miércoles, 27 de febrero de 2013

El director del programa radial EL ALFA Y LA OMEGA invitado en el programa radial “Opiniones en voz alta”


Buenos Aires, 27 de Febrero de 2013 (AI).- La producción del programa radial EL ALFA Y LA OMEGA, con ocasión de los 20 años de esta emisión, ha coordinado con colegas y amigos de Alfredo y Carlos, la presencia en diferentes medios de comunicación. En esta oportunidad el programa radial elegido fue “Opiniones en voz alta” que conduce un amigo de la casa, como lo es el periodista Hugo Cainzos, que tuvimos la oportunidad de disfrutar su compañía cuando condujo la emisión 400 de EL ALFA Y LA OMEGA, junto al periodista Eduardo Barrantes.

Alfredo participó durante dos horas en “Opiniones…” y compartió su experiencia como comunicador, cuáles fueron sus inicios en la radio, como surge el programa, la temática, el modo de llegar al público con un lenguaje transparente y real, sin mentiras ni máscaras donde ocultarse. También hablo de ANUNCIAR Grupo Multimedio de Comunicación, Asociación Civil, del cual es presidente y comento el megaproyecto radial “El viaje que cambió al mundo” radioteatro que trata sobre los 4 (cuatro) viajes de Cristóbal Colón.

Escucha la entrevista completa
(Duración 37.47)

Entrevista al Director de EL ALFA Y LA OMEGA en el programa radial "Opiniones en voz alta" (27.02.2013)

martes, 26 de febrero de 2013

¿Qué entendemos por Creo en Dios?


En este Año de la Fe, vamos a reflexionar juntos sobre el Credo, la solemne profesión de fe que acompaña nuestras vidas como creyentes. El Credo comienza así: "Creo en Dios". Es una afirmación fundamental, aparentemente simple en su esencialidad, que sin embargo abre al mundo infinito de la relación con el Señor y con su misterio. Creer en Dios implica adhesión a Dios, acogida de su Palabra y obediencia gozosa a su revelación.

¿Dónde podemos escuchar a Dios que nos habla? Para ello es fundamental la Sagrada Escritura, en la que, la Palabra de Dios se hace audible para nosotros y nutre nuestra vida de "amigos" de Dios. Toda la Biblia narra la revelación de Dios a la humanidad, toda la Biblia habla de la fe y nos enseña la fe, narrando una historia en la que Dios lleva a cabo su plan de redención y se acerca a los hombres, a través de tantas figuras luminosas de personas que creen en Él y confían en Él, hasta la plenitud de la revelación en el Señor Jesús.

El capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, que habla de la fe y hace relucir las grandes figuras bíblicas que han vivido la fe, llegando a ser modelo para todos los creyentes: "Ahora bien, la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven" (11,1), dice el primer versículo. Los ojos de la fe son, por lo tanto, capaces de ver lo invisible y el corazón del creyente puede esperar más allá de toda esperanza, al igual que Abraham, del que Pablo dice en la Carta a los Romanos que "creyó, esperando contra toda esperanza" (4,18).

La Carta a los Hebreos lo presenta así: "Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa. Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios". (11, 8-10).

El autor de la Carta a los Hebreos se refiere aquí a la llamada de Abraham, narrada en el libro del Génesis ¿qué le pide Dios a este gran patriarca? Le pide que abandone su tierra para ir al país que le mostrará. El Señor dijo a Abram: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré" (Génesis 12, 1). ¿Cómo habríamos respondido nosotros a una invitación semejante?

Se trata, en efecto, de un partir en la oscuridad, sin saber dónde lo conducirá Dios, es un camino que requiere una obediencia y una confianza radicales, a la que sólo la fe permite acceder. Pero la oscuridad de lo desconocido está iluminada por la luz de una promesa; Dios añade a su mando una palabra tranquilizadora, que le abre a Abraham un futuro de vida en toda su plenitud: "Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre... y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra" (Gen 12,2.3).

El narrador bíblico hace hincapié en esto, aunque muy discretamente: cuando Abraham llegó al lugar de la promesa de Dios: "los cananeos ocupaban el país" (Gen 12:6). La tierra que Dios le dona a Abraham no le pertenece, él es un extranjero y lo seguirá siendo para siempre, con todo lo que ello conlleva: no tener intenciones de posesión, sentir siempre la propia pobreza, verlo todo como un don. Ésta es también la condición espiritual de quien acepta seguir al Señor, de quien decide partir aceptando su llamada, bajo el signo de su bendición invisible pero poderosa.

La fe conduce a Abraham a seguir un camino paradójico. Él será bendecido, pero sin los signos visibles de la bendición: recibe la promesa de formar un gran pueblo, pero con una vida marcada por la esterilidad de Sara, su esposa; es llevado a una nueva patria, pero tendrá que vivir como un extranjero; y la única posesión de la tierra que se le permitirá será el de una parcela de terreno para enterrar a Sara (cf. Gn 23,1 a 20).

¿Qué significa esto para nosotros? Cuando decimos: "Yo creo en Dios", decimos, como Abraham: "Confío en ti, me confío a ti, Señor", pero no como a Alguien a quien se acude sólo en los momentos de dificultad o al que dedicar algún momento del día o de la semana. Decir "Yo creo en Dios" significa fundar en Él mi vida, dejar que su Palabra la oriente cada día, en las opciones concretas sin temor de perder algo de mí mismo.

Benedicto XVI a partir de su abdicación ¿qué sucede con su Infalibilidad pontificia?



En la teología de la Iglesia Católica Romana la infalibilidad pontificia constituye un dogma, según el cual el papa está preservado de cometer un error cuando él promulga, a la Iglesia, una enseñanza dogmática en temas de fe y moral bajo el rango de «solemne definición pontificia» o declaración ex cathedra. Como toda verdad de fe, ninguna discusión se permite dentro de la Iglesia católica y se debe acatar y obedecer incondicionalmente. Esta doctrina es una definición dogmática establecida en el Concilio Vaticano I de 1870.

La Iglesia católica explica la infalibilidad del papa como efecto de una especial asistencia que Dios hace al romano pontífice cuando éste se propone definir como «divinamente revelada» una determinada doctrina sobre la fe o la moral. La enseñanza de la infalibilidad pontificia no sostiene el posible error del Papa, esto es, la imposibilidad de que el papa se equivoque cuando da su opinión particular sobre algún asunto. Tampoco sostiene que el Papa esté libre de tentación ni de pecado. Según la guía doctrinal de la Iglesia, la enseñanza del papa está libre de errores solo cuando es promulgada como «solemne definición pontificia», que se supone asegurada siempre por la asistencia personal del Espíritu Santo.

La doctrina católica sostiene que Jesús estableció su Iglesia fundamentándola en la persona de Simón Pedro (y, por consiguiente, de sus sucesores los papas), diciéndole «lo que ates en la Tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la Tierra quedará desatado en los Cielos» (por tanto, dándole potestad suprema), y a quien encargó la misión de «apacentar a sus ovejas» y «confirmar a sus hermanos» en la fe; además prometió que enviaría el Espíritu Santo para que gobernase la Iglesia y la iluminara con la verdad, y que Él mismo permanecería con ella hasta el fin de los tiempos.

La conjunción de estas promesas son tomadas por la Iglesia católica como fundamento de la doctrina de la infalibilidad, al entender que Jesús prometió una asistencia real y permanente a la Iglesia, por sí y por el Espíritu Santo, y especialmente a la persona a la que encargó confirmar en la fe al resto de los cristianos: el Papa. De este modo la Iglesia entiende que es preciso que Dios preserve a la Iglesia, y al Papa que es su Cabeza Suprema, de cometer error en materia de fe o de moral, a fin de que pueda guiar correctamente a los pastores y los fieles y de que todos tengan seguridad de que la doctrina enseñada por ellos es cierta.

Aunque la asistencia del Espíritu Santo al Papa era tradicionalmente considerada como indubitable para la Iglesia, existía la necesidad de mostrar expresamente lo que antes era ya asumido y otorgar al papado una supremacía espiritual total. No es hasta la segunda mitad del siglo XIX, en el marco de los ataques a los Estados Pontificios cuando llega el momento de la definición: es en 1870 cuando el Concilio Vaticano I convocado por el Papa Pío IX define la infalibilidad papal en la constitución dogmática sobre la iglesia Pastor Æternus.

Algunos grupos minoritarios de católicos alzaron su voz con vehemencia tanto dentro como fuera del Concilio para oponerse a la declaración del dogma de la Infalibilidad pontificia. Durante los días en que se debatió la infalibilidad circularon una lluvia de folletos y un sinnúmero de artículos en los diarios y periódicos atacando lo que, según ellos, era un intento de Pío IX de declararse infalible. Ignaz von Döllinger, fue uno de los más conocidos opositores a la infalibilidad papal, y por no aceptarla fue excomulgado el 17 de abril de 1871. Los ánimos se caldearon a tal grado que 14 de los 22 obispos alemanes que se reunieron en Fulda a principios de septiembre de 1869, se sintieron obligados a llamar la atención del Santo Padre por medio de un documento especial en donde decían que debido a la controversia reinante, no consideraban que fuera conveniente definir la infalibilidad papal.

El lunes 18 de julio de 1870, dos meses antes de perder los últimos vestigios de poder temporal con la entrada de las tropas italianas en Roma, se reunieron en el Vaticano 435 padres conciliares bajo la presidencia del Papa Pío IX. Se hizo la última votación sobre la infalibilidad papal, en la que 433 padres votaron placet (a favor) y sólo dos ―el obispo Aloisio Riccio (de Cajazzo, Italia) y el obispo Edward Fitzgerald, de Little Rock (Arkansas)― votaron non placet. Döllinger no dio ningún paso por reintegrarse a la Iglesia Católica; en torno suyo se reunió un grupo de laicos y sacerdotes que con el tiempo darían origen a la iglesia de los veterocatólicos.

Circuló también en la época un famoso discurso atribuido falsamente al obispo Josip Strossmayer. Más allá de quien haya sido su autor (tal parece que un protestante encubierto), el discurso es un documento histórico que brinda una idea de los argumentos contra el dogma de la infalibilidad papal de la época. La creencia en la Infalibilidad pontificia está estrechamente vinculada a lo largo de la historia con la de la supremacía del papa, es decir, con la creencia de que el papa es la cabeza suprema de la Iglesia y tiene por tanto poderes espirituales absolutos en todas las materias de fe y sobre todas las personas bautizadas.

El Concilio Ecuménico de Florencia definió como Verdad de la Fe Católica, que debe ser creída por todos los fieles de Cristo, que «la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el Primado sobre todo el orbe de la Tierra, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y que es verdadero Vicario de Cristo, cabeza de toda la Iglesia, y Padre y maestro de todos los cristianos; y que a él, en el bienaventurado Pedro, le ha sido dada, por nuestro Señor Jesucristo, plena potestad para apacentar, regir y gobernar la Iglesia Universal...»

La fe en la sucesión apostólica y en el ministerio petrino del papa es tomada por la Iglesia como fundamento de la infalibilidad de que se supone que Cristo revistió a Pedro, a fin de que pueda confirmar a sus hermanos en la Fe. Los Concilios de Constantinopla IV (s. IX), de Lyon II (s. XIII) y el mencionado de Florencia (s. XV) enseñaron y sostuvieron la doctrina de la primacía del papa como sucesor de Pedro, también en su función de mostrar la verdad cristiana, y confesaron por tanto su creencia en la infalibilidad del romano pontífice.

En la literatura teológica, aparece por primera vez el término infalibilidad a mediados del siglo XIV, en un tratado escrito por Guido Terrena, narrando la controversia entre los frailes menores y el papa Juan XXII, aplicando este término al Romano Pontífice. La inerrancia de la Iglesia al definir cuestiones de fe y de moral ha sido sostenida por algunos católicos desde el inicio del Catolicismo: ya está contenida esta doctrina en los escritos de los Santos Padres como San Ireneo o Tertuliano. No obstante, y aunque definiciones definitivas sobre las más variadas cuestiones fueron llevadas a cabo en los siglos precedentes, lo que supone el reconocimiento implícito de la irreformabilidad de las mismas y, por tanto, de la imposibilidad de que el Papa se hubiera equivocado en ellas, el dogma no fue solemnemente proclamado hasta 1870.

La Constitución Dogmática Pastor Æternus, promulgada por el Papa Pío IX el 18 de julio de 1870, tras haber sido elaborada y aprobada por el Concilio Ecuménico Vaticano I, contiene la definición solemne del Dogma de la Infalibilidad Pontificia, que es del tenor literal siguiente:

...con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando, ejerciendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, en virtud de su Suprema Autoridad Apostólica, define una doctrina de Fe o Costumbres y enseña que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por lo mismo, las definiciones del Obispo de Roma son irreformables por sí mismas y no por razón del consentimiento de la Iglesia. De esta manera, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de contradecir ésta, nuestra definición, sea anatema.

La constitución dogmática Lumen Gentium del último Concilio Ecuménico celebrado por la Iglesia, Vaticano II, ratifica esta doctrina, para dejar en claro la definición de la infalibilidad papal, en su párrafo 18:

Este santo Concilio, siguiendo las huellas del Vaticano I, enseña y declara a una con él que Jesucristo, eterno pastor, edificó la santa Iglesia enviando a sus apóstoles como él mismo había sido enviado por el Padre (cf. Jn., 20,21), y quiso que los sucesores de estos, los obispos, hasta la consumación de los siglos, fuesen los pastores en su Iglesia. Pero para que el episcopado mismo fuese uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el principio visible y perpetuo fundamento de la unidad de la fe y de comunión. Esta doctrina de la institución perpetuidad, fuerza y razón de ser del sacro primado del romano pontífice y de su magisterio infalible, el santo concilio la propone nuevamente como objeto firme de fe a todos los fieles y, prosiguiendo dentro de la misma línea, se propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la doctrina acerca de los obispos, sucesores de los apóstoles, los cuales junto con el sucesor de Pedro, vicario de Cristo y cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la casa de Dios vivo.

Tres condiciones deben reunirse para que una definición pontificia sea ex cathedra:

Cuando el Papa declara algo acerca de cualquier cuestión de fe o de moral.

Cuando el Papa declara algo «como pastor y maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos». (En cambio no goza de la infalibilidad absoluta cuando habla en calidad de persona privada, o cuando se dirige a un grupo solo y no a la Iglesia toda).

Cuando el Papa declara algo como un «acto definitivo» (o sea cuando expresa claramente que esa declaración es definitiva y que no se podrá cambiar en el futuro).

Un Papa invoca su infalibilidad cada vez que proclama un dogma. Desde 1870 solo se ha proclamado un dogma, el de la Asunción de la Virgen María, que fue proclamado por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950, previa consulta con los obispos del mundo.

Aunque el tema es discutido, cuando un Papa canoniza a una persona reconociendo su santidad, también actúa su infalibilidad.

El Señor me llama a “subir al monte”. El Papa en el último ángelus de su pontificado


(RV).- Segundo domingo de Cuaresma. Mediodía en Roma. Cielo azul sobre un mar humano congregado en la Plaza de San Pedro para rezar con Benedicto XVI en el último Ángelus de su pontificado. El Evangelio del día al centro de la reflexión del Papa. “El tiempo cuaresmal nos enseña a disponer el tiempo justo a la oración personal y comunitaria, dando así respiro a nuestra vida espiritual” meditó el Santo Padre, enfatizando que “la oración no es un aislarse del mundo y de sus contradicciones”, como hubiese querido hacer Pedro sobre el monte Tabor. Reconociendo también que la oración “conduce a la acción”, el Pontífice confesó: “Esta Palabra de Dios la siento dirigida particularmente a mí, en este momento de mi vida. El Señor me llama a ‘subir al monte’, para dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar la Iglesia, por el contrario, si Dios me pide esto, es justamente para que yo pueda continuar sirviéndola con la misma entrega y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora, pero de una manera más adecuada a mi edad y a mis fuerzas”. Al final de la alocución mariana Benedicto XVI agradeció en diferentes idiomas los numerosos testimonios de afecto, cercanía y oraciones que le están llegado en estos días de todas partes del mundo.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, y a cuantos se unen a esta oración mariana a través de los medios de comunicación, agradeciendo también tantos testimonios de cercanía y oraciones que me han llegado en estos días. Jesús, nos dice el Evangelio de hoy, subió al monte a orar, y entonces se trasfiguró, se llenó de luz y de gloria. Manifestaba así quién era él verdaderamente, su íntima relación con Dios Padre. En el camino cuaresmal, la Transfiguración es una muestra esperanzadora del destino final al que lleva el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Y también un signo de la luz que nos inunda y transforma cuando rezamos con corazón sincero. Que la Santísima Virgen María nos siga llevando de su mano hacia su divino Hijo. Muchas gracias, y feliz domingo a todos.  

Texto completo de la alocución del Santo Padre a la hora del ángelus

 Queridos hermanos y hermanas:

En el segundo domingo de Cuaresma la Liturgia nos presenta siempre el Evangelio de la Transfiguración del Señor. El evangelista Lucas resalta de modo particular el hecho de que Jesús se transfiguró mientras oraba: la suya es una experiencia profunda de relación con el Padre durante una especie de retiro espiritual que Jesús vive en un monte alto en compañía de Pedro, Santiago y Juan, los tres discípulos siempre presentes en los momentos de la manifestación divina del Maestro (Lc 5, 10; 8, 51; 9, 28). El Señor, que poco antes había preanunciado su muerte y resurrección (9, 22), ofrece a los discípulos un anticipo de su gloria. Y también en la Transfiguración, como en el bautismo, resuena la voz del Padre celestial: “Éste es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo” (9, 35).

Además, la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua Alianza, es sumamente significativa: toda la historia de la Alianza está orientada hacia Él, hacia Cristo, quien realiza un nuevo “éxodo” (9, 31), no hacia la tierra prometida como en tiempos de Moisés, sino hacia el Cielo. La intervención de Pedro: “¡Maestro, qué bello es estar aquí!” (9, 33) representa el intento imposible de demorar tal experiencia mística. Comenta san Agustín: “[Pedro]… en el monte… tenía a Cristo como alimento del alma. ¿Por qué habría tenido que descender para regresar a las fatigas y a los dolores, mientras allá arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios que le inspiraban, por tanto, una santa conducta?” (Discurso 78, 3).

Meditando este pasaje del Evangelio, podemos aprender una enseñanza muy importante. Ante todo, la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual. Además, la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la acción. “La existencia cristiana – he escrito en el Mensaje para esta Cuaresma – consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios ” (n. 3).

Queridos hermanos y hermanas, esta Palabra de Dios la siento de modo particular dirigida a mí, en este momento de mi vida. El Señor me llama a “subir al monte”, a dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, es más, si Dios me pide esto es precisamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma entrega y el mismo amor con que lo he hecho hasta ahora, pero de modo más apto a mi edad y a mis fuerzas. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, que ella nos ayude a todos a seguir siempre al Señor Jesús, en la oración y en la caridad activa.

miércoles, 20 de febrero de 2013

La primera empleada laica del Vaticano


Los murmullos cesaron en el ruidoso andén de la vieja estación romana del ferrocarril. En aquel otoño de 1934, aunque la tarde era tibia, empezaban ya a sentirse los vientos invernales que soplaban desde las montañas.

Ensordecidos por el estruendo de la caldera de la locomotora que había partido de Frankfurt varias horas antes y ahora exhalaba un chorro de vapor para liberar su carga, la angustia de decenas de espectadores que aguardaban en el andén había llegado a su fin. Salir de Alemania era toda una aventura y la llegada a Roma de la locomotora sin duda había alegrado los rostros de los espectadores.

Hermine Speier bajó la escalera metálica luciendo su nueva mascada blanca, de seda, que había comprado con sus últimos ahorros especialmente para la ocasión. Sus ojos se posaron en la figura familiar que la esperaba con los brazos abiertos, su maestro en la Universidad de Heidelberg la persona que la había atraído como un imán a al estudio de la arqueología y que ahora la miraba descender del tren, complacido y sonriente.

—“Así es como la recuerdo, jovial y alegre. Bienvenida a Roma.”
—“Gracias profesor” —respondió, atándose la mascada al dedo medio mientras arrastraba su pequeña maleta, gastada en los bordes— “Es lo único que pude traer. Créalo o no, estoy siguiendo sus pasos. No es agradable que a una le digan que ya no puede seguir trabajando en la Universidad y en el país, especialmente por ser judía.”

Pero Ludwig Curtius tenía una sorpresa para ella.

—“Spinny” —le dijo, recordando el apodo con el que la llamaban sus amigos cercanos— “he hablado con el Director general de los Museos Vaticanos, mi amigo Bartolomeo Nogara para que usted empiece a organizar la colección fotográfica. Será la primera mujer en trabajar como profesional en el Vaticano. El mismo Papa le dará la bienvenida. ¿Se imagina? la primera mujer…”

—“La primera mujer… y además, judía.”

Hermine Speier fue recibida y confirmada en su puesto por Pío XI este pregunto: “¿De qué religión es Hermine Speier?” Y cuando le dijeron que judía, afirmó: “una razón más para contratarla”. Así empezó a trabajar de inmediato en los enormes salones del Museo. Fue la primera mujer laica en trabajar en el Vaticano, aparte de las monjas y del personal eventual de servicio. Allí, el eco de sus tacones hizo revolotear a las palomas y creó el marco propicio para que la Ilustración teutona penetrara por las rendijas de los pasillos vaticanos.

Pocos años después de su llegada a Roma, en 1943, mientras la bota nazi se teñía de la sangre que manaba a su paso por la campiña romana, Hermine Speier hubo de dejar la apacible tranquilidad de su morada vaticana para escapar hacia las Catacumbas de Santa Priscila en la vía Salaria. La ferocidad alemana arremetía contra la comunidad judía de Roma y Hermine Speier tuvo que refugiarse en la casa de las religiosas de Santa Priscila. Este acuerdo se produjo a través del sobrino del Maestro Pontificio de Ceremonias.

El escondite era muy seguro: en el caso de que la casa fuese tomada, Speier y los otros “evadidos” podrían escapar a través de un túnel secreto cercano a las catacumbas, como hacían los cristianos perseguidos muchos siglos antes. Después de la guerra, Speier se convertiría al catolicismo, y su familia cortó lazos con ella.

Su historia se puede leer de distintas maneras y a través de perspectivas diferentes: como una página de la historia de los intelectuales judíos emigrados de Alemania, como un paso importante en la afirmación de la presencia femenina en el Vaticano, o como un importante momento en el trabajo llevado a cabo por la Santa Sede en los años '30 y en los '40 para ayudar a una minoría perseguida”.

Pero es la historia de una arqueóloga, que desde una mirada más cercana, aparece como una parábola rica de significado. Una judía alemana, estudiante de los Clásicos, que encuentra refugio en el Vaticano durante las noches más negras de la barbarie del siglo XX, y que descubre que a la sombra de Pedro, un sitio en el que refugiarse y dar testimonio del sentido del humanismo que es la herencia más grande del 'más auténtico espíritu alemán'. Este encuentro entre el humanismo alemán, el judaísmo y el cristianismo es único para reflexionar y meditar.

¿Prohibió Jesús el divorcio? 2º y Última Parte


En ese contexto jurídico y social, era evidente que si un hombre se divorciaba de su mujer y la despedía del hogar, la dejaba totalmente desprotegida. Difícilmente otro hombre querría desposar a una repudiada. Ella debía regresar a la casa de sus padres, los cuales muchas veces eran ancianos (si no habían muerto) y ya no podían mantenerla. Quedaba así forzada a vivir de la caridad pública, en una situación de total precariedad, indefensión económica y desamparo social. En algunos casos, la única salida era la prostitución. Resultaba tan degradante que el profeta Isaías menciona a la mujer repudiada como ejemplo del sufrimiento más grande en Israel (Is 54,6). Y el profeta Malaquías, para mitigarlo, llega a decir que Dios “odia al que se divorcia de su mujer” (Mal 2,16). Aún así, si un hombre ya no deseaba vivir con su esposa y quería divorciarse, podía hacerlo sin demasiadas contemplaciones. Por eso Jesús, al prohibir el divorcio, lo que hizo fue ponerse de parte del más débil, del más expuesto y amenazado socialmente: la mujer.

Sin embargo, vemos con sorpresa cómo esta “orden terminante” de Jesús fue más tarde suavizada por los autores bíblicos y adaptada a las diversas circunstancias que les tocaron vivir, de manera que en el Nuevo Testamento la encontramos en cuatro versiones diferentes. El texto más antiguo está en la 1º Carta a los Corintios, de san Pablo, y dice: “A los casados, no les ordeno yo sino el Señor: que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido despida a su mujer” (1 Cor 7,10-11). Hasta aquí, Pablo repite lo que dijo Jesús. Pero a continuación agrega: “Si el cónyuge es no creyente y quiere separarse, entonces que se separe; en ese caso el cónyuge creyente no está ligado; porque el Señor los llamó para vivir en paz” (1 Cor 7,15). Vemos que aquí Pablo permite una excepción. Porque él constataba que en sus comunidades, cuando un pagano se convertía al cristianismo, no siempre era acompañado por su cónyuge, lo cual generaba tensiones y roces. Al ver esto, permitió la separación en sus comunidades alegando una razón importante: que pudieran “vivir en paz”. O sea que Pablo, apenas veinte años después de la muerte de Jesús, ya adaptó la enseñanza original a la situación misional que le tocaba vivir.

Décadas más tarde, Mateo presenta una segunda versión de la norma. Según él, Jesús habría dicho a los fariseos: “Moisés les permitió divorciarse de sus mujeres; pero yo les digo que el que se divorcia de su mujer, excepto en caso de inmoralidad sexual, y se casa con otra, comete adulterio” (Mt 19,8-9). Para Mateo, Jesús permite una segunda excepción: en caso de “inmoralidad sexual”. Cuando esto ocurre, el hombre puede divorciarse y volver a casarse. En realidad, no fue Jesús quien introdujo esa excepción sino el mismo Mateo. ¿Por qué? Porque la inmoralidad sexual, en la comunidad donde él vivía, era un tema muy grave y urticante que generaba serias dificultades en la convivencia matrimonial. Por lo tanto, para evitar males mayores y salvaguardar la paz de las conciencias, Mateo autorizó, en esas circunstancias, la disolución del vínculo.

¿A qué “inmoralidad sexual” se refería? Es difícil saberlo. La palabra griega que emplea (pornéia) es un término genérico que puede designar distintos desórdenes: adulterio, incesto, prostitución, vida disipada, flirteo con otro hombre. Por eso las Biblias no se ponen de acuerdo y ofrecen distintas traducciones. Pero sea cual fuere su significado, lo interesante es que Mateo permitió una excepción a la indisolubilidad matrimonial señalada por Jesús. En el Evangelio de Marcos descubrimos una tercera enseñanza diferente sobre el divorcio. Según éste, en su discusión con los fariseos Jesús dijo que el hombre no debe divorciarse de su mujer (Mc 10,9); y cuando sus discípulos le pidieron una explicación, les aclaró: “Quien se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio contra aquella; y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Mc 10,11-12).

Tenemos aquí una nueva sorpresa. Según Marcos, lo que ahora Jesús prohíbe no es el divorcio, sino volver a casarse. Mientras Mateo decía que Jesús condenaba la separación en sí, debido a la desprotección en la que quedaba la mujer, Marcos no prohíbe que el hombre se separe. Puede separarse. Lo que no puede hacer es casarse otra vez. Esto se debe a que Marcos escribe para los cristianos de Roma; y allí la mujer gozaba de una autonomía social superior y podía contar con medios propios de supervivencia, de manera que la simple separación de su marido no la afectaba en su dignidad. Por eso un cristiano de su comunidad, si andaba mal con su mujer, podía divorciarse y seguir considerándose cristiano. Pero no podía tomar una segunda mujer. Esta no fue la única adaptación que hizo Marcos. También dice que Jesús prohibió que “la mujer se divorciara de su marido”. Eso jamás podía haberlo dicho Jesús. Él enseñó en Palestina, y ante un auditorio judío. Y según la ley judía, la mujer no podía divorciarse. ¿Qué sentido tiene prohibir algo que no se puede hacer? Pero como Marcos escribió en Roma, donde la ley sí otorgaba a la mujer el derecho al divorcio, extendió la prohibición de Jesús también a ella, para que quedara en claro que, aunque la ley civil lo autorizaba, Jesús no lo consentía.

Finalmente, en el Evangelio de Lucas hallamos la última versión sobre el divorcio (que también aparece en un segundo texto de Mateo: 5,32). Para Lucas, Jesús enseñó: “Todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una divorciada por su marido, comete adulterio” (Lc 16,18). Según este dicho, Jesús no sólo prohibió a un divorciado volver a casarse, sino también a un soltero casarse con una divorciada. ¿Por qué Lucas asumió esta postura? Porque en el Antiguo Testamento los sacerdotes, debido a que eran hombres especialmente consagrados a Dios, no podían casarse con una divorciada, cosa que sí podían hacer los demás judíos (Lv 21,7). Al parecer, Lucas quiso extender este particular estilo de vida a todos los cristianos de su comunidad, para decir que también ellos eran consagrados a Dios, y por lo tanto sus vidas debían ser especiales y preservadas de cuanto pudiera deshonrarlas.

Vemos pues que, si bien Jesús prohibió el divorcio, su norma fue más tarde adaptada por los autores bíblicos según las necesidades de cada comunidad, de manera que hoy tenemos diferentes versiones de ella: a) según Pablo, Jesús permitió el divorcio si un cónyuge se convertía al cristianismo y el otro no; b) según Mateo, Jesús permitió el divorcio en caso de inmoralidad; c) según Marcos, lo que prohibió fue que un divorciado se volviera a casar; d) y según Lucas, prohibió incluso que un soltero se casara con una divorciada.

También la tradición de la Iglesia se mantuvo indecisa en cuanto al modo de aplicar ese mandato de Jesús. Mientras en los siglos III al VI algunos Santos Padres orientales rechazaron absolutamente el divorcio, otros lo aceptaron en caso de adulterio; por ejemplo Orígenes († 255), Basilio Magno († 379), Gregorio Nacianceno († 390), Epifanio († 403), Juan Crisóstomo († 404), Cirilo de Alejandría († 444), Teodoreto de Ciro († 466) y Víctor de Antioquía (s.V). También muchos escritores eclesiásticos latinos de los siglos III al VIII aceptaron el divorcio en casos extremos, como Tertuliano († 220), Lactancio († 325), Hilario de Poitiers († 367), el Ambrosiaster (s.IV), Cromacio († 407), Avito († 530) y Beda el Venerable († 735). Además, varios Concilios aceptaron y regularon el divorcio, como el de Arlés (año 314), el de Agde (año 506), el de Verberie (año 752) y el de Compiègne (año 757). El de Verberie establecía: “Si una mujer intenta dar muerte a su marido, y éste lo puede probar, puede divorciarse de ella y tomar otra”. Y el de Compiègne decía: “Si un enfermo de lepra lo permite, su mujer puede casarse con otro”. Hasta hubo Papas que autorizaron el divorcio y nuevo casamiento, como Inocencio I (siglo V), quien lo permitía ante el adulterio de la mujer; y san Gregorio II (siglo VIII), que lo consentía si la esposa estaba enferma.

Sólo a fines del siglo XII, con el papa Alejandro III, se estableció de manera definitiva la postura actual de la Iglesia católica, que prohíbe absolutamente el divorcio y nuevo casamiento. Es decir que ni la Biblia, ni la tradición, ni los primeros mil años de historia cristiana respaldan la doctrina de que el matrimonio debe ser “hasta que la muerte los separe”. Jesús prohibió el divorcio. Y tenía una buena razón. En su tiempo el matrimonio era un acuerdo social, establecido por los padres, cuyo móvil era la conveniencia mutua y no el amor; y en caso de romperse el pacto, la mujer quedaba socialmente indefensa y expuesta a una vida inhumana. Por eso asumió la defensa del más débil y condenó la separación.

Hoy la Iglesia debe preguntarse: ¿aquella prohibición sigue teniendo vigencia? ¿Es aplicable al matrimonio moderno? Ciertamente no. Primero, porque en la sociedad actual la mujer puede ganarse la vida sola, sin necesidad del varón. Segundo, porque el “móvil” que hoy lleva a dos personas a casarse es el amor; y si éste fracasa, no se les puede prohibir volver a buscarlo. En tiempos de Jesús no podía decirse que el amor se acababa, porque no había sido el móvil del matrimonio; por eso no era motivo para el divorcio.

Es decir que hoy, habiendo desaparecido las dos razones por las que Jesús prohibió el divorcio, aquella orden ya no tiene vigencia. ¿Qué debería hacer la Iglesia? Lo mismo que hizo Jesús: ponerse de parte del más débil. Y el más débil es el que se separa. Cuando un hombre se divorcia suele quedar lastimado, inseguro, con problemas económicos, añorando a sus hijos, con los que no volverá a tener una relación natural. Por su parte, la mujer muchas veces se siente abandonada, triste, sola y con dificultades para volver a creer en el amor. ¿Qué tiene de bueno el divorcio? Nada.

Todo divorcio es una masacre emocional, el fin de una ilusión, la brutal ruptura de un proyecto que se creía para siempre. Por eso sólo la persona que llega a una situación insostenible lo concreta. Y por eso la Iglesia, en vez de castigarla, debería cuidarla más que a los felizmente casados, abrirles las puertas de la comprensión, de los sacramentos, y la incorporación a sus instituciones.

Uno de los encuentros más grandiosos de la vida de Jesús fue con una mujer cinco veces divorciada, que además vivía en concubinato: la samaritana (Jn 4). ¿Hoy Jesús le negaría un encuentro de comunión a un divorciado vuelto a casar? Si Pablo, Marcos, Mateo y Lucas supieron traducir su mensaje sobre el divorcio a un contexto cultural diferente, sería bueno que la Iglesia hoy también lo hiciera. Que vuelva al Evangelio y no separe lo que Dios ha unido: el hombre con Jesús.

Homúnculo


Del latín “homunculus”, “hombrecillo”, es el diminutivo del doble de un humano y se usa frecuentemente para ilustrar el misterio de un proceso importante en alquimia. En el sentido hermético es un actor primordial incognoscible, puede ser visto como una entidad o agente. Los alquimistas creen que el proceso para crear esta entidad es simbólico. El término parece haber sido usado por primera vez por el alquimista Paracelso, quien una vez afirmó haber creado un homúnculo al intentar encontrar la Piedra Filosofal. 

La criatura no habría medido más de 30 centímetros de alto y hacía el trabajo normalmente asociado con los GOLEMS. Sin embargo, tras poco tiempo, el homúnculo se volvía contra su creador y huía. La receta para crearlo consistía en una bolsa de carbón, mercurio, fragmentos de piel o pelo de cualquier humano o animal del que el homúnculo sería un híbrido. Todo esto había de enterrarse rodeado de estiércol de caballo durante cuarenta días, tiempo en el cual el embrión estaría formado en el seno de la Tierra.

Hay también variantes citadas por otros alquimistas. Una de ellas implicaba usar mandrágora. Las creencias populares sostenían que esta planta crecía donde caía al suelo el semen que los ahorcados emitían durante las últimas convulsiones antes de la muerte (o putrefacción en alquimia), además, sus raíces tiene una forma vagamente parecida hasta cierto punto a un ser humano. La raíz había de ser recogida antes del amanecer de una mañana de viernes por un perro negro, siendo entonces lavada y «alimentada» con leche y miel y, en algunas recetas, sangre, con lo cual se terminaría de desarrollarse en un humano en miniatura que guardaría y protegería a su dueño.

Un tercer método, en el siglo XVIII, era tomar un huevo puesto por una gallina negra, practicar un pequeño agujero en la cáscara, reemplazar una porción de clara del tamaño de una alubia por esperma humano, sellar la abertura con pergamino virgen y enterrar el huevo en estiércol el primer día del ciclo lunar de marzo. Tras treinta días surgiría del huevo un humanoide en miniatura que ayudaría y protegería a su creador a cambio de una dieta regular de semillas de lavanda y lombrices.

En 1694, Nicolás Hartsoeker descubrió “animalúnculos” en el esperma de humanos y otros animales. La escasa resolución de aquellos primeros microscopios hizo parecer que la cabeza del espermatozoide era un hombre completo en miniatura. A raíz de ahí se desataron las teorías que afirmaban que el esperma era de hecho un “hombre pequeño” (“homúnculo”) que se ponía dentro de una mujer para que creciese hasta ser un niño; éstos llegarían más tarde a ser conocidos como los “espermistas”.

Se pensaba que ya desde Adán estaba enclaustrada toda la humanidad, que se iría transmitiendo a su descendencia. Esta teoría biológica permitía explicar de forma coherente muchos de los misterios de la concepción (por ejemplo, por qué necesita de dos). Sin embargo más tarde se señaló que si el esperma era un “homúnculo”, idéntico a un adulto en todo salvo en el tamaño, entonces el “homúnculo” debía tener su propio esperma. Esto llevó a una reducción al absurdo, con una cadena de “homúnculos” “siempre hacia abajo”.

Por su parte Goethe también popularizó el término, ya que denominó “homunculus” al pequeño ser que creó el antiguo alumno de Fausto; Wagner, mediante operaciones quirúrgicas. Actualmente el término se usa de determinadas formas para describir sistemas que se cree que funcionan gracias a los “hombrecillos” de su interior. Por ejemplo, el “homúnculo” sigue siendo una de las principales teorías sobre el origen de la conciencia, que afirma que es una parte (o proceso) del cerebro cuyo cometido es ser “tú”. El “homúnculo” se cita con frecuencia también en la cibernética, por razones similares.

El término “homúnculo” se usa también comúnmente para describir una figura humana distorsionada dibujada para reflejar el espacio sensorial relativo que nuestras partes corporales representan en la corteza cerebral. Los labios, manos, pies y órganos sexuales son considerablemente más sensibles que otras partes del cuerpo, por lo que el “homúnculo” tiene labios, manos y genitales extremadamente grandes.

En relación con el “Golem”, en el folclore medieval y la mitología judía, es un ser animado fabricado a partir de materia inanimada normalmente barro, cerámica y materiales similares. En hebreo moderno, la palabra “Golem” significa “tonto” o incluso “estúpido”. El nombre parece derivar de la palabra gelem, que significa “materia en bruto”. Scholem, en su obra "La Cábala y su Simbolismo", escribe que el “Golem” es una figura que cada treinta y tres años aparece en la ventana de un cuarto sin acceso en el gueto de Praga. La palabra “Golem” también se usa en la Biblia (Salmos 139:16) y en la literatura talmúdica para referirse a una sustancia embrionaria o incompleta. Similarmente, los “Golems” se usan primordialmente en la actualidad en metáforas, bien como seres descerebrados o como entidades al servicio del hombre bajo condiciones controladas pero enemigos de éste en otras.

Las primeras historias sobre “Golems” se remontan al principio del judaísmo. Los “Golems” fueron creados por personas creyentes y cercanas a Dios. Como Adán, el “Golem” es creado a partir del barro, insuflándole después una chispa divina que le da la vida, de manera que la creación de Adán es descrita en un principio como la creación de un “Golem”. Desde este punto de vista, algunas personas con un cierto grado de santidad y acercamiento a Dios podrían adquirir algo de su sabiduría y poder.

Uno de esos poderes sería el de la creación de vida. Sin embargo, no importa qué grado de santidad tuviera una persona, el ser que creara sería solamente una sombra del creado por Dios, ya que, entre otras cosas, el “Golem” carece de alma. La incapacidad principal del “Golem” era la incapacidad de hablar. Tener un “Golem” era visto como el símbolo final de la sabiduría y la santidad, y hay muchos relatos de “Golems” conectados con rabinos ilustres durante toda la Edad Media.

Otros atributos del “Golem” fueron añadidos gradualmente con el tiempo. En muchas historias para hacer funcionar un “Golem” había que meterle un papel con una orden por la boca o por otro orificio (oreja). Otra manera de hacerlo funcionar era Grabando los Nombres de Dios en su frente, (o en una tablilla de arcilla bajo su lengua), o bien la palabra “Emet” (“verdad” en lengua hebrea) en su frente son algunos ejemplos frecuentes. Al borrar la primera letra de “Emet” para formar “Met” (“muerte” en hebreo) el “Golem” podía ser destruido o desactivado, quedando solamente su cuerpo de barro inerte.

El relato más famoso relativo a un “Golem” involucra a Rabí Judá Loews, el Maharal de Praga, un rabino de siglo XVI. Se le atribuye haber creado un “Golem” para defender el gueto de Praga de Josefov de los ataques antisemitas, así como para atender el mantenimiento de la sinagoga. La historia del “Golem” aparecía en la letra en 1847 en una colección de relatos judíos, publicado por Wolf Párcheles de Praga. Aproximadamente sesenta años después, una descripción ficticia fue publicada por Yudl Rosenberg (1909).

De acuerdo con la leyenda, el “Golem” podía estar hecho de la arcilla de la orilla del río Vltava (río Moldava) en Praga. Tras realizar los rituales prescritos, el Rabí desarrolló el “Golem” y lo hizo venir a la vida recitando los conjuros especiales en hebreo. Cuando el “Golem” del Rabí creció más, también se puso más violento y empezó a matar a las personas y difundir el miedo. Al Rabino e prometieron que la violencia en contra de los judíos pararía si el “Golem” era destruido. El Rabí estuvo de acuerdo. Para destruirlo, fue así que eliminó la primera letra de la palabra "Emet" de la frente del “Golem” para formar la palabra hebrea que representaba la muerte. (De acuerdo con la leyenda, los restos del Golem de Praga están guardados en un ataúd en el ático del Altneuschul en Praga, y puede ser devuelto a la vida de nuevo si es necesario.)

La existencia de un “Golem” es a veces algo con pros y contras. Los “Golems” no son inteligentes - si se les ordena llevar a cabo una tarea, la llevarán a cabo de modo concienzudo pero lento y ejecutando las instrucciones lo más literalmente posible. A este respecto, es famosa una anécdota, según la cual la mujer del rabino le pidió al “Golem” que fuera "al río a sacar agua" a lo que el “Golem” accedió exactamente al pie de la letra; fue al río, y comenzó a sacar agua del mismo sin parar hasta que inundó la ciudad.

A finales del s. XIX, el grueso de la sociedad europea adoptó la figura del “Golem”. Diferentes historias atestiguaron un cambio dramático del “Golem”, por ello pasa a convertirse en la creación de místicos ambiciosos que inevitablemente serían castigados por su blasfemia, muy similares al Frankenstein de Mary Shelley y al “homúnculo” alquímico. Algunos han considerado al “Golem” como precursor de los androides.

Breve resumen de Papas que han renunciado al Papado


El primero fue el papa Clemente I (del 88 al 97) quien fue arrestado y condenado al exilio. Para que la Iglesia no se quedara sin un guía espiritual, declinó a favor de Evaristo. De la misma forma, el papa Ponciano (230 al 235) dejó su cargo a favor de Antero al haber sido enviado al exilio, mientras que el papa Silverio (536 al 537) fue obligado a renunciar a favor del papa Vigilio.

Curiosamente, el primero en dimitir fue Benedicto IX, en 1048. En ese entonces, el papa Víctor II escribió: “Prefirió vivir más como Epicuro que como obispo. Abandonó la ciudad trasladándose a uno de sus castillos de las afueras”. Este mensaje surgió luego de que Benedicto IX confesara que dejaba el papado para casarse con una mujer.

El siguiente papa que dejó el vaticano fue Celestino V. Esta vez, no sería la vida de excesos lo que lo atraía. Fue coronado el 29 de agosto de 1294, luego de haber fundado la orden de los celestinos, que luego se uniría a la de los benedictinos. Se decía que era un santo, que era el hombre indicado para recuperar la imagen del vaticano. En la época, la administración de la Santa Sede perdía legitimidad ante los creyentes ante la imposibilidad de elegir un Papa en los dos últimos años.

Celestino V no aguantó más de tres meses en el vaticano. Como nunca había tenido experiencia diplomática decidió irse a orar en una cabaña lejos de la Santa Sede. Renunció formalmente el 13 de diciembre de 1294. En la memoria de los cardenales quedó marcado el hecho de que Celestino V fuera el primer Papa en vivir fuera de los estados pontificios.

Una similitud entre la renuncia de Benedicto XVI y Celestino V es renunciar alegando problemas de salud. “Yo, papa Celestino V, impulsado por razones legítimas para la humildad y debilidad de mi cuerpo y la malicia de la gente renuncio al trono”. Después de este acontecimiento lo remplazó el cardenal Benedetto Caetani; fiel discípulo de Celestino V, que apoyó su dimisión, fue elegido como papa Bonifacio VIII.

El último Papa en renunciar fue Gregorio XII, en 1415. En 1406, Gregorio XII, de 80 años, fue elegido Papa legítimo. En ese entonces el Vaticano atravesaba por la crisis conocida como el ‘Cisma de Occidente’, en donde la Iglesia alcanzó a contar con tres papas al mismo tiempo.

En la disputa Gregorio XII juró que renunciaría si su rival, Benedicto XIII, hacía lo mismo. Este acto, muy común en el mundo mundano, no fue bien visto por los cardenales, quienes le manifestaron su disgusto al papa legítimo. En junio de 1409, el concilio de Pisa eligió a Alejandro V como papa, dejando a Gregorio XII y a Benedicto XIII en el limbo. Gregorio XII no tardó en convocar al concilio Cividale de Friuli, en donde se declaró que los otros dos papas eran cismáticos y perjuros.

La tempestad por el poder en el Vaticano no cesó. En 1415, cansado de la tensión entre cardenales, renunció voluntariamente. Con el concilio de Constanza, el emperador Segismundo obligó a dimitir a los tres pontífices, pero solo Gregorio XII obedeció. Después de él fue elegido papa Martín V. El antipapa Juan XXIII, que había convocado la conciliación, intentó a huir a Constanza cuando comenzaron a develarse sus intenciones ocultas. Sin embargo, la renuncia de Gregorio XII fue avalada por la Iglesia.

martes, 19 de febrero de 2013

¿Prohibió Jesús el divorcio? 1º Parte


Muchos se preguntan por qué Jesús adoptó una posición rígida con respecto al matrimonio y no comprendió que a veces las relaciones fracasan. Pablo y los evangelistas tradujeron su mensaje a un contexto cultural diferente. ¿Qué puede hacer la Iglesia hoy? Un día se le acercaron a Jesús los fariseos y le preguntaron en qué casos podía el hombre divorciarse de su mujer. Jesús les respondió que nunca, porque el hombre no puede separar lo que Dios ha unido. Los discípulos reaccionaron molestos, y replicaron que si ésa era la situación del casado respecto de su mujer, mejor era no casarse. Pero Jesús añadió que, aunque ellos no lo entendieran, ésa era una exigencia fundamental para entrar en el Reino de Dios (Mt 19,1-12).

Después de dos mil años, esta frase de Jesús sigue siendo la base en la que se asienta la doctrina matrimonial de muchas Iglesias cristianas, que prohíben a sus miembros divorciarse y volverse a casar bajo pena de negarles la comunión. Pero ¿por qué Jesús asumió una postura tan rígida frente al matrimonio? ¿Acaso el maestro bueno y  comprensivo no se dio cuenta de que a veces las relaciones de las parejas fracasan, y que muchos tienen necesidad de rehacer sus vidas y volver a amar? ¿O es éste el único tropiezo del que un cristiano no puede levantarse y recomenzar? Para descifrar el enigma, debemos examinar cómo se practicaba el divorcio en los tiempos de Jesús.

Según la Biblia todo judío, si quería, podía divorciarse de su mujer. Era un derecho otorgado por Moisés mediante una ley que decía: “Si un hombre se casa con una mujer, y después descubre en ella algo que no le agrada, le escribirá un acta de divorcio, se la entregará y la despedirá de su casa” (Dt 24,1).

La norma era clara. Bastaba que el hombre redactara un escrito y se lo diera a su mujer. Lo que no estaba claro era qué motivo autorizaba al hombre a divorciarse. Porque la ley decía que tenía que haber “algo” que no le agradara. Pero ¿qué era ese algo? Como Moisés no lo había aclarado, los judíos posteriores durante siglos trataron de entender a qué se refería. Lamentablemente no se pusieron de acuerdo, y se formaron dos escuelas. La más flexible, del rabino Hillel, lo interpretaba en sentido amplio: ese “algo” podía ser cualquier cosa: que la mujer quemara la comida, no se atara el cabello, gritara en la casa o tuviera mal carácter; incluso en el siglo II el rabino Aquiba decía que si el hombre encontraba otra mujer más linda, ya había “algo” que le desagradaba en la suya y podía divorciarse.

La segunda escuela, del rabino Shammai, era más estricta: sostenía que un hombre sólo podía divorciarse por una causa gravísima: el adulterio de su mujer. Ningún otro motivo lo autorizaba. En tiempos de Jesús el tema no estaba resuelto, de modo que unos seguían las directivas de Hillel y otros las de Shammai. Ésta es la razón por la que los fariseos interrogaron a Jesús sobre el tema del divorcio. Querían saber a cuál de las dos escuelas se adhería. Pero Jesús los sorprendió con su respuesta: a ninguna. Para él, el hombre no puede divorciarse jamás bajo ninguna causa, sea leve o grave. Lo primero que debemos preguntarnos es si las palabras de Jesús constituían una verdadera ley, es decir, una norma obligatoria para todos los hombres, o era sólo una invitación, una sugerencia ideal para quienes pudieran y quisieran cumplirla. Algunos biblistas, impresionados por la dureza de estas palabras, creen que se trataba sólo de un consejo, no de un precepto obligatorio que todos debían observar. Pero el Nuevo Testamento da a entender otra cosa, ya que san Pablo, cuando habla de la prohibición del divorcio, dice claramente que es una “orden del Señor” (1 Cor 7,10).

¿Por qué Jesús se puso tan firme? Es que en aquel tiempo, el matrimonio se celebraba a edad temprana: 13 años para las niñas y 17 para los varones. Los rabinos enseñaban: “Dios maldice al hombre que a los 20 años aún no ha formado una familia. Esto hacía que las parejas no se casaran por amor, sino que sus padres arreglaran el matrimonio (Ex 22,15-16). Así, en la Biblia vemos cómo Abraham manda a su mayordomo a buscar esposa para Isaac (Gn 24,1-53), Agar elige la mujer para Ismael (Gn 21,21), Judá decide con quién se casará su hijo Er (Gn 38,6), el militar Caleb dispone quién será el marido de Aksá (Jos 15,16), y el rey Saúl hace lo mismo con Merab (1 Sm 18,17). El casamiento en Israel, pues, no era una alianza de amor sino un acuerdo social: el hombre necesitaba tener hijos y la mujer necesitaba quien la mantuviera. Se trataba de un convenio con beneficios para ambas partes. Eso no significa que necesariamente no hubiera amor en las parejas; con el tiempo muchas llegaban a amarse.

No era un arreglo social ecuánime porque la mujer se hallaba en inferioridad de condiciones respecto del varón. Ella era considerada una “pertenencia”, una “propiedad” de su marido, al mismo nivel que su buey o su asno (Ex 20,17; Dt 5,21), y éste gozaba de diferentes derechos. Así, el marido podía acostarse con otra mujer y no cometía adulterio (Ex 21,10); pero si la mujer lo hacía, incurría en un grave delito; el marido podía divorciarse si quería, pero la mujer no tenía derecho a hacerlo (Dt 24,1). Él podía mandarla, dominarla y decidir por ella.

En ese contexto jurídico y social, era evidente que si un hombre se divorciaba de su mujer y la despedía del hogar, la dejaba totalmente desprotegida. Difícilmente otro hombre querría desposar a una repudiada. Ella debía regresar a la casa de sus padres, los cuales muchas veces eran ancianos (si no habían muerto) y ya no podían mantenerla. Quedaba así forzada a vivir de la caridad pública, en una situación de total precariedad, indefensión económica y desamparo social. En algunos casos, la única salida era la prostitución. Resultaba tan degradante que el profeta Isaías menciona a la mujer repudiada como  ejemplo del sufrimiento más grande en Israel (Is 54,6). Y el profeta Malaquías, para mitigarlo, llega a decir que Dios “odia al que se divorcia de su mujer” (Mal 2,16). Aún así, si un hombre ya no deseaba vivir con su esposa y quería divorciarse, podía hacerlo sin demasiadas contemplaciones. Por eso Jesús, al prohibir el divorcio, lo que hizo fue ponerse de parte del más débil, del más expuesto y amenazado socialmente: la mujer.

viernes, 15 de febrero de 2013

El asteroide que rozará la Tierra en febrero tiene toda la atención de los científicos


El próximo 15 de febrero un asteroide de la mitad del tamaño de un campo de fútbol sobrevolará la Tierra a sólo 27.600 km, aún más cerca que algunos de los satélites artificiales que la humanidad allá enviado al espacio. La NASA asegura que no existe ningún peligro de colisión, pero la roca espacial, denominada 2012 DA14, capta por ahora toda la atención de los científicos, ya que se trata de una aproximación de récord.

Desde que la agencia espacial comenzó a seguir este tipo de objetos en los alrededores de nuestro planeta en la década de los 90 nunca ha sido testigo de uno tan grande tan cerca de nosotros.

El 2012 DA14 es un asteroide cercano a la Tierra bastante común. Mide unos 50 metros de ancho, ni muy grande ni muy pequeño, y es, probablemente, rocoso, en lugar de estar compuesto de metal o hielo. Los científicos, del programa de objetos cercanos a la Tierra en el Laboratorio a Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, estiman que un asteroide del tamaño 2012 DA14 sobrevuela la Tierra, como promedio, cada 40 años, y solo se estrella contra ella cada 1.200 años aproximadamente.

El impacto de un asteroide de 50 metros no es catastrófico, a menos que, lógicamente, caiga en una zona poblada. Señalaron que un objeto de tamaño similar formó el cráter Meteoro en Arizona, de 1.600 km de ancho, cuando golpeó nuestro planeta hace unos 50.000 años. Ese asteroide era de hierro, lo que lo convirtió en especialmente potente. En 1908, otra roca algo menor del tamaño de 2012 DA14 explotó en la atmósfera por encima de Siberia, arrasando cientos de kilómetros cuadrados de bosque. Los investigadores todavía estudian este suceso, conocido como el "Evento de Tunguska", en busca de pistas sobre este objeto tan impactante.

Esto no ocurrirá el 15 de febrero. Definitivamente, 2012 DA14 no chocará contra la Tierra, la órbita del asteroide se conoce lo suficientemente bien como para descartar un impacto. A pesar de esa seguridad, los radares de la NASA seguirán la roca espacial en su aproximación a la Tierra. El asteroide pasará la brecha entre la órbita terrestre baja, donde se encuentran los satélites de observación y la Estación Espacial Internacional (ISS), y la banda superior de los satélites geoestacionarios, que proporcionan datos meteorológicos y de telecomunicaciones. Las probabilidades de un impacto con un satélite son extremadamente remotas, casi nada orbita donde pasará el asteroide.

El radar Goldstone de la NASA en el desierto de Mojave está programado para seguir a la roca casi todos los días del 16 al 20 de febrero. Los ecos no solo determinarán la órbita del asteroide, lo que permitirá a los investigadores predecir mejor futuros encuentros, sino que también revelarán características físicas tales como el tamaño, el giro y la reflectividad. Un resultado clave de la campaña de observación será un mapa de radar 3D que mostrará la roca espacial desde todos los lados, informa la NASA.

Durante las horas de máxima aproximación, el asteroide brillará como una estrella de magnitud 8. Teóricamente, eso es un blanco fácil para los telescopios de aficionados. El problema, es la velocidad. El asteroide se desplazará a gran velocidad por el cielo, moviéndose casi un grado completo (o el doble del ancho de la Luna llena) cada minuto. Eso va a ser difícil de rastrear. Solo los astrónomos aficionados más experimentados puedan tener éxito. Eso sí, la NASA asegura que los que lo consigan se impresionarán cuando vean las imágenes. Verlo tan cerca que da escalofríos.

martes, 12 de febrero de 2013

Origen del Miércoles de Ceniza


La Cuaresma comienza con el miércoles de Ceniza; tiempo de oración, penitencia y ayuno.

Cuaresma viene de cuarenta

Las palabras que se usan para la imposición de ceniza, son: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio” o “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás.”

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior o si no se guardaron se puede utilizar algún elemento orgánico que genere dichas cenizas.


El simbolismo de la ceniza es el siguiente:

    a) Condición débil y caduca del hombre, que camina hacia la muerte.
    b) Situación pecadora del hombre.
    c) Oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda.
   d) Resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo.

El origen de la costumbre
Antiguamente, los judíos acostumbraban a cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y como signo de conversión a Dios. En Jonás 3,6 los habitantes de Nínive se cubrieron de ceniza como signo de arrepentimiento. Y así en muchos textos del Antiguo Testamento, la ceniza fue signo de arrepentimiento y penitencia.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse. En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días.
Pero no todo es penitencia en cuaresma.

Días previos al miércoles de ceniza en muchos lugares se acostumbra hacer el famoso carnaval.  La palabra carnaval significa “supuestamente” adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar con la carne de consumo antes de empezar la Cuaresma, ya que en este tiempo no debe comerse. Con este pretexto, en muchas localidades se organizan días previos al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumen todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

Desde hace mucho tiempo este famoso carnaval empezó a degenerarse, pasando a ser  un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se "arrepentirían" durante la cuaresma. En algunos lugares los carnavales se hacen enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la “carne” de forma exagerada, tal como sucede en Brasil, Nueva Orleans y algunos estados de México. Estos festejos o carnavales, reitero,   no pertenecen a la celebración de la cuaresma que la Iglesia propone, aunque muchos los relacionan.

Mejor hablemos del miércoles de ceniza
Con la imposición de las cenizas, se inicia una estación espiritual particularmente relevante para todo cristiano que quiera prepararse dignamente para  vivir el Misterio Pascual, es decir, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

¿Cuál debe ser nuestra actitud al recibir la ceniza?
Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. Conversión o metanoía en la Biblia es volver a Dios. Entonces este tiempo es para reflexionar sobre nuestras actitudes para ser mejor persona. A esto yo le llamo, volver a Dios o metanoía.

El ayuno y la abstinencia.
El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne los viernes. Este es un modo de ofrecer un sacrificio y negarnos algo durante los 40 días que dura la cuaresma.

Pero cuidado: LA CENIZA NO ES UN SACRAMENTO
La ceniza no es un sacramento, no nos quita nuestros pecados. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Muchas personas acuden a la imposición de ceniza por pensar que les va a quitar sus pecados. La ceniza podemos catalogarla en la lista de los sacramentales. Los sacramentales son, según el catecismo de la Iglesia católica: "signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida.

Por último
Así como la ceniza algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo en el hombre nuevo. Comencemos esta cuaresma con humildad, ayuno y oración para poder estar cada vez más cerca de Dios.

Por P. Modesto Lule msp

lunes, 11 de febrero de 2013

Según San Malaquías, el sucesor de Benedicto XVI será el último Papa


Ni Garabandal ni Nostradamus. Todas las grandes profecías sobre los papas se han ido desmintiendo... excepto la de San Malaquías. Según ésta, Benedicto XVI es el penúltimo Papa.

Según las apariciones de la Virgen Garabandal (Cantabria), el año 1963, cuando falleció Juan XXIII, quedaban tres papas… error, porque después de Juan XXIII vinieron Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, con lo que Benedicto ha sido el cuarto y la Iglesia Católica se prepara para el quinto.

En otras apariciones, como la de El Escorial, se habla de un papa que renunciaría (¿podría ser Benedicto XVI?) morirá asesinado más adelante, en el centro de Italia. Después vendrá el Papa número 112, quien tendrá que huir de Roma a raíz del ataque de los musulmanes.

De momento, la única profecía que podría cumplirse a estas alturas sería la de San Malaquías. De acuerdo con la Profecía de los Papas de este arzobispo irlandés católico del siglo XII, habría 111 papas antes de la llegada de Pedro el Grande y del fin del mundo. Y según esto, Benedicto XVI es el papa número 111.

Según esta profecía, durante el gobierno de Pedro el Grande será la persecución final de la Iglesia Católica, y después la ciudad de Roma será destruida y se acabará con la Iglesia.

La renuncia de Benedicto XVI es la quinta en la historia del Vaticano


La renuncia de un papa es un decisión aceptada y regulada por el Código de Derecho Canónico, que en el canon 332.2 establece que «si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie». No es necesario que se haga por escrito, pero sí que se haga de forma oficial.

En este caso, el papa Benedicto XVI formalizó su decisión personalmente a través de una carta. Una vez formalizada la renuncia, se abre un periodo conocido como «sede vacante». La Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, de 22 de febrero 1996 -que hasta ahora solamente ha sido aplicada en una ocasión, durante la elección de Ratzinger tras la muerte de Juan Pablo II- rige actualmente el procedimiento a seguir en este caso de final de un Pontificado, ya sea por fallecimiento como por renuncia.

Desde el momento que se produce la vacante, se aplica, según declara el canon 335, el principio de nihil innovetur, o que no se innove nada. El gobierno de la Iglesia se confía a los cardenales, que se reúnen en las llamadas Congregaciones Generales, para despachar únicamente los asuntos ordinarios o inaplazables.

A la hora de elegir un nuevo papa, solo podrán votar los cardenales menores de 80 años hasta alcanzar un máximo de 120 electores. Cada cardenal validado para votar deberá escribir en su propia papeleta, que doblará dos veces antes de entregarla al decano, el nombre de su elegido después de la fórmula Eligo Sumum Pontífice. Aunque no es un requisito indispensable, normalmente el nuevo papa suele ser alguno de los integrantes del Colegio Cardenalicio.

Una vez que arranca en Cónclave, que se celebra en la Capilla Sixtina, los cardenales pronunciarán el correspondiente juramento y no podrán comunicarse con el exterior. La primera votación que se produce se denomina «de sondeo». A ella le siguen cuatro votaciones diarias, dos por la mañana y dos por la tarde, cuyo resultado se manifiesta al final de cada turno con la clásica fumata -humo que sale por la chimenea-, que será negra, en caso de no haber llegado a ninguna conclusión, o fumata blanca, cuando se decide quién será el nuevo papa.