miércoles, 28 de diciembre de 2016

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

La contemplación del misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a dirigirse a la Virgen santísima como a la Madre de Jesús, sino también a reconocerla como Madre de Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada solemnemente en el año 431 por el concilio de Éfeso. En la primera comunidad cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la THEOTOKOS, la Madre de Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos, aunque en ellos se habla de la "Madre de Jesús" y se afirma que él es Dios (Jn 20, 28, cf. 5, 18; 10, 30. 33). Por lo demás, presentan a María como Madre del Emmanuel, que significa Dios con nosotros (cf. Mt 1, 22­23).

Ya en el siglo III, como se deduce de un antiguo testimonio escrito, los cristianos de Egipto se dirigían a María con esta oración: "Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita". En este antiguo testimonio aparece por primera vez de forma explícita la expresión THEOTOKOS, "Madre de Dios". En la mitología pagana a menudo alguna diosa era presentada como madre de algún dios. Por ejemplo, Zeus, dios supremo, tenía por madre a la diosa Rea. Ese contexto facilitó, tal vez, en los cristianos el uso del título THEOTOKOS, "Madre de Dios", para la madre de Jesús. Con todo, conviene notar que este título no existía, sino que fue creado por los cristianos para expresar una fe que no tenía nada que ver con la mitología pagana, la fe en la concepción virginal, en el seno de María, de Aquel que era desde siempre el Verbo eterno de Dios.

En el siglo IV, el término THEOTOKOS ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia. Por ello se comprende el gran movimiento de protesta que surgió en el siglo V cuando Nestorio puso en duda la legitimidad del título "Madre de Dios". En efecto, al pretender considerar a María sólo como madre del hombre Jesús, sostenía que sólo era correcta doctrinalmente la expresión "Madre de Cristo". Lo que indujo a Nestorio a ese error fue la dificultad que sentía para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas ―divina y humana― presentes en él. El concilio de Éfeso, en el año 431, condenó sus tesis y, al afirmar la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo, proclamó a María Madre de Dios.

Las dificultades y las objeciones planteadas por Nestorio nos brindan la ocasión de hacer algunas reflexiones útiles para comprender e interpretar correctamente ese título. La expresión THEOTOKOS, que literalmente significa "la que ha engendrado a Dios", a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz.

Así pues, al proclamar a María "Madre de Dios", la Iglesia desea afirmar que ella es la "Madre del Verbo encarnado, que es Dios". Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana. La maternidad es una relación entre persona y persona: una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado según la naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es Madre de Dios. Cuando proclama a María "Madre de Dios", la Iglesia profesa con una única expresión su fe en el Hijo y en la Madre. Esta unión aparece ya en el concilio de Éfeso; con la definición de la maternidad divina de María los padres querían poner de relieve su fe en la divinidad de Cristo. A pesar de las objeciones, antiguas y recientes, sobre la oportunidad de reconocer a María ese título, los cristianos de todos los tiempos, interpretando correctamente el significado de esa maternidad, la han convertido en expresión privilegiada de su fe en la divinidad de Cristo y de su amor a la Virgen.

En la THEOTOKOS la Iglesia, por una parte, encuentra la garantía de la realidad de la Encarnación, porque, como afirma san Agustín, "si la Madre fuera ficticia, sería ficticia también la carne (...) y serían ficticias también las cicatrices de la resurrección". Y, por otra, contempla con asombro y celebra con veneración la inmensa grandeza que confirió a María Aquel que quiso ser hijo suyo. La expresión "Madre de Dios" nos dirige al Verbo de Dios, que en la Encarnación asumió la humildad de la condición humana para elevar al hombre a la filiación divina. Pero ese título, a la luz de la sublime dignidad concedida a la Virgen de Nazaret, proclama también la nobleza de la mujer y su altísima vocación. En efecto, Dios trata a María como persona libre y responsable y no realiza la encarnación de su Hijo sino después de haber obtenido su consentimiento. Siguiendo el ejemplo de los antiguos cristianos de Egipto, los fieles se encomiendan a Aquella que, siendo Madre de Dios, puede obtener de su Hijo divino las gracias de la liberación de los peligros y de la salvación.

10 INCREÍBLES TRADICIONES DE FIN DE AÑO

¿En cuántas películas vimos a dos amantes con miradas insinuantes darse un romántico beso bajo el arco de una puerta adornado con esta plantita en Año Nuevo? Lo cierto es que esta tierna tradición se remonta nada menos que a la festividad romana de Saturnalia -celebrada en diciembre-, donde entre un festín de bebidas y comida los asistentes repartían besos por doquier. Hay, además, los estadounidenses son los que más continúan con este rito y muchos creen que si no se da un beso justo después de las 12 de la noche se anuncia un año de soledad. Es más, según un estudio de Washington Times, dos tercios de la población de Estados Unidos tenían la expectativa de compartir con alguien Año Nuevo para poder concretar el tan ansiado beso.

Tal como sucedió con las uvas en España, en Italia parece haber comenzado una tradición de la mano de los cultivos de lentejas. Pero es una tradición que tiene siglos de historia: los romanos regalaban lentejas en estas fechas con el objetivo que éstas se convirtieran en... ¡Monedas de oro! Además, si a ese regalo se le agregan sinceros deseos de prosperidad y salud, aumentar el poder adquisitivo sería aún más factible. Por eso, resulta usual que las mesas festivas italianas incluyan un buen plato de lentejas: más comés, más ganarás. Con el calor de nuestras latitudes por estos días es muy difícil sumar un guiso a nuestro menú, pero sí podemos sumarlas a una ensalada... ¡Y confiar que funcione!

Si por esas cosas de la vida pasás un Año Nuevo en una casa en Dinamarca y de repente escuchás un tremendo estruendo en la puerta del hogar, no te asustes: es un buen augurio que un vecino quiso regalarte para el año que comienza. Es que en algunas zonas, romper platos, vasos y otra vajilla aun es un hecho normal por estos días y sólo se traduce en buenos presagios.

México es un país que se caracteriza por mantener una relación “natural” con la muerte. Después de celebrar el Día de Muertos el 2 de noviembre, creen que el primer día del año es un momento ideal para comunicarse con los que fallecieron, pedirles consejos desde el más allá y esperar por parte de ellos buenos augurios para el año entrante.

Si con el pan dulce y los confites llega a la mesa de Año Nuevo un racimo de uvas no hay por qué extrañarse: las tías de la familia no planean una ensalada de frutas improvisada, sino que buscan seguir una tradición española. Se trata de acompañar las campanadas de la iglesia que anuncian la llegada del año nuevo con doce uvas, una por cada sonido -que representan la llegada de las 12 de la noche- y también una por cada mes del año. La costumbre se remonta a principios del siglo XX y, según la teoría más afianzada, por esos años hubo un excedente de uva en las cosechas de Alicante y Murcia, lo que generó que se tome como símbolo de un nuevo año que comienza. Lo más supersticiosos aseguran que a aquel que logre comerlas en forma sincronizada con las campanadas, le espera un gran año.

El comienzo de un nuevo año nos enfrenta ante un balance inevitable y renueva las esperanzas de lograr metas pendientes. Será por eso que el hecho de alcanzar una mayor fortuna se repite en diferentes culturas. En el caso de Filipinas, los círculos representan a las monedas, la buena suerte y la prosperidad. Por eso, se acostumbra usar ropa con lunares (al mejor estilo años 60) y también guardan algunas monedas en los bolsillos, que hacen sonar a la hora que comienza el nuevo año.

Una tradición del budismo japonés también tiene como protagonistas a las campanadas en la noche de Año Nuevo. Pero no son doce, sino que desde los templos budistas nipones se hace sonar 108 veces la campana, ya que ese número es considerado sagrado y significa que quienes la escuchen podrán eliminar de su corazón los 108 defectos que tenemos los humanos, como la envidia o la ira.

Si tu atuendo lo permite, el festejo de fin de año vivilo con ropa interior roja (o rosa por estos lados). No hace falta ningún otro requisito, sólo que tenga el color de la pasión. Esta tradición, más extendida en España, asegura que al usar este color en nuestras partes íntimas, nos aseguraremos un año entre sábanas lleno de amor. Hay otros colores que también nos traen buenas vibras: las bombachas amarillas prometen traernos dinero, y las azules, gozar de buena salud. Y si querés tener aún más suerte, arrancá el año con ropa interior nueva. ¡Probemos!

Con el conocido “té de las 5”, nos damos una idea de cuán puntuales son los ingleses. Y una de las tradiciones más conocidas de ese país también se asocia con el reloj. Porque aquel que sea el primero en visitar a familiares o amigos después de las 12 con un regalo bajo su brazo será bendecido con buena suerte durante el resto del año.

En tiempos antiguos, resultaba increíble que esta planta permaneciera tan verde durante las festividades del hemisferio norte, cuando es pleno invierno. Entonces, se creía que era una planta mágica que tenía poderes especiales. Por eso, se convirtió en un símbolo de buena suerte, tanto como para los enamorados (que suelen besarse debajo de él para “proteger” su relación), como para las solteras, que ponen frutos del muérdago bajo la almohada durante la noche de año nuevo para atraer a una pareja.

JANO EL DIOS DE LOS INICIOS

La bella Creusa, hija de Erecteo, rey de Atenas, tuvo un hijo con Apolo, Jano, que creció en Delfos, alejado de su madre. Pero he aquí que Creusa se casó con Xifeo, mortal que sufría por no poder tener hijos de ella. Desesperado fue ante el oráculo, el cual le encomendó secuestrar al primer niño que se cruzara con él al día posterior. Y he aquí que al primero que encontró fue precisamente a Jano, hijo oculto de Creusa. Cuando el dios Saturno fue destronado y expulsado por su hijo Júpiter de su lugar en el mundo de los dioses, se refugió en el reino de Jano y, en agradecimiento, dotó a éste del poder de ver el futuro y el pasado al mismo tiempo y poder así tomar decisiones sabias y justas y lo convirtió en un dios.

Para el historiador griego Plutarco, sin embargo, la explicación a estas dos caras, se encuentra en que, gracias a la intervención de Saturno, el reinado de Jano pasó de ser caótico a convertirse en civilización. Para Ovidio, por su parte, el motivo se encuentra en su capacidad para abrir o cerrar todo lo que se halla sobre la Tierra con su simple voluntad y para controlar tanto el cielo como el mar, además del giro del planeta sobre sí mismo. Además, habla de que este dios mira simultáneamente a oriente y a occidente, consiguiendo así equilibrar el cosmos. Otras de las facultades atribuidas a Jano es la de que miraba al solsticio de verano por un lado (entre el 20 y el 22 de junio) que simbolizaba la puerta de entrada para aquellas almas que iban a llegar a la Tierra gracias a los nacimientos, y al solsticio de invierno por otro (21 de diciembre) que es por donde las almas abandonaban los cuerpos físicos que habían encarnado para dirigirse a otras dimensiones.

Jano prestó además su nombre para denominar el primer mes del año, (Ianuarius en latín y January en inglés) y era venerado en Roma, donde una estatua que lo representaba, situada justo en el centro del templo, miraba hacia las dos puertas, una se encontraba en el oriente y otra en el occidente del edificio. Era el dios que tenía el poder sobre todos los inicios. Pero "empezar" puede tener también el sentido de "nacer", pasar de un estado a otro, de una forma de vida a otra, bien sea en el tiempo, bien sea en el espacio o como dimensión de la conciencia. Era el dios de los cambios y las transiciones. En Roma, Jano se encontraba en el "umbral", tanto del tiempo como del espacio, y por ello es el protector sagrado de las puertas. A él se dirigían las exhortaciones para entrar y para salir, y también a él las que se usaban cuando se debía abrir o cerrar las puertas de un templo.

Jano era el primer dios invocado en todas las oraciones, tanto en las ceremonias del culto privado como en el ruego del general romano que pide la victoria para sus armas. Siempre aparece representado con dos cabezas que miran en dirección opuesta, porque todo pasaje presupone dos lugares, momentos o estados de conciencia: aquel que se abandona y aquel en el cual se penetra. Su doble cara está también relacionada con los solsticios, que son las "puertas del año", el cierre de un ciclo y el comienzo de otro nuevo. Su fiesta se celebraba en las cercanías del solsticio de invierno, lo que remarca su carácter de dios de los comienzos, ya que es el primer día del sol nuevo y el último del viejo. Jano llevaba en la mano derecha una llave, que abre todas las puertas y descorre todos los cerrojos, permitiendo penetrar en nuevos caminos. En la mano izquierda porta un báculo, símbolo de su dominio, el poder que ostenta por ser dios de los inicios y, por tanto, el gobierno sobre las cosas subordinadas al tiempo.

A Jano se le honraba a comienzos de enero; sus fiestas y ceremonias permitían a los hombres comprender e identificarse mejor con los ciclos, leyes y misterios de la naturaleza. Cada celebración señalaba un hito importante en la conexión del hombre con el orden universal. En su fiesta nadie permanecía ocioso, puesto que lo que se hiciera en ese momento iba a marcar el carácter del resto del año, así que todos se entregaban a su oficio con la mejor actitud. Y esto es lo que, en fondo, hacemos a la media noche del 31 de diciembre, despidiendo con gratitud y con un brindis al año que termina y al mismo tiempo recibiendo con esperanza y entusiasmo el año que viene. La Iglesia Católica remplazo la festividad “pagana” a Jano, el 1 de enero, y en su lugar, se celebra la Solemnidad de María Madre de Dios.

¿QUE ES LA UNIÓN HIPOSTÁTICA?

En teología cristiana se emplea la palabra persona para referirse a la hipóstasis de la Santísima Trinidad, queriendo significar ‘sustancia individual o singular’, algo distinto de la naturaleza (physis) y la esencia (ousía). En particular, en el cristianismo ortodoxo, se proclama que la Santísima Trinidad son tres personas distintas e inconfundibles, pero, cada una de ellas, hipóstasis de una misma esencia inmaterial. La unión hipostática es un término técnico que designa la unión de las dos naturalezas, divina y humana, que en la teología cristiana se atribuye a la persona de Jesús. De esta manera, Cristo es Dios en la carne (Juan 1-1,14; Col 2-9; Juan 8-58; 10-30-34; Heb 1-8), y es plenamente Dios y plenamente hombre (Col 2:9). Así, tiene dos naturalezas, la de Dios y la humana, y no es “mitad Dios, mitad hombre”. Nunca perdió su divinidad, ni hubiese podido hacerlo. Continuó existiendo como Dios cuando se encarnó y agregó la naturaleza humana a su eterna naturaleza divina (Fil 2-5,11). Consecuentemente, en Jesucristo está la “unión, en una sola persona, de una plena naturaleza humana y una plena naturaleza divina”.

Jesús como Dios: es adorado (Mt 2-2,11; 14-33), se le ora (Hch 7-59), no tuvo pecado (1Pedro 2-22; Heb 4-15), es omnisciente (Juan 21-17), da vida eterna (Juan 10-28) y en él habita la plenitud de la Deidad (Col 2-9). Jesús como hombre: adoró al Padre (Juan 17), oró al Padre (Juan 17-1), fue tentado a pecar (Mt 4-1), creció en sabiduría (Lc 2-52), pudo morir (Rom 5-8) y tiene un cuerpo de carne y hueso (Lc 24-39). La unión hipostática es, la unión entre el Verbo de Dios y una naturaleza humana en la única persona del Hijo de Dios. Esta es la base de la doctrina cristiana, en la Trinidad, el Dios único de la tradición judeocristiana, hipóstasis (persona), physis (naturaleza) en la unidad de una misma ousía (sustancia); el Verbo corresponde entonces a la segunda hipóstasis o persona, el Hijo.

El calificativo de hipostática que se da a la unión, en Jesús de Nazaret, de la naturaleza humana y la divina alude al hecho de que se trata de una unión según la hipóstasis/persona del Verbo o Hijo de Dios; vale decir, si bien tanto la naturaleza divina como la humana mantienen todos los atributos que les son propios, de modo, por ejemplo, que se puede decir que, en Jesús de Nazaret, se dan dos voluntades, dos entendimientos y dos naturalezas (todas a la vez divinas y humanas), forman con todo, una sola persona, un único centro de imputación de conducta, y esta persona corresponde al Verbo de Dios encarnado, el Dios-hombre. Junto con la doctrina de la Trinidad, la de la Encarnación del Verbo constituye el núcleo de la la fe cristiana, que la distingue drásticamente de su tronco y raigambre hebrea; particularmente la Encarnación constituye el contenido neto de los textos neotestamentarios que, en la perspectiva cristiana continúa, interpreta y perfecciona la fe en el Dios de Israel.

La definición dogmática de Calcedonia parte de un único sujeto (Jesucristo) que es "uno y el mismo"; con verdadera divinidad y verdadera humanidad; consustancial tanto al Padre como a nosotros, la humanidad que asume es idéntica a la nuestra salvo en el pecado. Utiliza cuatro adverbios (en griego) para decir que es sin transformación de una naturaleza en la otra; sin conversión de las dos en una tercera; sin separación y sin superposición. Bien lo define el Concilio de Calcedonia "En dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación" La unión de las naturalezas, constituye una hipóstasis, de tal forma que no se puede decir que hay dos personas, sino sólo una. Las dos naturalezas son realidades que no se superponen ni se confunden con la unión, sino que, manteniendo cada una su consistencia óntica y dinámica, ambas constituyen la única hipóstasis o persona de Cristo.

Cristo es una sola persona, no dos (de ahí el concepto de unión hipostática, es decir, unión de las dos personas), sin que cada naturaleza pierda sus peculiaridades, pues la unidad no suprime las diferencias. Esta unión es perpetua e indisoluble, lo cual significa que tras la resurrección y la ascensión a los cielos, el Hijo de Dios que se sienta a la derecha del Padre, comparte ambas naturalezas en su única persona.  La concepción virginal, por lo tanto, forma parte integrante del misterio de la Encarnación. El cuerpo de Jesús, concebido de modo virginal por María, pertenece a la persona del Verbo eterno de Dios. Precisamente esto es lo que realiza el Espíritu Santo al bajar sobre la Virgen de Nazaret. Él hace que el hombre (el Hijo del hombre) concebido por Ella sea el verdadero Hijo de Dios, engendrado eternamente por el Padre, consustancial al Padre, de quien el eterno Padre es el único Padre. Aun naciendo como hombre de María Virgen, sigue siendo el Hijo del mismo Padre por quien es engendrado eternamente. De esta forma la virginidad de María pone de relieve, de modo particular, el hecho de que el Hijo, concebido de Ella por obra del Espíritu Santo, es el Hijo de Dios.

Lucas refiere las palabras del ángel que anuncia el nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1, 35). El Espíritu del que habla el evangelista es el Espíritu "que da vida". No se trata sólo de aquel "soplo de vida" que es la característica de los seres vivos, sino también de la Vida propia de Dios mismo: la vida divina. El Espíritu Santo que está en Dios como soplo de Amor, Don absoluto de las divinas Personas, en la Encarnación del Verbo obra como soplo de este Amor para el hombre: para el mismo Jesús, para la naturaleza humana y para toda la humanidad. En este soplo se expresa el amor del Padre, que amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito (cf. Jn 3, 16). En el Hijo reside la plenitud del don de la vida divina para la humanidad. En la Encarnación del Hijo-Verbo se manifiesta, por tanto, de modo particular el Espíritu Santo como aquel "que da vida". Es el significado más profundo de la "unión hipostática", fórmula que refleja el pensamiento de los Concilios y de los Padres acerca del misterio de la Encarnación y, por tanto, acerca de los conceptos de naturaleza y de persona, elaborados y usados sobre la base de la experiencia de la distinción entre naturaleza y sujeto, que todo hombre percibe en sí mismo.

EL 25 DE DICIEMBRE Y EL NACIMIENTO DE JESÚS-SEGUNDA PARTE

Pero para ello había que buscarle una fecha definitiva. ¿Y cuál elegir, si no se sabía a ciencia cierta qué día era? Ante la falta de datos, alguien (no sabemos exactamente quién) tuvo una idea genial: tomar una fiesta muy popular del folclore romano, llamada “el día del Sol Invicto”. Se trataba de una celebración pagana antiquísima, traída a Roma por el emperador Aureliano desde Oriente en el siglo III, y en la cual se adoraba al sol como al dios Invencible. ¿Cómo había nacido esta fiesta en el Oriente antiguo? Es sabido que en el hemisferio norte, a medida que se va acercando diciembre (es decir, el invierno) se van acortando los días. La oscuridad se prolonga, y el sol se vuelve cada vez más débil para disipar el frío. Además, sale siempre más tarde y se pone más temprano. En el cielo se lo ve brillar con menos fuerza y menos tiempo. Todo hace temer su desaparición.

Hasta que llega el 21 de diciembre, el día más corto del año, y la gente con la mentalidad primitiva de aquella época se preguntaba: ¿Desaparecerá el sol? ¿Las tinieblas y el frío ganarán la partida? ¡Triste destino nos esperaría en ese caso! Pero no. A partir del 22 los días lentamente comienzan a alargarse. El sol no ha sido vencido por las tinieblas. Hay esperanzas de que vuelva a brillar con toda su intensidad. Habrá otra vez primavera, y llegará después el verano cargado de frutos de la tierra. El sol es invencible. Jamás las sombras ni la oscuridad podrán apagarlo. Se imponía el festejo. Y entonces el 25 de diciembre, después de asegurarse que los días habían vuelto a alargarse, se celebraba el nacimiento del Sol Invicto. Ahora bien, para los cristianos Jesucristo era el verdadero Sol. Por dos motivos. En primer lugar, porque la Biblia así lo afirmaba. En efecto, en el siglo V a.C. el profeta Malaquías (3,20) había anunciado que cuando llegara el final de los tiempos “brillará el Sol de Justicia, cuyos rayos serán la salvación”. Y como al venir Jesús entramos en el final de los tiempos, el Sol que brilló no pudo ser otro que Jesucristo. También el evangelio de Lucas dice que “nos visitará una salida de Sol para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” (1,78). Y el libro del Apocalipsis predice que en los últimos tiempos (es decir, los actuales) no habrá necesidad del sol, pues será reemplazado por Jesús, el nuevo Sol que nos ilumina desde ahora (21,23).

En segundo lugar, porque también a Jesús hubo un día en que las tinieblas parecieron vencerlo, derrotarlo y matarlo, cuando lo llevaron al sepulcro. Pero Él terminó triunfando sobre la muerte, y con su resurrección se convirtió en invencible. Él era, pues, el verdadero Sol Invicto. Estos argumentos ayudaron a los cristianos a pensar que el 25 de diciembre no debían seguir celebrando el nacimiento de un ser inanimado, de una simple criatura de Dios, sino más bien el nacimiento del Redentor, el verdadero Sol que ilumina a todos los hombres del mundo. De este modo la Iglesia antigua, con su especial pedagogía, bautizó y cristianizó la fiesta pagana del “Día natal del Sol Invicto”, y la convirtió en el “Día natal de Jesús”, el Sol de Justicia mucho más radiante que el astro rey. Y así el 25 de diciembre se convirtió en la Navidad cristiana. La nueva fiesta del nacimiento de Jesús, pues, surgió en la Iglesia no tanto para contrarrestar el mito pagano del Sol que vence a las tinieblas del invierno, sino a las ideas de Arrio de que Jesús, al nacer, era un hombre común y que sólo después Dios lo adoptó con la fuerza de su Espíritu y lo convirtió en otro Dios. Y gracias a la celebración de la Navidad, la gente fue tomando conciencia de que quien había nacido en Belén no era un niño común, sino un Niño-Dios. Y que desde el mismo instante de su llegada al mundo residía en Él toda la divinidad.

El primer lugar donde se celebró la fiesta de Navidad fue en Roma. Y pronto se fue divulgando por las distintas regiones del Imperio. En el año 360 pasó al norte de África. En el 390, al norte de Italia. A España entró en el 400. Más tarde llegó a Constantinopla, a Siria y a las Galias. En Jerusalén sólo fue recibida hacia el año 430. Y un poco más tarde arribó a Egipto, desde donde se extendió a todo el Oriente. Finalmente en el año 535 el emperador Justiniano decretó como ley imperial la celebración de la Navidad el 25 de diciembre. De este modo la fiesta de Navidad se convirtió en un poderosísimo medio para confesar y celebrar la verdadera fe en Jesús, auténtico y verdadero Dios desde el día de su nacimiento. El 25 de diciembre no nació Jesucristo. Es una fecha simbólica. Sin embargo no pudo haberse elegido un día mejor para festejarlo. Y si alguna vez con los futuros descubrimientos llegara a saberse exactamente qué día nació, no tendría sentido cambiar la fecha. Habría que seguir celebrando el 25 de diciembre. Porque lo que se pretendió al fijar ese día, más que evocar un hecho histórico, fue dejar un excelente mensaje. En efecto, muchas veces cuando miramos a nuestro alrededor parece que las tinieblas nos rodearan por todas partes. Y los problemas, las preocupaciones, los dolores, los fracasos, las enfermedades parecen crecer de tal manera que uno llega a preguntarse: ¿terminarán ahogándonos? Las injusticias, la miseria, la corrupción, la mentira, ¿lograrán sobreponerse? ¿Aumentarán tanto que llegará un día en que el mensaje de amor de Cristo desaparecerá? ¿Será vencido Jesús por tanto mal?

El 25 de diciembre es el anuncio de que Jesús es el Sol Invicto. Que jamás será derrotado, aun cuando a veces la vorágine del mundo parece que se lo ha tragado, o que no lo deja actuar. El 25 de diciembre es el más grande grito de esperanza que tienen los hombres, y que nos recuerda que el Amor no es una utopía impracticable destinada al fracaso. Al contrario. Todo lo que se oponga a Jesús, desaparecerá. Porque Él es el verdadero Sol Invicto.

Biblista
Ariel Alvarez Valdez

BAAL EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

BAAL o también conocido como BAEL es el primero de los siete reyes del infierno, mencionado muchas veces en el Antiguo Testamento confiriéndole a su nombre el significado de “maestro” o “propietario”; algunos autores mencionan a BAAL como un duque que posee 66 legiones de demonios bajo su mando y durante el periodo del Puritanismo en Inglaterra en el siglo XVI se comparaba a BAAL con el mismo SATANÁS o se decía que era su asistente personal. BAAL fue un ángel antaño, probablemente un querubín compañero de Lucifer, que le siguió en su caída tras haber intentado conquistar el cielo, convirtiéndose así en un demonio. Cuando los israelitas llegaron a Canaán, se encontraron con el culto a BAAL. Su adoración estaba extendida en esta tierra. Según el Tanaj, los BAALS eran los dioses masculinos, mientras que las femeninas eran los ASTAROTHS. La religión de BAAL era, en la época, competidora directa de la de YAVEH, provocando polémicas de los patriarcas contra BAAL en el Antiguo Testamento. Es posible que el Becerro de Oro fuera el resultado de la adoración a BAAL. A los hijos de Israel se le prohibió su culto y hacerle sacrificios. Esta lucha entre YAVEH y BAAL hizo que en la cultura judía y cristiana, BAAL fuera demonizado. En el 2 Reyes 1-2,3 y 16 se lo cita:

“Después de la muerte de Ajab, Moab se sublevó contra Israel. Ocozías se cayó por el balcón del piso alto de su casa, en Samaría, y quedó malherido. Entonces envió unos mensajeros con este encargo: «Vayan a consultar a Baal Zebub, el dios de Ecrón, si me repondré de mis heridas». Pero el Ángel del Señor dijo a Elías, el tisbita: Sube al encuentro de los mensajeros del rey de Samaría, y diles: ¿Acaso no hay Dios en Israel, para que ustedes vayan a consultar a Baal Zebub, el dios de Ecrón?
“….«Así habla el Señor: Por haber enviado mensajeros a consultar a Baal Zebub, el dios de Ecrón, como si no hubiera Dios en Israel para consultar su palabra, por eso, no te levantarás del lecho donde te has acostado: morirás irremediablemente»”.

Como pudimos apreciar en 2 Reyes 1-2, 3 y 16 se burlan de su título, donde su nombre se convierte en "Baal Zebub" o "Señor de las Moscas". Su nombre, como BELCEBÚ, se equipararía a uno de los mayores demonios del infierno. En Números 25-3 y Deuteronomio 4-3, aparece "BAAL-PEOR" que da origen a BELFEGOR. BAAL, en su forma plural, "BAALIM" puede encontrarse repetidamente en la literatura infernal como uno de los grandes demonios del infierno. Según algunos demonólogos, aquellos que logran invocarlo se les concede el poder de hacerse invisibles y se les dota de inteligencia sobrehumana, se creé que el mes en que posee mucha más fuerza es en octubre. Mientras que su predecesor semita era representado como un hombre o un toro, el demonio BAAL se presenta en la tradición grimoria con las formas de un hombre, un gato, y un sapo, o combinaciones de ellos. Una ilustración de 1818 de Collin de Plancy lo representa como un híbrido de estas tres criaturas con patas de araña. Se le representa comúnmente con cuerpo de tarántula y tres cabezas, la primera de gato negro o blanco, la segunda de humano con una corona, y por último una de sapo. No obstante, esto es solo una representación, pues, como todos los demonios y ángeles, son de naturaleza espiritual. Según las crónicas inquisitoriales fue también la pesadilla de numerosos exorcistas por su sutil manera de habitar en los poseídos, a los que tornaba con frecuencia irreconocibles como tales, y porque entre sus astucias figura el desconcertante don de la invisibilidad y es una de las potencias infernales que se citan en el libro de magia titulado GRIMORIO y en el ARS GOETIA.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

NAVIDAD EN 4G

Parafraseando a John Lennon, podríamos decir en los tiempos que corren "la vida es eso que nos pasa mientras perseguimos un Pokemón". Empujados, cuando no, por la maquinaria mediática que forma, o deforma nuestros hábitos, de un día para el otro las calles se poblaron de gente corriendo detrás de algo que veían sólo en su celular. La realidad tiene así un límite: el marco del teléfono. Lo que entra en ese espacio es el mundo. Lo demás es, corno diría el Papa Francisco "la periferia". El fenómeno de las selfies es elocuente: ya no necesitamos al otro para mirarnos. El debate no debería girar sobre la herramienta sino sobre el uso que se le da. Los mismos principios de la energía atómica pueden devastar Hiroshima o salvar vidas con la quimioterapia. 

Cuando decimos que estamos "todos conectados" nos mentimos un poquito. El sistema nos vuelve globales sólo para hacer negocios. Cruza la frontera más fácilmente un paquete de una IPAD comprado en China que un refugiado. El llamado de esa injusticia es el primero que hay que atender: ¡inclusión! Esta palabra refleja junto a una privación y a un proyecto, la posibilidad de volver a empezar y a la preocupación de no haberlo entendido. Quizás podamos hacerlo si utilizamos la palabra contraria: "exclusión", mucho más conocida y por desgracia igualmente aplicada. 

La historia pasada y aún más la reciente, está llena de personas, categorías enteras, pueblos y continentes que han padecido en carne propia la prepotencia de unos pocos que los han excluido, separado, segregado. Desde la esclavitud, en el colonialismo y actualmente, los derechos negados a la mujer, los negros, los gitanos, los judíos... y todos aquellos que no se los considera dignos de gozar de Ias ventajas y de los sucesos de la política, de la tecnología, del progreso y del bienestar. La "inclusión" es seguramente una extraordinaria desviación hacia la dirección de las utopías y de los sueños de las mentes abiertas y clarividentes de la humanidad. 

La tierra es la casa de todos, a todos pertenecen sus reservas. Cada hombre tiene los mismos derechos y responde a las mismas leyes, la libertad de conciencia, de fe, de opinión, las mismas oportunidades. Esto está en la base de toda relación auténtica humana. Los creyentes deberíamos entrar en este proyecto, aportando una específica y original contribución empezando por reconocer los errores cometidos o por lo menos los silencios ensordecedores que todavía resuenan en cada historia.

La paternidad-maternidad de Dios, la asunción plena de nuestra frágil humanidad por parte del Hijo, la potencia del Espíritu Santo que sopla donde quiere ¿no son suficientemente resplandecientes y claras para librarnos de toda tentación de separar, dividir, desechar? La "inclusión" nos acoge, nos cuida, nos acepta en el respeto y en la promoción de nuestras cualidades y diversidades personales. 

Podemos volver a empezar en este tiempo Navideño con un nuevo plan " 4G": gratitud, generosidad, gratuidad y ganas

Gratitud para reconocernos privilegiados. Lo que recibimos no fue mérito nuestro. Nada hice yo para ganarme el abrazo de mi mamá, el sacrificio de mi papá, los libros, la comida, los remedios y el techo que me dieron en mi niñez. 

Generosidad para repartir eso que recibimos entre los que no tuvieron nuestra misma suerte. 

Gratuidad para distribuir ese tesoro "porque sí" sin esperar nada a cambio. 

Ganas para que el sueño de un mundo donde quepan todos los mundos, cuente con nuestro aporte, desde donde cada uno pueda, como cada uno sepa.

María Julia Bernal

Fuente:
Nota publicada en la edición de diciembre 2016 / Febrero 2017, de la revista ENTRE TODOS de la Parroquia Ntra. Sra. Del Rosario de Pompeya (Comunidad Palotina) Castelar, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

EL 25 DE DICIEMBRE Y EL NACIMIENTO DE JESÚS-PRIMERA PARTE

La noche del 24 de diciembre millones de personas en todo el mundo conmemoran, con profunda emoción, otra noche de hace dos mil años, en la que Jesucristo vino al mundo en una pobre gruta de animales. Ninguna otra celebración religiosa, ni siquiera la Pascua que es la más importante de las fiestas cristianas, tiene la carga de ternura y recogimiento que encierra la Navidad. Ese día en muchas partes del mundo se suspenden las guerras, se conceden indultos, se saludan quienes no se hablaban, y la gente es capaz de ser más amable y generosa de lo que es el resto del año. El 25 de diciembre parece, pues, tener un toque casi mágico. Pero ¿Jesucristo nació realmente ese día? No. El 25 de diciembre no es la fecha histórica del nacimiento del Señor. ¿Cuál es, entonces, el día exacto? No lo sabemos. Sí es posible saber el año de su nacimiento (fue, aunque suene extraño, alrededor del año 7 antes de Cristo). Pero saber el día resulta imposible con los datos que disponemos actualmente. Si quisiéramos atenernos a las informaciones bíblicas debemos concluir que, casi con certeza, no pudo haber nacido en diciembre. Porque san Lucas dice que la noche en que Él nació “había cerca de Belén unos pastores que dormían al aire libre en el campo y vigilaban sus ovejas por turno durante la noche” (2,8).

Y si tenemos en cuenta que diciembre es pleno invierno en Palestina, que en la región cercana a Belén caen heladas durante este tiempo, y que es la época de los promedios más altos de lluvias, difícilmente se puede pensar que en ese mes haya habido pastores al aire libre cuidando sus rebaños. Tanto los rebaños como los pastores permanecen dentro de los establos. Sólo a partir de marzo, al mejorar las condiciones climáticas, suelen pasar la noche a la intemperie. Por lo tanto, si cuando nació Jesús había pastores con sus ovejas a la intemperie, pudo haber sido cualquier mes del año menos diciembre. ¿Por qué, entonces, celebramos la Navidad el 25 de diciembre?

En los primeros siglos, los cristianos no mostraron interés en celebrar el nacimiento de Jesús. La razón era que, como en aquel tiempo se festejaba con gran pompa el cumpleaños del emperador, los cristianos no querían colocar a Jesús al mismo nivel que éstos. Así, en el año 245, Orígenes repudiaba la idea de celebrar la natividad de Cristo, como si fuera la de un emperador. De todos modos, de vez en cuando solía aparecer algún teólogo que proponía una fecha para su nacimiento. San Clemente de Alejandría, en el siglo III, decía que era el 20 de abril. San Epifanio sugería el 6 de enero. Otros hablaban del 25 de mayo, o el 17 de noviembre. Pero no se llegaba a un acuerdo decisivo debido a la falta de datos y de argumentos ciertos para justificarla. Así, durante los tres primeros siglos la fiesta del nacimiento del Señor se mantuvo incierta. Pero en el siglo IV ocurrió algo inesperado, que obligó a la Iglesia a tomar partido por una fecha definitiva y a dejarla finalmente sentada. Apareció en el horizonte una temible y peligrosa herejía que perturbó la calma de los cristianos y sacudió a los teólogos y pensadores de aquel tiempo. Era el “arrianismo”, doctrina así llamada porque la había creado un sacerdote de nombre Arrio, en la ciudad de Alejandría de Egipto.

Arrio era un hombre estudioso y culto, a la vez que impetuoso y apasionado. Tenía la palabra elocuente y gozaba de un notable poder persuasivo. Había nacido en Libia (norte de África) en el 256, y se había ordenado sacerdote en el 311. Hacia el 315 comenzó a desplegar una enorme actividad en Egipto. Sus prácticas ascéticas, unidas a su gran capacidad de convicción, le atrajeron numerosos admiradores. Pero Arrio pronto empezó a predicar unas ideas novedosas y extrañas. ¿Qué enseñaba Arrio? Su pensamiento puede sintetizarse en lo siguiente: Jesús no era realmente Dios. Era, sí, un ser extraordinario, maravilloso, grandioso, una criatura perfecta, pero no era Dios mismo. Dios lo había creado para que lo ayudara a salvar a la humanidad. Y debido a la ayuda que Jesús le prestó a Dios con su pasión y muerte en la cruz, se hizo digno del título de “Dios”, que Dios Padre le regaló. Pero no fue verdadero Dios desde su nacimiento, sino que llegó a serlo gracias a su misión cumplida en la tierra. La teoría de Arrio fascinó la inteligencia de muchos, especialmente de la gente sencilla, para quien era más comprensible la idea de que Jesús fuera elevado por sus méritos a la categoría de Dios, que el hecho grandioso e impresionante de que Dios mismo, en persona, hubiera nacido en este mundo en una débil criatura.

El arrianismo, en el fondo, quitaba el misterio de la divinidad de Cristo, y ponía al alcance de la inteligencia humana una de las verdades fundamentales del cristianismo: que Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre desde el momento de su concepción. La habilidad dialéctica de Arrio y su fogosa oratoria no sólo lo llevaron a abrirse fácilmente camino entre las grandes masas, y a extenderse rápidamente en vastos territorios, sino que lograron convencer a numerosos sacerdotes, y a dos grandes obispos: Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea. La prédica de Arrio desató una fuerte discusión religiosa dentro de la Iglesia, y los cristianos se vieron de pronto divididos por una dolorosa guerra interna. Fue una lucha general: emperadores, papas, obispos, diáconos y sacerdotes, intervinieron tempestuosamente en el conflicto. El mismo pueblo participaba ardorosamente en disputas y riñas callejeras. Unos decían: “Jesús no es Dios”, y otros contestaban con vehemencia: “Sí, Jesús sí es Dios”. La doctrina de Arrio se expandió de tal manera que san Jerónimo llegó a exclamar: “el mundo se ha despertado arriano”.

En medio de este acalorado debate, se resolvió convocar a un Concilio Universal de obispos para resolver tan delicada cuestión, que contaba con detractores y defensores de ambos lados. Y el 20 de mayo del año 325, en Nicea, pequeña ciudad del Asia Menor, ubicada casi al frente de Constantinopla (que era por entonces la capital del Imperio), dio comienzo la magna asamblea. Participaron unos 300 obispos de todo el mundo y fue el primer concilio universal reunido en la historia de la Iglesia. Los presentes en el Concilio, en su inmensa mayoría, reconocieron que las ideas de Arrio estaban equivocadas y declararon que Jesús era Dios desde el mismo momento de su nacimiento. Para ello acuñaron un credo, llamado el Credo de Nicea, que decía: “Creemos en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no creado”. Al final del Concilio de Nicea el arrianismo fue condenado, y sus principales defensores debieron abandonar los puestos que ocupaban en la Iglesia.

A pesar de la derrota, Arrio y sus partidarios no se amedrentaron. Convencidos de estar en la verdad continuaron sembrando sus errores por toda la Iglesia. Y su prédica resultó tan eficaz que siguió logrando gran cantidad de adeptos, a tal punto que unos treinta años más tarde en muchas regiones no se encontraba un solo obispo que defendiera el credo propuesto en Nicea. Se habían hecho todos arrianos. Frente a este panorama el Papa Julio I, que gobernaba entonces la Iglesia, comprendió que una manera rápida y eficaz de difundir la idea de la divinidad de Cristo, y así contrarrestar las enseñanzas de Arrio, era propagar la fiesta del nacimiento de Jesús, poco conocida hasta ese momento. En efecto, si se celebraba el nacimiento del Niño-Dios, la gente dejaría de pensar que Jesús llegó a ser Dios sólo de grande.

Biblista
Ariel Alvarez Valdez

EL SUEÑO DE JOSÉ

En el evangelio de Mateo se alude al sueño de José: “se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: ‘José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo’ ” (Mt 1,20). Joseph Ratzinger-Benedicto XVI escribía en su libro sobre La infancia de Jesús refiriéndose a ese sueño: “Solo a una persona íntimamente atenta a lo divino, dotada de una peculiar sensibilidad por Dios y sus senderos, le puede llegar el mensaje de Dios de esta manera”. Es decir, José, soñando, está muy despierto, muy disponible para escuchar a Dios. Algo así les sucede a los buenos padres y a las buenas madres. Quizá se hayan quedado dormidos o medio traspuestos pero basta un gemido de su hijo para que, como si fuesen receptores de una señal especial, que solo ellos saben descifrar, se despierten al momento. El papa Francisco, que inauguró su pontificado en la solemnidad de san José, ha hablado de este sueño, el del Custodio del Redentor, en su viaje a Filipinas expreso al respecto: “Yo quiero mucho a san José, porque es un hombre fuerte y de silencio y en mi escritorio tengo una imagen de este santo varón durmiendo y durmiendo cuida de la Iglesia”.

San José cuidó, como padre, de la Sagrada Familia, de María y de Jesús. Y cuida también de la familia de Jesús que es la Iglesia. La cuida hasta durmiendo, como los padres que, incluso durmiendo, no se olvidan de sus hijos. El Papa Francisco dice que cuando tiene un problema deja un “papelito” debajo de la imagen  para que José lo ayude. Esto pareciera como algo supersticioso, pero no lo es, esto quiere decir que se encomienda al poder de Dios y a la intercesión, en este caso especial, de san José. Para cualquier ser humano, y José lo era, es obvio que la responsabilidad de atender a Dios, de tener cuenta de Él - de un Dios que se hace hombre - , es una responsabilidad enorme. El Papa Francisco añade que “cuando nos detenemos de nuestras muchas obligaciones y actividades diarias, Dios también nos habla”. Tenemos que trabajar, sí, que hacer lo que nos toca a cada uno, pero sin olvidar que lo que corona la creación no es el cansancio del hombre sino el descanso de Dios. Nuestro cansancio es culminado y transformado por el descanso de Dios, que puede lo que nosotros jamás podremos. Dios es nuestro descanso. Por eso el domingo emerge, entre la rutina de los días, como el día nuevo.

San José, es un hombre discreto y decidido. No busca llamar la atención pero hace lo que tiene que hacer, cumple con su misión. Y marca una pauta para que tratemos de actuar como él: “Al igual que San José, una vez que hemos oído la voz de Dios, debemos despertar, levantarnos y actuar”. Dios cuenta con nuestro descanso – para que sepamos que no es obra nuestra – pero cuenta asimismo con nuestra diligencia y compromiso. Dios no nos aleja de nuestras responsabilidades, sino que nos da la capacidad para que las aceptemos hasta las últimas consecuencias, sabiendo que si descansamos en Él, no perderemos el tiempo.

JOSÉ QUISO SEPARARSE DE MARÍA

Según el evangelio de Mateo, José estuvo a punto de divorciarse de María, el evangelista nos relata que, al enterarse de que ella estaba embarazada, nos dice que: “como José era justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto” (Mt 1,19). Por el texto, vemos que José decide abandonarla al enterarse de su embarazo, y de que el hijo que esperaba no era suyo. Pero, ¿por qué María no le contó la verdad, si nadie le había prohibido hacerlo? ¿Por qué Dios le reveló sólo a ella lo de la concepción virginal, y no a José? ¿Dudó realmente éste de la fidelidad de su esposa?

Sin entrar aquí a plantear la veracidad del episodio, que así como está no pretende ser histórico, intentemos responder a esas preguntas suscitadas por el relato de Mateo. Según la costumbre de la época, los jóvenes se casaban a una edad temprana: los varones a los 17 años y las niñas a los 13. Y la elección de la pareja corría por cuenta de los padres. Una vez elegidos los candidatos, se llevaba a cabo la primera fase del matrimonio, llamada QUIDUSHÍN (“CONSAGRACIÓN”). Era un compromiso formal, y los jóvenes se consideraban ya verdaderos esposos, aunque todavía no iban a vivir juntos debido a la corta edad de la joven. Esta etapa duraba un año. Luego venía la segunda fase del matrimonio, el NISSUÍN (“ELEVACIÓN”). Era la boda propiamente dicha, celebrada con una gran fiesta, a partir de la cual comenzaban a vivir juntos.

Fue entre el QUIDUSHÍN y el NISSUÍN cuando según el evangelio, María quedó embarazada, de este modo lo especifica Mateo: “María estaba comprometida con José. Pero antes de que empezaran a vivir juntos, ella se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo” (Mt 1,18- 19). Es en este momento cuando José decide abandonar a María. ¿Por qué? El evangelista dice que “porque era justo” (Mt 1,19). Pero ¿qué tiene que ver su justicia con el hecho de abandonar a su mujer? Muchos autores sostienen que “justo” significa “cumplidor de la Ley”. José está convencido de que María ha cometido adulterio; y como la Ley de Moisés ordenaba que la adúltera fuera repudiada por su marido (Dt 22,20-21), José decide cumplir la Ley y abandonarla. Pero esto es inaceptable, porque la Ley de Moisés ordenaba al marido repudiar “públicamente” a la mujer (Dt 22,21); y José decide repudiarla en secreto. Por lo tanto, no estaría cumpliendo la Ley mosaica sino violándola.

Todos los intentos de explicar por qué José quiere abandonar a María fracasan, si pensamos que José sospechaba de su infidelidad. Por eso actualmente los biblistas han propuesto otra explicación. Según ésta, José desde siempre conoció el misterio de María, y supo que su embarazo provenía del Espíritu Santo. Por eso no dudó de ella, ni pensó que lo hubiera engañado. Esto se deduce perfectamente de la manera como Mateo comienza su relato. En efecto, éste dice: “El nacimiento de Jesucristo fue así: María estaba comprometida con José. Pero antes de que ellos empezaran a vivir juntos, ella se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo” (Mt 1,18).

Mateo empieza dando tres informaciones al lector: a) que María estaba comprometida con José; b) que aún no habían convivido; c) que ella quedó embarazada del Espíritu Santo. Nosotros cuando leemos el texto suponemos que José sólo conocía dos, de estas tres informaciones: la primera (que ambos estaban comprometidos) y la segunda (que no habían hecho vida íntima). Pero pensamos que desconocía la tercera (que el embarazo era del Espíritu Santo). ¿Y por qué? Si la narración enumera juntos los tres datos, y luego presenta a José analizando el dilema que surge de los tres, ¿por qué va a conocer sólo dos? Es lógico suponer que, para Mateo, José conocía las tres informaciones, y trataba de buscar una solución para ellas.

Pero si José sabía del embarazo divino de su mujer, ¿por qué dice Mateo que un ángel le avisa en sueños que el hijo de María es del Espíritu Santo? En realidad las palabras del ángel están mal traducidas. Las Biblias suelen decir que el ángel exclamó: “José, no tengas miedo en tomar contigo a María, porque lo que ella ha concebido viene del Espíritu Santo. Dará a luz a un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús” (Mt 1,20-21). Pero en realidad el texto griego no dice “porque”, sino “porque si bien”. Así, el mensaje del ángel cambia totalmente, y queda: “José, no tengas miedo en tomar contigo a María, porque si bien lo que ella ha concebido viene del Espíritu Santo, dará a luz a un hijo a quien tú pondrás por nombre Jesús”.

José estaba ante otro problema: ¿Cómo competir con Dios por el amor de una muchacha? No podía. Tampoco podía apropiarse de un hijo que no era suyo. Entonces por fin se aclara la decisión de nuestro santo varón. Como era justo, no quiso apoderarse de un hijo que no le pertenecía, ni de la mujer que Dios había elegido para iniciar su plan de salvación. Por eso resolvió dejarla libre del compromiso contraído, y divorciarse en secreto. Pero en sueños un ángel le advierte que se quede con ella (es decir, que celebre el NISSUÍN), porque si bien el hijo que ella espera es de Dios, será él quien le pondrá el nombre de Jesús (es decir, se hará cargo de él). En otras palabras, Dios le pide que se quede junto a María porque no sólo ella ha sido elegida, sino también él tiene una misión. Al ser de la familia de David, adoptándolo como hijo lo transformará en descendiente del famoso rey. Y así podrá cumplirse la profecía de que Jesús será “hijo de David”.

Solemos tener una imagen triste y descolorida de José. Lo consideramos casi un pobre hombre (cuando no anciano), manso y sufrido, que mes tras mes debió ver crecer el vientre de su esposa, mientras por dentro lo consumía la amargura. Lo imaginamos desorientado, luchando entre la confianza y la duda, entre el amor y los celos, incapaz de comprender el misterio de la encarnación, que sólo María conocía. Pero el José del evangelio nunca dudó de María. Lo supo todo desde el principio. Su única duda fue si Dios lo quería o no al lado de su mujer. Y Dios le hizo saber que sí. La Iglesia ha elevado enormemente a María, pero no a José. En la liturgia tenemos infinidad de fiestas de la Virgen, pero sólo dos de san José. Los mismos estudios de Mariología dan la impresión de que ella no hubiera sido casada, que se hubiera santificado fuera del contexto matrimonial y familiar. Incluso nuestras devociones, imágenes y pinturas se centran casi exclusivamente en ella, y prescinden de José, lamentablemente y sin querer la Iglesia a separado lo que Dios ha unido.

Pero, podemos quedarnos tranquilos que María y José amaron a Dios en equipo, fueron un gran equipo. Se santificaron juntos. El uno con el otro. El uno gracias al otro. Por eso, hoy en día en que tantas familias atraviesan momentos de crisis, y que la Iglesia no dispone de modelos conyugales, conviene recordar que José se santificó en familia, unido en amor eterno a su esposa María.

LAS ESCENAS DEL BELÉN NAVIDEÑO Y SU SIGNIFICADO

Aunque ya se aprecian representaciones de María con el niño en brazos en las catacumbas, fue san Francisco de Asís en el año 1223 quien tuvo la iniciativa de representar la escena del nacimiento de Jesús utilizando personas y animales de verdad; esto le ayudaba a considerar la realidad del misterio del nacimiento de Nuestro Señor. La idea se hizo costumbre en la Iglesia y hoy día, en nuestros hogares, en nuestras parroquias y en tantos lugares del mundo celebramos la Navidad montando nuestro Belén. BELÉN (BET-LEHEM) significa “LA CASA DEL PAN”. En esta pequeña localidad de Palestina nació Jesucristo, el Hijo de Dios, el Pan de Vida, nuestro Redentor, el Mesías prometido por Dios desde tiempos remotos. Una profecía de Miqueas lo anunciaba con claridad: “Y tú Belén de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo Israel” (Miq 5,1)

Belén era el pueblo donde había nacido el rey David y estaba ubicado en el territorio de Judá; ambas circunstancias son importantes a saber: El patriarca Jacob, antes de morir, había delegado en su hijo Judá para que ejerciese la autoridad sobre el resto de los once hermanos, pues aunque Judá no era el mayor, había demostrado gran bondad con su padre y mayor celo y renuncia personal a favor de sus hermanos recuérdese la historia de José. Jacob encomendó a Judá y a sus descendientes esta misión de tutela “Hasta que venga Aquel a quien Dios ha destinado, a quien darán obediencia todos los pueblos” (Gen 49,10), en una clara referencia al Mesías que había de venir revestido de la autoridad de Dios. Ya tenemos, pues, que el Mesías nacería de la tribu de Judá. Y en Belén de Judá vivía David cuando fue elegido por Dios y ungido por el profeta Samuel para reinar sobre todo Israel. Yahvé (Dios) le prometió continuar su reinado a través de Salomón, su hijo, y de su linaje: “Reinado que ya será para siempre, tu trono que durara para toda la eternidad” (2 Rey 7, 12-17)

Pues de su descendencia nacería el Mesías, cuyo reino será, y ya es, eterno según esta profecía; por eso a Jesús se le llama también “Hijo de David”. Cinco siglos más tarde el profeta Isaías lo recordaría con estas palabras: “Y brotará un retoño del tronco de Jesé – el padre de David- sobre el que reposará el Espíritu de Yahvé” (Is 11, 1-2) Es el Espíritu Santo en toda su plenitud sobre Jesús, el Mesías prometido. Entre Jacob y David pasarían casi mil años, y entre David y Jesucristo otros mil años. Pero volvamos al tiempo del nacimiento del Niño Dios: San José y Maria se sabían ambos descendientes de David, aunque el anuncio del ángel Gabriel a Maria fue una sorpresa inesperada para ella, entre otras cosas porque había decidido ofrecer su virginidad a Dios y no figuraba en sus planes tener hijos, habiendo renunciado así a la posibilidad de ser la madre del Mesías.

Vayamos a profundizar en las figuras del pesebre: Vemos al Niño Jesús que ha nacido, recostado en un recipiente donde se pone de comer a los animales-, que le sirve de cuna improvisada. Está envuelto en pañales porque hace mucho frio. A su lado está su Madre, Maria y san José: La Sagrada Familia. Este es el motivo central del Belén, cuya representación nos mueve a la contemplación del gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

Los Reyes Magos: No fueron reyes en sentido estricto sino más bien “magos” o “sabios” orientales versados en la ciencia de la astrología, que era una ciencia adivinatoria basada en el principio de que la vida de los hombres se desarrolla bajo la influencia de los astros. Dios se sirvió de esta circunstancia y movió el espíritu de estos buenos hombres para anunciarles, mediante una estrella singular, el acontecimiento más importante de la historia: La venida del Hijo de Dios al mundo. Ellos, siguiendo la inspiración de Dios, y guiados por la estrella, arribaron a Jerusalén, donde reinaba Herodes.

Preguntaron con sencillez acerca de dónde, según las escrituras, había de nacer el Mesías. “En Belén de Judá” le respondieron los expertos consultados por Herodes que conocían la profecía de Miqueas. Se marcharon satisfechos y se alegraron al ver de nuevo la estrella que los condujo hasta Belén. Encontraron al Niño Dios y le ofrecieron oro, por ser rey; incienso, por ser Dios; y mirra, por ser hombre.

El Castillo de Herodes: Herodes vivía en su palacio, en la parte alta de Jerusalén. No era judío pero logró, mediante acuerdos con la autoridad romana, ser nombrado rey de los judíos. Recibió el sobrenombre de “El Grande” porque realizó imponentes edificaciones, entre las que destacaba la reconstrucción del templo de Jerusalén que había sido destruido por el general romano Pompeyo en el año 63 antes de Cristo. Nunca tuvo el templo tanto esplendor como el que le dio Herodes el Grande: Era dos veces más alto que el de Salomón, y algunas de sus partes rematadas con oro deslumbraban con la luz del sol. Es el templo que conoció Jesús; aunque años más tarde, en el 70 de nuestra era, sería de nuevo destruido por el ejército romano.

Herodes era vengativo y, al enterarse por los Magos del posible nacimiento del Mesías, desencadenó una matanza de niños pequeños para que nadie pudiera amenazar su trono a él o a sus sucesores. Este episodio se conoce como la Matanza de los Inocentes, que también se representa en el Belén; y aunque se vean romanos asesinando a los niños, las órdenes no vinieron de Roma sino de Herodes.

Los Romanos: Como Palestina estaba dominada por el Imperio Romano, había por aquel tiempo una convivencia pacífica entre judíos y romanos, de hecho, muchos judíos procuraban adquirir la ciudadanía romana por conveniencia. El cesar Augusto había proclamado un edicto mediante el cual se haría un censo de todo el imperio. Cada uno tenía que empadronarse en la ciudad a la que pertenecía. José y María, su esposa, que estaba en avanzado estado de gestación, tuvieron que ir a Belén, pues eran de la “casa de David” y en aquellos días nació Jesús. Dios se valió de esta circunstancia para que el Mesías naciera en Belén y se cumplieran las profecías.

La posada: José buscó un lugar adecuado para María en el que pudiera estar bien atendida pero no había sitio para ellos en la posada y tuvieron que alojarse en un establo.

La mula y el buey: En un establo en el que había animales nace Jesús, a continuación es colocado por su madre en un pesebre; en estas condiciones de extrema pobreza ocurrió todo, ¡Y es el Hijo de Dios! De momento pasa desapercibido en la tierra pero todo el cielo lo sabe, incluso los animales parecen adivinarlo: “Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo” Son palabras del profeta Isaías (Is. 1,3)

Los pastores que pernoctaban: Pero Dios quiso comunicar directamente la noticia del nacimiento de Jesús, aparte de a los Reyes Magos, a unos pastores que estaban velando cerca de sus rebaños. Para ello les envió un Ángel que, en medio de la noche les dijo: “Os anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo Señor. Y esto os servirá de señal: hallareis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” Y de repente vino a unirse al Ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

La Estrella: Seguramente era un astro natural que destacaba sobre los demás. Algunos piensan que pudo haber sido el cometa Halley, otros una conjunción planetaria. Es posible; pero lo importante es que fue el signo que puso Dios en el cielo para conducir a los Magos hacia Belén.

En fin, el pesebre constituye una recreación plástica y artística llena de matices, de los acontecimientos sucedidos en torno al nacimiento del Hijo de Dios. Se ha convertido en piadosa costumbre popular que nos habla de la bondad de Dios con el género humano, de la paz entre los hombres y entre los pueblos, de unión entre las familias; y ayuda al creyente a profundizar en la alegría de la salvación de la humanidad realizada por Jesucristo el Dios hecho hombre.

MARÍA LA QUE DIO A LUZ A DIOS

¿Se puede dar a luz al Creador del Universo? ¿Se puede llevar en el vientre a Aquel que lo abarca todo? ¿Se puede ser hija y Madre al mismo tiempo? ¿Puede una criatura finita dar vida a un Ser infinito? ¿Puede Dios tener una Madre? Podríamos plantear la interrogante de muchas maneras, al final la respuesta siempre es la misma… y se la dio el ángel a María durante la Anunciación: «porque ninguna cosa es imposible para Dios». El problema para entender el dogma de la maternidad divina no está en el dogma mismo, sino en pretender leerlo fuera del crisol católico… o peor aún, desde una perspectiva anticatólica, buscando en el dogma una razón para “divinizar” a María.

Cuando proclamamos que María es Madre de Dios no decimos que ella sea anterior o superior a Dios, sino que afirmamos la divinidad de Jesús, su Hijo, en quien coexisten sus dos naturalezas unidas inseparablemente… Jesús es en todo momento Dios y Hombre. Y “en todo momento” incluye durante el parto. Por eso María es Madre de Dios. Recordando las palabras del ángel: «porque ninguna cosa es imposible para Dios». A Dios no le bastó que el ángel las pronunciara, sino que las puso en evidencia dos veces durante su conversación con María: cuando Jesús se encarnó en su vientre y cuando le dijo que Isabel, la estéril, estaba cerca de dar a luz.

martes, 13 de diciembre de 2016

TRADICIONES Y ORIGEN DE LA CORONA DE ADVIENTO - 3º PARTE

Las lámparas y las coronas iluminan las iglesias y altares cristianos. Desde el siglo IV tenemos noticia de la existencias de coronas que iluminaban las Basílicas y las iglesias alto medievales. El Liber Pontificalis (I, 172-187) narra que Constantino donó a la basílica de San Pedro una corona de ochenta delfines de oro, otra de plata y más de cien coronas para las naves de la iglesia. Estas coronas colgaban de las pérgolas de los antiguos altares. El Liber Ordinum recoge una bendición para ellas y el descubrimiento arqueológico del tesoro visigótico de Guarramar lo confirma. La asamblea litúrgica, reunida en oración, al encender las lámparas, daba gracias a Dios, proclamando la llegada de la luz indeficiente. La Tradición Apostólica, atribuida a San Hipólito, describe la introducción de la lámpara en la cena comunitaria: «Te damos gracias, Señor, por tu Hijo Jesucristo, por quien nos esclareciste revelándonos la luz incorruptible». También las Constituciones Apostólicas señala la recitación del salmo lucernario (con seguridad el salmo 140) y una oración conclusiva proclamando Cristo como causa de la luz del conocimiento y de la revelación. La celebración de las Vísperas se unía, al rito del lucernario, como lo muestra el Concilio primero de Toledo (a. 400). El rito del Lucernario se conserva de manera muy especial y significativa en la noche pascua.

En los países escandinavos, de manera especial en Suecia, se celebra la festividad de Santa Lucía en medio del tiempo de Adviento. En esta fiesta, de origen católico, se representa una procesión con luminarias protagonizada, principalmente por niñas y jovencitas (aunque también participan los niños), vestidas con túnicas blancas, velas y lámparas. Una de las jovencitas representa el papel de Lucía, vestida con alba blanca y cíngulo rojo en la cintura y una corona en la cabeza, formada por ramas y hojas de arándano sobre la que se fijan unas velas. Santa Lucía es acompañada por un cortejo de niñas y niños a los que se les viste con cucuruchos de cartón con estrellas, a modo de los capirotes de nazarenos. La procesión es acompañada de cantos y deseos que expresan que la luz vencerá sobre las tinieblas. Las representaciones van acompañadas de comidas especiales y encuentros entre familias, festivales escolares.

La corona de luz sobre las cabezas, el decorado de hojas húmedas que evite riesgo de quemaduras, el deseo de paz y felicidad y la preparación de la Navidad son temas coincidentes con la corona de Adviento. De la fiesta de Santa Lucía sueca tenemos noticias desde el siglo XIX, sin embargo, fue a comienzos del siglo XX, cuando alcanzó más popularidad. Otro antecedente de la corona de Adviento es el Paradeisl. Se trata de una pirámide compuesta por tres manzanas en la parte inferior y una en la parte superior, todas ellas están unidas por palillos, formando una pirámide. Sobre cada una de las manzanas, símbolo del pecado de los primeros padres, se alza una vela, signo de la venida de Cristo. Cada domingo de Adviento se enciende una vela dejando la superior para el cuarto domingo.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

NUESTRA SEÑORA DEL VALLE


En la Provincia de Catamarca, al Noroeste de la Argentina. Entre los años de 1619 y 1620 fue hallada una pequeña imagen de la Virgen en una gruta oculta en el monte agreste. El misterio rodeó por siglos  la existencia de esa imagen, que era venerada en secreto por los nativos del lugar. ¿Cómo llegó allí? Nunca se supo. Este descubrimiento, al impulso de los milagros sorprendentes que se produjeron a partir de la veneración a la Madre del Verbo, suscitó el desarrollo de una advocación que perdura a través de los siglos. Hoy en día, Nuestra Señora del Valle de Catamarca configura un foco de atención de la fe del pueblo Argentino, que junto a la Virgen de Luján y la Virgen de Itatí, hacen un conjunto que envuelve y enriquece la tradición Mariana de este pueblo. Lo que pasamos a narrar, luego de cuidadosa información documental, aconteció entre 1619 a 1620. Corrían las horas de un avanzado atardecer que caía apacible sobre las lomadas de Choya. Un indio, de los jornalizados, al servicio del vizcaíno Don Manuel de Salazar, Comisario de los Nativos y Juez para los españoles, andaba por aquellos ásperos parajes, recogiendo alguna majada para llevarla de vuelta a los corrales, para librar a las cabras u ovejas del puma hambriento o de zorros que atacaban a las crías pequeñas.

Allí espera con paciencia hasta que ve aproximarse y luego pasar un reducido grupo de indiecitas. Caminaban recelosas como temiendo que alguien las sorprendiera. Iban conversando y el rumor bajo y cadencioso de sus voces, mitad kakan, mitad castellano se mezclaba con el susurro del viento. El indio no pudo comprender lo que decían pero algo muy importante las llevaba por aquellos lugares. A las últimas luces del día, vio que llevaban lamparillas listas para ser encendidas y algunas vistosas y fragantes flores de la montaña. Contando desde el pueblo de Choya, habría caminado unos cinco kilómetros, remontó la quebrada como unas quince cuadras, cuando de pronto apareció, en una pendiente muy inclinada y a unos siete metros de altura, un nicho de piedra bastante disimulado entre garabatos y chaguares pero al que podía llegar con relativa facilidad. Hacía aquel lugar se dirigía el frecuentado sendero. Lleno de asombro continuó investigando y vio cómo, al pie del nicho y su pendiente, había ramas quebradas y hasta espacios bien talados donde evidentemente habían encendido fogatas e incluso bailado sus hermanos las tradicionales danzas tribales. Por otras cuidadosas observaciones vio rústicos asientos, restos de pequeños "fogones" y llegó a la conclusión de que la mayoría de sus hermanos choyanos acostumbraban reunirse en aquel lugar de modo un tanto secreto.

El indio se propuso entonces, ver qué significaba aquello. Su afán por descubrir el misterio le hizo trepar cautelosamente hasta el mismo nicho y a su entrada quedó como clavado por lo tan imprevisto y hermoso que veía. Allá al fondo de la gruta se descubría una imagen de la Virgen María, pequeña, era como algunas que había visto en casas de los españoles. Esta era de rostro morenito y tenía las manos juntas. Lo atraía misteriosamente y allí se quedó contemplándola por mucho tiempo. ¿Cómo había ido a parar en aquellos lugares una imagen de la Virgen María? Ella, Reina de la Luz y de la Gloria, con su imagen siempre hermosa y venerada en la tierra, ¿no sería causa de que los nativos volvieran a sus antiguas idolatrías? Por ello, decidió cerciorarse personalmente de la veracidad de aquel extraño relato, yendo al lugar descrito por el indio. No sabía porqué, pero aquella imagen, morena como sus rostros, pequeñita y humilde como sus vidas ignorantes y sencillas, parecía volverlos dichosos y fuertes en aquellos años de opresión y dura servidumbre. Ante Ella, los pesados afanes de la jornada se diluían en el sabor de una esperanza que no alcanzaban a comprender, por eso no permitirían que se la llevasen. No tenían armas y en caso de tenerlas, no hubieran sido capaces de utilizarlas ante aquel nicho lleno de luz para sus almas. Pero tenían sí, y sabrían manejar, la súplica de sus varones, las lágrimas de sus mujeres y hasta el rogar de los pequeños.

Al llegar el Administrador del Valle, trepa con el indio hasta la entrada de la gruta, y la encuentra tal cual su servidor se la había descrito. No cabía duda; era la imagen de la Reina del Cielo, soberana en su advocación de la Pura y Limpia Concepción. De inmediato dispone no dejar un momento más la imagen en aquella agreste y desolada cueva. Y del modo más amable pero firme manifiesta a los presentes que la llevará consigo. Los nativos comienzan a expresar quedadamente su descontento y dicen a media voz: “Si es nuestra, nosotros la queremos. Ella nos cuida, siempre nos defiende”, Salazar insiste en su determinación lo que acentúa la resistencia de los nativos, comienzan las lágrimas y los ruegos, pero el español se mantiene firme; y allí mismo, tomándola delicadamente en sus manos, la lleva reverente a su casa.

Salazar, al amanecer de un día de tantos, como acostumbraba hacerlo, antes de comenzar sus faenas, se llega a visitar a la “Madrecita Morena” que reinaba en su casa desde una repisa. Pero no la encuentra. Al preguntarle a su esposa, Beatriz, tampoco sabe cosa alguna. La noche anterior (asegura) estaba la imagen en su repisa y no sabía que hubiera entrado persona alguna a la casa. A todo esto, ya entrada la mañana, el Administrador del Valle, dejándolo todo, sigue buscando la Imagen ya entre los amigos, ya entre vecinos más alejados. Olvida así, todas sus tareas administrativas, de gobierno y labranzas para buscar la imagen por todas partes. Entonces se dirige a la gruta y llegando al lugar trepa decididamente hasta el mismo sitio del que sacara la imagen... y para su asombro: allí estaba, tal cual la viera la primera vez. Pero ahora sin flores, ni cirios. No había signo alguno, ni rastros de pisadas humanas que dijeran que alguien hubiera estado allí antes que él. Apresuradamente la levanta y al llegar al pueblo y a la casa, la coloca en su sitio; día y noche multiplica la vigilancia. Todo fue inútil. Varias veces tuvo que viajar a la gruta de Choya a “capturar a la Fugitiva” y traerla de nuevo a su casa, no sin regaños como saben hacerlo los corazones enamorados.

Es que la Virgen del Valle era también Madre de aquellos pobrecitos que le habían ofrendado sus luminarias de amarilla y blanda cera, las fogatas de sus agrios chaguares, junto al dulce amor de sus corazones sencillos, humildes y por eso buenos. Al describir la imagen de la Pura y Limpia Concepción, ya desde 1645, bajo la advocación de Virgen del Valle, en conformidad con una antigua costumbre española, la imagen fue vestida desde los principios y vestida ha quedado siempre. En la actualidad, encerrada en una vitrina o urna como se dice comúnmente, está envuelta en amplios y lujosos paramentos. Las vestiduras constan de túnica blanca y largo velo azul. No dejan visible más que el óvalo del rostro y las manos que sobresalen de una hendidura de la túnica y ocultan un conjunto formado por tres piezas distintas: un pedestal de 24 centímetros de alto; una peana de 10 centímetros y la Imagen propiamente dicha que mide 42 centímetros desde la cabeza hasta los pies.

Pío IX impuso las normas y costumbres para que el Capítulo Vaticano pudiera delegar en dignatarios eclesiásticos la facultad de coronar imágenes de la Santísima Virgen, que por su antigüedad y culto u origen maravilloso, junto a hechos extraordinarios y repetidos, hubieran dado fama a sus Santuarios. Por decreto Vaticano de 1889 se concede la coronación de la imagen de la Virgen del Valle de Catamarca en virtud de los innumerables prodigios que realizó en toda la región del noroeste argentino.