«NO TEMAS, QUE YO ESTOY CONTIGO»
(IS 43,5) - COMUNICAR ESPERANZA Y CONFIANZA EN NUESTROS TIEMPOS
Mensaje del papa Francisco para la
51ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (Vaticano, 24 de enero de
2017)
Gracias
al desarrollo tecnológico, el acceso a los medios de comunicación es tal que
muchísimos individuos tienen la posibilidad de compartir inmediatamente
noticias y de difundirlas de manera capilar. Estas noticias pueden ser bonitas
o feas, verdaderas o falsas. Nuestros padres en la fe ya hablaban de la mente
humana como de una piedra de molino que, movida por el agua, no se puede
detener. Sin embargo, quien se encarga del molino tiene la posibilidad de
decidir si moler trigo o cizaña. La mente del hombre está siempre en acción y
no puede dejar de «moler» lo que recibe, pero está en nosotros decidir qué
material le ofrecemos. (cf. Casiano el Romano, Carta a Leoncio Igumeno).
Me
gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito
profesional como en el de las relaciones personales, «muelen» cada día mucha
información para ofrecer un pan tierno y bueno a todos los que se alimentan de
los frutos de su comunicación. Quisiera exhortar a todos a una comunicación
constructiva que, rechazando los prejuicios contra los demás, fomente una
cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza.
Creo que
es necesario romper el círculo vicioso de la angustia y frenar la espiral del
miedo, fruto de esa costumbre de centrarse en las «malas noticias» (guerras,
terrorismo, escándalos y cualquier tipo de frustración en el acontecer humano).
Ciertamente, no se trata de favorecer una desinformación en la que se ignore el
drama del sufrimiento, ni de caer en un optimismo ingenuo que no se deja
afectar por el escándalo del mal. Quisiera, por el contrario, que todos
tratemos de superar ese sentimiento de disgusto y de resignación que con
frecuencia se apodera de nosotros, arrojándonos en la apatía, generando miedos
o dándonos la impresión de que no se puede frenar el mal. Además, en un sistema
comunicativo donde reina la lógica según la cual para que una noticia sea buena
ha de causar un impacto, y donde fácilmente se hace espectáculo del drama del
dolor y del misterio del mal, se puede caer en la tentación de adormecer la
propia conciencia o de caer en la desesperación.
Por lo
tanto, quisiera contribuir a la búsqueda de un estilo comunicativo abierto y
creativo, que no dé todo el protagonismo al mal, sino que trate de mostrar las posibles
soluciones, favoreciendo una actitud activa y responsable en las personas a las
cuales va dirigida la noticia. Invito a todos a ofrecer a los hombres y a las
mujeres de nuestro tiempo narraciones marcadas por la lógica de la «buena
noticia».
La buena noticia
La vida
del hombre no es sólo una crónica aséptica de acontecimientos, sino que es
historia, una historia que espera ser narrada mediante la elección de una clave
interpretativa que sepa seleccionar y recoger los datos más importantes. La realidad,
en sí misma, no tiene un significado unívoco. Todo depende de la mirada con la
cual es percibida, del «cristal» con el que decidimos mirarla: cambiando las
lentes, también la realidad se nos presenta distinta. Entonces, ¿qué hacer para
leer la realidad con «las lentes» adecuadas?
Para los
cristianos, las lentes que nos permiten descifrar la realidad no pueden ser
otras que las de la buena noticia, partiendo de la «Buena Nueva» por
excelencia: el «Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Con estas
palabras comienza el evangelista Marcos su narración, anunciando la «buena
noticia» que se refiere a Jesús, pero más que una información sobre Jesús, se
trata de la buena noticia que es Jesús mismo. En efecto, leyendo las páginas
del Evangelio se descubre que el título de la obra corresponde a su contenido
y, sobre todo, que ese contenido es la persona misma de Jesús.
Esta
buena noticia, que es Jesús mismo, no es buena porque esté exenta de
sufrimiento, sino porque contempla el sufrimiento en una perspectiva más
amplia, como parte integrante de su amor por el Padre y por la humanidad. En
Cristo, Dios se ha hecho solidario con cualquier situación humana, revelándonos
que no estamos solos, porque tenemos un Padre que nunca olvida a sus hijos. «No
temas, que yo estoy contigo» (Is 43,5): es la palabra consoladora de un Dios
que se implica desde siempre en la historia de su pueblo. Con esta promesa:
«estoy contigo», Dios asume, en su Hijo amado, toda nuestra debilidad hasta
morir como nosotros. En Él también las tinieblas y la muerte se hacen lugar de
comunión con la Luz y la Vida. Precisamente aquí, en el lugar donde la vida
experimenta la amargura del fracaso, nace una esperanza al alcance de todos. Se
trata de una esperanza que no defrauda ―porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5)― y que hace que la vida nueva
brote como la planta que crece de la semilla enterrada. Bajo esta luz, cada
nuevo drama que sucede en la historia del mundo se convierte también en el
escenario para una posible buena noticia, desde el momento en que el amor logra
encontrar siempre el camino de la proximidad y suscita corazones capaces de
conmoverse, rostros capaces de no desmoronarse, manos listas para construir.
La confianza en la semilla del Reino
Para
iniciar a sus discípulos y a la multitud en esta mentalidad evangélica, y
entregarles «las gafas» adecuadas con las que acercarse a la lógica del amor
que muere y resucita, Jesús recurría a las parábolas, en las que el Reino de
Dios se compara, a menudo, con la semilla que desata su fuerza vital justo
cuando muere en la tierra (cf. Mc 4,1-34). Recurrir a imágenes y metáforas para
comunicar la humilde potencia del Reino, no es un manera de restarle
importancia y urgencia, sino una forma misericordiosa para dejar a quien
escucha el «espacio» de libertad para acogerla y referirla incluso a sí mismo.
Además, es el camino privilegiado para expresar la inmensa dignidad del
misterio pascual, dejando que sean las imágenes ―más que los conceptos― las que
comuniquen la paradójica belleza de la vida nueva en Cristo, donde las
hostilidades y la cruz no impiden, sino que cumplen la salvación de Dios, donde
la debilidad es más fuerte que toda potencia humana, donde el fracaso puede ser
el preludio del cumplimiento más grande de todas las cosas en el amor. En
efecto, así es como madura y se profundiza la esperanza del Reino de Dios:
«Como un hombre que echa la semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche
o de día, la semilla brota y crece» (Mc 4,26-27).
El Reino
de Dios está ya entre nosotros, como una semilla oculta a una mirada
superficial y cuyo crecimiento tiene lugar en el silencio. Quien tiene los ojos
límpidos por la gracia del Espíritu Santo lo ve brotar y no deja que la cizaña,
que siempre está presente, le robe la alegría del Reino.
Los horizontes del Espíritu
La
esperanza fundada sobre la buena noticia que es Jesús nos hace elevar la mirada
y nos impulsa a contemplarlo en el marco litúrgico de la fiesta de la
Ascensión. Aunque parece que el Señor se aleja de nosotros, en realidad, se
ensanchan los horizontes de la esperanza. En efecto, en Cristo, que eleva
nuestra humanidad hasta el Cielo, cada hombre y cada mujer puede tener la plena
libertad de «entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este
camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es
decir, de su propia carne» (Hb 10,19-20). Por medio de «la fuerza del Espíritu
Santo» podemos ser «testigos» y comunicadores de una humanidad nueva, redimida,
«hasta los confines de la tierra» (cf. Hb 1,7-8).
La
confianza en la semilla del Reino de Dios y en la lógica de la Pascua configura
también nuestra manera de comunicar. Esa confianza nos hace capaces de trabajar
―en las múltiples formas en que se lleva a cabo hoy la comunicación― con la
convicción de que es posible descubrir e iluminar la buena noticia presente en
la realidad de cada historia y en el rostro de cada persona.
Quien se
deja guiar con fe por el Espíritu Santo es capaz de discernir en cada acontecimiento
lo que ocurre entre Dios y la humanidad, reconociendo cómo él mismo, en el
escenario dramático de este mundo, está tejiendo la trama de una historia de
salvación. El hilo con el que se teje esta historia sacra es la esperanza y su
tejedor no es otro que el Espíritu Consolador. La esperanza es la más humilde
de las virtudes, porque permanece escondida en los pliegues de la vida, pero es
similar a la levadura que hace fermentar toda la masa. Nosotros la alimentamos
leyendo de nuevo la Buena Nueva, ese Evangelio que ha sido muchas veces
«reeditado» en las vidas de los santos, hombres y mujeres convertidos en iconos
del amor de Dios. También hoy el Espíritu siembra en nosotros el deseo del
Reino, a través de muchos «canales» vivientes, a través de las personas que se
dejan conducir por la Buena Nueva en medio del drama de la historia, y son como
faros en la oscuridad de este mundo, que iluminan el camino y abren nuevos senderos
de confianza y esperanza.
Vaticano,
24 de enero de 2017
Francisco