martes, 24 de febrero de 2015

¿Cómo hacía Jesús sus milagros?


Que Jesús hacía milagros nadie lo duda. Ellos ocupan un lugar importante de su vida pública. El problema es: ¿en qué consistían los milagros de Jesús? Los evangelistas relatan diversos tipos de milagros. Algunos verdaderamente espectaculares, como la resurrección de Lázaro después de haber estado cuatro días muerto. Otros, más curiosos, como el hacer aparecer una moneda en la boca de un pez, o pegarle la oreja cortada a un soldado. O más enigmáticos, como maldecir una higuera porque no tenía frutos y secarla instantáneamente.

Son 35 los milagros realizados por Jesús que aparecen descritos en los evangelios, y pueden clasificarse en tres categorías: milagros sobre las personas, milagros sobre la naturaleza, y resurrecciones. Se llaman “milagros sobre las personas” a las sanaciones que Jesús obraba sobre los enfermos. Como la curación de los diez leprosos, o de la mujer encorvada, o del endemoniado de los sepulcros. Son en total 23. Los “milagros sobre la naturaleza”, como su nombre lo indica, son los prodigios que Jesús realizó sobre los distintos elementos naturales. En los evangelios hay 9, y son: la conversión del agua en vino, la tempestad calmada, Jesús caminando sobre las aguas, la multiplicación de 5.000 panes, la multiplicación de 4.000 panes, la primera pesca milagrosa, la moneda en la boca de un pez, la higuera seca y la segunda pesca milagrosa.

Finalmente tenemos 3 resurrecciones hechas por Jesús: a la hija de Jairo (Mt 9,18), al hijo de la viuda de Naím (Lc 7,11) y a Lázaro (Jn 11). Desde antiguo se intentó dar una definición de los milagros. Y el hecho de que éstos interrumpan el curso natural de los acontecimientos (así, el agua debe seguir siendo agua, no cambiarse en vino; un muerto debe seguir muerto, no abrir los ojos y levantarse), ha llevado a muchos teólogos a formular una definición que hoy es casi oficial del milagro: sería “todo hecho en el que se suspenden las leyes de la naturaleza”. Esto quiere decir que cuando se está ante un fenómeno extraordinario, como por ejemplo la curación de una enfermedad, se debe analizar el hecho según todas las posibilidades científicas y técnicas que existen. Y si después de un exhaustivo estudio se concluye que tal sanación es inexplicable y que va contra todas las leyes de la naturaleza, estamos entonces ante la presencia de un milagro. Por que las leyes de la naturaleza, que deberían haberse comportado de cierta manera, aparecen “suspendidas”, “interrumpidas” por una fuerza superior, en este caso de Dios, que produjo el milagro.

Pero esta definición de milagro ofrece muchos problemas. En primer lugar, porque en la época de Jesús no se sabía que existían ciertas “leyes” en la naturaleza. Y por lo tanto los apóstoles no podían saber si Jesús, cuando por ejemplo hacía levantar a un paralítico de su camilla (Mc 2,1) o curaba a un sordomudo poniéndole saliva en la lengua (Mc 7,31), estaba transgrediendo tales leyes naturales. Simplemente se maravillaban. En segundo lugar, porque ni siquiera hoy se dominan todas las leyes de la naturaleza. Periódicamente se des cubren otras nuevas, que modifican, corrigen o completan los conocimientos que teníamos, y hacen que lo que antes resultaba inexplicable y antinatural, hoy tenga explicación. Así, por ejemplo, mientras antigua mente se consideraba un “milagro” (es decir, una interrupción de las leyes naturales) al hecho de que ciertos santos se elevaran en el aire mientras celebraban misa, tuvieran impresas las llagas de la pasión de Cristo, emitieran luz, o permanecieran incorruptos durante siglos después de muertos, hoy estos fenómenos pueden ser explicados por causas naturales gracias al avance de los conocimientos científicos.

Por lo tanto frente a un hecho in comprensible nadie puede afirmar, con certeza absoluta, que todas las leyes naturales posibles quedaron interrumpidas. A lo sumo, las conocidas hasta el presente. En tercer lugar, si el milagro fuera la suspensión de las leyes de la naturaleza, ¿para qué querría Dios violar las mismas leyes que Él puso? ¿Para mejorarlas? Eso significaría que están mal hechas y que Él las podría haber creado mejor. ¿Para demostrar de manera evidente su poder? Si con el milagro se pudiera “demostrar” la existencia de Dios, entonces la fe desaparecería, y Dios pasaría a ser una certeza conocida científicamente. Si con el milagro se pudiera “probar” positivamente a Dios, entonces todo el mundo estaría obligado a creer en Él (como creemos en la existencia del presidente de los Estados Unidos, o del Papa, gracias a las señales que nos llegan por los medios de comunicación), y no existirían los ateos.

Pero lo cierto es que ningún acontecimiento, por maravilloso e inexplicable que sea, puede hacer “evidente” la existencia de Dios. En Él se cree por fe, es decir, sin “ver” nada. Por lo tanto, la definición del milagro como “aquello que no tiene explicación por las leyes de la naturaleza” hoy resulta inadmisible. ¿Cómo definirlo entonces? Para saberlo, debemos volver a los evangelios mismos y ver qué dicen. Para los hombres del tiempo de Jesús, un milagro era un hecho asombroso, sorprendente, que dejaba a todos maravillados, pero frente al cual no se preguntaban si tenía explicación o no. Les bastaba que fuera poco frecuente, para que su fe les dijera que se trataba de un “signo” de la presencia de Dios. O sea que el milagro en el Evangelio tiene dos elementos: a) un hecho fuera de lo común, algo extraordinario (que todos podían ver); b) el des cubrimiento, en él, de la mano de Dios (que lo hace sólo el creyente).

Por lo tanto, los evangelistas no se preguntaban nunca si lo que Jesús hacía era naturalmente posible o imposible. Les bastaba que fuera algo poco frecuente, y que con la fe creyeran que allí estaba actuando Dios, para que a eso le llamaran “milagro”. Ya en el Antiguo Testamento vemos como el libro del Éxodo, al contar la huida de los hebreos de Egipto, dice que las aguas del Mar se abrieron porque Moisés extendió su mano sobre ellas. Pero luego el mismo libro agrega que fue porque un viento fuerte del Este sopló durante toda la noche y secó el mar (14,21). La misma palabra “milagro” viene del latín “mirari”, que significa “admirarse”. La condición, pues, para que haya milagro, es que se trate de un hecho ante el cual la gente se admire, sin importar si tiene explicación o no.

Podemos, concluir que los milagros que Jesús realizaba no debieron de ser tan espectaculares e impactantes, porque si no todo el mundo habría estado obligado a creer en Él y a aceptarlo. ¿Por qué, entonces, se abrieron las aguas del Mar? ¿Por una fuerza inexplicable de Dios, o por un fuerte viento que hubo ese día? Para los israelitas era lo mismo. Un fuerte viento había soplado esa noche, y la fe de ellos les hizo ver que Dios estaba allí presente. Había, pues, un milagro. Porque: a) no era esperable que soplara un fuerte viento justo ese día; y b) los israelitas sintieron la presencia de Dios en ese acontecimiento.

Si nos ponemos ahora a analizar los milagros de Jesús llegamos a la misma conclusión. No hay duda de que realizaba hechos asombrosos, no esperados de cualquier persona, sino sólo de alguien con su extraordinaria irradiación personal. Pero de ahí a pensar que tales hechos suspendían las leyes de la naturaleza es ir más allá de las enseñanzas del Evangelio. Ya san Agustín, en su famoso libro sobre la Trinidad, afirmaba que los milagros bíblicos nunca superan las leyes de la creación. Que, por ejemplo, Jesús tomara de la mano a la suegra de Pedro y la curara, era un verdadero “milagro” para los discípulos de Jesús, aun cuando hoy algún psiquiatra pueda explicar este prodigio por las leyes de la psicología.

Lo mismo ocurre con el prodigio obrado en favor del centurión romano. Éste va a buscar a Jesús para que lo cure a un servidor suyo paralítico. Jesús le dice que vuelva tranquilo porque su servidor ya está mejor. Cuando el oficial regresa a su casa, encuentra al enfermo curado. ¿Acaso eso mismo no ocurre hoy todos los días? Un creyente va a pedirle a Jesús por una persona enferma. Quizás va a la Iglesia, o a un templo, o a una capilla. Luego regresa a su casa y descubre que esa persona está mejor. El problema es que casi nadie ve en estos casos un milagro porque la curación generalmente tiene alguna explicación natural (la persona fue atendida por los médicos, le dieron remedios adecuados). En cambio el que tiene fe, descubre allí el mismo tipo de milagro relatado por los evangelios.

Fuente:
Artículo extractado de la revista “Vida Pastoral” de la Editorial san Pablo - Argentina

Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo

La Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (también llamada Orden de los Carmelitas) es una orden religiosa que surgió alrededor del Siglo XII, cuando un grupo de ermitaños, inspirados en el profeta Elías, se retiraron a vivir en el Monte Carmelo, considerado el jardín de Palestina ("Karmel" significa "jardín").

Del profeta Elías han heredado la pasión ardiente por el Dios vivo y verdadero, lo que se ve reflejado en el lema de su escudo: Me consume el celo por el Señor, Dios de los Ejércitos, 1Reyes 19:14.

En medio de las celdas construyeron una iglesia, que dedicaron a su patrona, la Virgen María, a quien veneran como Nuestra Señora del Carmen. Tomaron así el nombre de "Hermanos de Santa María del Monte Carmelo"

El patriarca de Jerusalén, Alberto, les entregó en el año 1209 una regla de vida, que sintetiza el ideal del Carmelo: vida contemplativa, meditación de la Sagrada Escritura y trabajo.

El ropaje carmelita está conformado por una túnica de color marrón y un escapulario del mismo color. Según la tradición, el domingo 16 de julio de 1251, la Santísima Virgen María se apareció en Cambridge, Inglaterra, a San Simón Stock, a quien entregó el Escapulario del Carmen.

Los Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo o Carmelitas Ermitaños son una rama de la Orden de los Carmelitas que se originó con los monjes ermitaños que, desde el siglo XIII, se convirtieron en la mayor parte en frailes mendicantes. Sin embargo, los Carmelitas Ermitaños de la rama masculina de la Orden de los Carmelitas no se consideran como los frailes carmelitas de la vida activa y apostólica. En la actualidad, los Carmelitas Ermitaños son comunidades separadas, hombres y mujeres que viven una vida de clausura, inspirados por la vida monástica antigua Carmelita, bajo la autoridad del Prior General de la Orden Carmelita de la Antigua Observancia.

Nuestra Señora del Monte Carmelo es la patrona principal de este tipo de comunidades carmelitas. Esta rama se basa, por regla general, el primitivo carisma carmelitano de la Antigua Observancia, aún compartiendo la riqueza espiritual de la rama reformada de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Carmelitas Descalzas
En el año 1562, Santa Teresa de Jesús efectuó una reforma en la orden religiosa y fundó el primer convento de Carmelitas Descalzas en la ciudad de Ávila. Posteriormente, junto con San Juan de la Cruz, fundó el ramo de los Carmelitas Descalzos.

Carmelitas Descalzos
A partir del año 1562, Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz impulsaron la reforma del Carmelo, fundando los primeros monasterios de Carmelitas Descalzos. La nueva regla busca retornar a la vida centrada en Dios con toda sencillez y pobreza, como la de los primeros eremitas del Monte Carmelo.

Los Carmelitas Descalzos se dividen en tres ramas: frailes (Primera Orden), monjas contemplativas (Segunda Orden) y hermanos terceros o seglares (de la Venerable Orden Tercera de los Carmelitas o del Carmelo Seglar).

Carmelitas de la Orden Tercera
Son los miembros laicos del Carmelo de la Antigua Observancia. Viven el carisma carmelitano manteniendo sus familias y trabajos habituales (pero en algunas comunidades llegan mismo a recibir el hábito religioso carmelita). Constituyen una verdadera rama de la Orden del Carmen, se comprometen mediante la promesa de vivir los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia) y el espíritu de las bienaventuranzas. Estos carmelitas se rigen por la misma Regla de San Alberto de Jerusalén y por constituciones propias.

Carmelitas Seglares
Son los miembros terciarios del Carmelo Descalzo. Son laicos que viven el carisma carmelitano manteniendo sus familias y trabajos habituales. Se rigen por la misma Regla de San Alberto y por unas constituciones propias, aprobadas en 2003. Constituyen una verdadera rama de la Orden, a la que se comprometen mediante la promesa de vivir los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia) y el espíritu de las bienaventuranzas.

Los que se acercan al Carmelo Seglar viven un periodo de postulantado, que va desde los seis meses a un año como máximo, en el que junto con la comunidad realizan un período de discernimiento a la vocación. Pasado ese tiempo, se invita al postulante a pedir el ingreso a la Orden, que lo preparará en los próximos dos años a emitir las promesas temporales de vivir la castidad, pobreza y obediencia, y las bienaventuranzas según su estado de vida (soltero, casado, viudo).

Hechas estas promesas, se preparará para caminar hacia las definitivas luego de tres años de formación, que lo hará miembro de la Orden. Ser un hermano carmelita no es un privilegio, sino una responsabilidad en la misión salvífica de Jesucristo.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Juan el Bautista y su Predicación en el Desierto - Segunda Parte


La respuesta a ese misterio se encuentra en la Biblia. Según ésta, precisamente por el mismo sitio donde Juan predicaba y bautizaba, el general Josué siglos antes había entrado con el pueblo de Israel para apoderarse de la Tierra Prometida e inaugurar una nueva época de esplendor en la historia (Jos 4,13.19). En efecto, cuentan las Escrituras que después de deambular durante 40 años por el desierto, llevando una vida descarriada y vergonzosa, desobedeciendo a Dios y sufriendo por ello numerosos castigos, el pueblo de Israel llegó por fin a las puertas de la Tierra Prometida. El lugar donde se instaló, antes de entrar, fue precisamente la margen oriental del río Jordán (donde ahora estaba Juan el Bautista).

Allí  Moisés, viendo que la marcha por el desierto había llegado a su fin, dirigió una serie de discursos a los israelitas. En ellos les expuso cuatro ideas fundamentales: a) les recordó los pecados de su vida pasada, y cómo habían desobedecido a Dios durante todos esos años; por eso habían andado errantes y sin rumbo fijo a través del desierto (Dt 1-3); b) les dijo que ahora tenían la posibilidad de convertirse, cambiar de conducta y empezar una vida nueva, cumpliendo los mandamientos divinos (Dt 5-30); c) les advirtió que si no se convertían, no iban a permanecer mucho tiempo en la nueva tierra a la que estaban por entrar (Dt 28); d) les anunció la llegada de un gran profeta que vendría después de él, para ayudarlos a cumplir la ley de Dios (Dt 18). Cuando Moisés terminó de hablar, Josué llevó a los israelitas hasta la orilla del Jordán, y a quienes estaban dispuestos a aceptar el desafío, los invitó a entrar en el río para atravesarlo hacia la otra orilla, donde les aguardaba la nueva tierra y la nueva vida (Jos 3-4).

Esos recuerdos bíblicos estaban muy grabados en la mente de todo judío. A tal punto que, en tiempos de Jesús, las ideas de “desierto” y de “cruzar el río Jordán” evocaban casi de forma inmediata los episodios de Josué. Ahora bien, cuando siglos más tarde Juan el Bautista salió a predicar, eligió a propósito como lugar de operaciones el mismo sitio por donde Josué había cruzado el río Jordán. Así, transportando a la gente hasta el marco geográfico de los antiguos recuerdos, el profeta pretendía simbólicamente colocar de nuevo a sus oyentes en aquella primitiva situación histórica. Con esto, Juan ya tenía medio sermón predicado. Estaba diciendo a los judíos que, en tiempos de Josué, sus antepasados habían cruzado ese mismo río y por ese mismo punto, llenos de ilusión y buscando la felicidad de una nueva vida. Vida que nunca pudieron conseguir, porque una vez instalados en la flamante tierra, habían vuelto a descarriarse y pecar contra Dios. Pero las cosas no tenían porque seguir así. Ahora era el turno de ellos, y Dios les ofrecía una nueva oportunidad. Allí estaban otra vez en el desierto, en el mismo sitio de Josué, más allá del Jordán, listos para repetir la antigua gesta y entrar en la salvación, que seguía al alcance de todos. Era como si Juan hiciera retroceder el tiempo, y permitiera a su auditorio volver a ubicarse en la etapa anterior a la conquista de la Tierra Prometida. ¡Y el efecto que esto producía en la gente era impresionante!

A continuación, les predicaba un discurso con las cuatro ideas de Moisés: a) les hacía ver los errores de su vida pasada (Mt 3,7); b) los invitaba a arrepentirse y cambiar de vida (Mt 3,8); c) les anunciaba un castigo divino que caería sobre quienes no se convirtieran (Mt 3,10); d) les revelaba la llegada de alguien, detrás de él, que vendría para hacer cumplir la Palabra de Dios (Mt 3,11-12). Cuando terminaba de hablar, a quienes se comprometían a cambiar de vida los invitaba a bautizarse en el río, como señal de que aceptaban “cruzar” la frontera de una nueva existencia, y luego los enviaba a sus hogares para aguardar el gran cambio que iba a producirse a través de ellos. Las multitudes que se bautizaban y regresaban a sus casas, volvían convencidas de que acababan de actualizar la antigua hazaña de Josué; que al igual que sus antepasados, habían abandonado en la otra orilla un viejo estilo de obrar, y estaban listos para la conquista de un nuevo país, una nueva sociedad, una nueva familia, mientras esperaban la llegada inminente del Reino de Dios, que aparecería de un momento a otro para premiarlos por haberse convertido. Gracias a esta genial estrategia, Juan el Bautista logró reunir innumerables discípulos que aceptaron su mensaje, se encontraron con Dios, cambiaron sus corazones, y transformaron sus vidas de manera poderosa.

A principios del año 27, una muchedumbre se dio cita junto al río Jordán para oír a un nuevo profeta. El lugar donde predicaba era célebre por haber sido el escenario donde Josué había iniciado la conquista de la Tierra Prometida. Pero las multitudes no habían ido allí para conmemorar ese hecho. Iban a ver a un hombre que les aseguraba que ellos podían repetir en sus vidas aquella epopeya extraordinaria. Es que Juan había creado una metodología capaz de transformar un hecho histórico en un acontecimiento actual, un suceso del pasado en una realidad presente, revivida con un sentido nuevo. Hace tiempo ya, en 1983, el papa Juan Pablo II en un famoso discurso ante los obispos latinoamericanos les pidió lo mismo: que prepararan una nueva evangelización para la Iglesia, “nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión”. Porque la Iglesia hoy tiene que actualizar algo mucho más importante que el mensaje de Moisés a los israelitas: el mensaje de Jesús de Nazaret que entregó su vida por amor y se ocupó de los más pobres.

Sin embargo, a pesar del pedido del Papa, poco se ha hecho en ese sentido. Nuestra catequesis sigue siendo en muchos casos anticuada, nuestra prédica se ha vuelto insulsa, nuestras enseñanzas son en gran medida obsoletas, y nuestras celebraciones están muy lejos de tener la originalidad y la contundencia que poseían las de Jesús de Nazaret. Algunas no son más que una inflación superficial de palabras reiteradas, a veces vetustas, más ocupadas en evocar hechos históricos que en reeditar caminos nuevos de expresión de la fe. El mensaje de aquel “idealista”, que cuando vio que se le venían encima su condena y su muerte celebró una cena con sus amigos y entregó su cuerpo y su sangre para que el mundo fuera mejor, es algo demasiado profundo y excelso como para ser trivializado en tantas ideas teológicas y definiciones que parecen expresarlo todo, menos el Evangelio de Jesús. Nos hace falta inventar expresiones nuevas, formas inéditas, contextos más adecuados, criterios originales, para que el Evangelio suelte toda la fuerza que tiene encerrada para el hombre de hoy.

Si el austero y solitario profeta del desierto fue capaz de conseguirlo, también nosotros podremos lograrlo.

Fuente:
Artículo extractado de la revista “Vida Pastoral” de la Editorial san Pablo - Argentina

María en el Nuevo Mundo


Las distintas advocaciones de María llegaron a América en los barcos que procedían del “Viejo Mundo” cuando el europeo llego al “Nuevo Mundo”. Estos marinos, crecidos en la religión católica, transportaron desde Europa figuras con algunos de los nombres que recibe la madre de Dios, de acuerdo a la Biblia.

En la isla de Santo Domingo comenzó todo, con la historia de la Virgen de las Mercedes. Hoy se conmemora la fiesta de la protectora de los dominicanos, Nuestra Señora de la Altagracia, se le venera desde la época de la colonia. Cuentan que a un señor que iba de viaje su hija le pidió una imagen de una virgen desconocida, la de la Altagracia.

El hombre en medio de su búsqueda se encontró con otro hombre que le regaló la imagen. Cuando la joven vio el cuadro dijo que era igual a la imagen que se le había aparecido en sueños. Esta leyenda, al igual que las demás, son tradiciones que se han trasmitido de manera oral en América Latina y el mundo, las cuales han sido asumidas como historia por los creyentes.

María es una sola, y se ha “manifestado” a las personas –historiadores religiosos indican que desde el año 40 d.C.- tomando el nombre del lugar donde ha sido vista o el que le dan los pobladores de una región al declararla santa patrona. Por ello conocemos a la Virgen de Lourdes, del Rosario, del Perpetuo Socorro, de Guadalupe, las Mercedes, Altagracia y muchas otras advocaciones.

Vamos a recordar las advocaciones más populares en América Latina, nueve son santas patronas de pueblos americanos, las tres restantes tienen muchos devotos en estas tierras. Los brasileños le rezan a Nuestra Señora de la Aparecida, los colombianos a Nuestra Señora de Chiquinquirá, los puertorriqueños a Nuestra Señora de la Divina Providencia y los ecuatorianos a Nuestra Señora de la Presentación del Quinche.

Y es que cada virgen toma el nombre del lugar donde se “manifiesta” y aquí en América está muy relacionada con la conquista del continente, ya que los extranjeros, además de sus costumbres, trajeron a estas tierras sus creencias religiosas. Es por ello que los hondureños celebran la festividad de Nuestra Señora de Suyapa, los nicaragüenses son devotos de La Inmaculada Concepción. Mientras que los panameños piden favores a la Virgen de La Antigua, los paraguayos lo hacen a nombre de la Virgen del Caacupé. Nuestra Señora de la Evangelización recibe las honras correspondientes por ser la patrona del Perú, igual sucede en Uruguay, donde la Virgen del Treinta y Tres es venerada como protectora.

Nuestra Señora de Coromoto
Patrona de Venezuela
Al cacique de la tribu Coromoto se le “manifestó” 2 veces una virgen y, según la tradición, la imagen se quedó estampada en la mano de éste. Declarada patrona de Venezuela en 1942, su fiesta se celebra 3 veces: 2 de febrero, 8 y 11 de septiembre.

Nuestra Señora de Guadalupe
Patrona de México
Esta advocación se “manifestó” en 1531 a Juan Diego. Para probar a quienes dudaban, la Virgen hizo crecer en los lugares rosas y grabó su imagen en la tilma del indio. Es coronada en 1746 y su día es el 12 de diciembre.

Nuestra Señora de la Caridad
Patrona de Cuba
Coronada como tal en 1998 por el papa Juan Pablo II. Es declarada patrona de Cuba en 1916 por Benedicto XV y su festividad es el 8 de septiembre de cada año. Su imagen es venerada por los cubanos en el santuario del Cobre.

Nuestra Señora de las Mercedes
Patrona de República Dominicana
En 1615 ocurrió un terremoto que se repitió por 40 días, dejando 24 muertos. El cabildo la proclamó a la patrona de La Española. En 1740 fue cambiada la fiesta al 24 de septiembre. Es declarada patrona en los hechos de 1844.

Nuestra Señora de la Paz
Patrona del El Salvador
Benedicto XV concedió la coronación canónica en 1921. La fiesta es el 21 de noviembre, conmemorando el día en que llegó a San Miguel después de que su imagen fue encontrada en una caja en las orillas del mar del sur en El Salvador.

Nuestra Señora del Rosario
Patrona de Guatemala
Los independentistas guatemaltecos la proclamaron patrona de El Salvador en 1821. En 1833 fue declarada reina de la nación y coronada en 1934. Para los guatemaltecos octubre es muy importante, ya que dedican todo el mes a la Virgen.

Nuestra Señora de la Altagracia
Protectora del dominicano
Su devoción se inició en estas tierras en el periodo colonial. Su fiesta es cada 21 de enero, y fue declarada fiesta nacional en el gobierno de Horacio Vásquez.

N.S. del Perpetuo Socorro
Patrona de Haití
Llega a Haití a través de los padres redentoristas. En 1883 una epidemia de viruela atacó a la vecina nación y los devotos hicieron una novena pidiendo por el cese de la enfermedad, la que dicen dejó de cobrar vidas de milagro.

Nuestra Señora de Fátima
Patrona de Portugal
3 niños encontraron a esta advocación en el poblado de Fátima en Portugal. La Virgen se les “manifestó” a los pequeños el 13 de mayo (día de la festividad). La Virgen fue coronada canónicamente en 1942 por el papa Pío XII.

Nuestra Señora de Lourdes
Patrona de Francia
El 11 de febrero es su fiesta. La Virgen se “manifestó” a la niña Bernadette en Lourdes, Francia. La pequeña contó 18 “manifestaciones”. En 1876 se edifica la basílica. Bernadette fue canonizada en 1933.

Nuestra Señora del Carmen
Patrona de Chile
Su fiesta es el 13 de mayo. Los orígenes de esta advocación surgen en el monte Carmelo. En el siglo XVIII se encontró en el poblado de Mendoza la imagen que hoy se venera en Chile. En 1923 el Vaticano la declaró patrona de ese país.

Nuestra Señora del Pilar
Patrona de España
Una tradición que guardan los españoles desde el siglo XIII, cuando Santiago Apóstol evangelizaba en España vio una imagen de la Virgen María en un pilar. Su festividad es el 12 de octubre. Y su santuario está en Zaragoza.

El origen de la Hermandad de los Siete Rayos

Lemuria es el nombre de la última parte del gran continente de Mu que existía en el Pacífico. La verdadera destrucción de Mu y su subsiguiente hundimiento en el mar empezaron 30.000 años antes de Cristo. Esta acción prosiguió durante muchos miles de años hasta que la última parte del antiguo Mu, a la que se conoce con el nombre de Lemuria, también quedó sumergida en una serie de nuevos desastres que tuvieron fin entre 10.000 y 12.000 A.C. Esto sucedió justo antes de la destrucción de Poseidonis, el último resto del continente atlántico, Atlantis. El Señor Aramu-Muru (el Dios Mer) fue uno de los grandes sabios lemurianos y el Guardián de los Rollos durante los últimos días de la condenada Mu.

Los Maestros de Lemuria sabían muy bien que la catástrofe final provocaría gigantescas mareas y enormes olas que sumergirían la última parte de su tierra en las furiosas aguas y en el olvido. Aquellos que trabajaban en la Senda de la Mano Siniestra proseguían sus diabólicos experimentos y no prestaban atención a “lo que estaba escrito en la pared”, así como hoy, en la Tierra, millones de habitantes siguen “comiendo, bebiendo y divirtiéndose”, aun cuando los fieles del Padre Infinito disciernen claramente los signos de los tiempos.

Los Maestros y los Santos que trabajan en la Senda de la Mano Diestra empezaron a archivar las preciosas crónicas y documentos de las bibliotecas de Lemuria. Cada Maestro fue elegido por el Concilio de la Gran Jerarquía Blanca para que fuera a diferentes secciones del mundo, donde, en seguridad, pudiera establecer una Escuela de la Antigua y Arcana Sabiduría. Se hizo esto para conservar el conocimiento científico y el espiritual del pasado. Al principio, durante muchos miles de años, esas escuelas seguirían siendo un misterio para los habitantes del mundo; sus enseñanzas y las reuniones debían ser secretas. De ahí que aún hoy día son llamadas Escuelas de Misterio o Shan-Gri-Las de la Tierra.

El Señor Muru, como uno de los maestros de Lemuria, fue delegado por la Jerarquía para llevar los rollos sagrados que estaban en su posesión junto con el enorme Disco Solar de Oro a la zona montañosa de un lago recién formado en lo que ahora es la América del Sur. Allí guardaría y mantendría el foco de la llama iluminadora. El Disco Solar era guardado en el gran Templo de la Luz Divina en Lemuria y no era un mero objeto ritual y de adoración, ni tampoco sirvió posteriormente a este solo propósito al ser usado por los Sumos Sacerdotes del Sol entre los Incas del Perú. Aramu-Muru partió hacia la nueva tierra en uno de los plateados y ahusados navíos aéreos de aquella época.

Mientras las últimas partes del antiguo continente se despedazaban en el Océano Pacífico, terribles catástrofes tenían lugar en toda la Tierra. La Cadena Andina de montañas surgió en aquella época, y desfiguró la costa oeste de la América del Sur. La antigua ciudad de Tiahuanaco (Bolívia) era en aquel tiempo un importante puerto de mar y una ciudad colonial del Imperio Lemuriano de gran magnificencia e importancia para la Madre Patria. Durante los subsiguientes cataclismos se elevó sobre el nivel del mar y el clima polar de las altas mesetas eternamente barridas por el viento. Antes que esto tuviera lugar, no existía el Lago Titicaca, el cual es ahora el lago navegable más alto del mundo, por encima de los cuatro mil metros.

Así, el Señor Muru, después de su partida de la sumergida Lemuria, llegó al lago recientemente formado. Aquí, en el lugar conocido ahora  con el nombre de Lago Titicaca, el Monasterio de la Hermandad de los Siete Rayos cobró existencia, organizado y perpetuado por Aramu-Muru. Ese Monasterio, que fue la sede de la Hermandad a lo largo de las edades de la Tierra, estaba situado en un inmenso valle que tuvo su origen en la época del nacimiento de los Andes, y era uno de esos extraños hijos de la Naturaleza a los que su exacta situación y altitud le daban un clima suave, semitropical que permitía que las frutas y nueces crecieran hasta alcanzar enorme tamaño. Aquí, en lo más alto de las ruinas que otrora estuvieron al nivel del mar, como la Ciudad de Tiahuanaco, el Señor Muru ordenó que se construyera el Monasterio con gigantescos bloques de piedra cortados por la energía de la fuerza lumínica primaria. Esta construcción ciclópea es igual hoy a lo que fue otrora, y sigue siendo un repositorio de la ciencia, la cultura y el conocimiento arcano de los lémures.

Los otros Maestros de Lemuria, el Continente Perdido, se dirigieron a otras partes del mundo y establecieron también Escuelas de Misterio, para que la humanidad pudiera tener en todo el tiempo que pasase en la Tierra el conocimiento secreto que había sido escondido, no perdido, sino escondido, hasta que los hijos de la Tierra hubieran progresado espiritualmente lo suficiente para estudiar de nuevo y emplear las Verdades Divinas. La ciencia secreta de Adoma, Atlantis y otras civilizaciones mundiales muy adelantadas se puede encontrar hoy en día en las bibliotecas de dichas escuelas, porque esas civilizaciones enviaron asimismo a hombres sabios para fundar Retiros Interiores y Santuarios a todo lo largo y ancho del mundo. Dichos retiros estaban bajo la guía directa y al cuidado de la Gran Hermandad Blanca, Jerarquía de los mentores espirituales de la Tierra.

El valle del Monasterio de la Hermandad de los Siete Rayos es conocido como  el Valle de la Luna Azul y está situado a buena altura al norte de los Andes, en el costado peruano del Lago Titicaca. El Señor Muru no estableció inmediatamente después de su llegada el Monasterio junto al Lago Titicaca, sino que pasó varios años viajando, estudiando y ayunando en el desierto, donde se reunió con otros hombres que habían escapado de la catástrofe. Lo acompañaba originalmente su aspecto femenino, Arama-Mara (Diosa Meru), cuando partió de Lemuria en la ahusada nave aérea. Esas no eran naves espaciales, sino que eran empleadas por la Madre Patria para el comercio entre la colonias.

La Hermandad de los Siete Rayos existía desde tiempos inmemoriales y había vivido en la Tierra en la misma época que la Raza de los Mayores, hará cosa de mil millones de años. Empero, nunca había tenido antes un monasterio donde los estudiantes de vida, altamente adelantados en la Gran Senda de la Iniciación podían reunirse en armonía espiritual para mezclar el flujo de su corriente vital. Cada estudiante cobraba existencia en uno de los Siete Grandes Rayos de Vida, tal como lo hacemos todos, y esos Rayos debían ser mezclados por cada discípulo que tejía su Rayo, como si fuera un hilo coloreado, en el tapiz que simbolizaba la Vida Espiritual del Monasterio. Por lo tanto, era llamada la Hermandad de los Siete Rayos, y se la conocía asimismo como la Hermandad de la Iluminación.

Los Sefardíes

El nombre de Sefarad, como es denominada España en lengua hebrea, despierta en gentes de Estambul o de Nueva York, de Sofía o de Caracas, el vago recuerdo de una casa abandonada precipitadamente bajo la noche. Por eso muchas de estas gentes, descendientes de los judíos españoles expulsados en 1492, conservan las viejas llaves de los hogares de sus antepasados en España. Se ha escrito que jamás una nación ha tenido unos hijos tan fieles como ellos, que después de quinientos años de exilio siguen llamándose «sefardíes» (españoles) y mantienen celosamente el idioma y las costumbres de sus orígenes. En la cocina y en los lances de amor, en las fiestas y en las ceremonias religiosas, los sefardíes viven todavía la melancolía de ser españoles.

El problema que planteaban los sefarditas hace quienientos años se aplazó con su expulsión, considerada por muchos una de las causas del declive del esplendor que en muchos campos había vivido España hasta entonces. La economía, la ciencia y la cultura, donde resonaban desde el siglo X los nombres de Maimónides, Salomón Ibn Gabirol, Judá Halevi, o tantos otros pensadores, científicos y poetas, pagaron su precio por las pretensiones unificadoras.

Las cifras sobre los sefardíes que abandonaron España en el año del Descubrimiento oscilan entre los cien mil y los cuatrocientos mil. Sus primeros destinos fueron el Norte de África y Portugal. Más tarde se dispersarían por toda la cuenca del Mediterráneo, creando grandes comunidades en los Balcanes y Asia Menor. El Nuevo Mundo atrajo también a los sefardíes, que desempeñaron un importante papel en la colonización de algunos países, como Brasil. En nuestro siglo, las dos guerras mundiales, la persecución nazi y la creación del Estado de Israel fueron elementos decisivos en el último proceso de la diáspora sefardí.

El gran peso de los sefardíes en la comunidad judía internacional ha motivado la incorporación de los judíos no sefardíes bajo esta denominación. Teniendo en cuenta a estos últimos, que han asimilado las costumbres sefardíes sin tener nexo histórico con los judíos expulsados de España, algunos cálculos hablan de una comunidad sefardí de entre cuatro y cinco millones de personas. En París está la sede de la Federación Mundial Sefardita, a la que están incorporadas asociaciones sefardíes de todo el mundo.

Los sefardíes luchan hoy por preservar su identidad frente al proceso de homogeneización cultural, que afecta principalmente a su idioma, donde se mantiene viva la memoria de sus raíces. El judeo-español, un castellano anterior a las reglas fonéticas y ortográficas del Siglo de Oro con mezcla de hebreo y otras lenguas, ya no lo hablan los jóvenes, aunque son capaces de entenderlo. En los últimos años se han realizado algunos esfuerzos por mantener la lengua e intentar que no quede reducida al ámbito familiar o a las personas de mayor edad.

Durante quince siglos, desarrolló el pueblo sefardí una cultura en España que fue la más importante en el mundo en su época para luego verse suprimida de un plumazo con la cruel expulsión de 1492. A lo largo de la historia, los judíos fueron expulsados de varios países de Europa, pero en ningún otro caso el impacto llegó a dejar en la conciencia colectiva del pueblo un impacto tan profundo y unos recuerdos tan arraigados como el drama de 1492. Esto puede sólo explicarse por la especial intensidad de la vida judía en España y por el carácter único del acervo de sus tradiciones y legado cultural.

La manifestación más genuina del judeo-español la constituye el romancero, medi de expresión popular-literaria y religiosa, a menudo ligada a la nostalgia de la patria perdida. La creación folclórica abarca los más variados aspectos del canto, la danza, la leyenda, el refrán, la «conseja» (cuento), el chiste, la creencia supersticiosa, la tradición del homno religioso y así sucesivamente.

La creación folklórica sefardí, en oposición a la nota pesimista ashkenasí, abre una espaciosa ventana hacia el gran mundo, canta el amor, las hazañas caballerescas, el goce de la vida, la existencia placentera, la belleza de la naturaleza. Si canta tristeza es porque a menudo los desastres y las desgracias, las guerras y las persecuciones asolan a su pueblo, pero en regla general, el optimismo y la esperanza, valores anímicos típicamente sefardíes, inspiran su creación.

Tuvieron que transcurrir varias décadas para llegar al punto en el que nos encontramos hoy, el de una España democrática, que asume su pasado, porque la historia no se puede cambiar, pero que está firmemente decidido a emprender una nueva etapa de convivencia y a ahondar en sus enriquecedoras raíces judías para construir una España mejor, una España que mira confiada al futuro sin olvidar las lecciones de su trayectoria pasada.

¿Paul McCartney está muerto?

«Paul is dead» («Paul está muerto») es una leyenda urbana que asegura que Paul McCartney ―cantante y compositor de la banda The Beatles― murió en un accidente automovilístico el día 9 de noviembre de 1966 y que fue reemplazado por el ganador del concurso llamado "El Doble de Paul McCartney" llamado William Campbell. Oficialmente, Paul McCartney se encuentra vivo hasta la fecha. La única «evidencia» de la muerte de McCartney consiste en indicios hallados entre muchas de las grabaciones de The Beatles, algunas de las cuales han sido interpretadas como si hubiesen sido deliberadamente colocadas por ellos mismos u otros, de tal suerte que fuesen un tipo de acertijo o rompecabezas para ser resuelto por el público mismo. Esto se ha visto reforzado con afirmaciones de personas que alegan que al escuchar ciertas canciones en sentido contrario se encuentran mensajes ocultos. Aunado a esto muchos han analizado los diseños gráficos de las portadas originales de todos sus discos para complementar el desciframiento de esta leyenda.

La leyenda dice que un martes 8 de noviembre de 1966, durante las grabaciones del álbum Revolver, McCartney salió a altas horas de la noche, después de discutir con sus compañeros. Paul McCartney iba a alta velocidad, cuando se encontró una chica llamada Rita, él se ofreció a llevarla y ella accedió. McCartney iba en alta velocidad cuando se estrelló con un camión, abriéndole la cabeza; por suerte, Rita salió ilesa. McCartney fue llevado al hospital, y terminó muriendo el miércoles 9 de noviembre de 1966, a las 5 de la mañana, por heridas en la cabeza. Lo rumores acerca de la muerte McCartney comenzaron el 12 de octubre de 1969, cuando un sujeto anónimo llamó a Russ Gibb, disc jockey local de la emisora WKNR-FM en Dearborn (estado de Míchigan, en Estados Unidos), que se identificó como Tom, estudiante de la Universidad del Este de Míchigan y anunció que Paul McCartney habría muerto. El tal Tom sugirió a Russ Gibb que reprodujese el tema «Revolution 9» en sentido inverso. Al hacerlo, Russ Gibb creyó escuchar la frase «Turn me on, dead man» («excítame, hombre muerto»).

Dos días después, el 14 de octubre de 1969, el periódico Michigan Daily publicó el artículo «McCartney está muerto: Nuevas pruebas salen a la luz», también estudiantes de la Universidad de Míchigan. Se trataba de una interpretación de lo que se veía en la portada del álbum Abbey Road. Entonces el disk jockey Russ Gibb, junto a John Small y Dan Carlisle, empezaron a producir Complot Beatle, un programa radial de una hora dedicado al rumor. El programa se transmitió en la WKNR-FM desde finales de 1969 y fue retransmitido durante años en la radio de Detroit. Hacia agosto de 1968, Terry Knight, un DJ y cantante de Detroit, entonces bajo contrato con Capitol Records, estuvo presente en la sesión de grabación del Álbum blanco el día en que el baterista Ringo Starr se fue del estudio. En mayo de 1969 Terry Knight publicó una canción titulada «Saint Paul», en la que hablaba de una supuesta inminente separación del grupo. En otoño de 1969, Russ Gibb la difundió por radio como si fuera un tributo al «fallecido» Paul McCartney. El rumor cobró fuerza recién cuando Ruby Yonge ―un disc jockey nocturno de la radio emisora de éxitos WABC (ubicada en Nueva York)― comentó la leyenda de la «muerte oculta» de McCartney en la transmisión del 21 de octubre de 1969. Yonge fue despedido inmediatamente y su emisión suspendida.

El primer desmentido lo publica la agencia de noticias United Press el 22 de octubre de 1969, y el mes siguiente la revista estadounidense LIFE publicó una entrevista con el músico en la que McCartney desmentía las pruebas habidas hasta esa fecha, y lamentaba que las personas que estaban propagando el rumor deberían mirarse a sí mismas en lugar de preocuparse por si él estuviera vivo o muerto.

La Batalla de Salta

Fue un enfrentamiento armado librado el 20 de febrero de 1813 en la pampa de Castañares, lindante con la ciudad argentina de Salta, en el curso de la Guerra de Independencia de la Argentina. El Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano y de Eustoquio Díaz Vélez como mayor general o segundo jefe, derrotó por segunda vez a las tropas realistas del general Pío Tristán, a las que había batido ya en septiembre anterior en la batalla de Tucumán. La rendición incondicional de los realistas garantizó el control del gobierno rioplatense sobre buena parte de los territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata y aseguró temporariamente la región.

Belgrano había aprovechado la victoria de Tucumán para reforzar el ejército a su mando. En cuatro meses logró mejorar la disciplina de las tropas, proporcionarles instrucción y reclutar suficientes efectivos como para duplicar su número. El parque y artillería abandonados por Tristán en la anterior batalla le había permitido organizarse con mucha mayor soltura. A comienzos de enero, buscando marchar tranquilamente para no fatigar a las tropas, emprendió la vanguardia la marcha hacia Salta. El 13 de febrero, a orillas del río Pasaje, el ejército prestó juramento de lealtad a la Asamblea Constituyente que había comenzado a sesionar en Buenos Aires pocos días antes, y a la bandera albiceleste diseñada por Belgrano. La bandera fue conducida por el mayor general Díaz Vélez, a quien llevaba en medio el coronel Martín Rodríguez y el general Belgrano escoltados por una compañía de granaderos que marchaban al son de música. La ocasión —cuya solemnidad fue empleada hábilmente por Belgrano, como lo había hecho en la bendición de la bandera en Jujuy antes del Éxodo Jujeño— dio lugar al rebautismo del río con el nombre de Juramento.

Tristán, entretanto, había aprovechado la ocasión para fortificar el Portezuelo, el único acceso a la ciudad a través de la serranía desde el sudeste; la ventaja táctica que esto le suponía hubiera hecho el intento imposible, de no ser por el superior conocimiento de la zona que los lugareños conscriptos aportaran. El capitán Apolinario Saravia, natural de Salta, se ofreció a guiar el ejército a través de una senda de altura que desembocaba en la Quebrada de Chachapoyas, que les permitiría empalmar con el camino del norte, que llevaba a Jujuy, a la altura del campo de la Cruz, donde no existían fortificaciones semejantes. Aprovechando la lluvia que disimulaba sus acciones, el ejército emprendió la marcha a través del áspero terreno, avanzando lentamente a causa de la dificultad de transportar los pertrechos y la artillería. El 18 se apostaron en el campo de los Saravia, ubicado en esa zona, mientras el capitán, disfrazado de indígena arreador, llevando mulas cargadas de leña hasta la ciudad, con la intención de informarse de las posiciones tomadas por la tropa de Tristán.

El día 19, gracias a la inteligencia de Saravia, el ejército marchó por la mañana con la intención de acometer las tropas enemigas al amanecer del día siguiente. Tristán recibió noticia del avance, y dispuso sus tropas nuevamente para resistirlo; alineó una columna de fusileros sobre la ladera del cerro San Bernardo, reforzó su flanco izquierdo, y organizó las 10 piezas de artillería con que contaba. En la mañana del 20 Belgrano ordenó la marcha del ejército en formación, disponiendo la infantería al centro, una columna de caballería — al mando de José Bernaldez Polledo — en cada flanco y una nutrida reserva al mando de Manuel Dorrego.

La herida de bala que al inicio de la batalla recibiera Eustoquio Díaz Vélez, segundo jefe de las fuerzas y jefe del ala derecha, mientras recorría la vanguardia de la formación, no fue obstáculo para que volviera al campo. El primer choque fue favorable a los defensores, ya que la caballería del flanco izquierdo encontraba dificultad para alcanzar a los tiradores enemigos por lo empinado del terreno.

Poco antes de mediodía, Belgrano ordenó el ataque de la reserva comandada por Dorrego sobre esas posiciones, mientras la artillería lanzaba fuego granado sobre el flanco contrario. Al frente de la caballería, condujo él mismo una avanzada sobre el cerco que rodeaba la ciudad. La táctica fue exitosa; columnas de infantes al mando de Carlos Forest, Francisco Pico y José Superí rompieron la línea enemiga y avanzaron sobre las calles salteñas, cerrando la retirada al centro y ala opuesta de los realistas. El retroceso de los realistas se vio dificultado por el mismo corral que habían erigido como fortificación; finalmente, se congregaron en la Plaza Mayor de la ciudad, donde Tristán decidió finalmente rendirse, mandando tocar las campanas de la iglesia de La Merced.

Un enviado a parlamentar negoció con Belgrano que al día siguiente los soldados abandonarían la ciudad en marcha, con honores de guerra, y depondrían las armas; Belgrano garantizaba su integridad y libertad a cambio del juramento de no empuñar nuevamente las armas contra los patriotas, un gesto inusual que ganó para su causa a no pocos de los combatientes enemigos. El mismo Tristán eventualmente tomaría el bando independentista en Bolivia. Los prisioneros tomados antes de rendición serían liberados a cambio de los hombres que José Manuel de Goyeneche retenía en el Alto Perú.

La generosidad de Belgrano, que abrazó a Tristán y lo dispensó de entregar sus símbolos de mando —los unía una estrecha amistad personal; habían sido condiscípulos en Salamanca, convivido en Madrid y amado allí a la misma mujer—, atraería sorpresa en Buenos Aires, pero la resonante victoria silenció las críticas y le granjeó un premio de 40.000 pesos dispuesto por la Asamblea. Belgrano declinaría recibirlo, disponiendo que el dinero se destinara a crear escuelas en Tucumán, Salta, Jujuy y Tarija; el libramiento de los fondos sería una deuda histórica durante 185 años, hasta que en 1998 finalmente se equipó en Tarija la última destinataria de los mismos.

La fosa común donde se enterraron los 480 caídos realistas y los 103 independentistas fue decorada por el gobernador Feliciano Chiclana con una cruz de madera y la inscripción "A los vencedores y vencidos". Hoy el lugar lo ocupa el monumento del 20 de febrero, proyectado por Torcuato Tasso y erigido en piedra de los cerros y un bronce alegórico. Los relieves que cubren los lados fueron diseñados por la también salteña Lola Mora. El monumento posee cuatro esculturas de bronce en honor a la actuación del general Manuel Belgrano, del mayor general Eustoquio Díaz Vélez, del teniente coronel Cornelio Zelaya y del comandante Manuel Dorrego.

El ejército de Belgrano continuaría camino hacia el norte, para hacer frente a las fuerzas de Joaquín de la Pezuela. Dos derrotas sucesivas, en Vilcapugio y Ayohuma, pondrían fin a la primera campaña del Ejército del Norte.

Kyrie Eléison

El Kyrie eléison, Christe eléison, es una aclamación laudatoria (de alabanza) muy antigua que recitamos los cristianos al inicio de la liturgia eucarística latina (la misa, el acto esencial del culto y de la oración de la Iglesia). Con el Kyrie (vocativo de Kyrios que quiere decir "el Señor") confesamos el señorío de Cristo Resucitado sobre la humanidad y su historia. Esos Kyrie eléison, Christe eléison, en griego significan: ¡Señor ten piedad, Cristo ten piedad!

Veamos brevemente el uso y significados que se le daba a la palabra Señor en la antigüedad, en la época helenística, así como en el Antiguo y Nuevo Testamento, su aplicación a Jesús y el uso del kyrie en la liturgia desde la iglesia primitiva hasta nuestros días. La palabra "Señor" designa al que manda, al que tiene legítimo poder sobre alguien o algo. Era "Señor" (: adonay en hebreo, : kyrios en griego, domine en latín) el dueño de un esclavo, de un animal u objeto (Lc 19,33). Con el adoni se le distinguía también a la persona que desempeñaba un puesto importante (Gén. 23, 6), -por ejemplo "Adoni-Bézeq" ó "mi señor es Bézeq"- y se le decía señor también al rabí. En Egipto, y en las tierras semíticas, los servidores y esclavos llamaban señor a su rey (Éx 10, 7).

Tanto las religiones egipcias como semíticas veneraban a sus dioses como señores o dueños supremos de sus vidas, como revelan las antiguas inscripciones. En el Antiguo Testamento a Yahvéh se le designa como Señor por ser el creador del cielo y tierra (Gén I,I), creador de su pueblo (Is 43,I.21) y su libertador en tiempos de la esclavitud en Egipto (Éx 19,4-6). De este modo, se le sustituyó el nombre propio de Yahvéh con el título real Adonai, y Kyrios en griego. En la época helenística, cuando las religiones y la cultura griega tocan las muchas costas del mediterráneo, los dioses egipcios y griegos eran designados como señores: Kyria Isis, Kyrios Asclepios (Esculapio)... A estos "muchos señores y dioses" del mundo griego, Pablo les exhorta a conocer al "único Dios, el Padre, y el único señor Jesucristo" (2 Cor 8,5s).

En el Nuevo Testamento Dios es "el Señor" (Rom 4,8) y en muchas ocasiones se sustituye la palabra Dios por "el Señor". Y también Jesús es llamado "Señor". Pero es ya un Señor a quien quisieron hacerle suyo y entregarse voluntaria e intensamente, por lo que se dirigirán a él con el título de "Señor mío" (adoni) o "Señor nuestro" (Mc 11,3; 7,28). Si al título arameo de Rabbí (maestro) o Rabbuní le fue transmitido el de señor, para los discípulos Jesús será "mi Señor" (Lc 19,31; 22,II), título que Él acepta (Jn 13,13) por ser el Ungido de Dios (Mc 8,29), en cuya persona se manifiesta el poder regio de Dios (Mt 12,28), con poder para juzgar a vivos y a muertos (Jn 5,22), a cuya soberanía desean entrar de lleno sus discípulos cuando clamaban en arameo maran atha "Nuestro Señor ha venido, está presente", ó marana tha "Señor nuestro, ven".

Cabe anotar también, que la invocación Christe eléison es característica del rito romano, con la excepción del rito mozárabe. En las peticiones, recordaban el ambiente terrenal que les rodeaba: suplicaban por los dolores del mundo, clamaban por la paz y la liberación de los oprimidos y de los perseguidos. Más tarde, estas súplicas con el kyrie fueron eliminadas, permaneciendo ahora a solas el kyrie, como un clamor penitencial, individualista. El kyrie eléison se cantaba como una sílaba con muchas notas, siendo luego enriquecidos los cantos con abundantes melismas (grupo de notas sucesivas que forman un neuma o adorno sobre una misma vocal). Los coros introdujeron eventualmente tropos (textos breves con música) que encontramos más evidentemente desde la Edad Media. Los más grandes compositores occidentales han compuesto magníficas piezas musicales polifónicas en honor a estas breves pero tan profundas frases del Kyrie eléison.

A finales del siglo II las lecturas eucarísticas eran aún leídas en griego. Cuando bajo el papa San Dámaso en el siglo IV fueron cambiados los textos de la misa del griego al latín, el kyrie permaneció sin embargo inmutable, y así siguió por siglos. Los Padres apostólicos y los Apologistas no mencionan el Kyrie eléison. La referencia más antigua que tenemos sobre su uso en la liturgia romana es la del octavo libro de las Constituciones Apostólicas y en el tercer canon del Segundo Concilio de Vaison, en el año 529. San Gregorio II (590-604) aclara el uso que le daba en el rito romano respecto al estilo de Constantinopla, o las iglesias orientales. El Ordo Romano del siglo VII y VIII ya lo colocan alternado entre el coro y los feligreses terminada la antífona del Introito, o sea, al comienzo de la Misa.

Aunque dando paso actualmente al vernáculo de cada región -tras el Concilio Vaticano II- el hermoso y profundo Kyrie se canta en griego aún hoy día en épocas o liturgias especiales, como por ejemplo en las misas dominicales (Domini dies: día del Señor) en tiempo de Cuaresma. Y como para ser cristianos hay que reconocer a Cristo como nuestro Señor (I Cor 12,3; I Jn 4, 1-3), comenzamos haciéndolo así al inicio de la celebración de la Santa Cena (la misa), recitando o cantando el Kyrie eléison.

CS 6 ¿POR QUÉ SUFRO?

miércoles, 11 de febrero de 2015

Iglesia Ortodoxa Copta

Más comúnmente conocida como Iglesia copta, fue fundada en Egipto en el siglo I. Su nombre deriva de la palabra griega aigyptios (egipcio), trasformado en gipt y después en qibt, de donde derivó la correspondiente voz árabe. Así pues, la palabra copto significa "egipcio". La palabra "ortodoxa" (del griego, 'creencia correcta') solo implica una seguridad en relación con la fe apostólica, esta Iglesia no reconoce la primacía del Patriarca de Constantinopla ni tampoco pertenece a la Iglesia ortodoxa. Los feligreses de esta Iglesia son conocidos comúnmente con el nombre de coptos, para diferenciarlos de los coptos ortodoxos que forman parte de la Iglesia ortodoxa de Alejandría.

Según la tradición, la Iglesia Copta tiene su origen en las prédicas de San Marcos, autor del Segundo Evangelio en el siglo I, que llevó el cristianismo a Egipto en la época del emperador Nerón. Se la engloba en el conjunto de las antiguas iglesias orientales, que se separaron de la Iglesia primitiva por causa del Concilio de Calcedonia, del año 451. La Iglesia Copta fue el resultado de un cisma, tal como el cisma de oriente, en que el Patriarca de Alejandría, Timoteo Eluro en 457 excomulgó al resto de los patriarcas; esto fue motivado según su tradición para conservar la sana doctrina, siendo la Iglesia copta el verdadero patriarcado de Alejandría que una vez separado del resto de los patriarcados ha preservado minuciosamente la creencia y doctrina cristiana en su forma más antigua y pura, entregándola de generación en generación, sin cambios, conforme a la doctrina y los ritos apostólicos.

La iglesia Copta tiene su propio Papa. El 4 de noviembre de 2012 el obispo Tawadros ha sido elegido patriarca 118º con el nombre de Tawadros II. Sucede a Shenouda III, que falleció el 17 de marzo de 2012 y era el patriarca 117º de la predicación de San Marcos y que llevaba en el puesto desde 1971. Aunque no existe un dogma que le atribuya la infalibilidad del Papa de la Iglesia católica al papa copto, sí existe una tradición que proviene del siglo V que dice que Dios habla por la boca del Patriarca de Alejandría. El Papa Copto ha sufrido persecución no solo por el aumento de la actividad de los fundamentalistas islámicos desde finales de los años 1970, sino también por parte del gobierno egipcio. Entre 1981 y 1985 el papa Shenouda III fue recluido en arresto domiciliario en un monasterio en el desierto.

Los primeros cristianos en Egipto eran principalmente Judíos de Alejandría, como Teófilo, a quien Lucas dirige el capítulo introductorio de su Evangelio. Cuando la iglesia fue fundada por San Marcos, durante la época del emperador romano Nerón, un gran número de egipcios, a diferencia de los griegos y los judíos, abrazó la fe cristiana. Esta se extendió por todo Egipto en unas pocas décadas, como puede verse en los escritos del Nuevo Testamento en Bahnasa, en el Egipto Medio, que datan de alrededor del año 200 y un fragmento del Evangelio de Juan escrito en idioma copto, que se encuentra en el Alto Egipto y que datan de la primera mitad del siglo II.

En el siglo cuarto un presbítero proveniente de lo que hoy es Libia, llamado Arrio, comenzó una discusión teológica sobre la naturaleza de Jesucristo, que se difundió en toda la cristiandad. El Concilio de Nicea (325), convocado por el emperador Constantino para resolver el asunto dio lugar a la formulación del Credo Niceno, siendo recitado por todos los cristianos, y cuyo autor es San Atanasio, Patriarca de la Iglesia de Alejandría. En este concilio también se instituyeron 3 patriarcados con el fin de organizar mejor la Iglesia: Roma, Alejandría y Antioquia, declarándose a la vez la supremacía del patriarcado de Roma, sede del sucesor de Pedro. Junto con esto también se estableció que, después de Roma, la primacía de honor recaía sobre Alejandría sede del sucesor de San Marcos. Su jurisdicción se extendía en este tiempo sobre las 100 diócesis del Valle del Nilo, señal de la vitalidad de esta Iglesia.

En el segundo concilio ecuménico celebrado en Constantinopla el año 381, se instauró un nuevo patriarcado, el de Constantinopla, Esta decisión se debió a las presiones del emperador Teodosio y se basó únicamente en que Constantinopla era la capital del recién establecido Imperio Romano de Oriente, sede del emperador. Una vez que se marcharon los legados papales, el Emperador de oriente presionó para que se declarara que el segundo patriarcado más importante, después del Patriarcado de Roma, era el de Constantinopla, imposición que suscitó la indignación de los egipcios y de su patriarca.

A principios del siglo V, Nestorio, patriarca de Constantinopla, hizo pública una doctrina que consideraba que en Cristo se unían dos personas distintas, una divina y otra humana. El patriarca San Cirilo de Alejandría condenó esta doctrina y al no haber acuerdo entre los dos patriarcas, acudió al papa Celestino I, el cual convocó el concilio de Éfeso el año 431. Como resultado se depuso a Nestorio y se declaró su doctrina como herejía, la cual hasta hoy se conoce como nestorianismo. En Egipto muchos malinterpretaron la actuación de San Cirilo, viéndolo como el levantamiento de Alejandría en contra de la capital del Imperio, Constantinopla.

Otros sostuvieron una doctrina en sentido opuesto, según la cual la naturaleza de Cristo, Dios hecho hombre, es sólo una, divina; doctrina llamada Eutiquianismo, por divulgarla el monje griego Eutiques (m. 454); aunque es más conocida como monofisismo, por esta razón los coptos son llamados cristianos monofisitas. El monofisismo surgió como oposición al nestorianismo, considerado herejía y condenado en el año 451 por el Concilio de Calcedonia, que proclamó: Cristo tiene dos personas diferentes, una divina y otra humana. Dióscoro defendía la formulación de San Cirilo de Alejandría en el Concilio de Éfeso, «una naturaleza encarnada de la Palabra de Dios», y rehusó aceptar la fórmula «en dos naturalezas», aunque aceptaba «desde dos naturalezas».

Tras ser condenados en Calcedonia, el Patriarca de Alejandría, Dióscoro, fue desterrado por orden del Emperador Marciano, nombrándose un nuevo Patriarca, Proterio, que debería implementar las medidas de Calcedonia, estos hechos causaron la indignación de la mayoría de los cristianos egipcios. Las enseñanzas cristológicas del Concilio de Calcedonia fueron rechazadas por prácticamente la totalidad del pueblo egipcio, en parte, debido a la oposición de muchos obispos y laicos a la dominación de Bizancio mezclando así motivos políticos, estó desató una ola de persecuciones que no hicieron más que reafirmar la resistencia hacia los bizantinos. En el año 457 el pueblo destituye por la fuerza al patriarca Proterio y el clero egipcio proclama patriarca a Timoteo Eluro, cuyos primeros actos fueron rechazar el Concilio de Calcedonia y excomulgar al Papa León I y a los patriarcas de Antioquía y Constantinopla. De esta forma concluye el cisma que da origen a la Iglesia Copta.

Durante la edad media la Iglesia Católica, una vez separada de la Iglesia Ortodoxa, busca el diálogo con la Iglesia Copta con vistas a una unificación, pero sin resultados. Ya en el renacimiento cambia su política a la de las conversiones individuales. A través de la conversión de un obispo copto se funda la Iglesia católica Copta, que conserva todos los ritos coptos pero reconoce la primacía del Papa católico en lugar del Papa copto. Las diferencias entre la Iglesia Copta y la Iglesia Católica tienden a superarse a partir de la declaración conjunta de Shenouda III y Pablo VI en 1973:

“Confesamos que nuestro Señor y Dios y Salvador y Rey de todos nosotros, Jesús Cristo, es Dios perfecto con respecto a su divinidad, hombre perfecto con respecto a su humanidad. En él su divinidad está unida con su humanidad en una verdadera unión perfecta, sin mezcla, sin mixtura, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación”

El canon de la iglesia Copta es más amplio que los de otros grupos cristianos. El canon copto del Antiguo Testamento contiene todos los textos de la Biblia de los Setenta aceptados por la Iglesia Católica, incluyendo también los libros aceptados por el canon más amplio de la Iglesia Ortodoxa (es decir incluye también el Salmo 151, la Oración de Manasés, el Libro III de Esdras y el Libro III de los Macabeos). A diferencia de la iglesia ortodoxa etíope, con la que está en comunión, la iglesia copta no incluye en la Biblia el Libro de Enoc y el Libro de los Jubileos.

Juan el Bautista y su Predicación en el Desierto - Primera Parte


Cuando Juan el Bautista salió a predicar, eligió un curioso lugar para instalar su ámbito académico: el desierto palestino. Realmente no podía haber buscado un sitio más inapropiado. ¿Cómo haría la gente para llegar hasta allí? ¿Y cómo podrían ubicarse más o menos cómodamente para escuchar sus sermones, entre las piedras, los insectos, la arena, el sol y las alimañas? ¿Y dónde encontrarían sanitarios, o un lugar para hacer un alto y tomar agua?

Pero a Juan no pareció haberle importado esos detalles. Y a la gente tampoco, porque dice el Evangelio que “acudían hasta él muchedumbres de toda la región de Judea, y todos los habitantes de Jerusalén, y se hacían bautizar por él confesando sus pecados” (Mc 1,5). Juan convirtió el desierto en un hervidero de gente, llegada de todas partes para escuchar su mensaje, confesar sus pecados y cambiar de vida. ¿Pero por qué eligió un lugar tan incómodo para dirigirse a su auditorio? En ese sentido Jesús fue más práctico: buscaba a las multitudes donde ellas se reunían naturalmente: en las plazas, las calles, el Templo, las sinagogas, o las casas de familia. No las obligaba a concurrir a ningún lugar penoso. En cambio Juan les complicaba la vida. ¿Qué razón poderosa tuvo para arrastrar al gentío hasta el desierto y hablarles allí?

Si averiguamos dónde exactamente predicaba Juan, quizás podamos resolver el misterio. El primer dato que nos da el Evangelio es que se había instalado “en el desierto” (Mc 1,3-4; Mt 11,7). Éste no era, como solemos imaginar, una planicie cubierta de arena y dunas en medio de la nada. La palabra hebrea midbar (que traducimos por “desierto”) indica un lugar deshabitado y sin cultivar, pero que podía tener vegetación, plantas, y hasta incluso un río.

¿Y cuál era concretamente ese desierto? Mateo lo señala: era “el desierto de Judea” (Mt 3,1). Una vasta región, situada al norte del mar Muerto, justo donde desemboca el río Jordán (Jue 1,16; Sal 63,1). Para nuestra mentalidad, puede resultar extraño que el valle de un río sea llamado “desierto”. Pero hay que tener en cuenta que ese último tramo del Jordán, antes de desembocar en el mar Muerto, es una zona donde no llueve casi nunca, el suelo es infértil, y ofrece al visitante un aspecto árido y desolado. Incluso Flavio Josefo, un historiador judío del siglo I que conocía muy bien la geografía de su país, dice que el río Jordán “serpentea a lo largo de un buen trecho de desierto”. O sea que para la Biblia, el terreno por donde el río Jordán transitaba sus últimos kilómetros se consideraba un “desierto”.

San Marcos confirma el dato cuando dice que la gente iba al desierto a escuchar a Juan “y se hacía bautizar por él en el río Jordán” (Mc 1,5). O sea que “desierto” y “río” eran dos realidades que estaban en el mismo escenario donde predicaba y bautizaba Juan.

¿Es posible precisar en qué parte bautizaba exactamente Juan? San Lucas da a entender que no tenía lugar fijo, porque afirma que iba “por toda la región del Jordán” (Lc 3,3). Pero el Cuarto Evangelio sí nos informa del sitio donde desarrollaba su actividad: “en Betania, al otro lado del Jordán” (Jn 1,28). El nombre de Betania significa “lugar de las barcas”, y se llamaba así por el movimiento de embarcaciones que había en la zona, ya que era uno de los sitios usados por la gente para cruzar de una orilla a la otra del río.

En tiempos de Jesús había dos Betania distintas, que no deben confundirse. Una, cerca del Monte de los Olivos, a 3 kilómetros de Jerusalén; allí se sitúa la casa del joven Lázaro, a quien Jesús resucitó después de cuatro días de muerto, y que vivía con sus hermanas Marta y María (Jn 11,1). La segunda Betania, donde bautizaba Juan, quedaba “al otro lado del Jordán” (Jn 1,28), y era un pequeño caserío (hoy conocido como Tell el-Medesh), ubicado no exactamente sobre el río sino sobre uno de sus brazos, el llamado Wadi Nimrín, 300 metros al este del Jordán, y 15 kilómetros al norte del mar Muerto, justo a la altura de Jericó. Había allí abundante agua debido a sus anchos cauces, y era una zona amplia y despejada donde Juan podía practicar tranquilamente sus abluciones. A esta Betania huyó Jesús un día, cuando tuvo un incidente con los judíos de Jerusalén y quisieron matarlo a pedradas; “entonces Jesús se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde había estado antes Juan bautizando, y allí se quedó” (Jn 10,40).

Es probable que Juan no permaneciera siempre en el mismo sitio. A veces tendría que trasladarse a algún otro lado, sobre todo en épocas de crecida y desborde del río, que anegaba las zonas aledañas a Betania. En cierto momento, cuado vio que su vida corría peligro porque el gobernador Herodes Antipas lo buscaba para apresarlo, debió trasladarse a otra localidad, una tal Ainón (Jn 3,22), ciudad de la Decápolis, unos 60 kilómetros más al norte, siempre en la orilla oriental del Jordán.

Pero su actividad principal estuvo centrada en Betania. De hecho el Cuarto evangelio dice que en Betania era donde Juan “estaba” bautizando (Jn 1,28). El verbo en pretérito imperfecto indica una acción estable en un lugar. Por lo tanto Betania fue su centro de operaciones, y el sitio donde más tiempo permaneció.

El sitio elegido por Juan para bautizar era muy apropiado, porque allí  podía encontrar un gran público. Por ese lugar pasaba la antigua carretera comercial que, partiendo de Jerusalén (en el oeste), llegaba a Jericó, luego atravesaba el río, y continuaba hacia el este del Jordán. Por lo tanto, diariamente llegaba al lugar un gran número de viajeros y comerciantes, con sus productos y mercancías, que buscaban cruzar el río a través de sus vados o en balsas. Juan entonces aprovechaba el nutrido tráfico de negociantes ricos, para apelar a sus conciencias e invitarlos a la solidaridad (Lc 3,10-11). También allí, por ser el límite internacional del país, había cobradores de impuestos y aduanas, a los que Juan aconsejaba no exigir dinero de más (Lc 3,12-13). Y no faltaban los soldados que vigilaban la frontera, a quienes los exhortaba a no enriquecerse ilícitamente en sus acciones militares (Lc 3,14-15).

Muchos judíos que pasaban por la zona no querían escucharlo, diciendo que ellos, por ser descendientes de Abraham, es decir judíos, ya estaban salvados. Pero Juan, señalando las piedras que había alrededor, les contestaba: “Raza de víboras, conviértanse. No anden diciendo: ‘Somos hijos de Abraham’, porque les aseguro que Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham” (Lc 3,7-9). Ni siquiera el propio gobernador de la región se salvó de las críticas del Bautista. Un día en que lo vio pasar por allí con su pomposa caravana, camino al palacio de vacaciones de Maqueronte, le censuró públicamente su indecente matrimonio con la mujer de su hermano (Lc 3,19-20).

Pero entonces, ¿Juan eligió ese lugar por las posibilidades que allí tenía de llegar a un amplio público? Ciertamente que no. Si se hubiera tratado sólo de eso, podía haberse instalado en la orilla occidental del río, donde además de predicar habría estado más protegido de la hostilidad de Herodes Antipas, y habría podido salvar su vida. Además, del lado occidental del río habría encontrado más gente a la cual dirigir su mensaje: ya sea en los atrios del Templo, en las calles de Jerusalén, o en las plazas de cualquier ciudad de Palestina. O sea que Juan no se instaló al este del Jordán por el numeroso público que había.

¿Fue entonces por las abundantes aguas de la zona? Tampoco. De haber sido ése su interés, el lago de Galilea le habría resultado más propicio; o la misma Jerusalén; o incluso en Jericó podía haber hallado varios baños públicos donde la tarea de bautizar hubiera sido menos agotadora que el agobiante y caluroso desierto. ¿Cuál fue el motivo, entonces, que llevó a Juan a bautizar “en el desierto” y “más allá del Jordán”?

Fuente:
Artículo extractado de la revista “Vida Pastoral” de la Editorial san Pablo - Argentina