiosidad y tuvo la oportunidad de poder estudiar, lo cual estaba vedado a las mujeres de la época.

Puesto que sólo la carrera eclesiástica permitía continuar unos estudios sólidos, Juana ingresó como copista bajo el nombre masculino de “Juan el Inglés”. Según Martín de Opava, cronista dominico del siglo XIII, conocido como “Martín el Polaco”, la suplantación de sexo se debió al deseo de la muchacha de seguir a un amante estudiante.

En su nueva situación, Juana pudo viajar con frecuencia de monasterio en monasterio y relacionarse con grandes personajes de la época. En primer lugar, visitó Constantinopla, en donde conoció a la anciana emperatriz Teodora. Pasó también por Atenas, para obtener algunas precisiones sobre la medicina del rabino Isaac Israeli. De regreso en Germania, se trasladó al Reino de los francos, en la corte del rey Carlos el Calvo.

Juana se trasladó a Roma en 848, y allí obtuvo un puesto docente. Siempre disimulando hábilmente su identidad, fue bien recibida en los medios eclesiásticos, en particular en la Curia. A causa de su reputación de erudita, fue presentada al papa León IV y enseguida se convirtió en su secretaria para los asuntos internacionales. En julio de 855, tras la muerte del papa, Juana “se hizo elegir” su sucesora con el nombre de Benedicto III o Juan VIII.

Dos años después, la “Papisa”, que disimulaba un embarazo fruto de su unión carnal con el embajador Lamberto de Sajonia, comenzó a sufrir las contracciones del parto en medio de una procesión y parió en público. Según Jean de Mailly, Juana fue lapidada por el gentío enfurecido. Según Martín el Polaco, murió a consecuencia del parto. Siempre según la leyenda, la suplantación de Juana obligó a la Iglesia a proceder a una verificación ritual de la virilidad de los papas electos. Un eclesiástico estaba encargado de examinar manualmente los atributos sexuales del nuevo pontífice a través de una silla perforada.

Acabada la inspección, si todo era correcto, debía exclamar: “Tiene dos, y cuelgan bien”. Además, las procesiones, para alejar los recuerdos dolorosos, evitaron en lo sucesivo pasar por la iglesia de San Clemente, lugar del parto, en el trayecto del Vaticano a Letrán. Utilizada por los detractores, esas versiones se sostuvieron por muchos años hasta que en 1562 el agustino Onofrio Panvinio redactó la primera refutación seria de aquella leyenda, mientras que los protestantes luteranos se unieron a sus argumentos en el siglo XVII.

Existen dos versiones: la versión de Martín de Opava es la siguiente:

“Juan el Inglés nació en Maguncia, fue papa durante dos años, siete meses y cuatro días y murió en Roma, después de lo cual el papado estuvo vacante durante un mes. Se ha afirmado que este Juan era una mujer, que en su juventud, disfrazada de hombre, fue conducida por un amante a Atenas.

Allí se hizo erudita en diversas ramas del conocimiento, hasta que nadie pudo superarla, y después, en Roma, profundizó en las siete artes liberales (trivium y quadrivium) y ejerció el magisterio con gran prestigio. La alta opinión que tenían de ella los romanos hizo que la eligieran papa.

Ocupando este cargo, se quedó embarazada de su cómplice. A causa de su desconocimiento del tiempo que faltaba para el parto, parió a su hijo mientras participaba en una procesión desde la basílica de San Pedro a Letrán, en una calleja estrecha entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente.

Después de su muerte, se dijo que había sido enterrada en ese lugar. El Santo Padre siempre evita esa calle, y se cree que ello es debido al aborrecimiento que le causa este hecho. No está incluido este papa en la lista de los sagrados pontífices, por su sexo femenino y por lo irreverente del asunto”.

Jean de Mailly, por su parte, dice:

“Se trata de cierto “papa” o mejor dicho “papisa” que no figura en la lista de papas u obispos de Roma, porque era una mujer que se disfrazó como un hombre y se convirtió, por su carácter y sus talentos, en secretario de la curia, después en cardenal y finalmente en papa.

Un día, mientras montaba a caballo, dio a luz a un niño. Inmediatamente, por la justicia de Roma, fue encadenada por el pie a la cola de un caballo, arrastrada y lapidada por el pueblo durante media legua. En donde murió fue enterrada, y en el lugar se escribió: “Pedro, padre de padres, propició el parto de la papisa”. También se estableció un ayuno de cuatro días llamado ayuno de la papisa”.

La opinión más extendida es que se trata de una leyenda que, sin embargo, fue dada por cierta por la propia Iglesia hasta el siglo XVI. Las sillas perforadas exhibidas en su apoyo no son al parecer otra cosa que las sillas curiales, que simbolizaban el carácter colegial de la Curia romana. Ninguna crónica contemporánea a los hechos narrados acredita la historia, y la lista de papas no deja ningún resquicio en que se pueda insertar el pontificado de Juana.

En efecto, entre la muerte de León IV, el 17 de julio de 855, y la elección de Benedicto III, entre los cuales sitúa Martín el Polaco a la papisa, transcurrió muy poco tiempo, incluso teniendo en cuenta que el segundo no fue coronado hasta el 29 de septiembre del mismo año a causa del antipapado de Anastasio. Estos datos son confirmados por pruebas sólidas, como monedas y documentos oficiales de la época.

La crónica de Jean de Mailly sugiere, por su parte, un emplazamiento del papado de Juana un poco anterior a 1100. Sin embargo, sólo transcurren unos meses entre la muerte de Víctor III (16 de septiembre de 1087) y la elección de Urbano II (12 de marzo de 1088), y sólo algunos días entre la muerte de este último (29 de julio de 1099) y la elección de Pascual II (13 de agosto de 1099).

Las explicaciones de la leyenda son diversas. El mito fue tal vez ideado a partir del sobrenombre de papisa Juana que recibió en vida el papa Juan VIII por lo que sus opositores consideraron debilidad frente a la Iglesia de Constantinopla, o quizá por el mismo sobrenombre aplicado a Marozia, autoritaria madre de Juan XI quien dominaba la iglesia como si fuera un Papa e influía en políticas.

Por otra parte, el mito también remite a las inversiones rituales de valores propias de los carnavales. Otro punto de partida de la leyenda puede ser la prohibición del Levítico (21, 20) de que esté al servicio del Altar un hombre con los testículos aplastados, es decir, un eunuco. La idea que la prohibición conlleva de verificar que sólo hombres enteros accedan al trono papal, estuvo probablemente en el origen de la inspección ceremonial y del testiculum habet et bene pendebant, un tema sugestivo para una disputatio de quodlibet estudiantil en la escolástica de la Edad Media.

La primera mención conocida se encuentra en la crónica de Jean de Mailly, dominico del convento de Metz, redactada hacia 1255. La leyenda se propagó muy rápidamente y sobre una gran extensión geográfica, lo que puede hacer suponer que existía con anterioridad y que el dominico se limitó a consignarla por escrito. Hacia 1260, la anécdota reaparece en el Tratado de las diversas materias de la predicación, de Esteban de Borbón, también dominico y de la misma provincia eclesiástica que Mailly.

Pero es sobre todo el relato hecho por Martín el Polaco en su Crónica de los pontífices romanos y de los emperadores, hacia 1280, el que le asegura el éxito. El recibimiento que hacen los medios eclesiásticos de la anécdota, que en un principio fue aceptada como cierta, se ha explicado después por el interés del caso jurídico y por una voluntad de imponer una interpretación oficial del supuesto acontecimiento.

En efecto, la leyenda es rápidamente revivida con fines polémicos. El franciscano Guillermo de Ockham denuncia una intervención diabólica en la persona de Juan, que prefigura la de Juan XXII, adversario de los espirituales (disidentes franciscanos).

Durante el Gran Cisma de Occidente, la historia de Juana prueba, para las dos facciones, la necesidad legal de una posibilidad de destitución papal. También fue recogida por el polemista Jan Hus y después por los luteranos, que veían en Juana la encarnación de la prostituta de Babilonia descrita en el Apocalipsis:

«Las aguas que has visto, donde se sienta la ramera, son pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas. / Y los diez cuernos que viste, y la bestia, aborrecerán a la ramera, la dejarán desolada y desnuda, devorarán sus carnes y la quemarán con fuego. / Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo y dar su reino a la bestia hasta que se hayan cumplido las palabras de Dios. / Y la mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra».

Todos estos ataques llevaron al erudito Onofrio Panvinio, monje agustino, a redactar en 1562 la primera refutación seria de la leyenda, en su “Vida de los Papas”. En el siglo XVII, los luteranos se unieron a sus argumentos. En 1886, el griego Emmanuel Royidis publicó La papisa Juana, que vino a relanzar el mito. Antes, Petrarca se había visto atraído por la leyenda. En el siglo XX se interesaron por ella otros escritores, como Lawrence Durrell, Renée Dunan o Alfred Jarry.

Las pruebas principales del carácter enteramente mítico de la papisa son:

1. Ninguna fuente histórica contemporánea entre las historias de los papas tiene conocimiento de ella; tampoco se hace mención de ella hasta la mitad del siglo XIII. Resulta increíble que la aparición de una "papisa", si hubiera sido un hecho histórico, no hubiera sido notada por ninguno de los numerosos historiadores de entre los siglos X y XIII.

2. En la historia de los papas no hay lugar en donde encaje esta figura legendaria. Entre León IV y Benedicto III, donde Martinus Polonus la coloca, no es posible insertarla porque León IV falleció el 17 de julio del año 855 e inmediatamente después de su muerte Benedicto III fue elegido por el clero y por el pueblo de Roma; solo que a causa del advenimiento de un antipapa en la persona del cardenal depuesto Anastasius, Benedicto III fue consagrado hasta el 29 de septiembre.

Existen monedas con las imágenes de Benedicto III y del emperador Lotario I, quien murió el 28 de septiembre del año 855; por lo tanto, Benedicto III debió haber sido reconocido como Papa antes de esta fecha; el 7 de octubre del año 855, Benedicto III emitió una carta para el monasterio de Corbie. Hinemar, arzobispo de Reims, informó a Nicolás I de que un mensajero que había enviado a León IV se enteró de la muerte de este Papa y por lo tanto dirigió su petición a Benedicto III, quien la resolvió.

Todas esos testigos prueban que las fechas dadas en las vidas de León IV y Benedicto III eran correctas y que no hubo interrupción de la línea de sucesión entre estos dos papas, de modo que en este lugar no hay espacio para la supuesta papisa.

3. Más adelante es aún menos probable que una papisa pudiera insertarse en la lista de papas cercanos al año 1100, entre Víctor III (1087) y Urbano II (1088-1099) o Pascual II (1099-1110) como se sugiere en la crónica de Jean de Mailly.

VIRGEN DE LA CANDELARIA

La Virgen de la Candelaria o Nuestra Señora de la Candelaria es una de las advocaciones marianas más antiguas de la Virgen María, su fiesta se celebra en toda la Iglesia católica el 2 de febrero. Su devoción tiene mucho arraigo en países como España, Bolivia, Colombia, México y otros. Así mismo, su patronazgo se extiende a varias ciudades y países de América y de otros continentes. Esto ha hecho que la Virgen de la Candelaria sea la segunda advocación mariana más venerada del Continente Americano, tras la Virgen de Guadalupe de México.

Toma su nombre de la fiesta de la Candelaria o de la Luz, que tuvo su origen en el Oriente con el nombre del "Encuentro", y después se extendió al Occidente en el siglo VI, llegando a celebrarse en Roma con un carácter penitencial. Aunque según otros investigadores, esta fiesta tuvo su origen en la antigua Roma, donde la procesión de las candelas formaba parte de la fiesta de las Lupercales. Esta celebración se unió más tarde a la liturgia de la Presentación de Jesús en el Templo, asociada a los cirios, antorchas y candelas encendidas en las manos de los fieles.

Su fiesta se celebra, según el calendario o santoral católico, el 2 de febrero en recuerdo al pasaje bíblico de la Presentación del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén (Lc 2;22-39) y la purificación de la Virgen María después del parto, para cumplir la prescripción de la Ley del Antiguo Testamento (Lev 12;1-8). La fiesta es conocida y celebrada con diversos nombres: la Presentación del Señor, la Purificación de María, la fiesta de la Luz y la fiesta de las Candelas; todos estos nombres expresan el significado de la fiesta. Cristo la Luz del mundo presentada por su Madre en el Templo viene a iluminar a todos como la vela o las candelas, de donde se deriva la advocación de la Virgen de la "Candelaria".

La iconografía de la Virgen de la Candelaria se basa en el episodio bíblico de la Presentación del niño Jesús en el Templo de Jerusalén (Lucas 2,22-40). La virgen sostiene la candela o vela de la que toma nombre y lleva una canasta con un par de tórtolas. El niño Jesús fue llevado al Templo de Jerusalén, según Ley de Moisés, para ser presentado al Señor, y además para cumplir con el rito de la purificación de la Virgen María (Cf. Lev. 12, 6-8). La veneración a la Virgen de la Candelaria se ha extendido a través de los siglos por diferentes ciudades y países sobre todo en Latinoamérica, donde ha adoptado rasgos de las diferentes naciones donde se encuentra un templo suyo. Pero su culto como advocación mariana tiene su origen en las Islas Canarias (España) desde donde se expandió al continente americano y actualmente se encuentran imágenes suyas en lugares con importantes colonias de canarios donde suele usarse para representar al Archipiélago Canario.

miércoles, 18 de enero de 2017

¿MARIOLOGÍA O ESPERANZA DEL PUEBLO QUE SUFRE? SEGUNDA PARTE

Por qué la Mujer aparece en medio de los dolores de parto: porque así se denominaban los sufrimientos de los primeros discípulos frente a la muerte de Jesús. En efecto, en la última cena, viendo Él la tristeza en sus rostros, les dijo: “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque le ha llegado la hora; pero cuando nace la criatura se olvida de los dolores de parto por la alegría de que un niño ha nacido en el mundo. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrarán con una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn 16:21-22). Jesús, pues, compara el dolor que sus discípulos sienten ante su muerte con los de una mujer ante el parto; y la alegría de su resurrección, con la del nacimiento de un niño. Exactamente la imagen que emplea aquí el Apocalipsis.

Así, se clarifica el detalle de las alas de águila dadas a la Mujer para huir al desierto. Porque en el Antiguo Testamento las alas de águila simbolizan la protección y la seguridad que Dios daba a su pueblo para salvarlo en los momentos difíciles. Por ejemplo, cuando lo sacó de la esclavitud de Egipto y lo llevó hasta el monte Sinaí, Dios dijo: “Ya han visto lo que hice con los egipcios, y cómo a ustedes los llevé sobre alas de águila para traerlos hacia mí” (Ex 19:4). Y cuando llegaron a la tierra prometida, luego de sortear innumerables dificultades, Dios les recordó: “Como el águila que vuela sobre sus polluelos, así el Señor extendió sus alas, los tomó y los llevó a cuestas” (Dt 32:11). El libro, pues, quiere decirnos que también ahora Dios sacará a su pueblo de todas las dificultades.

Otro rasgo que se aclara de esta Mujer, y que no se entendía cuando la identificábamos con María, es el de su huida al desierto. Tratándose del pueblo de Dios, todo está más claro. Como en el Antiguo Testamento Dios había llevado a su pueblo al desierto para ponerlo a salvo y protegerlo, tradicionalmente el desierto se convirtió en la imagen del cuidado y la protección de Dios. Por eso ahora la Mujer aparece llevada al desierto, para decirnos que Dios no ha dejado de cuidar a su pueblo. Y se entiende, además, por qué la Mujer aparece alimentada por Dios en el desierto (v.6). Porque así como Dios había alimentado a su pueblo durante cuarenta años con el maná caído del cielo, también ahora su pueblo tiene un nuevo pan que lo fortalece en medio de las dificultades: la eucaristía.

Nos falta, por último, dilucidar quién es, qué simboliza otro personaje de la visión: el gran Dragón Rojo de siete cabezas, siete coronas y diez cuernos, que busca devorar al niño y persigue a la mujer. El color rojo simboliza en la Biblia la muerte, el dolor, la sangre derramada. El “gran” tamaño subraya su vigor. Las siete cabezas demuestran su inteligencia. Y las coronas significan la autoridad que aparenta tener. Los cuernos representan su enorme Fuerza, ya que en el Apocalipsis el cuerno es símbolo de fortaleza. Pero el autor anota a propósito que sus cuernos eran diez. Y para el Apocalipsis el número diez significa algo humano, terrestre. Así Juan quiso decirnos que aunque la fuerza representada en los cuernos de este Dragón parece colosal, en realidad es solo una fuerza humana (diez). En cambio, pinta a Jesús en el capítulo 5 con siete cuernos (5:6), tres menos que el Dragón, porque el número siete simboliza lo divino, lo sobrenatural. Por lo tanto, el autor quiere advertirnos que a veces las apariencias engañan. Y que el poder de Jesucristo es superior al de cualquier otro personaje del mundo, aunque a veces las apariencias nos engañen.

Pero ¿quién es este Dragón Rojo? El texto no lo dice abiertamente. En el versículo 9, el autor nos da una pista, pues le da tres nombres: “la Serpiente antigua, el Diablo, y Satanás” (12:9). Ahora bien, en el Antiguo Testamento ni la Serpiente antigua del paraíso, ni el Diablo, ni Satanás son personajes históricos reales, sino que representan los males que padeció el pueblo de Israel. Por lo tanto, el Dragón Rojo tampoco simboliza a ningún personaje histórico real, ni rey, ni emperador, ni persona alguna que haya perseguido a los cristianos, sino que representa el mal en general, todos los males, el conjunto de las desgracias y padecimientos que el pueblo de Dios sufre a lo largo de su historia.

El libro del Apocalipsis fue escrito en una época de mucho sufrimiento para la Iglesia cristiana. Persecuciones de toda clase, torturas, expulsiones de sus comunidades, rupturas familiares, discriminaciones sociales eran algunos de los muchos suplicios que debían atravesar los recién convertidos, si querían mantenerse fieles a Jesucristo. Y se preguntaban: ¿hasta cuándo aguantaremos? ¿Dios no hará nada para defendernos? ¿Es posible seguir viviendo las enseñanzas de Jesús en una sociedad en la que el amor no vale nada y que privilegia el odio, la violencia y los intereses personales?

Juan les responde con esta maravillosa visión del capítulo 12: la Mujer vestida de sol, de luna y estrellas —es decir, el pueblo de Dios— ha dado a luz al Mesías y salvador Jesucristo. Un gran Dragón Rojo —el mundo del mal— ha intentado devorarlo, matándolo, pero no ha podido, porque Dios ha rescatado a su Mesías y lo ha llevado hasta Él, mediante la resurrección. Por esto ahora el Dragón, al verse fracasado, se ha vuelto contra la Mujer para perseguirla. Pero Dios ya ha dado a la Mujer alas de águila —le aseguró la protección— y la llevó al desierto garantizando su triunfo final. Allí la alimentará con la eucaristía, la fuerza de los cristianos, durante 1.260 días, es decir mientras dure el peligro.

Los lectores del Apocalipsis, torturados y diezmados, se sentían llenos de fuerza y de esperanzas, aun en medio de su dolor, al saberse identificados con esta magnífica Mujer. Pero con el paso de los siglos los cristianos, por su gran devoción a la Virgen, vieron en esta Mujer a María como una manera de homenajearla. Con lo cual se ha empobrecido el mensaje que Juan quería transmitir, ya que María, por estar en el Cielo, no necesita ninguna protección especial de Dios. La nueva interpretación descubierta nos permite recuperar la buena noticia con toda su fuerza: Dios jamás abandonará a la Mujer —la comunidad cristiana— que sufre y padece los dolores de parto de cada día, en la dura tarea de dar luz un mundo mejor.

Ariel Alvarez Valdez
Biblista

EL CRUCE DE LOS ANDES

El Cruce de los Andes fue un conjunto de maniobras realizadas por el Ejército de los Andes de las Provincias Unidas del Río de la Plata (Argentina) entre el 19 de enero y el 8 de febrero de 1817, para atravesar con una fuerza de 4.000 regulares y 1.200 milicianos la cordillera de los Andes desde la región argentina de Cuyo hasta Chile, y enfrentar a las tropas realistas leales a la Corona española que allí se encontraban. Formó parte del plan que el general José de San Martín desarrolló para llevar a cabo la Expedición Libertadora de Argentina, Chile y del Perú. Es considerado como uno de los grandes hechos históricos de Argentina, así como también como una de las mayores hazañas de la historia militar universal. Algunos autores lo toman como parte de un conjunto de acciones que integran el llamado PLAN DE MAITLAND.

Tras la Revolución de mayo de 1810, se inició la guerra de independencia argentina, como parte de un conjunto de revoluciones contra la monarquía española a lo largo de todo el continente sudamericano. Si bien dichos movimientos lograron un éxito inicial, luego su avance sufrió un estancamiento, debido a la resistencia y represión que llevaron a cabo los sectores americanos y peninsulares leales a la corona española, que mantenían su centro de poder en Perú. Para llevar a cabo su plan, San Martín llegó a Mendoza el 7 de septiembre de 1814 con la idea de organizar un pequeño y disciplinado ejército en la Provincia de Cuyo. A poco de llegado, entre el 1 y 2 de octubre de ese año, se produjo en Chile la Batalla de Rancagua, en la cual las fuerzas patriotas chilenas fueron derrotadas, y parte de sus restos cruzaron la cordillera en dirección a Mendoza, quedando Chile nuevamente en manos realistas.

Ante esta situación, San Martín recibió e incorporó a su incipiente ejército cuyano —que ya contaba con alrededor de 1000 hombres—8 los restos de tropas chilenas al mando de Andrés del Alcázar y Bernardo O'Higgins; la otra facción siguió a José Miguel Carrera decidiendo no formar parte del nuevo ejército. Al mismo tiempo San Martín incorporó a su ejército el Batallón de Auxiliares Argentinos (también llamado Auxiliares de Chile), que había retornado de su misión en Chile al mando del coronel Juan Gregorio de Las Heras por órdenes del gobierno de las Provincias Unidas después de tomar conocimiento del Tratado de Lircay. San Martín nombró al jurisconsulto chileno Dr. Hipólito de Villegas, quien fuera desterrado por los hermanos Carrera, como apoderado del Ejército de los Andes para percibir los fondos que recolectaban con el objeto de proveer el sostenimiento de las tropas.

Intentó poner rápidamente a su ejército en condiciones de combatir, ante el temor de que los realistas cruzaran la cordillera y atacaran Mendoza, debido a la aparición de destacamentos realistas en el Portillo, Las Flechas y Ladera de las Vacas en el paso de Uspallata. Pese a esos movimientos, este temor nunca se hizo realidad debido a que el líder de las fuerzas españolas en Chile, Casimiro Marcó del Pont, consideró el cruce por parte de un ejército como impracticable. Así fue que San Martín se abocó durante los años 1815 y 1816 a formar el Ejército de los Andes, y a prepararlo para el cruce de la cordillera de los Andes y el ataque a los realistas de Chile. El 9 de julio de 1816 las Provincias Unidas declaran su independencia y con Juan Martín de Pueyrredón elegido Director Supremo el general San Martín recibió el apoyo pleno del gobierno central para mejorar y consolidar el ejército.

La ciudad de Mendoza se transformó en un gran cuartel y fábrica militar, y casi todos los pobladores cuyanos participaron en la elaboración de pólvora y municiones, aprendieron a fundir cañones, tejer tela y coser ropa. Se montó una fundición de armas a cargo del religioso franciscano fray Luis Beltrán, un cuerpo de maestranza a cargo de Antonio Álvarez Condarco y servicios sanitarios a cargo del médico Diego Paroissien. A mediados de 1816, San Martín se instaló en el campamento de El Plumerillo, ubicado en las adyacencias de la ciudad de Mendoza, donde constituyó su Estado Mayor. La actividad de San Martín incluyó un complejo plan para engañar al enemigo (Guerra de Zapa) mediante el envío de espías y conferencias con indígenas difundiendo el rumor de que cruzaría los Andes por un paso más al sur, lo cual era de mayor factibilidad.

Los indígenas pehuenches comunicaron estos planes a los españoles de Chile, quienes así dispersaron sus fuerzas y perdieron poder de resistencia. El grueso del ejército cruzó los Andes por los difíciles pasos de Los Patos en San Juan, al mando éste del General José de San Martín y Uspallata de Mendoza, los cuales eran considerados como imposibles para el cruce, pero permitían cortar por el centro a las líneas defensivas realistas y dirigirse directamente a Santiago de Chile. Debieron atravesar más de 500 km de cordillera y pre-cordillera. El ejército se conformó por aproximadamente 3800 soldados argentinos (incluyendo una parte del ejército de patriotas chilenos), 1200 milicianos como TROPA de auxilio (para conducción de víveres y municiones), 120 barreteros y 21 piezas de artillería. Para el cruce utilizaron 1600 caballos y 10 600 mulas, por lo que todo el personal realizó el cruce montado. Llevaron 22 cañones, 2000 tiros de cañón, 1129 sables y 5000 fusiles de bayoneta. La base de la alimentación del ejército fue el valdiviano —plato sobre la base de carne seca (charqui) machacado, grasa, rodajas de cebolla cruda y agua hirviendo—. Las columnas que llevaban los víveres iban a retaguardia. Transportaron más de 4 toneladas de charqui, galletas de maíz, 113 cargas de vino, aguardiente para disminuir el frío nocturno, ajo y cebolla (para combatir el soroche, o apunamiento) 600 reses para la provisión de carne fresca, quesos y ron.

El Ejército de los Andes, formado en El Plumerillo (a 7 km de Mendoza), abandonó el campamento e inició el cruce de los Andes por los pasos de Los Patos y Uspallata. Estas vías abruptas aseguraban el factor sorpresa. El cruce duró 21 días, utilizándose guías (baqueanos). La altitud máxima alcanzada superó los 4000 msnm. El plan de campaña era dividir las tropas en dos columnas (principal y secundaria) y cuatro destacamentos, estaba formado por tres columnas al mando respectivo de Miguel Estanislao Soler (vanguardia), San Martín y O'Higgins, ambos con la reserva a una jornada de distancia. Dos divisiones, una al mando del general Miguel Estanislao Soler y otra al mando del general chileno Bernardo de O´Higgins cruzarían por el Paso de los Patos. Otra, al mando de Las Heras, debía marchar por el camino de Uspallata con la artillería. Otra división ligera, que cruzaría desde San Juan por el Portezuelo de la Ramada con el objetivo de apoderarse de la ciudad chilena de Coquimbo, iba al mando de Juan Manuel Cabot. Otro destacamento ligero debía cruzar desde La Rioja y ocupar Copaipó cruzando la cordillera por el paso de Vinchina. Por el Sur, el capitán Freyre penetraría por el Planchón para apoyar a las guerrillas chilenas lideradas por Manuel Rodríguez.

La salud de San Martín era bastante precaria. Padecía de problemas pulmonares -producto de una herida producida en una batalla en España en 1801-, reuma y úlcera estomacal. A pesar de sus "achaques" siempre estaba dispuesto para la lucha y así se lo hizo saber a sus compañeros: "Estoy bien convencido del honor y patriotismo que adorna a todo oficial del ejército de los Andes; y como compañero me tomo la libertad de recordarles que de la íntima unión de nuestros sentimientos pende la libertad de la América del Sur. A todos es conocido el estado deplorable de mi salud, pero siempre estaré dispuesto a ayudar con mis cortas luces y mi persona en cualquier situación en que me halle, a mi patria y a mis compañeros".

HORACIO GUARANY

Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo, cuyo nombre artístico fue Horacio Guarany. Su padre, Jorge Rodríguez, era un indígena correntino, y su madre, Feliciana Cereijo de Rodríguez, había nacido en León (España). Su padre trabajaba como hachero de la empresa británica La Forestal cuando el 15 de mayo de 1925, cerca de Guasuncho o de Intillaco, en pleno monte del Chaco Austral, nació el antepenúltimo de 14 hermanos, Eraclio Catalín, aunque fue anotado en la cercana localidad de Las Garzas, y quien pasará su infancia en Alto Verde (distrito que actualmente forma parte de la ciudad de Santa Fe). De niño gustaba de la música, del canto, y aprendió a guitarrear con el maestro Santiago Aicardi. En 1943 viajó a Buenos Aires a intentar con el canto. Vivió en una pensión, y cantaba en el Barrio de la Boca, en el boliche La Rueda, sobreviviendo. Trabajó luego embarcado de cocinero, y también como foguista. Se inició con la Orquesta de Herminio Giménez, cantando música paraguaya y en idioma guaraní. En 1957 debutó en Radio Belgrano de Buenos Aires, consiguiendo que su interpretación de «El mensú» (de los hermanos Ramón Ayala y Vicente Cidade), se difundiera en las estaciones de radio.

Fue pionero del Festival Nacional de Cosquín en 1961, y fue un clásico, año tras año con conocidas composiciones como «Guitarra de medianoche», «Milonga para mi perro», «La guerrillera», «No sé por qué piensas tú», «Regalito» o «Si se calla el cantor». Muchas de sus célebres composiciones musicales acompañaron las letras del gran poeta tucumano Juan Eduardo Piatelli, canciones como «Canción del perdón» o «No quisiera quererte», entre tantas otras. Después del derrocamiento de Juan Domingo Perón se afilió al Partido Comunista, participando de sus actos partidarios y al tiempo que pronunciaba frases como: «Yo pertenezco al glorioso Partido Comunista», sin embargo, cree que eso no le ayudó en su carrera. En 1972 filmó su primer largometraje Si se calla el cantor, con Olga Zubarry, sobre el triunfo de un cantante luego de malas experiencias.

En 1974, dirigido por el mismo director Enrique Dawi, filmó La vuelta de Martín Fierro, con Onofre Lovero, un relato de la vida de José Hernández y de su obra. Durante el mismo 1974 recibe amenazas de muerte, atentados con bombas, de parte del grupo parapolicial TRIPLE A (Alianza Anticomunista Argentina), es conminado a abandonar el país en 48 horas, y en diciembre debe exiliarse, primero en Venezuela, luego en México y finalmente en España. La dictadura militar hace desaparecer todos sus discos, además de censurar la difusión de algunas canciones como «La guerrillera» o «Coplera del carcelero», entre otras. Retorna en diciembre de 1978, y el 20 de enero de 1979 le ponen una bomba en su casa de la calle Manuel Ugarte, en Buenos Aires; decidió permanecer en Argentina, aunque debió realizar espectáculos sólo en el interior del país.

Con el retorno de la democracia, en diciembre de 1983, vuelve a brindar recitales y presentaciones televisivas. En 1989 apoyó la candidatura presidencial de Carlos Saúl Menem, que era su amigo personal. Afirmó haberle dicho: «Carlitos, yo sé que vos no nos vas a defraudar», y que de ahí salió la frase publicitaria que promovió a este político, pero en reiteradas ocasiones Guaraný aclaró que no fue menemista ni apoyó las medidas liberales de los años noventa. En 1987 actuó en la Fiesta Nacional de la Tradición Frente al Mar en Miramar (provincia de Buenos Aires). En 1989 adquirió una finca en Luján, llamada Plumas Verdes, según explicación del propio artista en su libro de memorias (Memorias del cantor), llamada así porque queda «en el regocijo del loro», con mucha arboleda añosa, y frutales.

Siguió con su arte y oficio de cantar y de escribir, aunque el 24 de octubre de 2009 hizo su último recital en el Luna Park, pero sólo se despidió de aquel local que lo viera más de 20 veces lleno en su carrera. En febrero de 2012 realiza una cuatrilogía contando su vida en forma musical en el Teatro ND Ateneo de Bs As, con 4 conciertos. En 2007 filma "El grito en la sangre", dirigido por Fernando Musa y actuando junto a Abel Ayala, Florencia Otero y Roberto Vallejos. La película está basada en la novela "Sapucay", del propio Guarany. En 2013 recibe un premio del Congreso de la Nación Argentina. En 2014 recibe el Premio Konex a la trayectoria. En 2015 vuelve a cantar en el festival de doma y folclore de Jesús María, Córdoba. Con 89 años realizó la presentación en el festival invitando al Chaqueño Palavecino a cantar con él. A finales de 2015 se publica "Horacio Guarany, toda una vida", una extensa y documentada biografía del cantor escrita por Roy Stahli.

El viernes 13 de enero de 2017, Horacio Guarany, fallece a causa de un paro cardiorrespiratorio, a la edad de 91 años, en su casa de Luján. Sus restos fueron sepultados al día siguiente en el Jardín de Paz Oeste.

LOS PARADIGMAS DEL CONCILIO VATICANO II-SEGUNDA PARTE

También con posterioridad al Vaticano II eclosionó en la teología el tema de la ecología. No sólo el tema de la urgencia del cuidado ambiental o la emergencia climática que parece estarnos situando al borde de un desastre planetario. La ecología llegó apenas a su madurez en los años 70 con el movimiento de la “ecología profunda”, que implica una manera revolucionaria de repensar la realidad, el cosmos y a nosotros mismos. Desde esta visión es toda la teología y todo el cristianismo el que hay que rehacer. Tarea no sólo urgente, por los mismos criterios que con los otros paradigmas, sino porque todo indica que estamos en los últimos años hábiles para evitar entrar en una pendiente sin retorno hacia un cambio climático severo, que puede extinguirnos como especie y llevarnos a la extinción de todo lo humano.

Aunque prácticamente desconocido en muchas regiones y apenas planteado por algunos grupos especialmente vigilantes, este paradigma tampoco es nuevo. Es una intuición que ya nos ha visitado varias veces en el tiempo de vida de la actual generación, pero que vuelve ahora “en espiral”, más adentro y más abajo, pertrechada con conocimientos auxiliares de la antropología cultural que la convierten en un desafío ya inaplazable. Plantea este paradigma la superación de aquel supuesto que otorgaba clásicamente a la religión la categoría de cuerpo especial de sabiduría y medio de realización espiritual avalado directamente por la Divinidad, revelado e incuestionable en las sociedades tradicionales. Hoy, la antropología cultural cree conocer, de un modo medianamente aceptable, las bases humanas de la espiritualidad.

Cree conocer cómo se ha producido el surgimiento de las religiones con el advenimiento de la sociedad agraria, los procesos de su elaboración y evolución, así como los mecanismos internos de su funcionamiento epistemológico y la función que en ellas tienen los mitos y las creencias. El Cristianismo -que es también una religión agraria- se ve desafiado. O cambia, en una auténtica metamorfosis, dejando de ser religión (agraria, neolítica) o desaparecerá. O continúa, más allá de ese formato agrario, o quedará históricamente superado. Desde esta perspectiva, un Concilio inter-religioso sería tal vez lo más urgente para que todas las religiones, todas ahora reunidas todos en Concilio, afrontaran de frente su futuro, en vez de cerrar los ojos a lo que las ciencias y la opinión pública creen que está apareciendo ya por el horizonte y comenzando a llenar el escenario.

Analizar hoy el campo religioso sólo en los términos generados por el Concilio Vaticano II resultaría absolutamente insuficiente. Un discernimiento actualizado debe desbordar los marcos ya estrechos del Concilio. Aunque hoy lográramos poner en práctica todo el Vaticano II -y estamos a mucha distancia de haberlo hecho-, quedaríamos todavía totalmente fuera de lo que son los planteamientos mínimos necesarios para comenzar a afrontar la problemática que hoy nos apremia. Quienes vivieron el Concilio en el propio momento, a corazón abierto, sintiéndose en la sintonía de la Iglesia universal, no pueden simplemente -con imposibilidad epistemológica- negar lo que vivieron o rechazarlo cuando se enfrentan a interpretaciones impuestas por decretos autoritarios posteriores.

Los muchos cristianos que abandonan la Iglesia Católica desde hace años testimonian la gravedad de la situación. Con los años, la situación ha cambiado tanto y tan rápidamente, que el conflicto de interpretaciones sobre el Concilio se hace insignificante ante la magnitud de los nuevos desafíos aparecidos, que se van acumulando hasta parecer inabarcables. Hoy la problemática conciliar ha quedado desbordada por otra mucho más honda. Por eso es por lo que la situación de crisis generalizada, de abandono por parte de millones de fieles, no se da sólo entre los católicos, sino también entre las Iglesias protestantes históricas. La problemática actual está mucho más allá del Concilio. Es simplemente humana, enteramente común a católicos y protestantes, y en realidad, común a todas las religiones, aunque algunas apenas están comenzando a experimentar la crisis y sus consecuencias.

Nos guste o no, el Concilio Vaticano II no logró ser “de feliz memoria” ni de recepción pacífica, más allá de la acogida inmediata y entusiasta con que fue recibido y de la vitalidad desbordante que suscitó en su primera etapa en las bases. Pronto surgió el miedo y la oposición declarada. No se pudieron implementar mediaciones concretas para la aplicación de sus directrices a la propia Iglesia, a su reforma democrática y participativa, a temas como el celibato, la sexualidad, la colegialidad, el Papado, etc. La situación se ha complicado posteriormente porque han pasado ya más de 50 años y no han cesado de aparecer nuevos desafíos desde la cultura, a los que se ha tratado de dar respuesta desde actitudes involutivas anti conciliares, cada vez más distantes de las nuevas propuestas.

El efecto es conocido: autoexilio de muchos cristianos, diálogo de sordos entre la teología y la doctrina oficial, distancia abismal entre la Iglesia jerárquica y la vanguardia cultural de la sociedad, contradicción entre el discurso oficial y la práctica moral real de los fieles, abandono de la Iglesia, regreso de las apostasías y pérdida masiva de fieles también en América Latina. Así como Mayo 68 saltó por encima de la problemática que había planteado el Concilio y la desbordó, así el tsunami cultural actual está saltando por encima de todas nuestras polémicas, encontrándonos en un estado de extrema debilidad, por la involución y por el conflicto de interpretaciones de un evento -el Vaticano II- ya superado.

La conclusión obvia es un inmenso interrogante: ¿Es posible imaginar a corto plazo siquiera un afrontamiento -no digamos una superación- de los desafíos pendientes? ¿Qué habrá de pasar para que se pueda y dar un cambio de actitud en la Iglesia jerárquica? ¿Y qué pueden y deben hacer, mientras, los cristianos y cristianas que creen estar interpretando lo que pasa, y no quieren renunciar a su derecho fundamental primario, el derecho a ser personas de su tiempo y a vivir según su conciencia?

LA LEY SECA

Norma mediante la cual fue prohibida, desde 1919 y hasta 1933, en Estados Unidos, la fabricación, comercialización y consumo de alcoholes (vino, cerveza whisky, etc). La ley se acogió a la XVIII Enmienda de la Constitución y mediante ella el gobierno republicano intentó, desde una perspectiva puritana, dar un giro a la moralidad del país. La Ley seca no cumplió los objetivos que pretendía. Antes al contrario, la prohibición incentivó el consumo, especialmente, de alcoholes de alta graduación y se convirtió en un auténtico problema de salud pública al alentar indirectamente la destilación ilegal.

Pero sobre todo, dio alas al contrabando y al mercado negro, controlados por bandas de gánsters que hicieron de los Estados Unidos un lugar inseguro, debido a los sobornos a la justicia, a las autoridades y a la policía. El chantaje y los ajustes de cuentas entre bandas fueron algo corriente en este período. Mafiosos como Al Capone, acumularon un inmenso poder y el Estado hubo de crear unidades policiales especiales para atajar la corrupción de la propia policía (Elliot Ness). La Ley Seca fue derogada en 1931, por la Enmienda XXI de la Constitución, a iniciativa de la nueva Administración demócrata. El gansterismo, fuertemente instalado en la sociedad norteamericana, derivó sus negocios hacia otras actividades, tales como el comercio de drogas o la prostitución.

miércoles, 11 de enero de 2017

LOS PARADIGMAS DEL CONCILIO VATICANO II-PRIMERA PARTE

El Vaticano II sí constituyó una auténtica revolución. Teorías, concepciones, normas, costumbres, prácticas, ritos, fórmulas... que llevaban cuatro siglos en vigor y eran consideradas prácticamente inmutables, fueron profundamente transformadas, al dar paso la Iglesia a una nueva mentalidad, a la mentalidad moderna. En el siglo 16 la Iglesia había reaccionado negativamente contra el pensamiento moderno, que vio concretado en la Reforma Protestante, de Lutero, a la que condenó. Posteriormente, el Concilio de Trento se centró en la llamada Contrarreforma, una posición beligerantemente contraria a los valores modernos, de perpetuación de los valores antiguos y medievales y a la defensiva ante todo lo moderno. En esa situación continuaba la Iglesia a mediados del siglo 20, y ésa es la actitud que quebró, y que fue desechada sin dificultad, por el nuevo Concilio, convocado por el Papa Juan XXIII. El Vaticano II suscitó un entusiasmo general como hacía tiempo no se recordaba en la Iglesia católica. Muchos grupos, comunidades, sacerdotes y fieles abrazaron la nueva mentalidad y se adentraron por el camino de las muchas reformas que proponía. Sin embargo, tantos cambios no iban a ser fáciles. El Concilio Vaticano II dio solamente un primer paso, sin imaginar que, a partir de ahí, la Iglesia no iba a poder dejar de continuar caminando, en las décadas sucesivas, en lo que ha sido quizá el período más denso e intenso de renovación y debate interno de toda su historia. No han dejado de aparecer nuevas ideas, replanteamientos, perspectivas y desafíos. Entraron en escena nuevos paradigmas teológicos, que plantean grandes desafíos para la reflexión y la acción.

Tras varios siglos de enfrentamiento con el desarrollo de la ciencia y con la nueva conciencia de la emancipación de la humanidad frente a la tutela religiosa, el Concilio Vaticano II puede ser calificado teológicamente como la reconciliación del catolicismo con la primera modernidad. Fue un primer intento, limitado y contradictorio. Fue una reconciliación parcial -en cuanto que no se aplicó a las mismas estructuras jurídicas de la Iglesia- y fue también contradictoria, en cuanto que para llegar al consenso hubo de incurrir en ambigüedades, introduciendo concesiones a los grupos opuestos. Pero, en todo caso, significó el desbloqueo del impase que se arrastraba desde hacía siglos y fue un buen inicio para un camino que se recorrería después, despertando enorme interés y una desbordante vitalidad. El Concilio llegó muy tarde, con una demora de varios siglos en el establecimiento del diálogo con la modernidad. Los analistas sitúan después del Concilio Vaticano II la llamada revolución cultural de mayo del 68, una profunda vuelta de tuerca de la modernidad en la sociedad ya inicialmente globalizada, que planteó nuevos cambios hasta entonces no contemplados: revolución cultural, sexual y femenina, crítica al poder, al Estado, a la democracia formal, a los valores establecidos. La Iglesia católica vivió esta “revolución cultural” en plena efervescencia de la apertura conciliar. Y en primera línea, ya sin la defensa de la clásica “separación del mundo” con la que hasta entonces se había auto-protegido. Como el resto de la sociedad, no pudo tener distancia crítica para saber cuáles serían las consecuencias de aquella nueva propuesta cultural. Esto fue causa adicional e imprevista de un gran malestar en el sector conservador de la Iglesia, que achacó al Concilio la desorientación que estaba produciendo en la Iglesia la nueva revolución cultural, lo que desató una fuerte oposición interna al propio Concilio.

Muy pronto, a partir de los años 70, surgió en América Latina una nueva propuesta teológica, liderada en principio por la Conferencia de Obispos Latinoamericanos. La Teología de la Liberación quiso ser inicialmente la aplicación y adaptación del Concilio Vaticano II a la Iglesia del continente. Pero terminó siendo una reinterpretación del conjunto del Cristianismo con la introducción de tres dimensiones hasta entonces olvidadas: la historicidad -que dialogaba con la segunda modernidad-, el reino centrismo -poner en el centro, por encima de todo, por encima incluso de la Iglesia, la utopía de Jesús, que él llamaba “el Reino”, idea que desplazaba el eclesiocentrismo- y la opción por los pobres, que rompía la milenaria alianza con el poder político y económico, ruptura que fue calificada como “el acontecimiento eclesial más importante desde la Reforma Protestante”. América Latina produjo un estilo de teología que se expandiría a partir de entonces al Cristianismo universal. La Teología de la Liberación se extendió a Asia, a África y a Europa y aun hoy pervive y con entusiasmo. La envergadura y la importancia de lo que planteaba y la transformación que llevó a cabo esta teología habría podido merecer y justificar un hipotético Concilio Vaticano III. Un factor decisivo en ese momento -en principio, ajeno a lo propiamente teológico- fue la elección en 1978 como Papa de Karol Wojtyla, quien había sido precisamente líder del Coetus minor -la minoría perdedora- de los obispos cuyas propuestas resultaron desechadas en el Concilio Vaticano II. Desde el punto de vista de las consecuencias para la teología cabe resaltar el nombramiento de Josef Ratzinger como encargado de la Congregación de la Doctrina de la Fe, quien con su Informe sobre la fe comenzó una campaña de reinterpretación involutiva del Concilio, de descalificación de la Teología de la Liberación y de persecución de los teólogos más creativos.

El Vaticano II abrió tímidamente esta puerta cuando propició una superación tímida del “exclusivismo” -pensar que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación-, reconociendo que las otras religiones también tienen “algunos elementos de verdad y de salvación”. A partir del área anglosajona del mundo, y sobre todo en Asia, donde el cristianismo experimentaba severamente la sensación de ser minoría en medio de una pluralidad religiosa insuperable, surgió el paradigma pluralista, un nuevo modelo de pensamiento que reinterpreta el Cristianismo no como “la única religión verdadera”, sino como una de las muchas religiones del mundo. A esto se suma otro paradigma: el feminismo: aunque las raíces del movimiento feminista son históricamente antiguas, su gran eclosión se ha dado apenas hace unas décadas, en el siglo 20. Y aunque procede de la sociedad civil, este paradigma ha sido ya asimilado en la teología y ha calado profundamente en sectores muy amplios del pensamiento y de las bases del cristianismo, especialmente en una gran mayoría de cristianas, tanto laicas como religiosas. El paradigma feminista, auxiliado por los cada vez más numerosos estudios de género, ha mostrado hasta qué punto el cristianismo tradicional está influido por la ideología patriarcal, con la consiguiente marginación y minusvaloración de la dimensión femenina y de sus valores a todos los niveles, desde la imagen misma de Dios, hasta la organización de toda la vida cristiana. A nivel teórico, los logros de este paradigma son ya irreversibles y es en el nivel práctico, el nivel de la implementación de sus consecuencias en la vida eclesial, donde casi todo sigue por hacer. También en este caso, un cambio de paradigma tan profundo como propone el feminista, bien merecería en tiempos sanos todo un Concilio ecuménico, expresamente convocado para acogerlo con la profundidad y la coherencia necesarias.

¿MARIOLOGÍA O ESPERANZA DEL PUEBLO QUE SUFRE?-PRIMERA PARTE

El capítulo 12 del Apocalipsis describe una impresionante visión en la que una Mujer está a punto de dar a luz, mientras un dragón rojo busca devorar al niño en cuanto nazca. El relato dice así: “Un gran signo apareció en el cielo: una Mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita con los dolores del parto, por el sufrimiento de dar a luz. Luego apareció otro signo en el cielo: un gran Dragón Rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y con una corona en cada una de sus cabezas. Con la cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las lanza sobre la tierra” La tensión de la escena aumenta en el párrafo siguiente: “El Dragón se detuvo justo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo tan pronto como naciera. Y la Mujer dio a luz un hijo varón, el cual ha de gobernar a todas las naciones con cetro de hierro. Pero su hijo le fue arrebatado y llevado ante Dios y ante su trono. Y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un lugar, para ser allí alimentada durante 1.260 días” (12:1-6).

Los que han leído alguna vez esta página del Apocalipsis se han preguntado: ¿quién si no la Virgen María puede ser esta mujer que aparece radiante en el cielo, brillando como el sol y rodeada de las estrellas y la luna? ¿A quién más puede referirse aquí el autor, si hasta dice que su hijo es el Mesías que va a gobernar a todas las naciones, es decir, Jesucristo? Así razonaron durante siglos los intérpretes de la Biblia. Incluso los Santos Padres al comentar este capítulo veían, en esa Mujer, la figura escondida de María. Y en esta interpretación se basaron los artistas y los pintores cristianos que más tarde representaron a María en sus obras de arte. Pero actualmente los biblistas ya no piensan así. Han encontrado algunas imprecisiones e incoherencias en esta opinión. En primer lugar, el Apocalipsis dice más adelante que cuando el Dragón vio frustrada su intención de devorar al niño, “se fue a hacer la guerra al resto de los hijos de la Mujer” (12:17). ¿Cuáles son los otros hijos que tuvo María? Además, el libro describe a la Mujer gritando y sufriendo terribles dolores de parto. Jamás la tradición de la Iglesia presentó a María (ni en cuadros, ni en relatos, ni en iconos, ni en pinturas, ni de ninguna manera) con dolores de parto (aun cuando debió haberlos tenido). ¿Por qué aparece aquí representada de un modo tan inusual?

Otro detalle extraño del relato es que, apenas la Mujer dio a luz al niño, este fue llevado inmediatamente al cielo para que el Dragón no pudiera devorarlo. ¿Cómo puede decir aquí, si se refiere al parto que María tuvo en Belén, que Jesús murió apenas hubo nacido? También cuenta que la Mujer huyó al desierto para ser cuidada y alimentada por Dios. Pero ¿cuándo huyó la Virgen María al desierto, si las noticias que tenemos sobre ella nos informan que después de la muerte de Jesús permaneció en Jerusalén viviendo en tranquila oración junto a los apóstoles (Hch 1:14)? Vemos, pues, cómo los estudiosos encuentran hoy serios problemas cuando quieren identificar a la misteriosa Mujer del capítulo 12 con María. Y hay otras dificultades, como por ejemplo, ¿por qué el autor del Apocalipsis describe a María vestida de sol, con una corona de estrellas y la luna a sus pies, en una época en que María aún no era venerada ni honrada por la Iglesia como lo es hoy? ¿Qué tiene que ver María con las águilas, para que diga que le dieron a ella dos alas de águila cuando huyó al desierto (12:14)?

Estas razones han hecho que hoy los biblistas busquen una interpretación más segura para identificar a la Mujer del Apocalipsis. Ante todo, debemos notar que el autor al presentarla comienza diciendo: “Un gran signo apareció en el cielo”. Por lo tanto, de entrada nos advierte que la Mujer que va a aparecer no es una mujer real, sino un signo, es decir, simboliza algo. Pero ¿a quién? Ahora bien: cada vez que en el Apocalipsis aparece una mujer, en realidad se trata de una ciudad, o de un pueblo, o de un grupo humano personificado. Por ejemplo, la gran Prostituta vestida de púrpura (17:1-4) simboliza la ciudad de Roma (17:18). La Novia bajada del cielo (21:2) simboliza Jerusalén (21:10). La profetisa Jezabel (2:20) simboliza una secta peligrosa de la ciudad de Tiatira. Por lo tanto, la mujer vestida de sol debe ser también un grupo, no una persona. ¿Pero qué grupo? La respuesta acertada es: el pueblo de Israel. Y entonces sí, los detalles misteriosos que no encajaban al imaginar que la Mujer representaba a la Virgen María, se aclaran y encuentran su explicación. Si la Mujer del Apocalipsis es el pueblo de Israel, se entiende por qué aparece vestida de sol y con la luna a sus pies: porque así se solía describir a Jerusalén en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, el libro de Isaías dice: “Tu sol no se ocultará jamás, ni tu luna perderá su luz, porque yo, el Señor, seré tu luz eterna” (60:20). Y también: “La luna te alumbrará como el sol, y el sol te rodeará siete veces más fuerte” (30:26). Y en el Cantar de los Cantares se lee: “¿Quién es esta que se asoma, hermosa como la luna y radiante como el sol?” (6:10). Todos los lectores sabían, pues, que se hablaba de Jerusalén.

Se entiende, además, por qué lleva una corona de doce estrellas en la cabeza. Porque las doce estrellas representan a la mentalidad judía las doce tribus del pueblo de Israel (Gn 37:9). También se aclara ahora por qué la Mujer llevaba un niño en su vientre y daba a luz en medio de fuertes dolores de parto: la metáfora del alumbramiento es muy empleada en el Antiguo Testamento para referirse al pueblo de Israel cuando atravesaba situaciones difíciles en su historia. Así, leemos en Isaías 26:17: “Como mujer encinta cuando llega al parto, que se retuerce y grita en sus dolores, así éramos nosotros”. Y en Isaías 42:14: “Como una mujer en medio del parto grito, gimiendo y jadeando entrecortadamente”. Y el profeta Miqueas exclama: “Retuércete y grita, ciudad de Sión, como una mujer con dolores de parto” (4:10). Se trata, pues, de una imagen muy usada por los antiguos profetas. Y al ser el pueblo de Israel (y no la Virgen María) la Mujer del Apocalipsis, se entiende por qué aparece dando a luz a Jesucristo (v.5): porque Jesús es descendiente del pueblo hebreo y, por lo tanto, hijo de esta “Mujer”. Con esta interpretación se aclara, además, la curiosa presentación que el libro hace de la vida de Jesucristo. Dice que apenas nace, el Niño sube al cielo (en la Ascensión), como si los años que vivió y predicó Jesús en la tierra no hubieran tenido ninguna importancia. Pero si esta Mujer es simbólica (el pueblo de Israel), entonces aquí puede tratarse del nacimiento simbólico de Jesús: su resurrección, es decir, su nacimiento a la vida eterna, como enseñaban los primeros apóstoles. Por lo tanto, lo que el autor está contando es cómo Jesús, luego de nacer —no en Belén, sino en su resurrección— fue llevado al cielo. Por esto no podía incluir los años de su vida pública entre estos dos acontecimientos.

Ariel Alvarez Valdez
Biblista

EL VALOR DE LAS DEVOCIONES

¿Qué devoción es “más valiosa”, la del Gauchito Gil o la de la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús, tal el nombre completo de la virgen “salteña” que se presenta ante la visión de la señora María Livia en Tres Cerritos, provincia de Salta?, devociones muy fuertes aquí en Argentina. No estamos preguntando cuál tiene mayor cantidad de devotos ni cuál está más extendida en el país, sino, cuál es “por sí” más valiosa, cuál contiene mayor grado de legitimidad en sí misma, cual refiere con mayor “pureza” al núcleo fundamental de lo cristiano. Nos referimos a dos sujetos-objetos de culto que no pertenecen al devocionario oficial de la Iglesia. Pero uno de ellos, sin embargo, es ni más ni menos que la Virgen, mientras que el otro es un personaje histórico-mítico que, bien presumiblemente, nunca constará en el santoral.

En una primera observación, o mejor, desde un primer punto de vista, resultaría obvio que la Virgen es por sí más valiosa que el Gauchito. Se trate o no de una advocación oficializada, la Inmaculada Madre del Corazón Eucarístico de Jesús le gana por lejos, en títulos y honores, al pobre de Antonio Mamerto Gil Núñez, recluta desertor que beneficiaba a los pobres con el dinero que le robaba a los ricos. Antes de avanzar en el desarrollo de alguna respuesta, convendría verificar la viabilidad misma de valorizar las devociones, es decir, preguntarnos si existen criterios de cierta objetividad que permitan establecer devociones más valiosas que otras.

¿Es más “valiosa” la devoción por San Cayetano que por San Antonio? ¿Es más valiosa la devoción por la Virgen de Luján que la suscitada por la del Rosario de San Nicolás?, parecen preguntas absurdas. Demos un paso hacia atrás: que son las devociones. Podríamos caracterizarlas como vínculos afectivos en el ámbito de la fe. Se trata de asociaciones vitales con personas que han dejado este mundo y que gozarían de la gloria divina. Y aunque en algunos casos se trata de personas de reconocida e inmediata existencia histórica, en muchísimos casos (¿la mayoría?) los devotos no tienen más constancia que la que otorgan los relatos y la transmisión generacional de las creencias. Se puede, incluso, ir un poco más allá. En la generalidad de la actitud devocional, no cabe preguntarse sobre la historicidad del sujeto-objeto de culto o devoción. No son sus coordenadas histórico-biográficas las promotoras de ese vínculo afectivo, sino lo que de él se ha escuchado en relación a sus características (reales o construidas), a las manifestaciones de su poder (“es muy milagrosa/o”) y, finalmente, la propia experiencia personal amasada en ese vínculo.

Para expresarlo en ejemplos concretos. Se carece de documentación histórica fehaciente de no pocos sujetos de devoción (San Jorge, San Expedito, San Sebastián y tantos otros) lo que no obsta no sólo para que exista la devoción popular, sino incluso, para que su veneración esté oficializada en el culto católico. Lo mismo podría decirse de multitud de advocaciones marianas surgidas de apariciones, visiones o milagros. Todas ellas son improbables (imposibles de probar en sentido moderno), pero eso no importa a sus seguidoras y seguidores. Ahora bien, si lo nuclear de las devociones no se afirma en la “realidad” del sujeto-objeto de devoción, es porque tienen su anclaje en las características o valores que se le atribuyen a ese sujeto-objeto, independientemente de que las haya tenido, e independientemente de que haya existido.

Pero esto no es nuevo, ya en el año 494, el papa Gelasio I canonizó a San Jorge como uno de esos hombres que “son justamente reverenciados, pero cuyos actos sólo son conocidos por Dios…”. Lo que podría traducirse más o menos así: “no sabemos qué cosas hizo este buen varón, lo único que sabemos es que es justamente reverenciado…” ¿Y cómo se afirma que es “justamente reverenciado” si no se sabe qué cosas hizo? Sencillo: lo reverenciable son las características personales que se le atribuyen, no las que efectivamente haya tenido, que son precisamente las que se desconocen. De lo dicho, entonces, surge una primera constatación: si las devociones fueran pasibles de graduación valorativa, no lo serían en razón del sujeto, que podría no existir ni haber existido nunca. (A no ser que fuese ese el criterio valorativo, con lo que se caería buena parte del santoral y buena parte de las advocaciones marianas por la improbabilidad de su verificación). Si quedase algún criterio, no siendo el de la calidad histórica de la persona venerada. Habrá de ser el de los “valores” que esa persona representa y en todo lo que se construye –o deconstruye– en torno de ella. Así, volviendo al ejemplo primero, no importaría demasiado si la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús se le ha hecho realmente visible y/o audible a la señora María Livia, como tampoco importarían demasiado los datos biográficos del Gauchito Gil.

Lo que sí sería importante, y mucho, es qué cosas despiertan cada una de esas devociones, qué movilizan, cómo se estructuran religiosa y socialmente, cuánto y cómo aportan a la construcción del Reino, centro de la prédica de Jesús. Dicho en otros términos, lo importante no es el símbolo sino lo simbolizado, pues todo símbolo de “lo santo” o sagrado, es una referencia al horizonte último, a lo que da sentido a la conciencia creyente. Y el sujeto-objeto de devoción, considerado ahora como objeto, no es otra cosa que un símbolo de esa ultimidad, símbolo de Dios; o mejor, de alguno de sus aspectos. ¿No es esto mismo lo que se hace con la lectura crítica de la Biblia? Un repaso por las devociones populares más significativas nos muestra un dato de suma importancia: en términos generales, refieren a cuestiones humanas de primer orden: el trabajo, el alimento, la salud, la justicia, la familia, la procreación, la patria, la tierra… Sólo las menos, en especial algunas cristológicas y algunas de las marianas, reflejan anhelos o búsquedas estrictamente “espirituales” (sanación interior, paz, serenidad…), lo cual también coincide con la expectativa más hondamente humana de una libertad, un goce y una felicidad que trasciende las contingencias. Podría decirse que en las devociones populares se verifica aquello de que “cuanto más humano, más divino”.

Esto no ocurre por acaso, es el resultado de un extendido proceso sapiencial. Es que las devociones, en tanto símbolos de aspectos divinos, reflejan la imagen que se tiene de Dios, tanto personal como colectivamente. San Cayetano, por poner un ejemplo bien conocido, no podría ser el patrono del pan y del trabajo si previamente no estuviese la imagen de un Dios que efectivamente quiere pan y trabajo para todos sus hijos. En este caso, San Cayetano –más allá de su biografía– se constituye en el símbolo de ese aspecto de Dios. Desde esta lógica comprensiva, bien podría decirse: “Dime en qué Dios crees y te diré cuáles son tus devociones…”, también puede afirmarse que el “Abba” es el símbolo por excelencia del Dios en que creía Jesús. ¿Puede decirse que alguna devoción sea más “valiosa” que otra?, es preciso aclarar que no se trata aquí de juzgar las vivencias subjetivas, siempre insondables y dignas del mayor de los respetos; sagradas, además, cuando se refieren al vínculo con lo divino. Se trata, sí, de verificar cuál es la imagen de Dios que se manifiesta en cada devoción particular y cuánto coincide con el Dios de Jesús. Podrá alegarse que el Dios de Jesús (“quien me ve a mí ve al Padre…”) también es susceptible de diversidad interpretativa. Y es verdad. De hecho, en la Iglesia que es “una” hoy conviven muchas iglesias, y en gran medida, por esa diversidad de interpretación que ni el mismo magisterio ya es capaz de contener. No porque no lo intente, pero sí, porque la pluriformidad que genera la vitalidad cristiana (tanto en lo popular como en la elites) ha ido erosionando las vallas de contención y construyendo causes más o menos ajenos a la letra institucional.

Desde esta comprensión aquí planteada sobre lo nuclear de las devociones, ¿puede afirmarse que la devoción por la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús es más valiosa que la del Gauchito Gil sólo porque se trata de la Madre de Jesús? Es obvio que no, que ese no puede ser el criterio prevalente, que por allí iríamos en mal camino. Pero tampoco podemos decir que sea menos valiosa sólo porque del Gaucho Gil haya evidencias de su existencia histórica mientras de que esa advocación no tenemos evidencia de su aparición manifestación real. Lo que sí es posible, como ya se dijo, es hurgar en la imagen de Dios que cada uno de estos símbolos expresa. Lanzarse a esa tarea, hecha en profundidad, supondría un trabajo de investigación y de síntesis impropio, intentaremos, no obstante, algunas breves pinceladas que puedan servir a modo de ejemplo:

• Antonio Mamerto Gil Núñez, el Gauchito

De origen correntino, tal vez haya nacido en 1840. Participó en la Guerra de la Triple Alianza y después fue alistado para los “celestes” (liberales) en la guerra civil contra los “colorados” (autonomistas). Se dice que hastiado por eso de andar matándose entre hermanos resolvió desertar. El 8 de enero de 1878 (fecha incierta) fue apresado por una partida al mando del coronel Zalazar que debía trasladarlo a Goya para su juicio. Inmediatamente, muchas personas del pueblo tramitan un perdón ante las autoridades militares y lo consiguen. Pero esa orden no llega a tiempo. Ya estaba en marcha la estrategia habitual de entonces, no tan distinta a la que conocemos de épocas más recientes: simular una fuga para deshacerse del prisionero. Se cuenta que antes del disparo final, Antonio Gil le dirigió unas palabras al sargento ejecutor: “Tu hijo está muy grave y se está muriendo. Cuando vuelvas a tu casa verás que es cierto lo que te digo… Pero no te preocupes, mi sangre de inocente intercederá ante Dios para que se salve. Es sabido que la sangre de inocentes sirve para hacer milagros.”
Y así fueron las cosas. Sanado el niño “milagrosamente”, su padre –el sargento ejecutor– construyó una cruz de ñandubay (árbol de madera dura, muy apreciado para hacer postes de sostén a los alambrados), y la llevó en sus hombros hasta el lugar del martirio. Allí la dejó, allí agradeció y pidió perdón. Por eso cada 8 de enero, peregrinan hasta esa cruz más 200.000 personas cada año.

• Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús
En 1990, la señora María Livia Galeano de Obeid, habría tenido las primeras apariciones. Sus relatos son singulares. Dice que apenas comenzados estos encuentros sobrenaturales, la Virgen le pidió que la acepte en su casa, que la haga reina de su hogar, que le entregue a sus hijos y que la acepte para siempre en el “medio” entre ella y su esposo. A partir de 1995, estas apariciones y audiciones se extienden a Jesús: “Yo soy el sacratísimo corazón eucarístico de Jesús, adoradme perpetuamente en reparación... Adoradme y honradme por sobre todas las cosas en reparación y desagravio por los ultrajes, olvidos y sacrilegios que diariamente se cometen en el mundo entero al Sacramento de mi Divino Amor...”

Los mensajes que la señora María Livia refiere de la Virgen son muchísimos. Transcribimos a continuación parece sintetizar lo nuclear de ese conjunto: “Hoy quiero protegerlos del maligno, Satanás obra, él tratará de dominarlos inclusive a través de personas, aún de las que están en la Iglesia, Satanás y sus espíritus malignos, no se darán a conocer fácilmente sino que se encubrirán con piel de corderito, y sutilmente sembrarán el mal, él atacará a la Iglesia y a todos los lugares donde se enseñe la Palabra de mi Divino Hijo Jesús, se instalará en esos lugares para tratar de perderlos y en su trampa mortal pueden caer muchos, especialmente los que no vigilen la entrada de su corazón por eso les pido permanentemente, el ayuno, la oración, la penitencia, mortifiquen el cuerpo para fortaleceros interiormente, os hablo a todos, permanezcan vigilantes porque Satanás los vigila y espera siempre la oportunidad para perderlos... Os digo esto, no para atemorizarlos, sino para prevenirlos, prepárense así como se prepara la tierra para la siembra, día a día con constancia, alaben a Dios en cada cosa que hagan, bendigan el Nombre del Señor...” (22/03/1995).

En marzo de 2000, la Virgen pide que se le construya un santuario en un lugar elevado. Se le concede el pedido construyendo una ermita en un cerro ubicado en el barrio “Tres Cerritos” de la ciudad de Salta. Desde entonces, y en peregrinaciones cada vez más numerosas, los días sábados llegan a lugar miles de personas que son recibidas –en nombre de la Virgen por la señora María Livia acompañada de su esposo y de un importante número de servidores voluntarios. Allí transcurren en jornada de rezos hasta que la vidente realiza la esperada oración de intercesión tocando el hombro de cada uno de los peregrinos. Se relatan cantidad de milagros y de situaciones “asombrosas”. No son pocos los peregrinos que caen “dormidos” al instante de ser tocados por la señora María Livia.

En función del criterio establecido más arriba, podemos afirmar que la devoción por el Gauchito Gil es más “valiosa” que la devoción por la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús. Insistimos y que no se malentienda, a la dimensión subjetiva, es decir, a la vivencia personal y profunda de cada uno de los devotos. Ese aspecto es inmedible, sólo por los frutos se lo conoce… Nos referimos a la consistencia evangélica de los relatos que les dieron origen y a la imagen de Dios que manifiestan estos símbolos. El primero refiere directamente a la solidaridad, a las asimetrías en las relaciones de poder, al valor de la sangre derramada, a la redistribución de los bienes materiales, a la construcción de una sociedad justa y sin fratricidios, a un Dios que apuesta por la vida aún desde el dolor de los inocentes… Una suerte de Evangelio encarnado desde un personaje semimítico que ayuda a redescubrir –simbólicamente, en su lenguaje y con sus limitaciones– la hondura del mensaje de Jesús.

El segundo, en un idioma medieval, refiere a un Jesús que se predica a sí mismo y que exige desagravios hacia su persona. Muestra a un Dios más preocupado en su honra y dignidad que de los procesos de humanización. Muestra a un Dios de intereses dogmático-preceptúales (eucaristía, confesión…) antes que evangélicos (construcción del Reino), es decir, más interesado por los medios que por los fines. Muestra a un Dios que está “arriba” (como “elevado” debía ser el lugar en el que se instale el santuario), al que sólo acceden la almas, no las personas; muestra a un Jesús muy extraño que se olvidó de la parábola del juicio final (Mt 25,31) y que ahora promete salvación eterna a quien “honre cada lágrima que por vosotros derramé… rezando todos los días cinco Padrenuestros, cinco Avemarías y cinco Glorias…”.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Nº 276 – Marzo - Abril 2009