martes, 26 de enero de 2021

¿MARIOLOGÍA O ESPERANZA DEL PUEBLO QUE SUFRE? SEGUNDA PARTE

Por qué la Mujer aparece en medio de los dolores de parto: porque así se denominaban los sufrimientos de los primeros discípulos frente a la muerte de Jesús. En efecto, en la última cena, viendo Él la tristeza en sus rostros, les dijo: “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque le ha llegado la hora; pero cuando nace la criatura se olvida de los dolores de parto por la alegría de que un niño ha nacido en el mundo. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrarán con una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn 16:21-22). Jesús, pues, compara el dolor que sus discípulos sienten ante su muerte con los de una mujer ante el parto; y la alegría de su resurrección, con la del nacimiento de un niño. Exactamente la imagen que emplea aquí el Apocalipsis.

Así, se clarifica el detalle de las alas de águila dadas a la Mujer para huir al desierto. Porque en el Antiguo Testamento las alas de águila simbolizan la protección y la seguridad que Dios daba a su pueblo para salvarlo en los momentos difíciles. Por ejemplo, cuando lo sacó de la esclavitud de Egipto y lo llevó hasta el monte Sinaí, Dios dijo: “Ya han visto lo que hice con los egipcios, y cómo a ustedes los llevé sobre alas de águila para traerlos hacia mí” (Ex 19:4). Y cuando llegaron a la tierra prometida, luego de sortear innumerables dificultades, Dios les recordó: “Como el águila que vuela sobre sus polluelos, así el Señor extendió sus alas, los tomó y los llevó a cuestas” (Dt 32:11). El libro, pues, quiere decirnos que también ahora Dios sacará a su pueblo de todas las dificultades.

Otro rasgo que se aclara de esta Mujer, y que no se entendía cuando la identificábamos con María, es el de su huida al desierto. Tratándose del pueblo de Dios, todo está más claro. Como en el Antiguo Testamento Dios había llevado a su pueblo al desierto para ponerlo a salvo y protegerlo, tradicionalmente el desierto se convirtió en la imagen del cuidado y la protección de Dios. Por eso ahora la Mujer aparece llevada al desierto, para decirnos que Dios no ha dejado de cuidar a su pueblo. Y se entiende, además, por qué la Mujer aparece alimentada por Dios en el desierto (v.6). Porque así como Dios había alimentado a su pueblo durante cuarenta años con el maná caído del cielo, también ahora su pueblo tiene un nuevo pan que lo fortalece en medio de las dificultades: la eucaristía.

Nos falta, por último, dilucidar quién es, qué simboliza otro personaje de la visión: el gran Dragón Rojo de siete cabezas, siete coronas y diez cuernos, que busca devorar al niño y persigue a la mujer. El color rojo simboliza en la Biblia la muerte, el dolor, la sangre derramada. El “gran” tamaño subraya su vigor. Las siete cabezas demuestran su inteligencia. Y las coronas significan la autoridad que aparenta tener. Los cuernos representan su enorme Fuerza, ya que en el Apocalipsis el cuerno es símbolo de fortaleza. Pero el autor anota a propósito que sus cuernos eran diez. Y para el Apocalipsis el número diez significa algo humano, terrestre. Así Juan quiso decirnos que aunque la fuerza representada en los cuernos de este Dragón parece colosal, en realidad es solo una fuerza humana (diez). En cambio, pinta a Jesús en el capítulo 5 con siete cuernos (5:6), tres menos que el Dragón, porque el número siete simboliza lo divino, lo sobrenatural. Por lo tanto, el autor quiere advertirnos que a veces las apariencias engañan. Y que el poder de Jesucristo es superior al de cualquier otro personaje del mundo, aunque a veces las apariencias nos engañen.

Pero ¿quién es este Dragón Rojo? El texto no lo dice abiertamente. En el versículo 9, el autor nos da una pista, pues le da tres nombres: “la Serpiente antigua, el Diablo, y Satanás” (12:9). Ahora bien, en el Antiguo Testamento ni la Serpiente antigua del paraíso, ni el Diablo, ni Satanás son personajes históricos reales, sino que representan los males que padeció el pueblo de Israel. Por lo tanto, el Dragón Rojo tampoco simboliza a ningún personaje histórico real, ni rey, ni emperador, ni persona alguna que haya perseguido a los cristianos, sino que representa el mal en general, todos los males, el conjunto de las desgracias y padecimientos que el pueblo de Dios sufre a lo largo de su historia.

El libro del Apocalipsis fue escrito en una época de mucho sufrimiento para la Iglesia cristiana. Persecuciones de toda clase, torturas, expulsiones de sus comunidades, rupturas familiares, discriminaciones sociales eran algunos de los muchos suplicios que debían atravesar los recién convertidos, si querían mantenerse fieles a Jesucristo. Y se preguntaban: ¿hasta cuándo aguantaremos? ¿Dios no hará nada para defendernos? ¿Es posible seguir viviendo las enseñanzas de Jesús en una sociedad en la que el amor no vale nada y que privilegia el odio, la violencia y los intereses personales?

Juan les responde con esta maravillosa visión del capítulo 12: la Mujer vestida de sol, de luna y estrellas —es decir, el pueblo de Dios— ha dado a luz al Mesías y salvador Jesucristo. Un gran Dragón Rojo —el mundo del mal— ha intentado devorarlo, matándolo, pero no ha podido, porque Dios ha rescatado a su Mesías y lo ha llevado hasta Él, mediante la resurrección. Por esto ahora el Dragón, al verse fracasado, se ha vuelto contra la Mujer para perseguirla. Pero Dios ya ha dado a la Mujer alas de águila —le aseguró la protección— y la llevó al desierto garantizando su triunfo final. Allí la alimentará con la eucaristía, la fuerza de los cristianos, durante 1.260 días, es decir mientras dure el peligro.

Los lectores del Apocalipsis, torturados y diezmados, se sentían llenos de fuerza y de esperanzas, aun en medio de su dolor, al saberse identificados con esta magnífica Mujer. Pero con el paso de los siglos los cristianos, por su gran devoción a la Virgen, vieron en esta Mujer a María como una manera de homenajearla. Con lo cual se ha empobrecido el mensaje que Juan quería transmitir, ya que María, por estar en el Cielo, no necesita ninguna protección especial de Dios. La nueva interpretación descubierta nos permite recuperar la buena noticia con toda su fuerza: Dios jamás abandonará a la Mujer —la comunidad cristiana— que sufre y padece los dolores de parto de cada día, en la dura tarea de dar luz un mundo mejor.

Ariel Alvarez Valdez
Biblista

Los Versos Satánicos

Es la cuarta novela del escritor indio nacionalizado británico Salman Rushdie. El título hace referencia a los versos satánicos, un intento de interpolación en el Corán descrito en la biografía de Mahoma escrita por Ibn Ishaq. La publicación del libro en 1988, en el Reino Unido, trajo consigo una fuerte polémica, desde la prohibición y quema del libro en los países musulmanes así como disturbios tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. El 14 de febrero de 1989, el ayatolá Jomeini proclama una fatwa, instando a la población musulmana a ejecutar a cualquier persona relacionada con la publicación del libro. Una Bonyad o fundación religiosa iraní llega incluso a ofrecer una recompensa en efectivo por la muerte de Rushdie quien dos días después sería puesto bajo protección del gobierno británico las 24 horas del día.

Tales precauciones fueron fundamentadas cuando los traductores Hitoshi Igarashi y Ettore Capriolo así como el editor noruego Wiliam Nygaard fueron brutalmente atacados, en distintas localidades, por fanáticos musulmanes. El traductor de la edición japonesa murió a consecuencia de las heridas infligidas en dicho ataque. La fatwa hacia Salman Rushdie sigue vigente, según reporta la agencia de noticias oficial del estado iraní, y la recompensa asciende a U$D 2,8 millones ofrecidos por una bonyad financiada por el gobierno. En junio de 2007, la Reina Isabel II de Inglaterra y el gobierno británico le concedieron a Salman Rushdie la distinción de caballero (Sir) a lo cual, el mundo islámico ha vuelto a reaccionar a casi 20 años de la primera publicación de "Los Versos Satánicos".

Los gobiernos de Egipto e Irán, así como manifestantes en Malasia, grupos talibán de Afganistán y otros de línea dura en Pakistán han mostrado su condena a la distinción hecha por el gobierno británico, denunciando una provocación al mundo islámico por parte de occidente. El gobierno británico se ha negado a dar una excusa sobre su acto y más bien lo defiende como un premio al trabajo literario de Salman Rushdie, gracias al conjunto de valores que, según John Reid (Ministro del Interior de Reino Unido), tiene Gran Bretaña indiferentemente si se comparte o no los puntos de vista del autor premiado, sin embargo la ministra británica de relaciones exteriores, Margaret Beckett, comento que su país "lamenta" la ofensa causada por el título a Rushdie a quienes "se tomaron muy a pecho ese nombramiento".

En 2012 a raíz de un vídeo publicado en EEUU en el que se ridiculiza a Mahoma el precio de su cabeza vuelve a subir esta vez hasta los tres millones de dólares.


LA LANZA DEL DESTINO

Según el evangelio apócrifo de Nicodemo, en los Hechos de Pilatos, se dice al respecto: “Y un soldado, llamado LONGINOS, tomando una lanza, le perforó el costado, del cual salió sangre y agua” como podemos apreciar este centurión romano, cuyo nombre es LONGINOS, la tradición nos cuenta que sufría una ceguera parcial que casi no le permitía ver. Pero la sangre de Jesús que le salpicó a los ojos cuando le clavó la LANZA obró un milagro, recuperando la vista en ese justo momento. Ante este hecho milagroso, LONGINOS decide convertirse al cristianismo. En el evangelio de Juan no relata que: “Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua” (Juan 19, 31-34).

La tradición afirma que en el año 732 el general Carlos Martel, fundador de la dinastía Carolingia, que reinó en Francia y Alemania entre los siglos VIII y X, sostuvo LA LANZA DEL DESTINO cuando derrotó a los árabes en la batalla de Poitiers. El propio Carlomagno, nieto de Carlos Martel, combatiría en un total de 47 batallas sin conocer nunca la derrota, pero murió poco después de que la reliquia se le cayese accidentalmente. Durante la Primer Cruzada, los Cruzados tomaron Antioquía, pero un gran ejército de socorro musulmán llegó a las puertas. Y los sitiadores eran ahora los sitiados. La lucha por Antioquía había sido costosa, y la moral era baja. Con la llegada del ejército de socorro musulmán, muchos creyeron que era el final de la Cruzada, pero la moral fue restaurada cuando la reliquia de LA LANZA DEL DESTINO fue descubierta en una iglesia. Envalentonados por el hallazgo de la reliquia, los cruzados lanzaron una ofensiva sorpresa que derrotó al ejército de socorro musulmán. Un sacerdote llamado PEDRO DESIDERIO conmocionó a los cruzados con el anuncio de que había visto una visión del OBISPO ADHEMAR, el delegado papal que había muerto poco después de la victoria final en Antioquía.

Sin embargo, no fue el único, lo mismo le sucedería a Federico I Barbarroja al partir hacia Jerusalén durante la Tercera Cruzada; cuando se disponía a vadear un río en la actual Turquía cometió el error de dejar caer LA LANZA DEL DESTINO. Poco después cayó al río y se ahogó. Sin embargo, lo que realmente atrajo a ADOLF HITLER de este objeto fue precisamente la historia más desconocida y la leyenda que acompañaba a la reliquia, la cual afirmaba que «quien la sostenga en sus manos, sostendrá, para bien o para mal, el destino del mundo»HITLER dio con la lanza por casualidad en 1912, cuando no era más que un pintor fracasado que intentaba malvender sus acuarelas por los cafés de Viena. Su futuro artístico se le mostraba incierto, al haber suspendido el examen de ingreso para la escuela de Bellas Artes. Su futuro personal tampoco era demasiado halagüeño; malvivía en pensiones y residencias, y sólo con suerte conseguía comer una vez al día<. El joven Adolf (de tan sólo 23 años) no tuvo más remedio que entrar en el conocido museo del PALACIO IMPERIAL DE HOFBURG para refugiarse de una fuerte tormenta, y allí hallaría su destino. Deambulando por las salas, centró su atención en un objeto singular; sobre un manto de terciopelo rojo, se le ofrecía la visión de una reliquia cristiana de gran poder místico perteneciente al tesoro imperial de los Habsburgo: LA LANZA DEL DESTINO.

Se trataba de una punta de hierro de poco más de cincuenta centímetros de largo. La hoja estaba partida y presentaba una reparación con un alambre de plata. En el centro podía apreciarse la cabeza de un clavo y una banda de oro con la inscripción LANCEA ET CLAVUS DOMINUS (LA LANZA Y EL CLAVO DEL SEÑOR). HITLER quedó fascinado por el objeto y se obsesionó con su historia, la cual investigó junto a su entonces gran amigo WALTER JOHANNES STEIN. Ambos se enfrascarían en el estudio de los poderes mágicos que aquel objeto atesoraba. HITLER le explicó sus obsesiones y él no pudo más que quedarse asombrado con la enorme ambición del joven Adolf. HITLER estaba convencido de que tenía un alto designio que cumplir. Veintiséis años después, en 1938, HITLER ya se había convertido en el líder del nazismo y de toda Alemania tras subir al poder democráticamente. Sentía una necesidad cada vez mayor de poseer LA LANZA DEL DESTINO. En la tarde del 14 de marzo de 1938, HITLER entraba acompañado del jefe de las SS, HEINRICH HIMMLER, con quien compartía aunque en menor medida el interés por el ocultismo, en el PALACIO HOFBURG. El deseo del líder nazi estaba a punto de hacerse realidad. El FÜHRER se dirigió directamente a la sala en donde se custodiaba la deseada Lanza. HIMMLER salió de la sala, dejando a solas a HITLER con la mítica reliquia. Allí permaneció más de una hora, ensimismado en sus pensamientos delirantes, alimentados por la visión de LA LANZA DEL DESTINO que ya estaba en su poder.

Con su preciado tesoro ya en Alemania, el líder nazi se sentía más que satisfecho. Sin embargo, no veía la lanza como una mera reliquia, sino que sentía una atracción especial hacia ella que sobrepasaba los límites de la razón. El FÜHRER estaba convencido de que le había pertenecido en una vida anterior. Según confesó a STEIN“la Lanza contenía algún tipo de revelación mística, como si en algún siglo anterior ya la hubiera sostenido en mis manos” Pero no sólo eso, HITLER también tenía ensoñaciones en las que creía ser la reencarnación de un señor feudal del siglo IX. Se refería a un personaje llamado LANDULFO II DE CAPUA, que fue excomulgado por el papa por sus conocimientos sobre magia, y que se mostró también fascinado por el poder que emanaba de la Lanza. Nunca sabremos si el poder que HITLER le atribuía al artefacto era real, pero lo que sí es cierto es que durante muchos años sus tropas fueron prácticamente invencibles. Allí donde combatieran, sus tanques (Panzers) no tenían rival y sus soldados arrasaban la tierra por la que pasaban. Sin embargo, su poder debió remitir a partir de 1942, pues las tropas alemanas tuvieron que retirarse en la mayoría de los frentes. Por esa época la Lanza ya había dejado de estar expuesta al público y permanecía empaquetada en un refugio antiaéreo excavado en la roca y situado bajo el CASTILLO DE KAISERBURG, en NUREMBERG

Su estancia en el refugio sería breve, el 31 de marzo de 1945, ante el avance de las tropas aliadas por territorio germano, WILLY LIEBEL burgomaestre de NUREMBERG, creyó que el refugio no ofrecía suficiente protección y decidió guardar las piezas más valiosas –entre las que figuraba LA LANZA DEL DESTINO - en cajas de cobre soldadas, que fueron depositadas en una recámara del búnker de la PANIER PLATZ, procediendo luego a tapiar la entrada. Pero por mucho que hicieran los alemanes, el destino de LA LANZA DEL DESTINO estaba más que sellado, ya que, NUREMBERG se encontraba sitiada por los aliados, entre los que se encontraba la veterana DIVISIÓN 45TH INFANTERÍA THUNDERBIRD, que durante cuatro días combatió contra 22.000 miembros de las SS dispuestos a morir por defender la ciudad. El 19 de julio de 1945 se le asignó al TENIENTE WALTER WILLIAM HORN, profesor de arte de la Universidad de California la tarea de investigar la desaparición de algunas de las joyas de la corona. El DOCTOR WALTER FRIES, funcionario de NUREMBERG, había firmado una declaración jurada atestiguando que las SS se las habían llevado. El TENIENTE HORN interrogó a casi dos docenas de personas en el centro de INTELIGENCIA DEL TERCER EJÉRCITO, sin hacer ningún progreso.

El 3 de agosto el DOCTOR WALTER FRIES fue detenido y pasó la noche en solitario confinamiento. Bajo la presión del interrogatorio y justo antes del previsto careo con el CORONEL JOSEF SPACIL, se derrumbó: confesó que sus anteriores declaraciones eran falsas y que la fingida extracción de las joyas se escenificó con ayuda de varios afiliados locales a las SS, para ocultar lo que realmente había ocurrido con ellas. Manifestó que deseaba revelar dónde estaban y ayudar a la recuperación de las joyas imperiales. En la mañana del 7 de agosto de 1945, el TENIENTE WALTER WILLIAM HORN, el DOCTOR y un pequeño grupo de personas se reunieron a la entrada del refugio de PANIERS PLATZ, en el centro de NUREMBERG. Bajaron a su interior y derribaron una pared de ladrillo entrando en un pequeño aposento. Sacaron cinco cajas llevándolas al refugio antiaéreo bajo el CASTILLO DE KAISERBURGA pesar de todo lo que hemos relatado, nunca sabremos donde se encuentra realmente LA LANZA DEL DESTINO o si esta arma de Viena es la que fue usada para atravesar a Cristo pues existen tres artefactos más que podrían tener el honor de ser el auténtico. Los análisis efectuados en 2003 revelaron que la hoja de LA LANZA DEL DESTINO es de los siglos VII y VIII. En la actualidad, hay cuatro lanzas que se dicen ser LA LANZA DEL DESTINO.

EN ROMA
Una LA LANZA DEL DESTINO en Roma se conserva bajo la cúpula de la Basílica de San Pedro, aunque la Iglesia Católica no pretende formalmente su autenticidad. La primera referencia histórica a la lanza fue hecha por el peregrino ANTONINO DE PIACENZA en el 570, en sus descripciones de los lugares santos de Jerusalén, escribiendo que él vio en la Basílica de Monte Sión “la corona de espinas con la que Nuestro Señor fue coronado y la lanza con que fue golpeado en la cara”. Una mención de la lanza se produce en el llamado BREVIARIUS en la Iglesia del Santo Sepulcro. La presencia en Jerusalén de la reliquia es atestiguada por CASIODORO, así como por GREGORIO DE TOURS.

EN VIENA
LA LANZA DEL DESTINO en Viena se muestra en el TESORO IMPERIAL EN EL PALACIO DE HOFBURG en Viena, Austria. En el siglo X, el Sacro Imperio Romano entró en posesión de la lanza, según fuentes de la época de OTÓN I. En 1.000, OTTO III dio a BOLESLAO I DE POLONIA una réplica de la LA LANZA DEL DESTINO en el Congreso de Gniezno.

EN ARMENIA
LA LANZA DEL DESTINO de ECHMIADZIN se conserva en VAGHARSHAPAT, Armenia (Echmiadzin), la capital religiosa del país. La primera fuente que menciona es un texto SAGRADAS RELIQUIAS DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, en un manuscrito armenio del siglo XIII. Según este texto, la lanza que atravesó Jesús habría sido llevada a Armenia por el apóstol TADEO.

EN ANTIOQUÍA
En 1098 durante el Asedio de Antioquía del que hablamos antes, un pobre monje llamado PEDRO BARTOLOMÉ informó que tuvo una visión en la que SAN ANDRÉS quien le dijo que LA LANZA DEL DESTINO fue enterrada en la iglesia de San Pedro en Antioquía. Después de mucho cavar en la catedral aparentemente descubrió una lanza. A pesar de las dudas de muchos, incluyendo del delegado papal ADHEMAR, el descubrimiento de la SANTA LANZA DE ANTIOQUÍA inspiró los cruzados para romper el sitio y asegurar la ciudad, y luego tomar Jerusalén.

LA BATALLA DE CHACABUCO

La batalla de Chacabuco fue una decisiva contienda de la Independencia de Chile en la cual combatieron el Ejército de los Andes, formado por tropas de las Provincias Unidas del Río de la Plata y chilenas exiliadas en Mendoza, y el Ejército Realista, resultando en una firme victoria para el bando independentista comandado por el general José de San Martín. La batalla tuvo lugar el 12 de febrero de 1817, en la hacienda de Chacabuco (Colina), a 55 km al norte de la ciudad de Santiago (contados desde el centro de la antigua pequeña ciudad). Tras el desastre de Rancagua, que causó el fin de la Patria Vieja, los exiliados chilenos se trasladaron a Cuyo, donde se pusieron bajo las órdenes del general José de San Martín, gobernador de la provincia, que había desarrollado un plan para derrotar a los realistas atacando el Virreinato del Perú por mar desde Chile. La ocupación realista de Chile le obligaba a liberar primeramente ese país. Los chilenos Bernardo O'Higgins y Ramón Freire ayudaron a organizar y adiestrar al llamado Ejército de los Andes. San Martín liberó a los esclavos negros siempre que se enrolasen en las tropas, e incorporó en ellas a los patriotas chilenos que seguían a O'Higgins (ya que no existía un ejército propiamente chileno, pasando a formar parte íntegra del ejército libertador) y aquellos soldados de Carrera que estuviesen dispuestos a servir bajo sus banderas. Entre chilenos y argentinos el ejército llegó a contar con alrededor de 4000 hombres perfectamente armados y disciplinados. Luego del Cruce de los Andes las fuerzas patriotas dirigidas por San Martín marcharon por la ladera poniente del macizo, llevando consigo las piezas de artillería, alimento y ropajes.

Debido a la dispersión de sus fuerzas (estimadas en abril de 1817 en 4317 hombres), a Francisco Casimiro Marcó del Pont, se le hizo muy difícil reunir un ejército, el que finalmente sería de 1500 hombres. La moral de éstos no era la mejor, pues estaban mal pagos y no se les había reconocido los grados ganados en la campaña de reconquista al mando de Mariano Osorio. Tras reunirse el 9 de febrero en el Campamento de Curimón las columnas que cruzaron los Andes por "camino de Los Patos" junto con las que cruzaron por el "camino de Uspallata", se resolvió atacar en la madrugada del día 12. Con el fin de emplear una táctica de pinzas por el frente y la retaguardia, se dividieron a las tropas disponibles en dos:

La 1.ª División o ala derecha al mando de Miguel Estanislao Soler que debía atacar por el oeste, estaba compuesta por los batallones Nº1 de Cazadores y Nº11, las compañías de Granaderos y Cazadores de los Batallones Nº7 y Nº8, el escuadrón Nº4 de Granaderos, el escuadrón escolta del general en jefe y 7 piezas de artillería de 4" con 80 artilleros de dotación. Ascendía el total de esta columna a 2000 hombres. La 2.ª División o ala izquierda al mando de Bernardo O'Higgins debía atacar por el este; estaba formada por las compañías de fusileros de los batallones 7 y 8, los escuadrones restantes 1.º, 2.º y 3.º de Granaderos a caballo y 2 piezas de artillería (que perderían en el desfiladero) de 4" con el resto del batallón de artillería. Ascendía el total de esta columna a 1500 hombres. Mientras Soler rodeaba a los realistas por el camino de Montenegro, más suave pero mucho más largo, O'Higgins lo hacía por Cuesta Vieja, más corto pero en pendiente y mucho más peligroso, dirigiéndose en dos columnas, y enfrentándose con los adelantados realistas hasta encontrarse frente a frente con el grueso del ejército realista, por lo que decidió avanzar hacia el cerro Los Halcones y desplegar allí sus fuerzas, al tiempo que despachaba un mensajero para informar de la situación al general San Martín.

Las fuerzas realistas, inferiores en número, estaban compuestas por el batallón Talavera, de soldados peninsulares, más otros dos provenientes principalmente de Chiloé y Valdivia. Inicialmente Maroto, consciente de la debilidad de sus tropas había conseguido que el gobernador apoyase la idea de retirarse al Maule y unir sus fuerzas a las de Concepción para presentar batalla a San Martín. Pero Marco del Pont cambio de opinión rápidamente y le ordenó impedir que los republicanos avanzaran sobre Santiago. El general realista escogió la cuesta de Chacabuco como una posición defensiva, esperando detener a los patriotas mientras llegaban los refuerzos desde el sur. Sin embargo, en un reconocimiento efectuado el día 12 Maroto notó que la cuesta estaba ocupada por los patriotas, e incapaz de tomarla tuvo que escoger entre retroceder a Colina o defender las posiciones donde estaba su ejército, delante del cerro de Victoria, cerca de la Hacienda de Chacabuco. Optó por esto último, lo que permitió a San Martín rodearlo con sus fuerzas más numerosas. El plan de San Martín era que O'Higgins atacara por el este, Soler por el oeste y San Martín de frente. Llegada la batalla O'Higgins se desespera al no recibir órdenes de San Martín e inicia el ataque; cuando San Martín se da cuenta de esto envía a un mensajero para que Soler comience el ataque. No había tiempo hasta que Soler ataque y San Martín decide ir él por el frente junto a O'Higgins, hasta que luego una división de adelantados de Soler arribó produciéndose el envolvimiento completo del flanco izquierdo y de la espalda, y destrozando la retaguardia realista, consolidándose así una aplastante victoria a favor de los patriotas. La batalla concluyó a las 14:00 horas.

El sorpresivo avance de Maroto cambiaba por completo el panorama. Ahora O'Higgins, sin ayuda de Soler, tendría que batirse con la totalidad de las fuerzas realistas o retroceder a una catástrofe segura. O'Higgins al no recibir respuesta ante esta situación a las 11:45 y contraviniendo las órdenes de San Martín de no comprometer fuego, aconsejado por Crámer, (ex oficial de Napoleón), ordenó a la infantería cargar a la bayoneta, organizando dos columnas de ataque, siguiendo el modelo napoleónico y lanzándolas sobre el ala derecha enemiga (Batallón Talavera) apoyada por la caballería del coronel José Matías Zapiola, pero los granaderos tropezaron con el profundo cauce de Las Margaritas, que no habían visto, no pudiendo pasar en formación de ataque y retrocedieron tras una andanada de fuego enemigo, sin sufrir muchas bajas, hasta el cerro de los Halcones, donde se reorganizaron. De nuevo O'Higgins y Cramer las lanzaron al asalto, dirigiendo ahora la caballería contra el flanco derecho y la infantería contra el centro. Un pelotón de caballería rompía la línea realista entre la extrema izquierda del Talavera y la derecha del grueso del batallón Chiloé, arrollando a los artilleros. La infantería ya casi vencedora, acudió en auxilio de la caballería. Zapiola, después de romper el cuadro formado por los talaveras, rebasó el ala derecha realista y una segunda carga sobre la infantería y la caballería enemigas produjo la dispersión. Los restos del ejército realista huyeron a la desbandada hacia las casas de Chacabuco distante a pocos kilómetros, y dejando en el campo la tercera parte de sus efectivos. En medio de la batalla San Martín llama a Osorio, el General Realista, para que saque a sus heridos de la batalla, dando así San Martín un ejemplo de hacer una campaña con el menor costo de sangre posible. Poco después de finalizar la batalla el general San Martín dirigió al Director Supremo argentino Juan Martín de Pueyrredón el parte oficial:

Excelentísimo Señor:
Una división de mil ochocientos hombres del ejército de Chile acaba de ser destrozada en los llanos de Chacabuco por el ejército de mi mando en la tarde de hoy. Seiscientos prisioneros entre ellos treinta oficiales, cuatrocientos cincuenta muertos y una bandera que tengo el honor de dirigir es el resultado de esta jornada feliz con más de mil fusiles y dos cañones. La premura del tiempo no me permite extenderme en detalles, que remitiré lo más breve que me sea posible: en el entretanto, debo decir a V. E., que no hay expresiones como ponderar la bravura de estas tropas: nuestra pérdida no alcanza a cien hombres. Estoy sumamente reconocido a la brillante conducta, valor y conocimientos de los señores brigadieres don Miguel Soler y don Bernardo O’Higgins.
Dios guarde a V. E. muchos años. Cuartel general de Chacabuco en el campo de batalla, y febrero 12 de 1817.
Excelentísimo supremo director del Estado.
José de San Martín

Gracias a la Batalla de Chacabuco, en la que los patriotas salieron victoriosos, pudieron recuperar a Chile y de ese modo finalizó el período de la Reconquista o "Restauración" y comenzó el período de la Patria Nueva.

martes, 19 de enero de 2021

¿BAUTIZÓ JUAN EL BAUTISTA A JESÚS? - SEGUNDA PARTE

Según el relato de Marcos, sólo Jesús vio cómo se rasgaban los cielos y descendía el Espíritu, pues escribe: “Vio (en singular) que los cielos se rasgaban, y que el Espíritu bajaba” (Mc 1,10). Y sólo Jesús oyó la voz del Padre, puesto que la voz dice “Tú eres...” Para Marcos, pues, la verdadera identidad de Jesús, el Hijo de Dios venido del cielo desgarrado, el que inauguraba los últimos tiempos, es un secreto sólo conocido por Jesús. Ni el Bautista, ni los que estaban presentes aquel día en el Jordán se enteraron de nada. A pesar de lo hermoso de este relato, el episodio fue motivo de escándalo en la Iglesia primitiva. ¿Por qué Jesús se hizo bautizar por el hijo de Zacarías? Normalmente la persona que recibe, es inferior a la que da. Por lo tanto el bautismo debería haber sido al revés: alguien superior, como Jesús, tendría que haber bautizado a otro de menor dignidad, como Juan. Pero ¿por qué ocurrió al revés y Juan bautizó a Jesús?

La pregunta se extendió por todas partes. Se la hacían los cristianos, la gente, y cuantos conocían el episodio del bautismo. Cuando algunos años más tarde le tocó escribir su evangelio a Mateo, la cuestión era urticante y se había convertido en un serio problema teológico. En muchos ambientes de Palestina se había comenzado ya a considerar a Juan el Bautista superior a Jesús. Se lo tenía por verdadero Mesías, y se habían formado grupos que veneraban su figura y le rendían culto. Eran las comunidades llamadas “juaninas”. Por eso Mateo al escribir su versión no pudo eludir el tema escandaloso del bautismo de Jesús. Y trató de encontrar una solución a tan ríspido problema creando un espacio literario donde Jesús mismo pudiera dar una explicación. Para ello ambientó una escena en la que Juan trata de impedir el bautismo preguntando: “¿Por qué vienes tú a mí, si soy yo el que necesita ser bautizado por ti?” (Mt 3,14). Era la angustiosa pregunta, que en realidad no había hecho Juan a Jesús el día del bautismo, sino que se la hacía toda la gente. Y la respuesta de Jesús, que era la respuesta de Mateo a la gente preocupada de su comunidad, fue: “Déjalo así, porque conviene que se cumpla toda justicia”.

Con esto Mateo explicaba que el bautismo era voluntad de Dios. Aun cuando Jesús no tenía pecado, se presentó como un penitente cualquiera en medio del pueblo, a fin de identificarse con los hombres. Cargaba con los pecados de todos ellos, y fueron éstos los que fue a lavar con su bautismo. ¿Acaso no había profetizado Isaías que él “sería contado entre los malhechores”? (Is 53,12). Cristo era así el representante de la humanidad pecadora. El propósito de su bautismo, pues, quedaba aclarado por el mismo Jesús: quiso hacerse uno más entre los pecadores. Mateo hizo además una segunda modificación. Según Marcos, los tres sucesos acontecidos (la visión del cielo abierto, la visión del Espíritu y la audición de la voz) habían sido percibidos sólo por Jesús. En cambio según Mateo el primer elemento fue percibido por todos los presentes, pues dice que “se abrieron los cielos”, en vez de que “vio (Jesús) que los cielos se rasgaban” como ponía Marcos. También el tercer elemento, la voz de Dios, fue escuchada por todos, pues ella dice: “Éste es mi Hijo”, como dirigiéndose a todos, y no “Tú eres mi Hijo”, como en Marcos. Así, para Mateo todos fueron testigos de la superioridad de Jesús sobre Juan. Sólo el segundo elemento, la visión del Espíritu, sigue siendo exclusiva de Jesús, pues escribe que “vio (en singular) al espíritu de Dios que bajaba”.

El evangelio de Mateo no terminó de convencer. Si de todos modos Jesús había sido bautizado por Juan, entonces éste era superior. No había nada que hacerle. Y la competencia sobre la preeminencia de Jesús o del Bautista se agudizó. Los evangelios traen los ecos de estas disputas. Un día, por ejemplo, el pueblo comentaba que el Bautista era la persona más grande nacida de mujer. Jesús lo confirmó: “Les aseguro que entre los nacidos de mujer ninguno es mayor que Juan”. Pero luego agregó: “Sin embargo el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él” (Lc 7,28). ¿Y quién era “el” más pequeño en el Reino de Dios? ¿Quién era el que no había venido a ser servido, sino a servir a todos? No era otro que Jesús. Así, él mismo, delicadamente, se declaraba superior a Juan. En otra oportunidad, los círculos juaninos enseñaban que su maestro era la Luz que vino a iluminar este mundo. Entonces el cuarto evangelista tuvo que aclarar que en realidad “él no era la luz, sino que vino a dar testimonio de la Luz. El Verbo (o sea Jesús) era la Luz verdadera” (Jn 1,8-9).

También circulaban en estos grupos narraciones maravillosas sobre el nacimiento milagroso de Juan, y cómo un ángel había hablado con su padre Zacarías, curando la esterilidad de su madre Isabel. Lucas recogió estos relatos al comienzo de su evangelio, pero puso a continuación los de Jesús, para recordar cómo éste eran tan superior a Juan que ni siquiera había necesitado un padre humano para nacer (Lc 1-2). Ante esta perspectiva de confrontación entre los cristianos y los juaninos, el bautismo de Jesús por Juan resultaba cada vez más embarazoso para la iglesia primitiva. Fue en ese momento cuando le tocó escribir a san Lucas, el tercer evangelista. Y no queriendo eliminar este hecho, por la importancia que tenía, optó por eliminar a Juan. Y escribe simplemente: “Cuando todo el pueblo se estaba bautizando, se bautizó también Jesús” (Lc 3,21). ¿Quién lo bautizó? No lo menciona. Pero quiso insinuar que no fue Juan, ya que un versículo antes de contar el bautismo de Jesús, dice que Juan estaba preso en la cárcel por orden del rey Herodes (Lc 3,20).

Luego Lucas añade una nueva modificación: que Jesús estaba “en oración” cuando ocurrieron las tres manifestaciones de Dios. Con este detalle quiso desviar la atención del hecho mismo del bautismo para centrarla en la figura majestuosamente orante de Jesús. Por último, Lucas completa el proceso iniciado por Mateo, ya que el pueblo presente aquel día no sólo ve los cielos abiertos y oye la voz, sino incluso ve al Espíritu Santo descender sobre Jesús “en forma corporal de paloma”. Ahora los tres acontecimientos son públicamente conocidos. Ahora ante todo el mundo está claro que sólo Jesús es el centro y la cumbre de la escena. Pero el movimiento juanino siguió adquiriendo auge y expansión, y llegó hasta Alejandría (Egipto). El libro de los Hechos de los Apóstoles relata que uno de los oradores más brillantes de la antigüedad, un tal Apolo, oriundo de esta ciudad, pertenecía a ese grupo (Hch 18,24-25). Luego alcanzó el Asia Menor, en donde ganó adeptos entre los judíos. Los Hechos cuentan que en Efeso, al oeste del Asia Menor, Pablo encontró discípulos de Juan el Bautista (Hch 19,1-3). La secta llegó a competir de tal manera con los cristianos, que se convirtió en una verdadera amenaza para ellos. Esto lo vemos en el Cuarto Evangelio, donde el autor se ve obligado a afirmar que el Bautista no era la luz (Jn 1,8), ni el Mesías, ni Elías, ni el profeta esperado (Jn 1,19-24), ni hizo milagros (10,41); lo cual muestra claramente que en esta época había gente que pensaba todo esto de Juan.

Por otra parte, las respuestas del nuevo evangelio de Lucas tampoco satisfacían del todo a la gente, que seguían cuestionando la actitud de Jesús de hacerse bautizar. Por eso cuando se compuso el cuarto y último evangelio, precisamente en Efeso, donde las comunidades juaninas eran fuertes, su autor decidió cortar por lo sano, e hizo lo que ningún otro evangelista se había atrevido: suprimió el relato del bautismo de Jesús. Por eso es el único que no lo menciona. Solamente lo supone, cuando cuenta que un día Juan el Bautista vio venir de lejos a Jesús, y dijo a la multitud: “Ese que viene ahí es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. He visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se quedaba sobre él” (Jn 1,29.32). Pero ¿cuándo vio al Espíritu descender sobre él? El evangelista calla. Sobre este conflictivo problema del bautismo prefiere guardar un prudente silencio. Así es como un hecho histórico, realmente sucedido en la vida de Jesús fue contado de modos distintos por los cuatro evangelistas, según los problemas que las comunidades destinatarias tenían. Sin distorsionar la verdad, sin cambiar el mensaje ni modificar lo esencial, cada autor supo acomodarlo para que los lectores pudieran entenderlo y aprovechar al máximo la riqueza escondida en este acontecimiento vivido por Jesús. Conservando el relato primigenio cada uno le dio forma distinta, lo retocó y amoldó, no según su propio parecer, sino según el mismo Espíritu Santo los inspiraba. No lo adaptaron porque les resultaba más cómodo ni por el afán de alterar la realidad, sino porque Dios los movía para que su palabra fuera comprendida mejor por la gente.

Es la forma como predicaron los primeros evangelistas. Es la forma como debemos hacerlo nosotros. Tomar los hechos que leemos en las Sagradas Escrituras, y si para los demás, los que están alejados de la fe, resultan incomprensibles, no salir a repetirlos como están, sino más bien hacerlos carne, amoldarlos a nuestra vida, asimilarlos, y sólo después difundirlos, convertidos en gestos comprensibles por todos los miembros de la comunidad.

Ariel Álvarez Valdez
Biblista

LOS PARADIGMAS DEL CONCILIO VATICANO II-SEGUNDA PARTE

También con posterioridad al Vaticano II eclosionó en la teología el tema de la ecología. No sólo el tema de la urgencia del cuidado ambiental o la emergencia climática que parece estarnos situando al borde de un desastre planetario. La ecología llegó apenas a su madurez en los años 70 con el movimiento de la “ecología profunda”, que implica una manera revolucionaria de repensar la realidad, el cosmos y a nosotros mismos. Desde esta visión es toda la teología y todo el cristianismo el que hay que rehacer. Tarea no sólo urgente, por los mismos criterios que con los otros paradigmas, sino porque todo indica que estamos en los últimos años hábiles para evitar entrar en una pendiente sin retorno hacia un cambio climático severo, que puede extinguirnos como especie y llevarnos a la extinción de todo lo humano.

Aunque prácticamente desconocido en muchas regiones y apenas planteado por algunos grupos especialmente vigilantes, este paradigma tampoco es nuevo. Es una intuición que ya nos ha visitado varias veces en el tiempo de vida de la actual generación, pero que vuelve ahora “en espiral”, más adentro y más abajo, pertrechada con conocimientos auxiliares de la antropología cultural que la convierten en un desafío ya inaplazable. Plantea este paradigma la superación de aquel supuesto que otorgaba clásicamente a la religión la categoría de cuerpo especial de sabiduría y medio de realización espiritual avalado directamente por la Divinidad, revelado e incuestionable en las sociedades tradicionales. Hoy, la antropología cultural cree conocer, de un modo medianamente aceptable, las bases humanas de la espiritualidad.

Cree conocer cómo se ha producido el surgimiento de las religiones con el advenimiento de la sociedad agraria, los procesos de su elaboración y evolución, así como los mecanismos internos de su funcionamiento epistemológico y la función que en ellas tienen los mitos y las creencias. El Cristianismo -que es también una religión agraria- se ve desafiado. O cambia, en una auténtica metamorfosis, dejando de ser religión (agraria, neolítica) o desaparecerá. O continúa, más allá de ese formato agrario, o quedará históricamente superado. Desde esta perspectiva, un Concilio inter-religioso sería tal vez lo más urgente para que todas las religiones, todas ahora reunidas todos en Concilio, afrontaran de frente su futuro, en vez de cerrar los ojos a lo que las ciencias y la opinión pública creen que está apareciendo ya por el horizonte y comenzando a llenar el escenario.

Analizar hoy el campo religioso sólo en los términos generados por el Concilio Vaticano II resultaría absolutamente insuficiente. Un discernimiento actualizado debe desbordar los marcos ya estrechos del Concilio. Aunque hoy lográramos poner en práctica todo el Vaticano II -y estamos a mucha distancia de haberlo hecho-, quedaríamos todavía totalmente fuera de lo que son los planteamientos mínimos necesarios para comenzar a afrontar la problemática que hoy nos apremia. Quienes vivieron el Concilio en el propio momento, a corazón abierto, sintiéndose en la sintonía de la Iglesia universal, no pueden simplemente -con imposibilidad epistemológica- negar lo que vivieron o rechazarlo cuando se enfrentan a interpretaciones impuestas por decretos autoritarios posteriores.

Los muchos cristianos que abandonan la Iglesia Católica desde hace años testimonian la gravedad de la situación. Con los años, la situación ha cambiado tanto y tan rápidamente, que el conflicto de interpretaciones sobre el Concilio se hace insignificante ante la magnitud de los nuevos desafíos aparecidos, que se van acumulando hasta parecer inabarcables. Hoy la problemática conciliar ha quedado desbordada por otra mucho más honda. Por eso es por lo que la situación de crisis generalizada, de abandono por parte de millones de fieles, no se da sólo entre los católicos, sino también entre las Iglesias protestantes históricas. La problemática actual está mucho más allá del Concilio. Es simplemente humana, enteramente común a católicos y protestantes, y en realidad, común a todas las religiones, aunque algunas apenas están comenzando a experimentar la crisis y sus consecuencias.

Nos guste o no, el Concilio Vaticano II no logró ser “de feliz memoria” ni de recepción pacífica, más allá de la acogida inmediata y entusiasta con que fue recibido y de la vitalidad desbordante que suscitó en su primera etapa en las bases. Pronto surgió el miedo y la oposición declarada. No se pudieron implementar mediaciones concretas para la aplicación de sus directrices a la propia Iglesia, a su reforma democrática y participativa, a temas como el celibato, la sexualidad, la colegialidad, el Papado, etc. La situación se ha complicado posteriormente porque han pasado ya más de 50 años y no han cesado de aparecer nuevos desafíos desde la cultura, a los que se ha tratado de dar respuesta desde actitudes involutivas anti conciliares, cada vez más distantes de las nuevas propuestas.

El efecto es conocido: autoexilio de muchos cristianos, diálogo de sordos entre la teología y la doctrina oficial, distancia abismal entre la Iglesia jerárquica y la vanguardia cultural de la sociedad, contradicción entre el discurso oficial y la práctica moral real de los fieles, abandono de la Iglesia, regreso de las apostasías y pérdida masiva de fieles también en América Latina. Así como Mayo 68 saltó por encima de la problemática que había planteado el Concilio y la desbordó, así el tsunami cultural actual está saltando por encima de todas nuestras polémicas, encontrándonos en un estado de extrema debilidad, por la involución y por el conflicto de interpretaciones de un evento -el Vaticano II- ya superado.

La conclusión obvia es un inmenso interrogante: ¿Es posible imaginar a corto plazo siquiera un afrontamiento -no digamos una superación- de los desafíos pendientes? ¿Qué habrá de pasar para que se pueda y dar un cambio de actitud en la Iglesia jerárquica? ¿Y qué pueden y deben hacer, mientras, los cristianos y cristianas que creen estar interpretando lo que pasa, y no quieren renunciar a su derecho fundamental primario, el derecho a ser personas de su tiempo y a vivir según su conciencia?

martes, 12 de enero de 2021

BARBATOS

BARBATOS es un demonio que fue oportunamente denunciado por distintos grimorios y libros prohibidos de la Edad Media como un seductor empedernido. Se dice que el promiscuo BARBATOS se empeña en seducir a las mujeres, sobre todo en verano y a la hora de la siesta. Algunos demonólogos y expertos en fenómenos paranormales sostienen oscuramente que este demonio manifiesta una marcada predilección por las mujeres de caderas generosas.

Estos mismos sabios afirman que BARBATOS hace verdaderos estragos durante las vacaciones y feriados, camuflándose como un muchacho amancebado o bien bajo el aspecto de un hombre viril y parco, según la fantasía de su víctima. Los grimorios más antiguos de demonología observan en BARBATOS uno de los aspectos arquetípicos del héroe cultural, similar, en parte, al legendario Robin Hood; es decir: un hábil asaltante de bosques y encrucijadas (y mujeres) que despoja a los poderosos (sus maridos) para repartir el botín entre los pobres (naturalmente, él mismo).

Físicamente, BARBATOS es uno de los demonios más atractivos del infierno, lo cual facilita enormemente su tarea. La confianza, en cierta forma, puede despertarse gracias a la buena presencia del prestidigitador. En otros aspectos, BARBATOS se destaca por su habilidad para desentrañar los oráculos que se ocultan en la voz de los animales, cuyos resultados regala sin vacilar a sus devotos, acaso para aliviarlos de esa horrorosa ansiedad que llamamos porvenir. En demonología BARBATOS es un demonio de poca importancia, uno de los tres ayudantes de ASTAROTH junto con AAMON PRUSLAS. Pero de acuerdo con la mayoría de otras fuentes, se trata del Conde-Duque del Infierno. BARBATOS gobierna treinta legiones de demonios y tiene cuatro reyes como séquito para mandar sus legiones. Otorga el entendimiento de las voces de los animales, como decíamos, conoce el pasado y el futuro, puede ganarse amigos y gobernantes, y puede conducir a los hombres a tesoros escondidos que han sido ocultados por hechizos de magos a cambio de su alma.

LOS PARADIGMAS DEL CONCILIO VATICANO II-PRIMERA PARTE

El Vaticano II sí constituyó una auténtica revolución. Teorías, concepciones, normas, costumbres, prácticas, ritos, fórmulas... que llevaban cuatro siglos en vigor y eran consideradas prácticamente inmutables, fueron profundamente transformadas, al dar paso la Iglesia a una nueva mentalidad, a la mentalidad moderna. En el siglo 16 la Iglesia había reaccionado negativamente contra el pensamiento moderno, que vio concretado en la Reforma Protestante, de Lutero, a la que condenó.

Posteriormente, el Concilio de Trento se centró en la llamada Contrarreforma, una posición beligerantemente contraria a los valores modernos, de perpetuación de los valores antiguos y medievales y a la defensiva ante todo lo moderno. En esa situación continuaba la Iglesia a mediados del siglo 20, y ésa es la actitud que quebró, y que fue desechada sin dificultad, por el nuevo Concilio, convocado por el Papa Juan XXIII.

El Vaticano II suscitó un entusiasmo general como hacía tiempo no se recordaba en la Iglesia católica. Muchos grupos, comunidades, sacerdotes y fieles abrazaron la nueva mentalidad y se adentraron por el camino de las muchas reformas que proponía. Sin embargo, tantos cambios no iban a ser fáciles. El Concilio Vaticano II dio solamente un primer paso, sin imaginar que, a partir de ahí, la Iglesia no iba a poder dejar de continuar caminando, en las décadas sucesivas, en lo que ha sido quizá el período más denso e intenso de renovación y debate interno de toda su historia. No han dejado de aparecer nuevas ideas, replanteamientos, perspectivas y desafíos. Entraron en escena nuevos paradigmas teológicos, que plantean grandes desafíos para la reflexión y la acción.

Tras varios siglos de enfrentamiento con el desarrollo de la ciencia y con la nueva conciencia de la emancipación de la humanidad frente a la tutela religiosa, el Concilio Vaticano II puede ser calificado teológicamente como la reconciliación del catolicismo con la primera modernidad. Fue un primer intento, limitado y contradictorio. Fue una reconciliación parcial -en cuanto que no se aplicó a las mismas estructuras jurídicas de la Iglesia- y fue también contradictoria, en cuanto que para llegar al consenso hubo de incurrir en ambigüedades, introduciendo concesiones a los grupos opuestos. Pero, en todo caso, significó el desbloqueo del impase que se arrastraba desde hacía siglos y fue un buen inicio para un camino que se recorrería después, despertando enorme interés y una desbordante vitalidad.

El Concilio llegó muy tarde, con una demora de varios siglos en el establecimiento del diálogo con la modernidad. Los analistas sitúan después del Concilio Vaticano II la llamada revolución cultural de mayo del 68, una profunda vuelta de tuerca de la modernidad en la sociedad ya inicialmente globalizada, que planteó nuevos cambios hasta entonces no contemplados: revolución cultural, sexual y femenina, crítica al poder, al Estado, a la democracia formal, a los valores establecidos. La Iglesia católica vivió esta “revolución cultural” en plena efervescencia de la apertura conciliar. Y en primera línea, ya sin la defensa de la clásica “separación del mundo” con la que hasta entonces se había auto-protegido. Como el resto de la sociedad, no pudo tener distancia crítica para saber cuáles serían las consecuencias de aquella nueva propuesta cultural. Esto fue causa adicional e imprevista de un gran malestar en el sector conservador de la Iglesia, que achacó al Concilio la desorientación que estaba produciendo en la Iglesia la nueva revolución cultural, lo que desató una fuerte oposición interna al propio Concilio.

Muy pronto, a partir de los años 70, surgió en América Latina una nueva propuesta teológica, liderada en principio por la Conferencia de Obispos Latinoamericanos. La Teología de la Liberación quiso ser inicialmente la aplicación y adaptación del Concilio Vaticano II a la Iglesia del continente. Pero terminó siendo una reinterpretación del conjunto del Cristianismo con la introducción de tres dimensiones hasta entonces olvidadas: la historicidad -que dialogaba con la segunda modernidad-, el reino centrismo -poner en el centro, por encima de todo, por encima incluso de la Iglesia, la utopía de Jesús, que él llamaba “el Reino”, idea que desplazaba el eclesiocentrismo- y la opción por los pobres, que rompía la milenaria alianza con el poder político y económico, ruptura que fue calificada como “el acontecimiento eclesial más importante desde la Reforma Protestante”. América Latina produjo un estilo de teología que se expandiría a partir de entonces al Cristianismo universal.

La Teología de la Liberación se extendió a Asia, a África y a Europa y aun hoy pervive y con entusiasmo. La envergadura y la importancia de lo que planteaba y la transformación que llevó a cabo esta teología habría podido merecer y justificar un hipotético Concilio Vaticano III. Un factor decisivo en ese momento -en principio, ajeno a lo propiamente teológico- fue la elección en 1978 como Papa de Karol Wojtyla, quien había sido precisamente líder del Coetus minor -la minoría perdedora- de los obispos cuyas propuestas resultaron desechadas en el Concilio Vaticano II. Desde el punto de vista de las consecuencias para la teología cabe resaltar el nombramiento de Josef Ratzinger como encargado de la Congregación de la Doctrina de la Fe, quien con su Informe sobre la fe comenzó una campaña de reinterpretación involutiva del Concilio, de descalificación de la Teología de la Liberación y de persecución de los teólogos más creativos.

El Vaticano II abrió tímidamente esta puerta cuando propició una superación tímida del “exclusivismo” -pensar que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación-, reconociendo que las otras religiones también tienen “algunos elementos de verdad y de salvación”. A partir del área anglosajona del mundo, y sobre todo en Asia, donde el cristianismo experimentaba severamente la sensación de ser minoría en medio de una pluralidad religiosa insuperable, surgió el paradigma pluralista, un nuevo modelo de pensamiento que reinterpreta el Cristianismo no como “la única religión verdadera”, sino como una de las muchas religiones del mundo. A esto se suma otro paradigma: el feminismo: aunque las raíces del movimiento feminista son históricamente antiguas, su gran eclosión se ha dado apenas hace unas décadas, en el siglo 20. Y aunque procede de la sociedad civil, este paradigma ha sido ya asimilado en la teología y ha calado profundamente en sectores muy amplios del pensamiento y de las bases del cristianismo, especialmente en una gran mayoría de cristianas, tanto laicas como religiosas.

El paradigma feminista, auxiliado por los cada vez más numerosos estudios de género, ha mostrado hasta qué punto el cristianismo tradicional está influido por la ideología patriarcal, con la consiguiente marginación y minusvaloración de la dimensión femenina y de sus valores a todos los niveles, desde la imagen misma de Dios, hasta la organización de toda la vida cristiana. A nivel teórico, los logros de este paradigma son ya irreversibles y es en el nivel práctico, el nivel de la implementación de sus consecuencias en la vida eclesial, donde casi todo sigue por hacer. También en este caso, un cambio de paradigma tan profundo como propone el feminista, bien merecería en tiempos sanos todo un Concilio ecuménico, expresamente convocado para acogerlo con la profundidad y la coherencia necesarias.

¿BAUTIZÓ JUAN EL BAUTISTA A JESÚS? - PRIMERA PARTE

Una fresca mañana, probablemente de enero del año 27, sobre la cuesta que se desliza hacia la margen del río Jordán cerca del poblado de Betania, se detuvo un hombre proveniente de Nazaret de poco más de treinta años. Desde lo alto contempló el grandioso espectáculo: una abigarrada multitud de campesinos, soldados, funcionarios públicos, hombres y mujeres de toda edad y condición acudían a hacerse bautizar por un austero profeta recientemente aparecido, llamado Juan.

Allá abajo el profeta, con el río hasta la cintura, después de exhortar a la muchedumbre a la conversión, levantaba su mano y derramaba sobre la cabeza de los penitentes el agua cristalina. En aquel agreste escenario de piedras y palmeras, mezclado entre el pueblo sencillo, también el hombre de Nazaret se dirigió hacia Juan. Y sumergiéndose en las aguas, como si tuviera culpas que lavar, se dejó bautizar mansamente. El acontecimiento fue considerado de tal importancia por la Iglesia primitiva, que los tres evangelios sinópticos, es decir Mateo, Marcos y Lucas, lo relatan. Fue inmortalizado en innumerables cuadros, pinturas y relieves, pasó a ser uno de los motivos más divulgados de la iconografía cristiana, y se convirtió en la gran fiesta litúrgica del “Bautismo del Señor” que da comienzo al ciclo de los domingos del tiempo ordinario.

Pero cuando leemos el relato que los evangelios traen del bautismo de Jesús, nos damos con tres versiones distintas. En efecto, Mateo dice que Juan no quería bautizarlo y opuso resistencia (Mt 3,13-17). En cambio Marcos afirma que lo bautizó sin ningún problema, como un acontecimiento común (Mc 1,9-11). Juan, por su parte, calla este episodio, como si no hubiera existido. Y Lucas sólo lo menciona de pasada, casi como no queriendo contarlo (Lc 3,21-22). ¿Quién de todos tiene razón y cuenta el acontecimiento tal como sucedió históricamente? ¿Qué misterio se esconde detrás de estos relatos del bautismo? Para entenderlo bien hay que tener en cuenta una clave de los escritores evangélicos: ellos no quisieron contar los acontecimientos simplemente como escuetas y frías crónicas, sino que trataron de aprovechar al máximo los episodios narrados para sacar todas las enseñanzas posibles que dejaban.

Para ello, cada evangelista tuvo en cuenta los destinatarios a quiénes escribía, y los problemas particulares de la comunidad a la que dedicaba su evangelio. Ante todo hay que dejar en claro que el bautismo de Jesús fue un hecho histórico, un episodio real de su vida. Y el primer evangelista que lo puso por escrito fue Marcos, quien compuso su libro alrededor del año 70. Según su relato, luego de presentarse Jesús en el río Jordán fue bautizado por Juan. Entonces ocurrieron tres cosas: la primera es que “se rasgaron los cielos” (Mc 1,9). Este acontecimiento era esperado desde hacía mucho. Un antiguo profeta anónimo, llamado el Tercer Isaías, amargado por el estado de desolación en el que yacía Israel en el siglo V a.C., había dirigido una angustiosa y conmovedora plegaria a Dios pidiéndole que abriera los cielos aunque fuera por última vez y obrara un gran milagro en favor de su pueblo, tal como lo había hecho antiguamente: “Ah, si rompieras los cielos y descendieras” (Is 63,19).

Pues bien, el bautismo de Jesús era la respuesta a esa plegaria. Pero de una manera impresionante. Dios abría los cielos ahora para avisar que había enviado no un favor cualquiera, sino a su hijo en persona. Con este detalle Marcos quería decir que ese hombre que se estaba bautizando venía nada menos que de los cielos, de junto a Dios. La segunda cosa que según Marcos sucedió fue que “descendió el Espíritu sobre él como una paloma”. También con este hecho se cumplía una profecía. Joel 400 años antes había anticipado que cuando llegara el final de los tiempos Dios iba a derramar su Espíritu desde los cielos (Jl 3,1-5). Al bajar ahora sobre Jesús que se bautizaba, Marcos anunciaba que quedaban inaugurados los últimos tiempos, los más importantes de la historia.

Para Marcos era muy importante aclarar que el descenso del Espíritu ocurrió cuando “Jesús ya había salido del agua” (Mc 1,10) y el bautismo había terminado. Es decir, que el Espíritu Santo no había venido como consecuencia del bautismo de Juan, pues éste no era un sacramento ni tenía ninguna eficacia, como lo tendrá después el bautismo cristiano. La ablución que el precursor administraba era sólo un rito exterior, símbolo de que los pecadores que se acercaban arrepentidos y cambiaban de vida quedaban interiormente purificados. El mismo Juan lo había aclarado, diciendo: “Yo los he bautizado con agua, pero él (Jesús) los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1,8).

La tercera cosa que sucedió fue que “vino una voz de los cielos”, le habló únicamente a Jesús y le dijo “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11). Para entender esta sentencia, hay que saber que desde hacía muchos siglos Israel esperaba a un misterioso personaje, a quien llamaban el “Siervo de Yahvé”, que iba a redimir a todo el pueblo judío con sus sufrimientos. Según Isaías, que fue quien lo anunció, una de sus características era que Dios se complacería en él (Is 42,1). Pues bien, al decir la voz que el joven nazareno recién salido del agua era aquél en quien Dios se complacía, señalaba a Jesús como el “Siervo de Yahvé”, el redentor de Israel, el ansiado personaje ungido con el espíritu profético de Dios, que un día descendería hasta la misma muerte humana a fin de infundir una nueva vida a todos los hombres.

Ariel Álvarez Valdez
Biblista

martes, 5 de enero de 2021

LINGUA DIABOLI EL LENGUAJE DEL DIABLO

Existen pocas referencias acerca del LINGUA DIABOLI, o LENGUAJE DEL DIABLO, básicamente el idioma en el que Satanás y el resto de los demonios que pueblan el infierno utilizan para comunicarse entre sí. De acuerdo a Dante y su obra literaria, LA DIVINA COMEDIA, el infierno está repleto de dialectos impronunciables, generalmente hablado por los réprobos. No se trata de un lenguaje articulado, sino más bien de una alucinada combinación de gritos, aullidos y ululaciones de los condenados. En el segundo recinto del infierno, donde habitan los aduladores, se habla un lenguaje hecho únicamente de términos vulgares. De hecho, Dante aclara que los que pueblan este recinto están sumergidos en excrementos, producto de las palabras que ellos mismos produjeron a lo largo de la vida.

Si bien es cierto que Dante no menciona directamente la LINGUA DIABOLI, podemos hallar evidencias de su sintaxis en la pronunciación obscena y grotesca de todas las lenguas humanas que se hablan en el infierno. Las palabras que allí se utilizan son las mismas que empleamos en la tierra, pero con una acentuación diferente, llena de ira, rencor y agonía. Algunos sostienen que la LINGUA DIABOLI, el lenguaje del diablo, no puede ser pronunciado por los humanos, sencillamente porque carecemos de las herramientas vocales para articularlo. Las palabras de esa lengua están tan cargadas de odio y resentimiento que para poder pronunciarlas es necesario sentir el mismo impulso insensato, y acaso exagerado, que las forjó en primer lugar.

De todas formas, algunos grimorios y libros prohibidos aclaran que el propio LUCIFER se encargó de diseñar una versión degradada del LINGUA DIABOLI para ser representada durante las misas negras. Se la conoce como TRANSITUS FLUVII: el lenguaje de las brujas, también utilizado por la nigromancia y la magia negra. El primero en denunciar esta variante, fue CORNELIO AGRIPPA en su obra: DE OCCULTA PHILOSOPHIA. Allí delata que el TRANSITUS FLUVII —del latín, cuyo significado en español es «CRUCE DEL RÍO»— consta de 22 caracteres que, a su vez, también son una deformación de la LENGUA ADÁNICA: el idioma en el que Dios le habló a Adán por primera vez.

Otros libros prohibidos sostienen que la LINGUA DIABOLI desciende en realidad del Enoquiano, el idioma de los ángeles, descrito en El libro de Enoc y hablado tanto por los humanos como por los ángeles caídos antes del desastre de la Torre de Babel; esencialmente, el primer y único idioma universal. En este sentido, Satanás habría empleado una versión desmejorada del Enoquiano; sin embargo, esta misma tradición explica que no fue exactamente el príncipe de las tinieblas su verdadero creador. Más allá de estas tradiciones, mitos y leyendas, es realmente poco lo que se sabe con certeza sobre la LINGUA DIABOLI; lo cual ha llevado a ciertos exégetas a preguntarse si realmente existe, o bien si su construcción y estructura responden a cuestiones que van más allá de la necesidad de comunicarse.

Es probable que la LINGUA DIABOLI esté hecha únicamente de silencios, y que cuando uno accede a las estancias infernales, ya sea como simple invitado, como Dante, o quizá como injusto condenado, como Virgilio, descubra que no hay expresión más desoladora, más indescifrable pero también más elocuente, que el imperturbable y absoluto silencio que impera en el abismo.