martes, 27 de octubre de 2015

ESTADO DE LOS DEMONIOS - PRIMERA PARTE

¿En qué piensa un demonio?
Todo ángel caído conserva la inteligencia de su naturaleza angélica. Y con ella sigue conociendo. Conoce e indaga con su mente el mundo material y el espiritual, el mundo real y el conceptual. Como ser espiritual, eminentemente intelectual, no hay duda de que esta profundamente interesado por las cuestiones conceptuales. El sabe muy bien que la Filosofía es la más elevada de las ciencias. Incluso sabe que la Teología está por encima de la Filosofía; pero odia a Dios. En el conocer encuentra placer, pero también sufrimiento. Sufre cada vez que ese conocimiento le lleva a considerar a Dios. Y el demonio percibe continuamente el orden y la gloria del Creador en todas las cosas. Hasta en las cosas aparentemente más neutras, él encuentra el reflejo y el recuerdo de los atributos divinos.

Pero el demonio no está siempre en cada instante sufriendo. Muchas veces simplemente piensa. Sólo sufre en ciertos momentos, cuando se acuerda de Dios, cuando se vuelve a hacer consciente de su miserable estado, de su separación de Dios, cuando le remuerde la conciencia. Unas veces sufre más, otras menos, su sufrimiento no es uniforme. Aunque estas variaciones se dan según la intensidad que marca la deformidad moral propia de cada demonio. Sería bastante horrible pensar en los demonios como seres permanentemente en sufrimiento, cada instante, cada momento. La separación de Dios produce sufrimiento por toda la eternidad, pero es el sufrimiento del alejamiento, no es el sufrimiento de una máquina de tormento en acción constante. El demonio ni está tentando siempre, ni está retorcido de dolores espirituales siempre.

¿Cuál es el lenguaje de los demonios?
El lenguaje de los demonios es exactamente el mismo que el de los ángeles. Los ángeles no necesitan ninguna lengua, ningún idioma para comunicarse entre ellos, pues se comunican entre sí con especies inteligibles. Las especies inteligibles son los pensamientos que se transmiten entre ellos. Nosotros nos transmitimos palabras, ellos se transmiten directamente pensamiento en estado puro, sin necesidad de mediaciones sensibles o de signos. Las especies inteligibles pueden ser comunicación de razonamientos, de imágenes, de sentimientos, etc. La transmisión de estas especies inteligibles es telepática. Se produce a voluntad. Y puede dar lugar a diálogos como los que tenemos los hombres. Las inteligencias humanas nos comunicamos nuestros razonamientos a través de palabras que son signos. Los espíritus angélicos pueden comunicar entre sí pensamiento en estado puro.

¿Dónde están los demonios?
Tanto las almas de los condenados como los demonios no pueden ubicarse en las coordenadas del espacio. Tampoco se puede decir que están en otra dimensión. ¿Qué significa estar o no estar en una dimensión para un espíritu? Simplemente no están en ningún lugar. Existen, pero no están ni aquí, ni allí. Se dice que un demonio está en un sitio cuando actúa en un sitio. Si un demonio está tentando a alguien aquí, se dice que está aquí. Si un demonio posee un cuerpo allí, se dice que está allí. Si un demonio mueve una silla en un fenómeno poltergeist, se dice que está en ese sitio concreto. Pero en realidad no está allí, simplemente está actuando allí.

El infierno, el cielo y el purgatorio son un estado. Después de la resurrección los cuerpos de los condenados sí que estarán en un sitio concreto, y por eso el infierno será un lugar. Los cuerpos de los bienaventurados también ocuparán lugar. Por eso en la Biblia se dice: “…y vi un cielo nuevo y una tierra nueva”, Ap. 21, 1. De ahí que los bienaventurados habitarán en la tierra restaurada de nuevo tras la destrucción que se narra en el Apocalipsis. Puesto que los bienaventurados habitarán corporalmente en esta tierra ¿dónde estarán los hombres condenados? Nada se puede afirmar con seguridad. Algunos piensan que su lugar estará en el centro de este mismo mundo.

¿Puede un demonio hacer algún acto bueno?
El demonio no está siempre haciendo el mal, muchas veces simplemente piensa. Y en ello no obra mal alguno, es un mero acto de su naturaleza. Sin embargo, el demonio no puede hacer actos morales sobrenaturales. Es decir, no puede hacer un acto de caridad, de arrepentimiento sobrenatural, de glorificación sincera de Dios, etc. Pues para realizarlos se necesita una gracia sobrenatural. Puede glorificar a Dios, pero a la fuerza, no porque quiera hacerlo. Puede arrepentirse de haberse alejado de Dios, pero sin pedir perdón, reprochándose tan solo el mal que le ha sobrevenido de esa acción, pero sin dolor de haber ofendido a Dios. Y así puede hacer otros muchos actos naturales con su inteligencia y su voluntad. Pero el demonio nunca mostrará la más mínima compasión, ni el más pequeño acto de amor hacia nadie. Su corazón sólo odia, es insensible al sufrimiento de los demás.

Extracto del libro
“Tratado de Demonología y Manual de Exorcistas”
Del P. José Antonio Fortea

NUESTRA SEÑORA DE SCHOENSTATT


María es venerada en Schoenstatt bajo esa advocación y el nombre “Madre tres veces Admirable” (en latín Mater ter Admirabilis, y abreviado MTA), proviene de Ingolstadt, al sur de Alemania. En el siglo XVI, época de la reforma protestante, los miembros de la Congregación Mariana de Ingolstadt habían actuado activamente y con gran fecundidad en la defensa y propagación de la fe católica.

En esa Congregación veneraban a María como “Mater ter Admirabilis”. En la época de la fundación de Schoenstatt, los jóvenes que habían sellado la Alianza de Amor, querían ser para su tiempo lo que aquellos congregantes marianos de Ingolstadt habían sido para el suyo, por eso quisieron tomar el nombre de su advocación y venerar a María como “Madre tres veces Admirable de Schoenstatt”.

En un sentido más amplio, podemos afirmar que la expresión “tres veces Admirable” significa: muy admirable o admirable por múltiples motivos. Por ejemplo, como Madre de Dios, Madre del Redentor y Madre de los redimidos. O como Madre de la fe, de la esperanza y de la caridad, etc.

Más tarde, en 1939, se añadió al nombre oficial de la Virgen de Schoenstatt la palabra: "Reina". Schoenstatt era perseguido por la dictadura nazi. El Padre Kentenich comparó esta lucha, en su momento, al enfrentamiento del pequeño David con el gigante Goliat. Surgió entonces en las filas de Schoenstatt una corriente de coronación: reconocer que María, en la Alianza de Amor, no sólo es Madre, sino que también tiene poder de Reina y, como tal, puede contar –más allá de nuestro desvalimiento humano– con nuestra fidelidad de aliados e instrumentos suyos, también en las circunstancias más difíciles.

El título de "Victoriosa" surgió hacia el final de la vida del Padre José Kentenich, en 1966. Después de 14 años de haber sido separado de su Obra por la Iglesia, el Papa Pablo VI declaró su rehabilitación al final del Concilio Vaticano II, y así el Padre Kentenich pudo regresar a Schoenstatt. En medio de todas las oscuridades que debieron atravesar el Padre Kentenich y su Obra en los años anteriores, siempre lo movió una total confianza en la victoria final de la Santísima Virgen. Por eso, en reconocimiento al poder vencedor de María en la historia de la Obra de Schoenstatt, quiso que, en adelante, al título de Madre y Reina de Schoenstatt se añadiese el de "Victoriosa".

María, como nuestra Reina, a quien nos entregamos como aliados e instrumentos, se manifiesta en nuestra vida como la gran victoriosa que vence todos los poderes del mal y nos intercede las gracias que necesitamos para llegar a la plenitud de hijos de Dios. De allí surge la advocación completa: Madre, Reina y Victoriosa tres veces Admirable de Schoenstatt.

martes, 20 de octubre de 2015

NO SOMOS UNA IGLESIA PARA LOS PUROS, NUESTRA REGLA ES EL AMOR

Entrevista realizada por el periodista Andrea Tornielli del portal “Vatican Insider” con el cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington: «Es el Sínodo más libre en el que he participado; la sospecha de manipulaciones es absurda. Los que manifiestan estas sospechas tienen la vista nublada»

«No somos una pequeña Iglesia solo para los puros, la regla de la comunidad cristiana es el amor». Lo afirma, a la vigilia del inicio de la última semana del Sínodo de los obispos sobre la familia, el cardenal estadounidense Donald Wuerl, arzobispo de Washington y miembro de la comisión de los diez padres sinodales encargados de redactar la relación final que será sometida al voto del próximo sábado 24 de octubre. Original de Pittsburgh, Pennsylvannia, Wuerl nació en 1940 y fue ordenado en 1966; veinte años más tarde fue nombrado obispo por Juan Pablo II. Después de pasar dos años en Seattle fue transferido a su ciudad nata y en 2006 Papa Ratzinger lo eligió como guía de la disecáis de Washington y lo creó cardenal en 2010.

¿Cómo describe su experiencia de padre sinodal con los nuevos procedimientos?
El primero Sínodo al que asistí fue el primer Sínodo, de 1967. Yo era entonces secretario de uno de los obispos que participaban. Después fui miembro, como obispo, de siete Sínodos, y, con base en mi experiencia, puedo decir que este Sínodo permite que los obispos tengan más tiempo para hablar entre ellos. Este cambio fue la respuesta del Papa a una petición de los obispos durante todos esos años: la de pasar menos tiempo escuchando las intervenciones en la asamblea, y de tener más tiempo para la discusión libre en los grupos lingüísticos. Francisco hizo esto siguiendo las recomendaciones del Consejo del Sínodo.

¿Por qué eran necesarios estos cambios?
Ahora, la mayor parte del tiempo no se pasa simplemente escuchando, sino también discutiendo entre nosotros. Y luego hay otra cosa que representa un paso más: la idea de haber tenido dos Sínodos sobre el mismo argumento, a un año de distancia el uno del otro, permitió continuar el trabajo, involucrando y haciendo que toda la Iglesia participe. Así, como base de esta asamblea tuvimos el «Instrumentum laboris», que representa toda la discusión interna de la Iglesia. Y en los «circuli minores», los grupos lingüísticos, se preparan relaciones comunes. Me gustaría subrayar que los moderadores y los relatores de cada grupo son elegidos por nosotros. En nuestro círculo lingüístico, el relator, después de haber preparado un resumen, lo hizo circular para que lo revisemos otra vez. Me parece democrático. Después, los relatores de los trece «circuli minores» deben buscar entre sí un consenso sobre los elementos comunes que han surgido en los diferentes grupos. Y luego está la comisión de diez personas para la relación final. No es posible que la idea de una sola persona pueda manipular a todos los demás.

¿Qué le parece la carta, firmada también por tres cardenales que son estrechos colaboradores del Papa en la Curia romana, en la que se ponía en duda la honestidad y la transparencia del proceso sinodal tal y como lo estableció el mismo Pontífice?
Responderé con una frase que me dijo una persona del gobierno de mi país. Me dijo: «Si esto sucediera en la administración de los Estados Unidos, con un ministro que se opusiera al Presidente y dijera que el Presidente está manipulando el País, no creo que obtendría la misma respuesta gentil». No vi esa carta, leí la versión que fue publicada. Yo solo sé que la acusación de manipulación es absurda: con el proceso que he descrito, ¿cómo es posible manipular a 270 participantes, que eligen relatores y moderadores, y que además votan? Los que lo afirman esto tienen una vista bastante nublada. Es como los que sufren de ictericia y ven todo amarillo. Le cuento una historia: cuando trabajaba aquí en Roma, hace muchos años, en un rincón de la Vía de la Conciliazione, había una heladería y el dueño, que se llamaba Cesare, era muy anti-clerical. Cada vez que pasaba le decía: «Buenos días», y él nunca me respondía. Una vez me detuve y le di los buenos días. Me preguntó que por qué lo saludaba siempre. Le respondí: «Cesare, si no lo hubiera hecho, tú le habrías dicho a tu esposa: ‘Mira a ese sacerdote que pasa por aquí todos los días y nunca saluda’». Como en el caso del que estamos hablando: parece que no hay nada que pueda cambiar nuestras convicciones.

Más allá de las diferencias sobre posibles soluciones a los diferentes problemas, parece surgir en diferentes intervenciones un enfoque pastoral que no se limita a la enunciación de la doctrina. ¿Es así?
Siempre hemos dicho: presenta la enseñanza de la Iglesia con claridad, y luego, como pastor de almas, trabaja con la persona en la situación en la que se encuentra esa misma persona. Hay que estar cerca de las personas y comprender lo que la persona logra escuchar. Si uno no entiende, te ofreces para ayudarlo a entender. Los padres tratan de hablar de forma sencilla y clara a sus hijos, pero, si alguno no entiende, no le dicen que ya no forma parte de la familia. No puedes comenzar diciendo que ya no es parte de la familia. El corazón de la discusión en el Sínodo es esto: verdad y amor son dimensiones de la misma realidad divina. La Palabra, la Verdad se hizo carne. No podemos decirle a alguien: ¡fuera! Hay que ir a su encuentro, escucharlo para saber cómo decir lo que quieres decirle para poder hacerte escuchar. Y de esta manera poder acercarlo a Jesús. Esto es lo que hace un pastor. Es el mensaje del Evangelio de hoy: Jesús vino para servir y dio su vida por nosotros que no somos perfectos. Muchas personas responden positivamente a Papa Francisco y demuestran mucho afecto por él, aunque estén alejadas de la Iglesia católica, porque perciben la misma actitud de Jesús. Este es el objetivo de nuestro servicio. Creo que comprenderemos cada vez más que Papa Francisco es un don de Dios para el tiempo en el que estamos viviendo. Los fieles ven en el Papa una invitación para acercarse a Dios. Cuando era rector del seminario, explicaba que nosotros podíamos dar cualquier indicación a los seminaristas solamente después de haberles explicado y hecho comprender que nosotros los cuidábamos, que queríamos su bien. EL amor, no la ley, es la arquitectura de la comunidad cristiana. Jesús ofreció testimonio de esto sobre la cruz. No somos una Iglesia pequeña para los puros.

En relación con la cuestión más controvertida relacionada con posibles aperturas, bajo determinadas condiciones, sobre la concesión de los sacramentos a los divorciados que viven una segunda unión, ¿cómo cree que podría concluir el Sínodo?
No sé cuál será el resultado. Pero ya hemos obtenido un resultado, un verdadero paso positivo: está claro que Papa Francisco quiere una Iglesia en la que las preocupaciones de todos sean escuchadas. No sé qué sucederá al final de esta semana. Me parece que el resultado del Sínodo es decir a todo el mundo que en la Iglesia católica se puede discutir y que el principio del amor de Dios es la norma. Debemos comprender cómo acercar a las personas a Dios.

A 34 años de la «Familiaris consortio» ha cambiado mucho en la sociedad y en la forma de vivir la familia…
Pasamos todo el tiempo en el Sínodo de 2012 para comprender cómo había cambiado el mundo: secularismo, relativismo, materialismo, individualismo. Hablamos sobre los tsunami de la secularización que ha cambiado completamente el rostro de la cultura occidental. El Papa nos invita a interrogarnos. Aunque haya un pequeño grupo que diga: «no podemos ni siquiera hablar de esto».

Usted acaba de recibir al Papa en Washington. ¿Qué le sorprendió de sus mensajes?
Francisco llamó a los americanos a sus propios valores, no fue a decirnos: «Tienen que hacer esto o aquello». Nos dijo: «Ustedes son una nación que dice que estos son valores que hay que seguir». Esto sorprendió a todos. No fue para señalar con el dedo, no condenó, sino que fue a recordarnos lo que nosotros decimos que somos como americanos. Fue bello que directamente desde Capitol Hill, después del discurso al Congreso, es decir el lugar del poder de nuestro país, haya ido a ver a los sin techo y a las personas que los ayudan, a solo seis calles de distancia. Francisco nos recordó lo que deberíamos ser.

Después de la realidad del viaje, una semana después volvió justamente esa polarización que Francisco pedía superar, con las polémicas mediáticas después de dos saludos que se llevaron a cabo en la nunciatura de Washington.
Francisco habló, la gente respondió. Después llegaron esas polémicas, que reflejaban otra mentalidad, el intento de dividirnos los unos de los otros, de condenarnos recíprocamente. Se vio el contraste entre el mensaje del Papa y el mensaje polarizado.

Fuente:

martes, 13 de octubre de 2015

¿Cuántos milagros hizo Jesús? - Primera Parte

Una gran parte de su vida y de su tiempo, Jesús la dedicó a hacer milagros. Los Evangelios consagran un amplio espacio a ellos. En Marcos, por ejemplo, de los 489 versículos que cuentan su vida pública, casi la mitad son narraciones de milagros. Pero si quisiéramos enumerarlos a todos, nos resultaría muy difícil. En una primera lectura, podemos descubrir que en Marcos hay 18 milagros, en Mateo 20 y en Lucas 20. Pero ésta es sólo una observación aparente, porque si leemos con más cuidado descubrimos que en varios lugares del Evangelio hay pequeños resúmenes de su actividad milagrosa, que dicen por ejemplo: “Le trajeron todos los enfermos y endemoniados (de Cafarnaúm)... y Jesús sanó a muchos enfermos y expulsó a muchos demonios” (Mc 1,32-34). Y no sólo curaba en Cafarnaúm, sino que “recorría toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios” (Mc 1,39). Hasta venían enfermos del extranjero, porque “su fama llegó a toda Siria, y le traían todos los pacientes aquejados de enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó” (Mt 4,24).

Sin embargo, el Evangelio de Juan no parece pensar lo mismo. En él, la actividad milagrosa de Jesús aparece muy reducida. Juan narra únicamente 7 milagros de Jesús. Debido a que este Evangelio es altamente simbólico, no parece ser casualidad que el autor emplee esa cifra, puesto que en la Biblia el número 7 significa “perfección”, “excelencia”. Pero el autor del Evangelio no sólo narra 7 milagros sino que quiere que nos demos cuenta de ello. Por eso al final del primero dice: “Éste es el primero de sus signos (o milagros), y lo hizo Jesús en Caná de Galilea (2,11). Después del segundo dice: “Éste fue el segundo signo (o milagro) que realizó Jesús” (4,54). O sea, es como si nos invitara a ir enumerándolos a medida que los va narrando, para que descubramos que son 7.

Estos 7 milagros, seleccionados cuidadosamente por Juan, son: 1) Las bodas de Caná (2,1-11), 2) La curación del hijo de un funcionario real (4,43-54), 3) La curación del enfermo de la piscina de Bezatá (5,1-18), 4) La multiplicación de los panes (6,1-15), 5) La caminata sobre las aguas (6,16-21), 6) La curación del ciego de nacimiento (9,1-7), y 7) La resurrección de Lázaro (11,1-44). Es cierto que existe un octavo milagro: la “segunda pesca milagrosa” (21,1-6). Pero hoy los exégetas sostienen que el capítulo 21 no pertenece al autor del Evangelio de Juan, sino que se trata de un apéndice añadido posteriormente por otra mano. Por eso los biblistas no lo cuentan entre los milagros del autor original, que deben seguir considerándose 7. No es que Juan creyera realmente que Jesús había hecho sólo 7 milagros. Al final de su Evangelio él mismo aclara: “Jesús realizó muchos otros signos, que no están escritos en este libro” (20,30). Sin embargo, quiso relatar únicamente 7. Y ni siquiera quiso incluir esos pequeños resúmenes de curaciones que traían los otros tres Evangelios, para no salirse del marco de ese número.

¿Por qué entonces, si Juan sabía que Jesús había hecho muchos milagros, sólo cuenta 7? La respuesta, y la clave de todo, está en el diferente concepto de milagro que tiene Juan. En los otros tres Evangelios, llamados sinópticos, Jesús hace milagros por compasión a la gente. Por eso dicen que Jesús “sintiendo lástima” curó al leproso (Mc 1,41); “sintiendo pena” multiplicó los panes a la gente hambrienta (Mt 15,32); “movido por la compasión” curó a los enfermos (Mt 14,14); “mirando la fe” de sus amigos sanó al paralítico (Lc 5,20). Obrando de esta manera, Jesús revelaba que estaba cerca el Reino de Dios. Un Reino donde ya no habría afligidos, ni hambrientos, ni desfavorecidos, porque había surgido una nueva comunidad cristiana que tenía a Dios por Rey. Los milagros, por lo tanto, eran la señal del nuevo mundo que estaba surgiendo, de la nueva situación que Jesús inauguraba en favor de los más pobres, y en la que todos los creyentes hoy debemos embarcarnos y comprometernos.

Jesús hacía milagros para mostrar su gran poder, y aclarar así que nada ni nadie podrá oponerse a su proyecto de instaurar el Reino de Dios en la tierra. Por eso, estos tres Evangelios para decir “milagro” emplean el término griego dynamis, que significa “hecho de poder”, “acto poderoso”, porque lo que Jesús hacía, con sus milagros, era mostrar el gran poder que había aparecido con él, y que estaba cambiando al mundo. En cambio en el Cuarto Evangelio, Jesús no hace milagros por compasión. No es el sufrimiento y el dolor de la gente lo que lo mueven a realizar sus actos prodigiosos. No busca tampoco mostrar su poder, ni anunciar la llegada del Reino de Dios. ¿Entonces qué busca Jesús con sus milagros en el Evangelio de Juan? Busca predicarse a sí mismo, contar quién es Él. Cada milagro que hace es para revelar algún aspecto o faceta de su persona, de su intimidad. Los milagros son las piezas de un rompecabezas que los oyentes de Jesús tienen que reconstruir, y cuyo resultado es la figura completa de Jesús.

Este diferente significado explica algunas características propias que tienen los milagros en el Cuarto Evangelio. En primer lugar, el hecho de que sólo sean 7. Porque al tratarse de representaciones de la persona misma de Jesús, tenían que ser 7 para representarlo de manera perfecta. En segundo lugar, así se explica el que los milagros de Jesús en Juan siempre incluyan algún detalle extraordinario, algún “plus”, algún rasgo que muestre lo excepcional del hecho. Quizás esto responda a que, en el sermón de la última cena, Jesús había afirmado haber hecho “obras que ningún otro ha hecho” (Jn 15,24). Así, en las bodas de Caná, los litros de agua que Jesús convierte en vino son 600, una cantidad desorbitada para la fiesta de un pueblito.

En la curación del hijo del funcionario real, se subraya la gran distancia a la que Jesús lo cura; en los otros Evangelios Jesús también había curado a la distancia, como a la hijita de la cananea (Mc 7,24-30), o al criado del centurión (Mt 8,5-13); pero eran curaciones realizadas a metros de distancia; en cambio en Juan el milagro ocurre a 35 kilómetros de donde está Jesús. En la curación del paralítico de Bezatá, se resalta la gran cantidad de tiempo que el hombre llevaba enfermo: 38 años. En los sinópticos, la persona que cura Jesús con más años de enfermedad es una mujer encorvada, que llevaba 18 años enferma (Lc 13,10-13). En la multiplicación de los panes, Juan es el único que dice que Jesús pregunta a sus discípulos cómo dar de comer a la multitud, pero sólo para probarlos “porque él sabía lo que iba a hacer”, recalcando así que Jesús lo sabe todo, porque es de condición divina.

En el milagro en el que camina sobre las aguas, Juan añade el detalle de que, aunque la barca con los discípulos se hallaba azotada por el viento en medio del lago, apenas Jesús llegó hasta ellos sobre las aguas, la barca tocó tierra en el lugar exacto a donde se dirigían. En la curación del ciego, se agrega la particularidad de que era un ciego de nacimiento, único caso en todos los Evangelios. Finalmente, en la resurrección de Lázaro, el muerto llevaba cuatro días enterrado, mientras que en las resurrecciones que cuentan los otros evangelistas se trata de personas que hacía algunas horas que habían muerto. En tercer lugar, así se explica el hecho de que Juan nunca los llame “milagros”, como los hacen los otros Evangelios, sino “signos” (en griego, seméia). Porque mientras los otros Evangelios pretendían mostrar que Jesús realizaba “hechos poderosos” (o sea, milagros), capaces de erradicar el mal, la enfermedad y el sufrimiento del mundo, Juan quiere mostrar que Jesús realizaba hechos “reveladores”. Sus milagros no eran tanto para ayudar a la gente, como para mostrar su interior. No los hacía para salvar, sino para catequizar. No revelaban su poder, sino su persona. Por eso, a la hora de elegir un nombre, Juan prefirió llamarlos “signos”. Porque un signo es algo que no tiene valor por sí mismo sino por lo que representa, es una señal de algo que está más allá.

Ariel Álvarez Valdez
Biblista

Finalidad del rezar el Santo Rosario - Primera Parte

a) Es un ACTO DE AMOR: 
Una manera de decirle a María, tu Madre del cielo, que le amas, le respetas, le agradeces que sea tu madre. Piensa que cada vez que rezas el Rosario le entregas a la Virgen un ramo de rosas.

b) Es un ACTO DE REPARACIÓN:
Es decir, un modo de reparar las ofensas que tú y los otros hombres han hecho a Dios. Es como cuando ofendes a alguien que quieres mucho y después le envías una flor, un chocolate o un mensaje para hacerle sentir que te dolió ofenderle y que lo quieres mucho.

c) Es un MEDIO DE APOSTOLADO:
Esto significa que a través de la oración tú puedes pedir a la Virgen que interceda a Dios por muchas cosas: por la Iglesia, los sacerdotes, el Papa, los enfermos, los que sufren; por la conversión de los pecadores, la unidad familiar, las guerras. Por todo aquello que quisieras ayudar a que fuera mejor.

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor. Durante el rezo del Rosario se trata de recordar a Cristo con María… comprender a Cristo desde María… configurarse a Cristo con María… rogar a Cristo con María… anunciar a Cristo con María… A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mateo 11, 27).

Misterios Gozosos
(Lunes y sábados)

El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas, el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el “Fiat” con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.

El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lucas 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lucas 2, 10). Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lucas 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien “enseña”.

La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lucas 2, 50). De este modo, meditar los “misterios gozosos” significa en profundizar en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelio, “buena noticia”, que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.