miércoles, 25 de junio de 2014

Historia del Sagrado Corazón de Jesús - 2º Parte

Hace más de 300 años, el Sagrado Corazón de Jesús se manifestó a una privilegiadísima monja del convento de la Visitación de Santa María, en Paray-le-Monial (Borgoña, Francia), Santa Margarita María Alacoque (1647-1690). Estaba rezando delante del Santísimo Sacramento, el 16 de Junio de 1675, cuando Nuestro Señor se le apareció. Después de un breve diálogo, Él apuntó a su pecho, señalando su propio Corazón y dijo:

“Aquí está el Corazón que tanto amó a los hombres, que no ahorró nada hasta agotarse y consumirse, para darles testimonio de Su amor, y, en reconocimiento, no recibe de la mayor parte de ellos sino ingratitudes, por sus irreverencias, sacrilegios y por las indiferencias y desprecios que tienen hacia Mí en el Sacramento del amor. Pero que me es aún más penoso en corazones que me están consagrados y actúan así”.

“Por eso, Yo te pido que el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento se dedique una fiesta especial para honrar Mi Corazón, comulgando en este día y haciendo un acto de reparación, en satisfacción de las ofensas recibidas durante el tiempo que estuve expuesto en los altares. Yo te prometo también que Mi Corazón se dilatará para distribuir con abundancia las influencias de su divino amor sobre aquellos que le presten culto y que procuren que le sea prestado”.


El mensaje conserva toda actualidad, a pesar del paulatino olvido en que ha ido cayendo. Pío IX (1846-1878) fue enfático al expresar su firme esperanza en esa devoción en comentario hecho al P. Julio Chevalier, fundador de los Misioneros del Corazón de Jesús: "La Iglesia y la sociedad no tienen otra esperanza sino en el Sagrado Corazón de Jesús, es Él quien curará todos nuestros males. Pregonad y difundid por todas partes la devoción al Sagrado Corazón, ella será la salvación del mundo”.

Santa Margarita María Alacoque –como cuenta en una carta dirigida a su Superiora, la Madre Saumaise el 2 de marzo de 1686– transcribe un deseo que le fue revelado por Nuestro Señor: “Él desea que usted mande hacer unos escudos con la imagen de Su Sagrado Corazón, a fin de que todos aquellos que quieran ofrecerle un homenaje, los coloquen en sus casas; y otros más pequeños, para que las personas los lleven consigo”. Nacía, así, la costumbre de portar esos pequeños escudos.

La autorización para tal práctica, concedida al principio solamente a los conventos de la Visitación, fue más difundida por la Venerable Ana Magdalena Rémuzat (1696-1730). A esa religiosa, también de la Orden de la Visitación, Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en la ciudad francesa de Marsella, en 1720, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La referida visitandina hizo, con la ayuda de sus hermanas de hábito, millares de esos Detentes del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad donde se propagaba la peste.

La historia registra que, poco después, la epidemia cesó como por milagro. No contagió a muchos de aquellos que portaban el Detente y las personas contagiadas obtuvieron un auxilio extraordinario con esta devoción. En otras localidades ocurrieron hechos análogos. A partir de entonces, la costumbre se extendió por otras ciudades y países. En 1789 estalló en Francia, la Revolución Francesa, en ese período, los católicos encontraron amparo en el Sacratísimo Corazón de Jesús. Entre las pertenencias de la Reina María Antonieta, guillotinada en la revolución, encontraron un dibujo del Sagrado Corazón, con la llaga, la cruz y la corona de espinas y las palabras: “Sagrado Corazón de Jesús, ¡Ten misericordia de nosotros!”

Otra Reina de Francia, también devota del Detente, fue María Leszczynska. En 1748 recibió como presente, del Papa Benedicto XIV, varios Detentes del Sagrado Corazón, en ocasión de su casamiento con el Rey Luis XV. En la región de Mayenne (oeste de Francia), los Chouans –heroicos resistentes católicos, que enfrentaron a los revolucionarios franceses de 1789– bordaban en sus trajes y banderas el Detente del Sagrado Corazón de Jesús. Era como un blasón y, al mismo tiempo, una armadura: “blasón” usado para reafirmar su Fe católica; “armadura” para defenderse contra las embestidas adversarias.

También ostentaron el Detente como “armadura espiritual” muchos otros líderes y héroes católicos que murieron o lucharon en defensa de la Iglesia, como los bravos campesinos seguidores del aguerrido tirolés Andreas Hofer (1767-1810), conocido como “el Chouan del Tirol”. Lo hicieron para protegerse en las luchas contra las tropas napoleónicas que invadieron el Tirol. Más recientemente, los católicos cubanos que no se dejaron subyugar por el régimen castrista tenían especial devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Muchos fueron hechos prisioneros y llevados al “paredón”, siguiendo el ejemplo de sus hermanos en el ideal católico, los Cristeros de México, también martirizados por odio a la Fe, a comienzos del siglo XX. En la antigua Perla de las Antillas (la actual Isla Prisión) antes de caer en manos de Fidel Castro, había muchas imágenes del Sagrado Corazón de Jesús en sus arboladas plazas. Pero después de la dominación comunista, fueron derribadas y… substituidas por otras del Che Guevara...

En nuestros tiempos en que, debido a la violencia avasalladora y generalizada, los peligros nos amenazan por todas partes, el uso del Detente del Sagrado Corazón de Jesús es de primordial importancia. Llevándolo consigo –también puede colocarse en nuestra casa, junto al material escolar de nuestros hijos, en el automóvil, en el trabajo, sobre la cabecera de un enfermo, etc– estaremos repitiendo en el interior de nuestras almas, lo que dice el Apóstol San Pablo: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8, 31).

No hay peligro de que Él no pueda librarnos. Y hasta en medio de las dificultades que la Pro videncia envíe para probarnos, tendremos confianza en la protección divina, que nunca abandona a quienes recurren pidiéndole amparo y protección. Evidentemente, si nuestro pedido de auxilio es por medio de la Santísima Madre de nuestro Divino Redentor, Él nos oirá con mucho más agrado y nos atenderá más rápidamente: la ha constituido en Medianera de todas las Gracias y, al darnos por Madre a su propia Madre, nos manifestó una prueba mayor de amor.

Steve Tyrell – Back To Bacharach

Todo cantante tiene un disco que está destinado a hacer, un disco que esté anegado de la sensibilidad e historia, el resto es puramente el destino. Para Steve Tyrell, ese álbum es Back to Bacharach, con una colección personal de canciones del piano de Burt Bacharach y la pluma de Hal David. El piano de Bacharach se adhiere a todo lo que brindan las apariciones de super estrellas como: Rod Stewart, James Taylor, Martina McBride y Dionne Warwick junto a Tyrell.

Cada vez que el cantante Steve Tyrell se preguntó donde asistió a la universidad, él responde "Universidad Bacharach." Esto se debe a Tyrell trabajó codo a codo con los compositores famosos como Burt Bacharach y Hal David durante los primeros 10 años de su carrera. Tyrell rinde homenaje a su antiguo colaborador con una colección de Bacharach-David. Es el álbum que Steve Tyrell había soñado pero nunca pensó que tardaría seis años en completarse. También nunca imaginó que su esposa Stephanie, compositora y productora, que se le diagnosticó cáncer y se quitó la vida en 2003. Steve Tyrell ha tenido una ilustre carrera en solitario, comenzando con su primera colección de estándares en 1999. Sus créditos van desde bandas sonoras de películas a un disco tributo a Frank Sinatra.

Material gentileza de Jazz46
Para pedidos jazz46@redesdelsur.com

Evangelización del Brasil - Segunda Parte

El primer modo de presencia portuguesa en este mundo indígena innumerable fueron, hacia 1515, las factorías -Porto Seguro, Itamaracá, Iguaraçu y San Vicente-. En ellas los comerciantes, con la debida licencia de la Casa da India y bajo ciertas condiciones, establecían por su cuenta y riesgo enclaves en la costa. Las factorías fueron un fracaso, pues apenas resultaban rentables y no tenían intención colonizadora, de modo que Juan III decidió sustituirlas por Capitanías. En 1530 se estableció, con amplísimos poderes, el primer Capitán, en la persona de Martim Afonso de Souza. Bajo su autoridad, y por medio de «cartas donatarias», se establecieron capitanías hereditarias, en las que un hidalgo, a modo de señor feudal, y con derechos y deberes bien determinados, gobernaba una región, sin recibir de la Corona más ayudas que la militar. 

También este sistema resultó un fracaso por múltiples causas, y el rey estableció en 1549 un Gobierno General, en la persona de Tomé de Souza, bajo el cual una organización de funcionarios públicos vendría a suplir la red incipiente de autoridades particulares. Sin embargo, las antiguas divisiones territoriales se mantuvieron, y aquellos capitanes concesionarios que habían tenido algún éxito en su gestión retuvieron sus prerrogativas. Cuando la España de Felipe II conquistó pacíficamente Portugal, se estableció en 1580 un dominio hispano sobre el Brasil, que duró hasta 1640, año en que se restauró el régimen portugués.

A diferencia de España, que estableció muy pronto poblaciones en el interior de sus dominios americanos -lo que fue decisivo para la conversión de los pueblos indígenas-, Portugal, que era un pequeño país de un millón doscientos mil habitantes, y que se encontraba al frente de un imperio inmenso, extendido por Africa, India, Extremo-Oriente y ahora Brasil, apenas pudo hacer otra cosa que establecer una cadena de enclaves en las costas. Pero esto limitó mucho a los comienzos las posibilidades de la misión. Todo esto explica que, en comparación a la América española -que en siglo y medio, para mediados del XVII, tenía ya varias decenas de obispados, miles de iglesias, y que había celebrado varios Concilios-, la Iglesia en Brasil fue desarrollándose en modo mucho más lento y en proporciones infinitamente más modestas.

Así, por ejemplo, hasta 1676 no hubo en Brasil otro obispado que el de Bahía, fundado en 1551. La actividad misionera en Brasil, después de la visita de franciscanos en 1503, se inició propiamente cuando en 1516 llegaron dos franciscanos a Porto Seguro, y otros dos a San Vicente (1530). A estas pequeñas expediciones se unieron varias otras a lo largo del XVI. Pero sin duda alguna, fue la Compañía de Jesús, desde su llegada al Brasil en 1549, la fuerza evangelizadora más importante. En efecto, con el gobernador Tomé de Souza llegaron seis jesuitas, entre ellos el padre Manuel de Nóbrega, y el navarro Juan de Azpilicueta, primo de San Francisco de Javier.

Ya en 1553 pudo establecer San Ignacio en el Brasil la sexta provincia de la Compañía, nombrando provincial al padre Nóbrega, gran misionero. En esta provincia brasileña, a lo largo de los años, hubo jesuitas insignes, como el beato José de Anchieta, Cristóbal de Acuña, el brasileño Antonio Vieira o Samuel Fritz. Los carmelitas llegaron al Brasil en 1580, y en dos decenios se establecieron en Olinda, Bahía, Santos, Río, Sao Paulo y Paraíba. Los benedictinos, que arribaron en 1581, fundaron su primer monasterio en Bahía, y antes de terminar el siglo también se establecieron en Río, Olinda, Paraíba y Sao Paulo. Capuchinos y mercedarios contribuyeron también a la primera evangelización del Brasil.

Entre aquellos cientos de tribus -casi siempre hostiles, de lenguas diversas, y dispersas en zonas inmensas, difícilmente penetrables-, apenas era posible una acción evangelizadora si no se conseguía previamente una reducción y pacificación de los indios. Por eso el sistema de aldeias misionales o reducciones fue generalmente seguido por los misioneros, e incluso exigido por la ley portuguesa. Eso explica que a los misioneros del Brasil correspondió siempre no sólo la evangelización, sino también la pacificación y organización de los indios, así como su educación y defensa. Ellos, en medio de unas circunstancias extraordinariamente difíciles, desarrollaron una actividad heroica, bastante semejante a la que hubieron de realizar los misioneros del norte de América para evangelizar a los pieles rojas. La historia dura y gloriosa de las misiones brasileñas, inseparablemente unida a la aventura agónica de la conquista de la frontera, se desarrolló en cuatro zonas diversas: sur, centro, nordeste y Amazonas.

Los Dones del Espíritu Santo y el camino hacia la santidad - Tercera Parte

La ciencia de lo divino

Los dones de temor y piedad han introducido ya al cristiano por caminos de oración y de intimidad con Dios, de lucha interior y de ejercicio de las virtudes. Pero el cristiano es un “viador”, un ser que vive en el mundo, que recorre su camino hacia Dios en un contexto personal, familiar, social, profesional y cultural determinado; incluso en el caso de los que, siguiendo una peculiar vocación divina, renuncian a determinados aspectos de esa vida en el mundo, para testimoniar ante todos la grandeza de los dones divinos y de Dios mismo. Esa condición personal de cada uno y su posición en el mundo es asumida y querida por Dios, o incluso propuesta expresamente por El con una llamada específica, como elemento decisivo de su camino de santidad; una vez liberada, desde luego, de sus condicionamientos pecaminosos, con la ayuda del don de temor, y orientada hacia el amor divino, con la ayuda del don de piedad. Para ayudarnos a desenvolvernos cristianamente en ese entorno, nos ofrece el Espíritu Santo el don de ciencia.

En efecto, con la fe, el cristiano no sólo conoce a Dios mismo y sus misterios, sino que se adentra en todo lo relacionado con Dios, y en particular, sobre todo, en la realidad del mismo ser humano y del mundo visto a la luz de su relación con la Trinidad. La fe es un foco poderoso que ilumina hasta los rincones más ocultos de la vida humana, desvelando sus dimensiones más profundas y, por tanto, también más humanas, pues sólo en Cristo, Dios y Hombre verdadero, se encuentra la plenitud de sentido del hombre y del mundo. La luz de la fe es muy poderosa, pero en una paradoja misteriosa, es a la vez oscura, pues no se apoya en la visión, la evidencia o el razonamiento, sino en la aceptación libre y confiada de la Palabra de Dios, en una adhesión personal a la misma Palabra encarnada, Jesucristo. En la vida eterna sí alcanzaremos la visión del mismo Dios, y en él comprenderemos también los misterios del hombre y del mundo; pero como un anticipo de esa luz definitiva, el Espíritu Santo, Espíritu de Verdad, nos da nuevas luces que permiten, por decirlo así, ampliar la potencia luminosa de la fe.

Una de ellas es el don de ciencia, que distinguimos de los de entendimiento y sabiduría, y consideramos inferior, porque su fin no es iluminarnos sobre Dios mismo, sino precisamente sobre el hombre y el mundo. Así lo explica Santo Tomás de Aquino: “Dos cosas se requieren de nuestra parte respecto de las verdades que se nos proponen parar creer. Primera, que sean penetradas y captadas por el entendimiento, y es lo que compete al don de entendimiento. Segunda, que el hombre forme sobre ellas un juicio recto, que ordene a la adhesión a las mismas y la repulsa de los errores opuestos. Este juicio corresponde al don de sabiduría cuando se refiere a las cosas divinas; al don de ciencia, si versa sobre las cosas creadas, y al don de consejo, cuando considera su aplicación a las acciones singulares”. El don de ciencia es como un foco de luz divina vuelto hacia la tierra. Con su ayuda, el cristiano adquiere una mayor docilidad a la acción del Espíritu Santo en sus inspiraciones y mociones respecto a las cosas creadas.

Es decir, por una parte, profundiza en el conocimiento de esas dimensiones más profundas, divinas, que la fe le ha descubierto en sí mismo y en cuanto le rodea; por otra, le permite transformar cualquier actividad humana en algo santo y santificante, en la medida, precisamente, de esa profundización y de cómo deja penetrar al Espíritu divino con docilidad en todo lo que hace, para que El grave su impronta sobrenatural. No se trata de una ciencia infusa, que sería más bien un don extraordinario de Dios. Es decir, el don de ciencia no nos permite saber más matemáticas, biología, historia o antropología; sino que ilumina esas y otras ciencias humanas, y cualquier arte, oficio o actividad, hasta hacernos comprender y asimilar su sentido último en Dios, y ayudarnos a unir nuestro propio ser al divino en el desempeño mismo de esas ciencias, trabajos y acciones. Digámoslo con las palabras de uno de los más importantes difusores de este afán de divinización de las realidades terrenas, San Josemaría Escrivá: “Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena. La acción del Espíritu Santo puede pasarnos inadvertida, porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el pecado del hombre enturbia y oscurece los dones divinos.

Pero la fe nos recuerda que el Señor obra constantemente: es Él quien nos ha creado y nos mantiene en el ser; quien, con su gracia, conduce la creación entera hacia la libertad de la gloria de los hijos de Dios”. El don de ciencia nos parece, pues, un don clave en la solución -práctica y teórica- al problema clásico de las relaciones entre acción y contemplación, entre Marta y María; o expresado de otra forma, en la consecución de la necesaria unidad de vida que permita al cristiano no sólo alejar el pecado de su vida, y ser piadoso con Dios en los momentos dedicados expresamente a Él, sino orientar todo su quehacer a la Trinidad, hacer de todas sus acciones una profunda manifestación de amor. Para esto resulta necesario, sin duda, alcanzar una mínima purificación del alma y un cierto hábito de oración. De ahí que, aunque el don de ciencia actúa desde el momento mismo en que la fe y la gracia se asientan en el alma, empieza a dar sus mejores frutos cuando los dones de temor de Dios y piedad han preparado ya al cristiano para entrar en sintonía con Dios. Además, el propio don de ciencia ayuda a purificar el alma, al enseñarle a distinguir lo bueno y lo malo en su vida y en el mundo que le rodea.

Así lo explica San Buenaventura: “Se dice la ciencia gratuita ciencia de los santos, porque no tiene mezclado nada de viciosidad, nada de carnalidad, nada de curiosidad, nada de vanidad (…) El que tiene la ciencia para discernir lo santo y lo profano, debe abstenerse de todo lo que puede embriagar, esto es, de toda delectación superflua en la criatura; ésta es el vino que embriaga. Si uno, ya por vanidad, ya por curiosidad, ya por carnalidad, se inclina a la delectación superflua, que es en la criatura, no tiene la ciencia de los santos”. Son abundantes las manifestaciones del don de ciencia en la vida de Jesucristo. Más aún, toda su vida, desde los nueve meses en el seno de su Madre hasta su Ascensión a los cielos, viene a constituir un completísimo “tratado” de esta ciencia de la presencia de lo divino en lo humano y de la santificación de las realidades terrenas. Destaquemos en particular los panoramas que abren el comportamiento de Cristo y el don de ciencia en los ámbitos más corrientes y comunes de la vida humana: la familia, el trabajo, el trato con los demás, el descanso y la diversión, la cultura, la vida social, económica y política, etc.

Por ese mismo camino nos conduce la “ciencia” de la vida corriente de María, como mujer, esposa, madre, ama de casa, etc. Así lo expresa la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Con qué paz, con qué recogimiento se sometía y se entregaba María a todas
las cosas! Hasta las más vulgares quedaban divinizadas en Ella, pues la Virgen permanecía siendo la adoradora del don de Dios en todos sus actos”.

Extractado del artículo publicado en “Scripta Theologica” 30 (1998/2), 531-557), por Padre Javier Sesé. Facultad de Teología. Universidad de Navarra.

Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial fue un conflicto armado a escala mundial desarrollado entre 1914 y 1918. Originado en Europa, se transformó en el primero en cubrir más de la mitad del planeta. Fue entonces el primer conflicto más sangriento de la historia, resultando en aproximadamente la mitad de bajas que en la Rebelión Taiping. Antes de la Segunda Guerra Mundial, esta guerra solía llamarse la Gran Guerra o la Guerra de Guerras. A finales del siglo XIX, Inglaterra dominaba el mundo tecnológica, financiera, económica y sobre todo políticamente: La repartición de África (a excepción de Liberia y Etiopía) y Asia Meridional, así como el gradual aumento de la presencia europea en China. Por otra parte, Estados Unidos y en menor medida el Imperio ruso controlaban eficientemente sus vastos territorios que conformaban las dos principales potencias, coloniales, se enfrentaron en 1898 y 1899 en el denominado incidente de Fachoda, pero el rápido ascenso del Imperio alemán hizo que los dos países se unieran a través de la Entente cordiale. Alemania, que no poseía casi ninguna colonia, empezó a pretender algunas a la par de su ascenso en la política internacional después de su unificación en 1871.

Además, Francia deseaba obtener la revancha del fracaso sufrido frente a los estados alemanes en la Guerra Franco-prusiana de 1870, tras la cual, el Canciller Otto Von Bismarck había proclamado el Imperio en el Palacio de Versalles, lo que significó una ofensa para los franceses, quienes después de las reformas de Jules Ferry alentaban a los niños de las escuelas a colorear Alsacia y Lorena en negro sobre el mapa de Francia. Acciones similares contribuyeron a que esta generación creciera con la idea de vengar la afrenta recuperando estos territorios que Francia había cedido a Alemania tras la guerra Franco-prusiana en 1871. Por ello en 1914 sólo hubo un 1% de desertores en el ejército francés, en comparación con el 30% de 1870. Mientras tanto, los países de los Balcanes liberados del Imperio Otomano (el «enfermo de Europa») fueron objeto de rivalidad entre las grandes potencias. El Imperio Otomano, que se hundía lentamente, no poseía en Europa, a la víspera de la guerra, más que Estambul. Todos los jóvenes países nacidos de su descomposición (Grecia, Bulgaria, Rumania, Serbia, Montenegro y Albania), buscaron expandirse a costa de sus vecinos.
Impulsados por esta situación, los dos enemigos seculares del Imperio Otomano continuaron su política tradicional. El Imperio Austrohúngaro deseaba proseguir su expansión en el valle del Danubio hasta el mar Negro. El Imperio ruso, que estaba ligado histórica y culturalmente a los eslavos de los Balcanes, de confesión ortodoxa y que les brindó su apoyo ya en el pasado, dispuso en ellos de aliados naturales en su política de conquista de un acceso al «mar caliente» (pasando por el control de los estrechos).

Evidentemente, estas dos políticas entre una potencia católica y una ortodoxa provocaron enfrentamientos (los dos imperios poseían, además, un águila bicéfala como emblema). La guerra comenzó como un enfrentamiento entre el Imperio Austrohúngaro y Serbia, pero Rusia se unió al conflicto, pues se consideraba protectora de todos los países eslávicos. Tras la declaración de guerra austrohúngara a Rusia el 1 de agosto de 1914, el conflicto se transformó en un enfrentamiento militar a escala europea. Finalmente se incrementaron las hostilidades hasta convertirse en una guerra mundial en la que participaron 32 países, 28 de ellos denominados «Aliados», y entre los que se encontraban Francia, los Imperios Británico y Ruso, Canadá, Estados Unidos, así como Italia que había abandonado la Triple Alianza. El evento detonante fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del Imperio Austrohúngaro, y su esposa, Sofía Chotek, en Sarajevo el 28 de junio de 1914 a manos del joven estudiante nacionalista serbio Gavrilo Princip.

Qué son los libros apócrifos

El término apócrifo ha sido utilizado a través de los tiempos para hacer referencia a algunas colecciones de textos y de escritos religiosos sagrados surgidos y emanados en contextos judíos o cristianos, que no han sido incluidos en el canon del Tanaj judío hebreo-arameo, de la Biblia israelita Septuaginta griega, así como tampoco de ninguna de las distintas Biblias usadas por distintos grupos de cristianos.

Según otra acepción, un escrito o documento "apócrifo" es aquel que es indebidamente atribuido a un determinado autor. No se trata generalmente de una atribución promovida por el propio autor, sino de que otros atribuyen a determinado autor —generalmente de gran prestigio— escritos que él nunca escribió. Tal ha sucedido con San Agustín, al que se atribuyen multitud de escritos pseudoagustinianos. Tal sucede igualmente con pintores famosos. Cuando la indebida atribución es intencionada y no ha sido realizada por el propio autor se habla de falsificación.

Cuestión distinta es la de si un determinado escrito, forma o no parte de la Biblia, de si se considera o no un libro inspirado. Cuando un determinado escrito o libro merece ser considerado como formando parte de la Biblia, se dice que es "canónico". El canon consiste en un elenco de los escritos bíblicos. Católicos, cristianos no católicos y judíos tienen distintos cánones. Cuando el carácter canónico de un escrito es reconocido tardíamente se dice que es "deuterocanónico". En ocasiones un libro puede ser simultáneamente apócrifo y no canónico. Tal sucede con el Evangelio de Santo Tomás. Ni Santo Tomás es realmente su autor, ni se considera que forme parte de la biblia. Cuestiones distintas son las de si El Libro de la Sabiduría fue o no escrito por Salomón y la de si forma o no forma parte de la Biblia.

Existen controversias tradicionales entre los diferentes grupos confesionales en el seno de la tradición judeocristiana; dado que cada uno entre los principales grupos (cristianos ortodoxos, cristianos orientales —coptos, eutiquianos, siríacos nestorianos, etc.—, católicos romanos, protestantes y otras tendencias) ha venido planteando a través de los siglos algunas importantes diferencias con respecto del canon de los grupos restantes, y ha ido reservando el término de «apócrifos» para distintos grupos de textos y de escritos no incluidos en su propia versión del Canon bíblico, aunque estén en la de otro u otros.

Los representantes del protestantismo han llamado Apócrifos a los documentos Deuterocanónicos, que son reivindicados como parte integrante del canon por distintas iglesias cristianas ortodoxas, cristianas orientales y católica romana. Y usan el término Pseudoepígrafos, «escritos falsamente atribuidos», para hacer referencia al resto de los libros surgidos y emanados en contextos judíos o cristianos y que, sin embargo, no han sido aceptados por ninguno de los grupos antes mencionados.

El primero en usar el término en este sentido fue Jerónimo de Estridón, en los escritos en que comenta la tarea que representó la traducción al latín del texto bíblico, a fin de designar a algunos de los libros que hoy son conocidos como deuterocanónicos, que habían sido incluidos en la Biblia judía griega (canon alejandrino), llamada Biblia septuaginta, o Biblia de los LXX, aun cuando no aparecen en el Tanaj judío hebreo-arameo (Canon Palestinense), que fue redefinido por judíos fariseos históricos y neotestamentarios, durante los trabajos del Sínodo de Jamnia, en fecha tan tardía como el 95 d. C., y luego utilizada por las comunidades judías de los siglos posteriores. Jerónimo ignoraba las grandes disensiones que esta aventurada decisión atraería con el tiempo entre las Cristiandades del Mundo Occidental.

Doce de estos libros: Tobit, Judit, el Resto de Ester, Baruc, la Epístola de Jeremías, la Historia de Susana, la Historia de Bel y el Dragón, el pasaje Daniel 3:24-90 (en el cual se contiene la Oración de Azarías y el Himno de los tres Jóvenes), Sabiduría, Eclesiástico, 1 Macabeos y 2 Macabeos, finalmente serían aceptados por los distintos grupos históricos cristianos (cristianos ortodoxos, cristianos orientales —cópticos eutiquianos, siríacos nestorianos, etc.— y católicos romanos).

Otros de esos textos: el Capítulo 151 del Libro de los Salmos de David (comúnmente llamado Salmo 151), el Capítulo 8 del Libro de las Odas, 3 Esdras y 3 Macabeos, así como el Epílogo Griego del Libro de Job, los Epígrafes Griegos de varios de los Salmos de David y el Epígrafe Griego del Capítulo 1 del Libro de las Lamentaciones fueron recibidos como parte integrante del canon por todos esos grupos, excepto por la iglesia católica romana.

Todos estos escritos han sido ratificados por los escritos de muchos de los padres de la iglesia de oriente y occidente. Y, en el caso concreto de la iglesia latina, los doce documentos de la primera lista fueron legitimados por el Sínodo de Roma, en el año 380 d. C., y el Concilio de Hipona, en el año 393 d. C. A pesar de lo cual, el término «apócrifos» volvió a ser aplicado a esos doce textos por Martín Lutero y otros reformadores protestantes del siglo XVI. A causa de lo cual, la iglesia occidental ratificó su legitimación durante los trabajos del Concilio de Trento en 1546.

Algunos otros libros, incluidos en las Biblias Septuaginta (griega) y Peshitta (siríaca), como 4 Esdras, 4 Macabeos, el Libro de las odas y el Libro de los Salmos de Salomón, pueden ser leídos entre los apéndices de algunas importantes versiones y ediciones de la Biblia; como la Vulgata latina de Jerónimo, la Biblia eslavónica de Ostrog, la Biblia sinodal rusa, la Biblia del oso de Reina (1569), la Biblia del cántaro de Valera (1602), la King James version (1611), la Revised standard version y la New revised standard version.

Otros libros fueron vistos como textos sagrados e inspirados por comunidades judías marginadas, padres de la iglesia y grupos de cristianos, siendo rechazados como apócrifos más tarde, o más allá de los contextos en los cuales ellos fueron acogidos:

La Peshitta siríaca, la Biblia «oficial» de todas las iglesias Siríacas Nestorianas (las Iglesias de Siria, Asiria, Caldea, el Asia Central, Armenia, el Turquestán, China y la India, de entre cuyas filas se separó Mahoma, y, en cuyo seguimiento, a su vez, el Islam musulmán), incluye en su Libro de los Salmos, además del Salmo 151, los Salmos numerados 152, 153, 154 y 155, y la versión siríaca a la Apocalipsis de Baruc.

Los Beta Israel, antiguos habitantes de Etiopía, tenían como libros sagrados, además del Sirácida, el Libro de Enoc y el Libro de los Jubileos. Y la Iglesia Cristiana Ortodoxa de Etiopía incluye en su Biblia formas largas etíopes de los libros de Enoc, los Jubileos, el Resto de palabras de Baruc, 1 Macabeos, 2 Macabeos y 3 Macabeos. Estos documentos fueron rechazados por los fariseos de los siglos I y II, así como por los judíos actuales y grupos protestantes y paraprotestantes de múltiples tendencias; pero conservados por los israelitas, por los judíos de la dispersión y por los cristianismos tempranos e históricos. Los judíos actuales y los protestantes han llamado «apócrifos», de manera sistemática, a todos los escritos deuterocanónicos, excluyéndolos de sus propias versiones de la Biblia. Sin embargo, algunas de las Biblias protestantes más importantes los han incluido. Se cita como ejemplos la Biblia de Lutero, la King James Version, la Revised Standard Version y la New Revised Standard Version.

Casiodoro de Reina decidió incluirlos como parte integral del Antiguo testamento en la Biblia del oso, la primera edición de la Reina-Valera, en el año de 1569. Y Cipriano de Valera, su primer revisor y corrector de estilo, optó por reunirlos aparte, como un tercer grupo de textos intertestamentarios, entre el Antiguo y el Nuevo testamento, en la Biblia del Cántaro, de 1602. Sin embargo, a causa de confrontaciones de tipo ideológico, fueron suprimidos en 1860 por Lorenzo Lucena Pedrosa. Pero en 2009 ha sido publicada en España la Biblia del Siglo de Oro, que es una edición actualizada del texto de Reina y Valera, con restitución de nueve de sus doce Deuterocanónicos.

El término apócrifos, lejos de referirse a las consabidas acepciones adversas negativas que tiene, es una expresión que reviste otro carácter: se trata de textos cuyo acceso fue oculto, vedado, denegado ante las grandes masas de cristianos católico-ortodoxos, escritos revestidos en un aura de magia y misticismo.

Se trata de otras palabras y enseñanzas de Jesús que fueron difundidas por siete de los doce discípulos de Cristo, de acuerdo con los textos del Nuevo testamento. En este sólo han sido compilados documentos escritos por cinco de esos doce (Mateo, Juan, Santiago, Pedro y Judas el Tadeo). Se trata de escritos que alegan ser las enseñanzas ocultas de los restantes apóstoles y cuyo contenido no respalda muchas de las ideas mesiánicas comúnmente aceptadas por grupos de cristianos, y que fueron documentos tenidos en gran estimación.

Los apócrifos del Nuevo Testamento incluyen varios evangelios y vidas de los apóstoles. Algunos de ellos fueron escritos evidentemente por autores gnósticos o miembros de otros grupos posteriormente definidos como herejes. Muchos de estos textos fueron descubiertos durante los siglos XIX y XX, generando una intensa oleada de especulaciones en torno a su importancia en los inicios del cristianismo entre los eruditos religiosos.

Si bien los protestantes, católicos y, en general, los ortodoxos están de acuerdo acerca de qué libros deben ser incluidos en el canon del Nuevo testamento, la Iglesia ortodoxa etíope solía incluir las epístolas I y II de Clemente y al Pastor de Hermas. A su vez, otras iglesias como la Copta tenían en sus pasajes escritos que describían la niñez de Jesús.

Lutero consideraba apócrifa a la epístola de Santiago, dudando y cuestionando su autoría a manos de cualquiera de los dos apóstoles llamados por el nombre de Santiago. También porque la epístola contiene una declaración que contradice aparentemente las enseñanzas de Lutero de la salvación sólo por la fe: la "fe sin obras está muerta" (2:26). Lutero, en su propia edición de la Biblia, degradó y relegó al nivel de unos simples apéndices la Epístola de Santiago y otros tres documentos, a saber: la Epístola a los Hebreos, la Epístola de Judas y el libro de Apocalipsis.[cita requerida] Posteriormente se incluyeron estos libros con el canon protestante en su Nuevo Testamento, pero los colocaron luego de esos libros. Por lo tanto, los libros del Nuevo Testamento luterano (al menos en alemán) están ordenados en forma diferente a otras Biblias protestantes.

Un libro apócrifo del Nuevo testamento bien conocido es el Evangelio de Tomás, el único texto completo que fue encontrado en la ciudad egipcia de Nag Hammadi en 1945. Otro evangelio propio de las corrientes gnósticas dentro del cristianismo de los primeros siglos, atribuido a Judas de Carioth, el Evangelio de Judas, generó expectativa entre los seguidores de estudios y cuestiones del judeocristianismo cuando fue rescatado, reconstruido y presentado en el año 2006, en esfuerzo conjunto de Maecenas Foundation y National Geographic Society.

Han ejercido y ejercen un enorme influjo en la piedad e iconografía cristianas. Entre las tradiciones conservadas únicamente en los apócrifos, se cuentan los nombres de los padres de María, (Joaquín y Ana), el episodio de la Presentación de la Virgen niña en el templo, el número y los nombres de los Reyes Magos (Melchor, Gaspar, Baltasar), y la presencia de un asno y un buey en el pesebre donde María dio a luz. Allí también se encuentran los nombres y las historias del Buen Ladrón (Dimas) y del Mal Ladrón (Gestas); la historia de Verónica (recogida inclusive en la devoción piadosa del Via Crucis, de tradición católica); el nombre de Longinos, el centurión que atravesó el costado de Jesús en la cruz; o la primera sugerencia explícita de la virginidad perpetua de María, que se encuentra en el Protoevangelio de Santiago. La fuerte presencia de esas tradiciones en la liturgia lleva con frecuencia a olvidar que ninguno de ellos ha sido incluido entre los Evangelios canónicos.

Entre los textos apócrifos se cuentan numerosos Evangelios; entre ellos hay los que llevan nombres de personajes famosos de la iglesia primitiva a los que se atribuyen estos escritos, como el Evangelio de Tomás, del cual se encontraron antiguas copias en copto, manuscritas por una comunidad de cristianos gnósticos; otros fueron titulados por el supuesto contenido de la obra (Evangelio de la Verdad), por su origen (evangelios atribuidos a Marción, a Cerinto) o por el grupo al que estuvieron destinados (Evangelio de los Hebreos, de los Griegos, etc.).

En el siglo XIX comenzaron a hacerse unos estudios a fondo sobre estos textos. Se hallaron escritos "apócrifos" desde el año 300 a. C. hasta el Nuevo testamento, que proporcionaron a los investigadores una gran riqueza como fuentes históricas, así como posturas divergentes sobre temas como inmortalidad y resurrección, y la creencia en ellos a través de los siglos, desde un punto de vista siempre escatológico.

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

El 27 de junio es la fiesta de esta hermosa advocación de la Santísima Virgen María relacionada con un antiguo icono oriental, del siglo XIII o XIV, de autor desconocido y que, se estima, reproduce la pintura de Nuestra Señora hecha por Lucas, el Evangelista, hace casi dos mil años.

En el cuadro se muestra a la Virgen con el Niño Jesús, quien observa a dos ángeles que le muestran los instrumentos de su futura pasión. Se agarra fuerte con las dos manos de su Madre Santísima quien lo sostiene en sus brazos. Esta imagen nos recuerda la maternidad divina de la Virgen y su amor y cuidado por Jesús desde su concepción hasta su muerte.

Hoy la Virgen, nuestra Madre, ama, cuida y socorre a todos sus hijos que acudimos a ella con plena confianza. Durante siglos, la imagen original se veneró en Constantinopla como reliquia milagrosa, hasta que fue destruida por los musulmanes en 1453, cuando los turcos conquistaron la ciudad. Tiempo después, durante ese siglo XV, la bella copia de la pintura perdida de Nuestra Señora se encontraba en manos de un comerciante, cristiano piadoso y devoto de la Virgen María, que deseaba evitar a toda costa que el cuadro se destruyera como tantas otras imágenes religiosas que corrieron con esa suerte durante la expansión musulmana hacia occidente.

Para escapar con ella se embarcó rumbo a Roma; pero ya en el mar se desató una violenta tormenta que puso en grave peligro al barco en que viajaba. Cuando ya todos a bordo se preparaban para lo peor, el mercader sostuvo en alto el icono de Nuestra Señora implorando socorro. La Santísima Virgen respondió a su oración con un milagro: la tormenta cesó de inmediato y las aguas se calmaron. Todos llegaron a Roma sanos y salvos. Luego, este devoto comerciante profetizaría que llegaría el tiempo en que en todo el mundo se veneraría a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, tal como sucede hoy.

Pasado un tiempo, el mercader se enfermó de gravedad. Al sentir cercana la muerte, desde su lecho llamó a su amigo de más confianza y le rogó que le prometiera que se encargaría de colocar la pintura de la Virgen en una iglesia ilustre para que fuera venerada públicamente. Aunque el amigo no cumplió la promesa por complacer a su esposa que se había encariñado con la imagen, la Divina Providencia no había llevado la pintura a Roma para que fuese propiedad de una familia, sino para que fuera venerada por todo el mundo.

Nuestra Señora se le apareció al hombre en tres ocasiones, diciéndole que debía poner la pintura en una iglesia. El hombre discutió varias veces con su esposa para cumplir con la Virgen, pero ella se salió con la suya burlándose de él, diciéndole que alucinaba. Un día, después de la muerte del esposo, la hijita de la familia, de seis años, vino hacia su madre apresurada con la noticia de que una hermosa y resplandeciente Señora se le había aparecido mientras estaba mirando la pintura. La Señora le había dicho que les dijera a su madre y a su abuelo que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro deseaba ser puesta en una iglesia.

La mamá de la niñita prometió obedecer a la Señora; pero una vecina ridiculizó todo lo ocurrido e intentó convencer a su amiga de que se quedara con el cuadro, animándola a no hacer caso de sueños y visiones. En cuanto terminó de decir esto, comenzó a sufrir dolores tan terribles, que creyó que moriría allí mismo. Entonces invocó a Nuestra Señora pidiendo perdón y ayuda. La vecina tocó la pintura con corazón contrito, la Virgen escuchó su oración y fue sanada instantáneamente. Ahora urgía a la viuda para que obedeciera a Nuestra Señora de una vez por todas.

Con la intención de cumplir, ahora sí, con el mandato de Nuestra Señora, la viuda se preguntaba en qué iglesia debería poner la pintura, cuando volvió a aparecérsele la Virgen a la niña y le dijo que quería que la pintura fuera colocada en la iglesia que queda entre la basílica de Santa María la Mayor y la de San Juan de Letrán. Esa iglesia romana era la de San Mateo Apóstol.

Los monjes Agustinos, encargados de dicho templo, después de investigar todos los milagros y circunstancias relacionadas con la imagen, dispusieron que fuera llevada a la iglesia en procesión solemne el 27 de marzo de 1499. Durante la procesión, un hombre tocó la pintura y le fue devuelto el uso de un brazo que tenía paralizado. Colocaron la pintura sobre el altar mayor de la iglesia, en donde permaneció casi trescientos años. Amada y venerada por todos los fieles de Roma, sirvió como medio de incontables milagros, curaciones y gracias.
En 1798, Napoleón y su ejército tomaron la ciudad de Roma, exilió al Papa Pío VII y destruyeron treinta iglesias, entre ellas la de San Mateo, que quedó completamente arrasada. Junto con la iglesia, se perdieron muchas reliquias y estatuas venerables. Uno de los Padres Agustinos, justo a tiempo, logró poner a salvo el cuadro.

La imagen permaneció sesenta y cuatro años, casi olvidada, en una pequeña capilla de los Padres Agustinos hasta que, a instancias del Papa Pío IX, se trasladó en entusiasta y multitudinaria procesión solemne a la iglesia de San Alfonso, construida por los Padres Redentoristas sobre lo que había sido la iglesia de San Mateo, atendiéndose así el deseo de Nuestra Señora de que esta imagen suya del Perpetuo Socorro fuera venerada entre la Iglesia de Santa María la Mayor y la de San Juan de Letrán, que allí se encuentra hasta el día de hoy.

Prohíbe la Biblia la Transfusión de Sangre


Con frecuencia nos enteramos, por medio de las noticias, de ciertos casos en que las Cortes civiles ordenan que un niño en peligro de muerte reciba una transfusión de sangre aun contra la voluntad de sus padres. También ha habido casos de adultos que han sido forzados a recibir una transfusión de sangre contra su voluntad. Estas extrañas situaciones ocurren debido a las enseñanzas de ciertos movimientos religiosos que creen que las transfusiones de sangre están en contra de la ley de Dios. El movimiento más conocido de estos es el de los "Testigos de Jehová", el cual enseña que la transfusión de sangre y comer sangre es una y la misma cosa. Ellos están dispuestos a arriesgar la vida antes que violar lo que consideran un mandato de Dios.

Los "Testigos de Jehová" y otros enseñan una doctrina equivocada en cuanto a esta enseñanza bíblica, al afirmar que la transfusión de sangre es una violación del mandato de abstenerse de comer sangre. Levítico 17-14 declara: "Porque la vida de toda carne es su sangre. Por eso dije a los israelitas: No coman la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre. El que la coma, será extirpado".

La ciencia ha comprobado que aunque hay diferentes tipos, la sangre no difiere en cuanto a sexo o raza. Se puede hacer transfusiones no importa el color o sexo de cualquier persona de la tierra, siempre y cuando sea el mismo tipo. Sin embargo no se puede hacer transfusión de sangre de un animal a un hombre.

Todo alimento que es consumido es transformado en sustancias nutritivas que son necesarias para la energía y el desarrollo celular. La sangre también es consumida cuando ésta se transforma en sustancia alimenticia. La sangre que se pasa en una transfusión a las venas de un ser humano no se consume o se transforma. Esta continúa viva, completa al pasar a las venas de otra persona, y no pasa el proceso de transformación como la sangre que se utiliza como comida. La transfusión no es ni científicamente ni bíblicamente un proceso de comer sangre.

Un niño que no ha nacido aún es alimentado por un medio intravenoso o sea a través del cordón umbilical, por el cual le llega al feto la sangre de la madre. La transfusión de la sangre materna lleva sustancias nutritivas y oxigeno que son necesarias para alimentar y sustentar la vida del bebé durante su estado prenatal. Entonces: ¿Está el niño comiendo la sangre de la madre? ¡Por supuesto que no! De otra manera, esto pondría a Dios en contradicción con sus propias leyes. Dios estaría violando su ley por medio de un proceso natural preestablecido.

Más bien la transfusión de sangre que recibe el niño durante su existencia prenatal es un don de la vida. En la misma manera, la transfusión de sangre para uno que está en peligro de muerte por la pérdida de su propia sangre, recibe el don de la vida por medio de un acto de misericordia del donador. Este no debe confundirse con comer sangre. Aquellos que están dispuestos a sacrificar sus propias vidas antes bien que violar un mandamiento de Dios en cuanto a comer sangre son individuos que han de ser encomiados.

Sin embargo si ellos erróneamente relacionan la transfusión de sangre con comer sangre, entonces deben examinar de nuevo su posición porque ésta no tiene base bíblica. Aquellos que utilizan sangre en cualquier forma de comida, ya sea por ignorancia del mandato de Dios o por indiferencia, es necesario que también hagan un nuevo examen de su posición y también estudien de nuevo este asunto -que desistan de esta práctica y que manifiesten un respeto evidente por la vida como Dios lo quiere.

jueves, 19 de junio de 2014

Hizo el gol más rápido de Brasil 2014 y con una señal de la cruz lo dedicó a su hermana fallecida

RÍO DE JANEIRO, 17 Jun. 14 / 05:50 pm (ACI/EWTN Noticias).- Clint Dempsey, capitán de la selección de Estados Unidos, convirtió el gol más rápido del Mundial Brasil 2014, y en un conmovedor gesto se persignó y lo dedicó al cielo, a su hermana fallecida. Nacido en Texas, Dempsey comenzó a jugar fútbol a la edad de 10 años. En 1995, su hermana mayor Jennifer, una promisoria jugadora de tenis de solo 16 años, sufrió un aneurisma cerebral y falleció.

Dempsey siempre recuerda a su hermana. Sus padres lo hicieron dejar el fútbol para poder pagar las clases de tenis de Jennifer, y fue entonces que lo llamaron para decirle que su hermana se había desmayado y había sido llevada de emergencia a un hospital, donde murió.

Pocos meses antes, Dempsey había tenido una conversación sobre la muerte con su hermana. “Estábamos hablando sobre la muerte y me dijo ‘si alguna vez muero, ¿quieres que vuelva y que te diga que estoy bien? Y yo le dije ‘¡no, eso me asustaría demasiado!’ Hablamos sobre otras cosas y me dijo ‘bueno, si alguna vez muero te ayudaré a que la pelota entre a la redes’. Y por eso es que miro al cielo cuando anoto, para recordarla”, relató al diario The Guardian en una entrevista de 2010.

El gol que ayer anotó Dempsey en la victoria de Estados Unidos sobre Ghana por 2 a 1, ha sido el quinto más rápido de la historia de los mundiales y el más rápido convertido alguna vez por un jugador de Estados Unidos. Con esto Dempsey se convierte también en el único futbolista estadounidense en anotar en tres copas del mundo.

El capitán de Estados Unidos se declara cristiano. “Mi fe en Cristo es lo que me da confianza para el futuro. Sé que en las buenas y en las malas Él es fiel y me cuidará”, declaró al Christian Post en un reciente artículo.

“Rezo para tener fuerza mientras avanzo en el camino ante mí. Juego con lo mejor de mis capacidades y agradezco por las muchas oportunidades y los grandes éxitos que Él me ha dado. En todo quiero hacer lo correcto, no cometer errores, tener una vida que Le agrade”, dijo al mismo diario.

Dempsey cree además que si bien algunas cosas en la vida lo han encarado con el sufrimiento, “eso al final pone la vida en perspectiva”.

Fuente:
www.aciprensa.com 

De los silos de mi vida

“Dirán de mí lo que otros quieran
Se apropiaran de mí como de una imagen
Pero mi alma quedará prendida a los poemas
Que trascienden los portales de la carne”

La expresión más grande que el hombre puede decir cuando llega a una experiencia y a una relación con Dios, con los demás, con la naturaleza y consigo mismo, es el “amor”.

El querido y recordado P. Hernán, a lo largo de su vida ofrecida a Dios y a los demás en servicio y entrega, es claro testimonio de amor a Dios y a todo lo creado, manifestado con el lenguaje de la poesía que ha dejado como herencia de ayuda para cada persona que se encuentra en situaciones particulares y, principalmente, para nuestra relación con Dios y con el mundo que nos rodea.

En este libro, encontramos palabras, frases, estrofas, que tal vez no escuchamos en labios del autor, pero que, en momentos de desierto, soledad, reflexión y oración, quedaron impresas en cientos de páginas.

El padre Hernán Pérez Etchepare nació el 16 de noviembre 1964, en Rafaela (provincia de Santa Fe, Argentina) y entró en la Congregación el 20 de febrero de 1986, en la casa de Córdoba. Allí completó sus estudios de filosofía. El 15 de agosto de 1998 fue ordenado sacerdote en Buenos Aires, logrando en el mismo período la licenciatura en relaciones públicas.

En 1994 fue transferido a la comunidad de Florida (Buenos Aires), donde comenzó su colaboración con la editorial, para luego asumir la dirección de El Domingo, periódico que se convirtió en un medio habitual de comunicación de la Iglesia a nivel local.

El padre Hernán se distinguió por una inigualable comunicación y un espíritu que buscaba siempre caminos de acercamiento entre el Evangelio y la cultura. Por eso participó activamente en el diálogo judeo-cristiano y promovió la participación ciudadana para fortalecer la democracia en el país. Con su sensibilidad artística para la poesía promovió encuentros de poetas y se dedicó con pasión a la difusión del arte iconográfico.

Hernán falleció a los 47 años, con 26 años de vida paulina y apenas 13 de sacerdocio, en los que realizó una fructífera labor.

Para comprar el libro:
www.san-pablo.com.ar 

Los Dones del Espíritu Santo y el camino hacia la santidad - Segunda Parte

El temor de Dios y la lucha contra el pecado

Santidad significa, entre otras cosas, pureza de alma, limpieza, ausencia de mancha. Santidad y pecado se oponen radicalmente. Con las únicas excepciones de Jesucristo y María Santísima, el pecado es una realidad presente en la vida de todo cristiano, con la que siempre hay que contar en esta tierra. Ningún santo ha alcanzado la impecabilidad ni se ha sentido impecable. Incluso los que nos hablan con más atrevimiento de una profunda, continua y transformante identificación con Dios en las cumbres de la santidad, están convencidos de poder perder en cualquier momento esa situación privilegiada -que además ven siempre como don inmerecido- y caer de nuevo en los abismos del pecado, por muy alejados que en esos momentos se vean de él.

No obstante, resulta claro que la lucha contra el pecado, y específicamente contra el pecado mortal, aparece como secundaria en la vida de las almas santas, claramente dominadas y dirigidas por el amor de Dios. En cambio, los primeros pasos de aquellos que se proponen seguir más de cerca a Jesucristo suelen estar marcados por una gran necesidad de conversión, de purificación interior, que aleje de forma determinante el pecado de sus vidas, liberándose todo lo posible de la inclinación al mal, para poder dirigir de verdad su inteligencia, su voluntad y sus sentidos a Dios como objetivo principal, y cuanto antes fin único, incluso, de su existencia.

Los libros de espiritualidad están llenos de excelentes consejos, recomendaciones, propuestas prácticas concretas, etc., en esa lucha contra el pecado y sus adláteres: concupiscencia, tentaciones, “enemigos del alma”,… Pero entre ellos hay que destacar la docilidad al Espíritu Santo, manifestada particularmente como Espíritu de temor de Dios. Efectivamente, sólo Dios puede perdonar los pecados, y sólo El puede ayudar eficazmente al alma a alejarse del peligro del pecado. El miedo al mismo pecado y a sus consecuencias (el castigo que merece, el daño causado a la propia alma y a los demás) puede ayudar, pero tiende a quedarse muy corto; más aún, si ese miedo se entiende como temor a Dios, a su justicia vindicativa, puede ser incluso contraproducente, al falsear la auténtica imagen de un Dios que, ante todo, es Padre, Amor y Misericordia: atributos sin los que no se puede entender la verdadera Justicia divina.

El don de temor de Dios se nos presenta desde otra perspectiva, que en el fondo es precisamente la perspectiva del Amor. Como tantos escritores cristianos han subrayado desde la antigüedad, se trata, en efecto, de un temor filial, no servil: por eso subrayamos que es temor de Dios. Sí se puede hablar de una cierta componente servil de ese temor, en cuanto refuerza precisamente el miedo al propio pecado y a los peligros de dejarse dominar por el demonio, o lo carnal. De ahí, en particular, que Santo Tomás de Aquino relacione este aspecto del don de temor con la virtud de la templanza. Pero, sobre todo, este don divino nos hace comprender la maldad del pecado como ofensa a Dios, como pérdida del amor de Dios, como infidelidad del hijo con su Padre. Es el temor de haber ofendido a un Padre tan bueno, en el pecador que se arrepiente; o el temor de poder ofenderle y así alejarse de su maravilloso amor, o perderlo para siempre incluso, en el que desea huir lo más lejos posible del pecado.

El hijo pródigo de la parábola siente, sin duda, todo el peso del pecado y de sus consecuencias, hasta físicas, pero le mueve sobre todo en su arrepentimiento la amabilísima figura de su padre, al que ha despreciado: se deja llevar por un verdadero temor filial, con el que reencuentra el amor paterno: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, se vino a su padre. Cuando aún estaba lejos, le vio el padre y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos” (Lc 15, 18-20).

De forma sencilla, pero profunda y audaz, como es habitual en ella, expresa las claves del verdadero temor filial la más reciente doctora de la Iglesia, Santa Teresa del Niño Jesús, en una de sus cartas: “Quisiera tratar de hacerle comprender con una comparación muy sencilla cómo ama Jesús a las almas que confían en él, aun cuando sean imperfectas. Supongamos que un padre tiene dos hijos traviesos y desobedientes, y que, al ir a castigarlos, ve que uno de ellos se echa a temblar y se aleja de él aterrorizado, llevando en el corazón el sentimiento de que merece ser castigado; y que su hermano, por el contrario, se arroja en los brazos de su padre diciendo que lamenta haberlo disgustado, que lo quiere y que, para demostrárselo, será bueno en adelante; si, además, este hijo pide a su padre que lo castigue con un beso, yo no creo que el corazón de ese padre afortunado pueda resistirse a la confianza filial de su hijo, cuya sinceridad y amor conoce. Sin embargo, no ignora que su hijo volverá a caer más de una vez en las mismas faltas, pero está dispuesto a perdonarle siempre si su hijo le vuelve a ganar una y otra vez por el corazón… Sobre el primer hijo, querido hermanito, no le digo nada, usted mismo comprenderá si su padre podrá amarle tanto y tratarle con la misma indulgencia que al otro…”

Este aspecto del temor de Dios, filial, y que brota del amor, es, a nuestro juicio, el principal y como su razón formal. De ahí su relación, volviendo a Santo Tomás, con la virtud de la esperanza. La esperanza es deseo y confianza, y ambos se ven claramente reforzados por la imagen amorosa y misericordiosa de Dios Padre, del Corazón redentor de Cristo, de un Espíritu que es Espíritu de Amor y Compasión: en un Dios así se puede confiar plenamente y su poderoso atractivo enciende nuestro deseo. Junto a la templanza y la esperanza, el don de temor guarda también una particular relación con la virtud de la humildad; lo cual además resulta coherente con su especial papel en los primeros pasos de la vida cristiana. En efecto, la humildad es fundamento imprescindible en el camino de santidad; y el don de temor afianza ese fundamento en el alma. Para mostrarlo, basta recordar el conocido texto teresiano: “Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira”

Esta doble verdad queda, en efecto, iluminada por el don de temor de Dios, que nos muestra la distancia abismal que separa a la criatura del Creador. Así lo enseña otro de los grandes maestros de la humildad, San Benito: “El primer grado de humildad consiste en que poniendo siempre ante sus ojos el temor de Dios, huya echarlo jamás en olvido, y acordándose siempre de cuanto Dios tiene mandado, considere de continuo en su corazón, cómo el infierno abrasa por sus pecados a los que menosprecian a Dios, y cómo la vida eterna está aparejada para los que le temen. Y absteniéndose en todo tiempo de los pecados y vicios, de los pensamientos, de la lengua, de las manos, de los pies y de la voluntad propia, procure también atajar los deseos de la carne. Piense el hombre que Dios le está mirando a todas horas desde los cielos, y que la mirada de la divinidad ve en todas partes sus acciones y que los ángeles le dan cuenta de ellas a cada instante. Esto nos demuestra el Profeta cuando nos inculca que Dios siempre tiene presentes nuestros pensamientos, diciendo: ‘Dios escudriña nuestros corazones y todo nuestro interior’ (Ps 7, 10). Y también: ‘El Señor conoce los pensamientos de los hombres’ (Ps 93, 11). Y aun: ‘De lejos conociste mis pensamientos’ (Ps 138, 3), y: ‘El pensamiento del hombre te será manifiesto’ (Ps 75, 11)”

Al mismo tiempo, el don de temor nos ayuda a superar ese mismo abismo que nos separa de Dios, confiados sólo en el Amor divino, no en nosotros mismos. Esta es la verdadera humildad cristiana: la que, convencida de su nada se lanza audazmente en brazos del que lo es Todo. Volvamos a oír a Santa Teresa de Jesús, en una oración que parece particularmente dirigida por la humildad y el temor de Dios:

“¡Oh, Jesús mío! ¡Qué es ver un alma que ha llegado aquí caída en un pecado, cuando Vos por vuestra misericordia la tornáis a dar la mano y la levantáis! ¡Cómo conoce la multitud de vuestras grandezas y misericordias y su miseria! Aquí es el deshacerse de veras y conocer vuestras grandezas; aquí el no osar alzar los ojos; aquí es el levantarlos para conocer lo que os debe; aquí se hace devota de la Reina del Cielo para que os aplaque; aquí invoca los santos que cayeron después de haberlos Vos llamado, para que la ayuden; aquí es el parecer que todo le viene ancho lo que le dais, porque ve no merece la tierra que pisa; el acudir a los Sacramentos; la fe viva que aquí le queda de ver la virtud que Dios en ellos puso; el alabaros porque dejastes tal medicina y ungüento para nuestras llagas, que no las sobresanan, sino que del todo las quitan. Espántanse de esto. Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de misericordia tan grande y merced tan crecida a traición tan fea y abominable?; que no sé cómo no se me parte el corazón cuando esto escribo, porque soy ruin”

Por todo lo dicho, se comprende el valor particular que tiene el don de temor de Dios en determinados actos o momentos de la vida cristiana: la recepción del sacramento de la Penitencia, los actos de contrición y desagravio, la mortificación voluntaria en cuanto expiación, las purificaciones pasivas del alma, etc. En cierto sentido, las almas santas suelen necesitar de nuevo particularmente este don en esos tiempos de sequedad, aridez, abandono, con que Dios frecuentemente les fortalece en momentos determinados de su vida. Son tiempos de “esperar contra toda esperanza” (cfr. Rom 4, 18). Así se explica también que el mismo Jesucristo, a pesar de la total ausencia de pecado en su vida, dispusiera de este don y lo utilizara; particularmente frente a las tentaciones del diablo en el desierto, y más claramente aún en la agonía del huerto y en el momento cumbre de la cruz. Su oración: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42); y el “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27, 46), unido al “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23, 46), me parecen los mayores ejemplos de la fuerza y hondura que puede alcanzar el don de temor de Dios en un alma santa, reforzando la confianza y el abandono en Dios.

Tampoco María tuvo mancha de pecado, pero la turbación llena de sencillez y humildad que siente ante el anuncio del Angel, o la identificación con el dolor de su Hijo, no sólo físico sino también moral, al pie de la Cruz, no se explican sin una fuerte y clara intervención del don de temor de Dios.


Extractado del artículo publicado en “Scripta Theologica” 30 (1998/2), 531-557), por Padre Javier Sesé. Facultad de Teología. Universidad de Navarra

miércoles, 18 de junio de 2014

Batalla de Waterloo

A las 9 de la noche del 18 de Junio de 1815, Wellington y Blücher se encontraron en La Belle Alliance. Estaba terminando la que sería llamada, al día siguiente, Batalla de Waterloo. Era el final de la carrera política y militar de Napoleón Bonaparte, quién apenas un mes después partió rumbo al exilio, en la isla Santa Helena, donde murió el 5 de Mayo de 1821, a los 52 años. Todo había comenzado apenas unos meses antes, en Marzo, cuando Napoleón regresó a Francia después de haber escapado de su exilio de un año en la Isla de Elba (1814-1815). Cuando llegó a Grenoble se reunió con el Quinto Regimiento, al mando del Mariscal Ney, que había sido enviado por Luis XVIII para encarcelar a Napoleón. Pero los soldados se unieron al Emperador, y marcharon con él sobre París, entrando triunfantes a la ciudad el 20 de marzo. Luis XVIII dejó el trono, que fue nuevamente ocupado por Napoleón. Ese fue el comienzo de lo que se llamó Los Cien Días, que finalizarían con la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo, a manos de la Séptima Coalición, una alianza de varias potencias europeas en contra de Bonaparte.

Entre el 1° de octubre de 1814 y el 9 de Junio de 1815, había sesionado en Austria el Congreso de Viena, convocado por Francisco I, Emperador de Austria, con el objeto de recomponer las fronteras europeas después de la derrota de Napoleón en Leipzig y su posterior exilio a Elba. Todos los países europeos participaron de este Congreso: Inglaterra, Francia, Prusia, Rusia, los estados germánicos, eslavos y nórdicos, España, Portugal. El ejército de Napoleón estaba conformado por 124.000 hombres (incluyendo los 23.000 de la Caballería, y los 21.000 que conformaban la Guardia Imperial), y 384 piezas de artillería. El ejército aliado contaba con 207.000 soldados, de los cuales 97.000 correspondían a las fuerzas anglo-holandesas, al mando directo de Wellington, 117.000 al ejército prusiano al mando de Blücher, 150.000 eran integrantes del ejército ruso, al mando de Barclay de Tolly y 210.000 austríacos a las órdenes de Schwarzenberg. Había, además, una segunda línea prusiana de 70.000 soldados.

El día 16 se luchó en dos frentes. Napoleón decidió atacar a los prusianos que se encontraban en el arroyo Ligny, mientras Ney obligaba a los ingleses a retroceder hasta Quatre Bras. El ataque de las tropas de Napoleón recién pudo comenzar a las 3 de la tarde, ya que tuvieron que esperar la llegada del 4° Cuerpo, al mando de Gerard. A las 9 de la noche, Napoleón consiguió hacer retroceder a los prusianos. Mientras en Quatre Bras Ney se enfrentaba al grupo holandés allí asentado y que estaba apoyado por soldados alemanes. Durante el día, distintos cuerpos de ejército aliado (ingleses y escoceses) se fueron uniendo a las tropas iniciales, mientras que los refuerzos que Ney pidió nunca llegaron, ya que se encontraban marchando a Ligny para unirse con Napoleón. A las 21:30 la batalla finalizó, sin que ninguno de los grupos hubiera tomado definitivamente la posición. Napoleón decidió entonces seguir a Wellington, sin darse cuenta de que los prusianos estaban reagrupándose para marchar al día siguiente. El día 17 los prusianos todavía no habían logrado reunirse con el ejército inglés. Pero contra todas las previsiones de Napoleón, no pensaban separarse de ellos, sino que seguían marchando a su encuentro. El general Thielmann, al mando del 3° Cuerpo del ejército prusiano, logró llegar a Wavre y asentó su campamento en La Bavette, mientras que el General von Zieten, del 1° Cuerpo, lo hizo a 1 km. de allí.

El día 18 a las 10 de la mañana Napoleón envió la orden a Grouchy de marchar a Wavre, pero Grouchy la recibió recién a las 3 de la tarde. Bonaparte ya había llegado al encuentro de las tropas inglesas. Planeaba hacer un falso ataque sobre el bien defendido flanco derecho del ejército de Wellington, para distraerlos, mientras atacaba el flanco izquierdo antes de que los prusianos pudieran intervenir. Aunque tenía pensado iniciar el ataque a las 9 de la mañana, no fue posible hacerlo sino hasta el mediodía, ya que muchas de las tropas no habían llegado todavía. Mientras tanto, cuerpos prusianos que no habían intervenido en Ligny fueron enviados a Mont-Saint-Jean por Blücher. Un grupo francés atacó el bosque Hougoumont, que rodeaba al castillo del mismo nombre. Lograron tomar el bosque, pero no vencer las defensas del edificio. Por la noche, la artillería francesa había caído en manos de los aliados y del ejército francés sólo quedaban miles de soldados dispersos. Los ingleses cesaron en la persecución a las 23, los prusianos continuaron durante toda la noche.

A las 21, Wellington y Blücher se habían reunido en el último cuartel general de Napoleón, La Belle Aliance. A las 21:30, Wellington comenzó a redactar el informe final de la batalla. Blücher sugirió que se llamara a éste enfrentamiento Batalla de La Belle Aliance, pero Wellington insistió en que debía llevar el nombre, como se hacía tradicionalmente, del lugar donde él había pasado la noche antes de la batalla, y ese lugar era Waterloo. Napoleón llegó a París el 20 de julio. Consciente de que esta derrota significaba el fin de su carrera, y sin apoyo político, abdicó a favor de su hijo. El 29 de Junio viajó a L’Ile d’Aix, se presume que con la intención de tomar un barco hacia América, pero finalmente viajó a Inglaterra, donde pidió protección. Esa “protección” fue su exilio en Santa Helena, una isla del Atlántico.

Evangelización del Brasil - Primera Parte

Desde comienzos del siglo XV hasta las primeras décadas del XVI, los marinos portugueses lograron abrirse ruta marina hacia la India, sólo alcanzada en aquella época por tierra, en interminables viajes de caravanas, que habían de atravesar desiertos y peligrosas tierras de musulmanes y tártaros. Las naves portuguesas descubrieron los archipiélagos de Madeira, Azores y Cabo Verde, así como las costas del Sáhara y del Senegal. Poco después alcanzaron el golfo de Guinea y la costa del Congo. Finalmente en 1488, Bartolomé Díaz rodeaba el cabo de Buena Esperanza, y abría así por el sur de África la navegación hacia el Oriente. Diez años después, Vasco de Gama arribaba a la India. 

Esta epopeya marinera de los portugueses, junto al espíritu de aventura y de lucro, reveló también su formidable espíritu apostólico y misionero, encarnado sobre todo en los miembros de la Orden de Cristo. Bajo el reinado de Juan I, su hijo Enrique el Navegante (1394-1460), gran maestre de esta Orden militar, fundó en Segres la primera escuela naval del mundo, y alentó a la Corona y a su pueblo en los viajes y descubrimientos, así como en las luchas contra el Islam y en la difusión misionera de la fe. Desde su convento de Thomar, abierto al Atlántico, en directa dependencia del Papa y sin mediación de ningún obispo, Enrique rigió las iglesias locales de todos los territorios descubiertos y evangelizados. 

Por eso, cuando Colón regresó de su primer viaje, los Reyes Católicos se dieron prisa, como sabemos, en conseguir del Papa Alejandro VI las Bulas Inter cætera, de 1493, que concedían a Castilla las islas y tierras que se exploraran. Los portugueses, que deseaban más espacio para su ruta a la India y que pretendían también extender su dominio sobre el Brasil, negociaron laboriosamente, hasta conseguir con los Reyes de Castilla en 1494 el Tratado de Tordesillas, que alejaba la línea referida bastante más allá, a 370 leguas de las Azores. En términos actuales, esta línea partía verticalmente el Brasil por el meridiano 46º 37´, es decir, dejaba en zona española por el sur Sao Paulo, y por el norte Belém.

Pocos años después, en 1500, una expedición portuguesa conducida por Cabral, al desviarse de la ruta de las especias, arribó a las costas del Brasil. Era la primera vez que los portugueses llegaban a América. Pero la tarea de colonización paulatina no se inició hasta el 1516. Las originales atribuciones que Enrique el Navegante tenía como gran maestre de la Orden de Cristo pasaron a la Corona portuguesa, desde que en 1514 el rey era constituido gran maestre de dicha Orden. De este modo, aquella antigua y curiosa forma de gobierno pastoral de las nuevas iglesias pervivió durante siglos, sin mayores variaciones, en el sistema del Patronato regio. En efecto, la Curia romana advirtió desde el primer momento que las audaces navegaciones portuguesas entrañaban inmensas posibilidades misioneras. Y por eso encomendó a la Orden de Cristo, de antiguo encargada de proteger la Cruz y de rechazar el Islam, la misión de evangelizar el Oriente y el nuevo mundo americano que se abría para la Iglesia.

De hecho, la Corona portuguesa fue la impulsora de un gran movimiento misional. Entre 1490 y 1520 envió misioneros a fundar en el Congo un reino cristiano. En 1503 envió franciscanos al Brasil, recién explorado -Frey Henrique fue quien celebró allí la primera misa-. Y cuando en 1542 arribó San Francisco de Javier a Goa, base portuguesa en la India, llegó como legado del rey lusitano. En coherencia a esta situación histórica, el Papa León X, en la Bula Præcelsæ Devotionis (1514), concedió al rey de Portugal una autoridad semejante a la que el rey de Castilla había recibido por la Bula Dudum siquidem (1493) para la evangelización de América. 

Brasil era un mosaico de cientos de tribus diversas, aunque puede hablarse de algunos grupos predominantes. Los nativos de la cultura tupí-guaraní se extendían a lo largo de la costa occidental. Los tupís practicaban con frecuencia el canibalismo, y también la eugenesia, es decir, mataban a los niños que nacían deformes o con síntomas de subnormalidad. Con algunas excepciones sangrientas, no ofrecían a los avances portugueses especial resistencia. Los nativos de la cultura ge ocupaban la meseta central, los arawak se asentaban al norte, y los feroces caribes en la cuenca del Amazonas. 

Nuestra Señora de la Concepción Aparecida

Hay dos fuentes sobre el hallazgo de la imagen, que se encuentran en el archivo de la Curia Metropolitana de Aparecida (anterior a 1743) y en el Archivo Romano de la Compañía de Jesús, en Roma. Su historia tiene su inicio a mediados de 1717, cuando llegó a Guaratinguetá la noticia de que el conde de Assumar, D. Pedro de Almeida y Portugal, gobernador de la entonces Capitanía de São Paulo y Minas de Oro, iría a pasar por la población de caminguajfoaso a Villa Rica (actual ciudad de Ouro Preto) en Minas Gerais. Deseosos de obsequiarle con la mejor pesca que obtuviesen, tres pescadores arrojaron sus redes al río Paraíba del Sur; después de muchas tentativas infructuosas descendiendo por el curso del río llegaron el 12 de octubre a Porto Itaguaçu, donde atraparon en las redes el cuerpo de una imagen de Nuestra Señora de la Concepción sin cabeza. Tras una nueva tentativa atraparon la cabeza de la imagen. Animados por lo acontecido lanzaron de nuevo las redes con tanto éxito que obtuvieron una copiosa pesca.

Durante quince años la imagen permaneció en la residencia del pescador Felipe Pedroso, donde los pescadores se reunían para rezar. La devoción fue creciendo entre el pueblo pues se decía que muchos favores fueron alcanzados por aquellas gentes que rezaban delante de la imagen. La fama de los poderes extraordinarios de Nuestra Señora llegó hasta otras regiones de Brasil. Se construyó una capilla, que pronto se quedó pequeña. Debido al aumento de fieles, en 1834 se inició la construcción de una gran iglesia, la actual Basílica de Nuestra Señora Aparecida. En 1904 la imagen fue coronada con la presencia del Nuncio Apostólico y del presidente de la República. En 1929, Nuestra Señora fue proclamada Patrona Oficial del Brasil por determinación del papa Pío XI. El papa Juan Pablo II, en su visita a Brasil en 1980, consagró la Basílica que alberga la imagen y concedió más tarde indulgencias a los devotos de Nuestra Señora Aparecida.

El misterio de la Trinidad en los escritos de Juan


La fe en la Santísima Trinidad es la fuente y el destino de nuestro credo. Todo lo que afirmamos con toda claridad con respecto a la Santísima Trinidad lo encontramos en el Nuevo Testamento. Allí está encerrado como una semilla que viene abriéndose a través de los siglos. De los cuatro evangelistas, Juan es el que nos ayuda mayormente a comprender el misterio del Dios Trino.

Juan subraya la unidad profunda entre el Padre y el Hijo. La misión del Hijo es la de revelar el amor del Padre (Jn 17,6-8). Jesús llega a proclamar: "Yo y el Padre somos una cosa sola" (Jn 10,30). Entre Jesús y el Padre hay una unidad tan intensa que quienquiera que ve el rostro de uno, ve también el rostro del otro. Y revelando al Padre, Jesús comunica un espíritu nuevo "el Espíritu de la Verdad que procede del Padre" (Jn 15,26).

A petición del Hijo, el Padre envía a cada uno de nosotros este nuevo Espíritu para que permanezca en nosotros. Este Espíritu, que nos viene del Padre, (Jn 14,16) y del Hijo (Jn 16, 27-8), comunica la profunda unidad existente entre el Padre y el Hijo (Jn 15,26-27). Los cristianos miraban la unidad de Dios para poder entender la unidad que debía existir entre ellos. (Jn 13, 34-35; 17,21).

Hoy decimos: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Apocalipsis se dice: De Aquel que es, que era y que viene, de los siete espíritus, que están delante de su trono, y de Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos y el príncipe de los reyes de la tierra (Ap 1, 4-5). Con estos nombres, Juan dice lo que es y lo que piensan las comunidades y esperan en el Padre en el Hijo y en el Espíritu Santo.

1.- El Nombre del Padre: El Alfa y la Omega. Es – Era – Viene. Omnipotente.

El Alfa y la Omega. Para nosotros sería A y Z. (cf. Is. 44,6; Ap 1,17). Dios es el principio y el final de la historia. ¡No hay puesto para otro dios! Los cristianos no aceptaban la pretensión del imperio romano que divinizaba a los emperadores. Nada de lo que sucede en la vida puede ser interpretado como una simple fatalidad, fuera de la providencia amorosa de este nuestro Dios.

Es, Era, Viene. (Ap 1,4,8; 4,8). Nuestro Dios no es un Dios distante. Ha estado con nosotros en el pasado, está con nosotros en el presente, estará con nosotros en el futuro. El conduce la historia, está dentro de la historia, camina con el pueblo. Una historia de Dios es la historia de su pueblo.

Omnipotente. Era un título imperial de los reyes después de Alejandro Magno. Para los cristianos, el verdadero rey es Dios. Este título expresa el poder creador con el que Dios conduce a su pueblo. El título refuerza la certeza de la victoria y nos obliga a cantar, desde ahora, el gozo del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra (Ap 21,2).

2.- El Nombre del Hijo: Testigo veraz. Primogénito de los muertos. Príncipe de los reyes de la tierra.

Testigo veraz: Testigo es lo mismo que mártir. Jesús tuvo el valor de testimoniar la Buena Nueva de Dios Padre. Fue veraz hasta la muerte y la respuesta de Dios fue la resurrección (Fl 2,9; Hb 5,7).

Primogénito entre los muertos: Primogénito es como decir hermano mayor (Cl 1,18). Jesús es el primero que resucita. ¡Su victoria sobre la muerte vendrá con todos nosotros sus hermanos y hermanas!

Príncipe de los reyes de la tierra: Era un título que la propaganda oficial daba al emperador de Roma. Los cristianos daban este título a Jesús. Creer en Jesús era un acto de rebelión contra el imperio y su ideología.

Estos tres títulos vienen del salmo mesiánico 89, donde el Mesías es llamado Testigo veraz (Sal 89,38), Primogénito (Sal 89, 28), El Altísimo sobre los reyes de la tierra (Sal 89,28). Los primeros cristianos se inspiraban en la Biblia para formular la doctrina.

3.- El Nombre del Espíritu Santo: Siete Lámparas. Siete ojos, Siete espíritus.

Siete lámparas: En el Ap. 4,5, se dice que los siete espíritus son las siete lámparas de fuego que arden delante del Trono de Dios. Son siete porque representan la plenitud de la acción de Dios en el mundo. Son lámparas de fuego, porque simbolizan la acción del Espíritu que ilumina, sacia y purifica (Ac 2,1). Están delante del Trono, porque siempre están dispuestos a responder a cualquier deseo de Dios.

Siete ojos: En el Ap 5,6, se dice que el Cordero tiene "siete ojos, símbolos de los siete espíritus de Dios enviados sobre toda la tierra". ¡Qué bella imagen! Basta mirar al Cordero y ver al Espíritu Santo obrando allí donde mira el Cordero, porque su ojo es el Espíritu. ¡Y el siempre mira hacia nosotros!

Siete espíritus: Los siete evocan los siete dones del Espíritu de los que habla Isaías y que se posarán sobre el Mesías (Is 11,2-3). Esta profecía se realiza en Jesús. Los siete espíritus son, al mismo tiempo, de Dios y de Jesús. La misma identificación del Espíritu con Jesús aparece hacia el final de las siete cartas. Es Jesús el que habla en la carta y al final de cada carta nos dice: Quien tenga oídos escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Jesús habla. El Espíritu habla. Es la misma cosa.