miércoles, 29 de mayo de 2013

"Estoy a la vista de la gente y hago vida normal"

El papa Francisco le envió una carta al sacerdote Enrique "Quique" Martínez en la que muestra su preocupación por hacer una "vida normal" y mantener su contacto con la gente. "Estoy a la vista de la gente y hago vida normal: misa pública a la mañana, como en el comedor con todos, etc. Esto me hace bien y evita que quede aislado " le comentó Francisco a Martínez quien le había escrito el pasado miércoles 1° de mayo. El padre Quique, quien acompañó la pastoral del obispo asesinado Enrique Angelelli, comentó que el domingo llegó a su casa, y allí había un sobre a su nombre, pero sin remitente.

"Eso me llamó la atención y la abrí de inmediato, dándome la grata sorpresa de que era la respuesta del Papa, a quien conocimos hace mucho. Yo le había escrito para comentarle sobre las fiestas patronales del barrio", contó. Como eso ocurrió justo antes del inicio de la misa, el cura decidió leer la misiva papal al final la celebración, lo que "alegró mucho a la comunidad, tanto que los feligreses aplaudieron cuando terminé de leerla".

La carta que tanto asombro género en el sacerdote dice textualmente:

"Querido Quique: Hoy recibí la carta del pasado 1° de mayo. Me trajo mucha alegría, La descripción de la Fiesta Patronal me trajo aire fresco. Yo estoy bien y no he perdido la paz frente a un hecho totalmente sorpresivo, y esto lo considero un don de Dios.

Procuro tener el mismo modo de ser y de actuar que tenía en BS As, porque, si a mi edad cambio, seguro que hago el ridículo. No quise ir al Palacio Apostólico a vivir, voy sólo a trabajar y a las audiencias. Me quedé a vivir en la Casa Santa Marta, que es una casa (donde nos alojábamos durante el Cónclave) de huéspedes para obispos, curas y laicos. Estoy a la vista de la gente y hago la vida normal: misa pública a la mañana, como en el comedor con todos, etc. Esto me hace bien y evita que quede aislado. Quique, saludos a tus feligreses. Te pido, por favor, que reces y hagas rezar por mí. Saludos a Carlos y Miguel. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Fraternalmente, Francisco. Vaticano, 15 de mayo 2013".

Todos somos evangelizadores con la propia vida, para esto es necesario abrirse sin temor a la acción del Espíritu que nos transforma

En su catequesis del pasado miércoles 22 de mayo, el Obispo de Roma reflexionó sobre la unidad entre la fe en el Espíritu Santo y la fe en la Iglesia. “Ambas cosas van juntas –dijo-, pues el Espíritu Santo es quien da vida a la Iglesia y guía sus pasos. Sin él, la Iglesia no podría cumplir su misión de ir y hacer discípulos de todas las naciones.”

A continuación afirmó que la misión de la Iglesia es de todos. “Todos deben ser evangelizadores, sobre todo con la propia vida. Para ello es necesario abrirse sin temor a la acción del Espíritu Santo”. Francisco explicó que el Espíritu infunde la valentía de anunciar la novedad del Evangelio con franqueza, en voz alta y en todo tiempo y lugar. Y que para esto debemos estar “bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción queda vacía y el anunciar carece de alma, pues no está animado por el Espíritu”.

“Queridos hermanos y hermanas:
En el Credo, tras la profesión de fe en el Espíritu Santo, decimos: «Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica». Ambas cosas van juntas, pues el Espíritu Santo es quien da vida a la Iglesia y guía sus pasos. Sin él, la Iglesia no podría cumplir su misión de ir y hacer discípulos de todas las naciones. Esta misión no es sólo de algunos, sino la mía, la tuya, la nuestra. Todos deben ser evangelizadores, sobre todo con la propia vida. Para ello es necesario abrirse sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu Santo hizo salir de sí mismos a los Apóstoles y los transformó en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno entendía en su propia lengua. Así, la confusión de las lenguas, como en Babel, queda superada, porque ahora reina la apertura a Dios y a los demás, y lleva al anuncio de la Palabra de Dios con un lenguaje que todos entienden, el del amor que el Espíritu derrama en los corazones. El Espíritu, además, infunde la valentía de anunciar la novedad del Evangelio con franqueza (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar. Y esto, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción queda vacía y el anunciar carece de alma, pues no está animado por el Espíritu.


Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España, Argentina, Chile, Ecuador, Guatemala, México, Perú y otros países latinoamericanos. Que todos nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, para ser verdaderos discípulos y misioneros de Cristo en la Iglesia. Muchas gracias”

El Mandeísmo


El mandeísmo fue una secta gnóstica que se desarrolló en los siglos I y II en las orillas del río Jordán. Después esta secta admitió otros elementos por sincretismo y en la actualidad, todavía quedan algunos creyentes en ciertas zonas de Irak, entre 5.000 y 7.000, ya que las persecuciones por parte del integrismo islámico han provocado una gran emigración y dispersión. Estaba dirigida por la casta sacerdotal de los nasoreanos (nombre por el que también eran conocidos). Esta casta sacerdotal se divide en dos tipos, los iniciados al más alto nivel denominados ganzibra (tesoreros) y otros con menor rango de iniciación, llamados tarmidia (discípulo) y utilizan como lengua litúrgica un dialecto arameo oriental hoy ya sólo entendido por sacerdotes.

Ninguno de los manuscritos que quedan de los libros sagrados mandeos son anteriores al siglo XVI, aunque parte del material recogido puede datarse al menos hasta el 700 d. de Cristo. Sin embargo partes considerables de, por ejemplo el Ginza y El libro de Juan son fechables en época islámica, ya que mencionan a Mahoma y la expansión del Islam. Sus libros litúrgicos y sagrados son:

Ginza (Tesoro), llamado también El gran libro y, en Europa, Libro de Adán. Comprende dos partes principales: Ginza de derecha (compuesto por dieciocho opúsculos de mitología y cosmología principalmente) y Ginza de izquierda o Libro de las almas (más reducido, y que trata de la ascensión del alma al reino de la luz).

El libro de Juan o Libro de los ángeles, heterogénea colección de 37 obras, extensas o breves, de contenido principalmente mitológico, en el que destaca sobre todo un opúsculo sobre Juan el Bautista y otro referente a la llegada de un mensajero celestial (Amos) a Jerusalén.

Qolasta o Antología, también llamado Cantos e himnos para el Bautismo y la Ascensión, un libro de himnos religiosos, cantos y oraciones acompañados de las instrucciones pertinentes para los ceremoniales para el Bautismo y la Misa de difuntos, dos de los ritos más importantes de esta secta.

Los misioneros portugueses en Iraq los designaron erróneamente cristianos de San Juan, aunque los mandeos nunca han aceptado a Jesús a quien consideran un traidor que fue crucificado por Dios como castigo por volverse contra Juan el Bautista.

Se trata de una religión sincrética en donde aparece un dualismo de tradición mazdeísta que presenta el mundo de la luz y el de las tinieblas y otros elementos de las tradiciones mesopotámicas también presentes en los relatos bíblicos.

Mandamientos
Los mandeos obedecen diecisiete mandamientos:

1. No blasfemar.
2. No asesinar.
3. Abstenerse de todo adulterio.
4. No robar.
5. No mentir.
6. No prestar falso testimonio.
7. Abstenerse de deslealtad y deshonestidad.
8. Abstenerse de toda lujuria.
9. No practicar magia y brujería.
10. No circuncidarse.
11. Abstenerse de bebidas alcohólicas.
12. No practicar la usura.
13. No llorar la muerte.
14. No comer animales muertos, embarazados o atacados por otros animales furiosos y sangre.
15. No divorciarse (salvo en casos excepcionales).
16. No suicidarse ni abortar.
17. No autotorturarse ni practicar abstinencia.

Un rasgo curioso es que la continencia se considera impiedad y quien no engendra hijos, no tendrá un lugar en el cielo, por lo cual el matrimonio es obligatorio y la poligamia está permitida. En el Mandeísmo las mujeres poseen exactamente el mismo valor social, rango y respeto que el hombre.

Mandeísmo y cristianismo
Se dice en primer lugar que el núcleo del mandeísmo es un mito ligado al antiguo misterio iranio de la redención, mito que aparece con distintas expresiones en los sistemas gnósticos refutados por los Padres, por ejemplo Hipólito e Ireneo, y en diversos vestigios gnósticos, como Psistis Sophia, las Odas de Salomón, los Hechos de Tomás y en la literatura hermética. El mito y el misterio son precristianos y están en el fundamento o base de la doctrina cristiana, especialmente en sus formas joánica y gnóstica. En segundo lugar, se afirma que el ritual y el mito mandeos fueron formulados, de hecho, por Juan el Bautista, y los Mandeos del siglo VIII y siguientes son los sucesores de la secta baptista a la que se alude en Hechos de los Apóstoles, XVIII, 24 - XIX, 7. El Cristianismo surgió de esta secta baptista y sus miembros eran llamados "nazoreos", nombre con el que se designan a sí mismos los mandeos en sus escrituras sagradas.

Mandeísmo e Islam
El Corán establece que la Humanidad se divide en tres grupos, los fieles musulmanes, la Gente del Libro y los infieles (paganos idólatras), la gente del libro según el Corán son los judíos, cristianos y sabeos a quienes se les debe permitir practicar su religión discretamente. Nunca fue bien establecido quiénes eran los sabeos ya que en Yemen existía un culto relativamente monoteísta que adoraba a los astros y era denominado sabeísmo, culto al que según la tradición pertenecía Abraham antes de volverse monoteísta. No obstante, la llegada de sabeos de Yemen a Mesopotamia, Irak, generó una mezcla en la cual los ritos caldeos fueron confundidos con los mandeos. Así, a los mandeos se les relacionó erróneamente con los sabeos. Los mandeos insistieron ser ellos los sabeos del Corán, lo cual en general ha sido aceptado.

Mandeos y gnósticos
Para algunos, los mandeos son los últimos gnósticos antiguos que quedan. Su religión y sus ideas son bastante similares a la Gnosis y, en todo caso, Mandeo deriva de Manda en arameo que significa Conocimiento (Gnosis en griego). Otros eruditos aseguran que los mandeos son los últimos remanentes de los esenios, algunas escuelas esotéricas consideran que Jesús perteneció a los esenios y a los nasoreanos.

La Caída de Constantinopla


Puede decirse que el declive de Constantinopla, la capital del Imperio romano de Oriente, comenzó en 1190 durante los preparativos de la Tercera Cruzada en los reinos de Occidente. Los bizantinos, creyendo que no había posibilidades de vencer a Saladino (sultán de Egipto y Siria y principal enemigo de los cruzados instalados en Tierra Santa), decidieron mantenerse neutrales. Con esta reticencia bizantina como excusa, y con la codicia por los tesoros de Constantinopla como motor, los cruzados tomaron por asalto la ciudad en 1204, ya en la Cuarta Cruzada, dando origen al efímero Imperio latino que duró hasta 1261.

El sitio comenzó oficialmente el 7 de abril de 1453, cuando el gran cañón disparó el primer tiro en dirección al valle del Río Lico, junto a la puerta de San Romano, que penetraba en Constantinopla por una depresión bajo la muralla, lo cual posibilitaba el posicionamiento del cañón en una parte más alta. La muralla, hasta entonces imbatida en aquel punto, no había sido construida para soportar ataques de artillería, y en menos de una semana comenzó a ceder, pese a ser la mejor arma contra los otomanos, ya que constaba de tres anillos gruesos de murallas con fosos de entre 30 y 70 metros de profundidad.

Todos los días, al anochecer, los bizantinos se escabullían fuera de la ciudad para reparar los daños causados por el cañón con sacos y barriles de arena, piedras despedazadas de la propia muralla y empalizadas de madera, mientras los defensores se defendían con sus arqueros mediante lanzamientos de flechas y con ballesteros de dardos. Los otomanos evitaron el ataque por la costa, puesto que las murallas eran reforzadas por torres con cañones y artilleros que podrían destruir toda la flota en poco tiempo. Por eso, el ataque inicial se restringió casi solamente a un frente, lo que facilitó tiempo y mano de obra suficientes a los bizantinos para soportar el asedio.

El 22 de abril, el sultán asestó un golpe estratégico en las defensas bizantinas con la ayuda de la maniobra ideada por su general Zaganos Pasha. Imposibilitados para atravesar la cadena que cerraba el Cuerno de Oro, el sultán ordenó la construcción de un camino de rodadura al norte de Pera, por donde sus navíos podrían ser empujados por tierra, evitando la barrera. Con los navíos posicionados en un nuevo frente, los bizantinos no tendrían recursos para reparar después sus murallas. Sin elección, los bizantinos se vieron forzados a contraatacar y el 25 de abril intentaron un ataque sorpresa a los turcos en el Cuerno de Oro, pero fueron descubiertos por espías y ejecutados. Los bizantinos, entonces, decapitaron a 260 turcos cautivos y arrojaron sus cuerpos sobre las murallas del puerto.

Bombardeados diariamente en dos frentes, los bizantinos raramente eran atacados por los soldados turcos. El 7 de mayo, el sultán intentó un nuevo ataque al valle del Lico, pero fue nuevamente repelido. Al final del día, los otomanos comenzaron a mover una gran torre de asedio, pero durante la noche un comando bizantino se escabulló sin ser descubierto por los escuchas turcos y prendió fuego a la torre de madera. Los turcos también intentaron abrir minas por debajo de las murallas, pero los griegos consiguieron contraminar tres galerías turcas con diverso éxito.

Con los impactos de artillería de los cañones las murallas sufrían grandes brechas por donde penetraban los jenízaros, que para salvar los fosos se dedicaban a recoger ramas, toneles, además de los bloques de piedra de las murallas derruidas, para rellenar los fosos y poder penetrar para luchar cuerpo a cuerpo con los bizantinos. La mano de obra estaba sobrecargada, los soldados cansados y los recursos escaseaban. El mismo Constantino XI coordinaba las defensas, inspeccionaba las murallas y animaba a las tropas por toda la ciudad.

La resistencia de Constantinopla comenzó a decaer cuando cundió el desánimo causado por una serie de malos presagios. En la noche del 24 de mayo hubo un eclipse lunar, recordando a los bizantinos una antigua profecía de que la ciudad sólo resistiría mientras la Luna brillase en el cielo. Al día siguiente, durante una procesión, uno de los iconos de la Virgen María cayó al suelo. Luego, de repente, una tempestad de lluvia y granizo inundó las calles. Los navíos prometidos por los venecianos todavía no habían llegado y la resistencia de la ciudad estaba al límite.

Al mismo tiempo, los turcos otomanos afrontaban sus propios problemas. El costo para sostener un ejército de 100.000 hombres era muy grande y los oficiales comentaban la ineficiencia de las estrategias del Sultán hasta entonces. Mehmed II se vio obligado a lanzar un ultimátum a Constantinopla: los turcos perdonarían las vidas de los cristianos si el emperador entregaba la ciudad. Como alternativa, prometió levantar el cerco si Constantino pagaba un pesado tributo que ascendía a cien mil besantes de oro al año. Como los tesoros estaban vacíos desde el saqueo de la Cuarta Cruzada, Constantino se vio obligado a rechazar la oferta y Mehmed, a lanzar un ataque rápido y decisivo.

Mehmed ordenó que las tropas descansasen el día 28 de mayo para prepararse para el asalto final en el día siguiente, ya que sus astrólogos le habían profetizado que el día 29 sería un día nefasto para los infieles. Por primera vez en casi dos meses, no se oyó el ruido de los cañones ni de las tropas en movimiento. Para romper el silencio y levantar la moral en el momento decisivo, todas las iglesias de Constantinopla tocaron sus campanas durante todo el día. El emperador y el pueblo rezaron juntos en Santa Sofía por última vez, antes de ocupar sus puestos para resistir el asalto final, que se produjo antes del amanecer.

Durante esa madrugada del día 29 de mayo de 1453, el sultán otomano Mehmed lanzó un ataque total a las murallas, compuesto principalmente por mercenarios y prisioneros, concentrando el ataque en el valle del Lico. Durante dos horas, el contingente principal de mercenarios europeos fue repelido por los soldados bizantinos bajo el mando de Giustiniani, provisto de las mejores armas y armaduras y protegido por las murallas. Pero con las tropas cansadas, tendrían ahora que afrontar al ejército regular de 80.000 turcos.

Con los ataques concentrados en el valle del Lico, los bizantinos cometieron la imprudencia de dejar la puerta de la muralla noroeste semiabierta. Un destacamento jenízaro otomano penetró por allí e invadió el espacio entre las murallas externas e interna, muriendo muchos de ellos al caer al foso. En ese momento, el comandante Giovanni Giustiniani Longo fue herido y fue evacuado apresuradamente hacia un navío. Constantino, avisado inmediatamente del hecho, fue hacia él y lo quiso convencer de no alejarse del lugar, le habló de la importancia de mantenerse como fuera en el campo de batalla, pero el genovés habría intuido la gravedad del asunto y lamentablemente se mantuvo firme en su deseo de retirarse para ser atendido.

Cuando el resto de los soldados genoveses vieron que se llevaban a su capitán pasó lo que era de esperar: se desmoralizaron y desertaron de sus puestos en la muralla siguiendo el camino de su capitán, justo en el preciso momento en que arreciaban las fuerzas de los jenízaros en el lugar. Sin su liderazgo, los soldados griegos lucharon desordenadamente contra los disciplinados turcos. La muerte de Constantino XI es una de las leyendas más famosas del asalto, ya que el emperador luchó hasta la muerte en las murallas tal y como había prometido a Mehmed II cuando este le ofreció el gobierno de Mistra a cambio de la rendición de Constantinopla. Decapitado, su cabeza fue capturada por los turcos, mientras que su cuerpo era enterrado en Constantinopla con todos los honores.

La caída de Constantinopla causó una gran conmoción en Occidente, y se pensaba que era el principio del fin del cristianismo. Se llegaron a iniciar conversaciones para formar una nueva cruzada que liberase Constantinopla del yugo turco, pero ninguna nación pudo ceder tropas en aquel tiempo. Los mismos genoveses se apresuraron a presentar sus respetos al Sultán y así pudieron mantener sus negocios en Pera por algún tiempo. Con Constantinopla, y por ende el Bósforo, bajo dominio musulmán, el comercio entre Europa y Asia declinó súbitamente. Ni por tierra ni por mar los mercaderes cristianos conseguirían pasaje para las rutas que llevaban a la India y a China, de donde provenían las especias usadas para conservar los alimentos, además de artículos de lujo, y hacia donde se destinaban sus mercancías más valiosas.

De esta manera, las naciones europeas iniciaron proyectos para el establecimiento de rutas comerciales alternativas. Portugueses y castellanos aprovecharon su posición geográfica junto al océano Atlántico para tratar de llegar a la India por mar. Los portugueses trataron de llegar a Asia circunnavegando África, intento que culminó con el viaje de Vasco da Gama entre 1497-1498. En cuanto a Castilla, los Reyes Católicos financiaron la expedición del navegante Cristóbal Colón, quien veía una posibilidad de llegar a Asia por el oeste, a través del Océano Atlántico, intento que culminara en 1492 con el arribo a América, dando inicio al proceso de ocupación del Nuevo Mundo. Los dos países, otrora con escasa influencia en el escenario político europeo, ocupados como habían estado en la Reconquista, se convirtieron en el siglo XVI en las naciones más poderosas del mundo, estableciendo un nuevo orden mundial.

Otra importante consecuencia de la caída de Constantinopla fue la huida de numerosos sabios griegos a las cortes italianas de la época, lo que auspició en gran medida el Renacimiento. Por último, la tradición cultural griega habla sobre una profecía referida al porvenir de la ciudad: “Un Constantino la construyó, un Constantino la perdió y un Constantino la recuperará”.

martes, 28 de mayo de 2013

El Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos


Fue un pacto firmado el 31 de mayo de 1852 y ratificado por trece provincias argentinas, de las que estaba exceptuada la Provincia de Buenos Aires. Redactado en 19 artículos, su objeto fue sentar las bases de la organización nacional de Argentina y sirvió como precedente a la sanción de la Constitución de 1853, figurando genéricamente como uno de los «pactos preexistentes» mencionados en el Prólogo de la Constitución.

El 8 de abril de 1852, dos días después de firmado el Protocolo de Palermo, el ministro José de la Peña había invitado a los gobernadores de las provincias a una reunión a efectuarse en San Nicolás de los Arroyos el 20 de mayo de 1852 a fin de convenir las bases de la organización nacional. Una vez hecha la convocatoria, Urquiza se reunió el día 5 mayo con un grupo de figuras destacadas, como Vicente Fidel López y Dalmacio Velez Sarsfield, para trazar el plan de la futura asamblea.

El Acuerdo nombró a Justo José de Urquiza como director provisorio de la Confederación Argentina, estableció la vigencia del Pacto Federal de 1831 y dispuso la reunión de un Congreso General Constituyente en la ciudad de Santa Fe. El 6 de abril de 1852, se procedió a la firma del «Protocolo de Palermo», tras una reunión celebrada entre los gobernadores de Buenos Aires, Corrientes, el representante de Santa Fe y el representante de Entre Ríos.

Las consecuencias más relevantes del Acuerdo fueron básicamente dos: la primera fue la sanción de la Constitución de 1853, que entró en vigencia dentro de la Confederación Argentina. Fue sancionada el 1 de mayo de ese año y al año siguiente fue electo Urquiza como primer presidente, por un lapso de 6 años. La segunda fue la separación del Estado de Buenos Aires del resto de la Confederación. Esta situación perduraría hasta 1860, tras la derrota militar de Bartolomé Mitre a manos de Urquiza, en la Batalla de Cepeda.

Finalmente, el Dr. Manuel Leiva asoció los proyectos de Pujol y Velez Sarsfield y redactó el texto definitivo del acuerdo. El 31 de mayo de 1852, este acuerdo fue suscripto por diez gobernadores en San Nicolás de los Arroyos. Catamarca había designado representante a Urquiza, mientras que Salta, Jujuy y Córdoba firmarían más tarde su adhesión. Buenos Aires se abstuvo, quedando pendiente el tema de la futura capital de la República.

El acuerdo de San Nicolás constaba de 19 artículos dispositivos y uno adicional, precedidos a modo de prólogo por la nómina de los gobernadores presentes y los fines que motivaron la reunión de la asamblea. Estableció la plena vigencia del Pacto Federal de 1831, al que califica de ley fundamental, sobre el que la República debía organizarse dentro de un sistema federal (Art 1 y 2). Con el objeto de sancionar la Constitución a mayoría de sufragio debía reunirse un Congreso Constituyente (Art 6) en el mes de agosto en la ciudad de Santa Fe para que una vez instalado determine el lugar definitivo de residencia.

Como partes integrantes de una misma nación, las provincias tendrían igualdad de derecho y cada una de ellas enviarían dos diputados, los cuales gozarían de inmunidades mientras pertenezcan a la asamblea y no podrían ser juzgados por sus opiniones. En el aspecto económico, y esto es algo fundamental, el Acuerdo de San Nicolás suprimió los llamados "derechos de tránsito" sobre las mercaderías que pasaban de una provincia a otra (Art 3) y dispuso reglamentar la navegación de los ríos interiores. Para sufragar los gastos generales de la administración, las provincias debían aportar proporcionalmente con el producto de sus aduanas exteriores. Esta cláusula (Art 19) sería más tarde resistida por Buenos Aires, por cuanto su aduana, debido a su posición geográfica, era la indicada para responder a dicha exigencia.


El Acuerdo de San Nicolás fue de gran importancia institucional, por cuanto sus disposiciones aseguraron la reunión del Congreso de Santa Fe que finalmente promulgaría la Constitución de 1853, que fue la base de la definitiva organización nacional.

miércoles, 22 de mayo de 2013

¿Qué significa la Resurrección para nuestra vida?


¿Qué significa la Resurrección para nuestra vida? Y, ¿por qué sin ella es vana nuestra fe? Nuestra fe se funda en la muerte y resurrección de Cristo, igual que una casa se asienta sobre los cimientos: si ceden, se derrumba toda la casa. En la cruz, Jesús se ofreció a sí mismo cargando sobre sí nuestros pecados y bajando al abismo de la muerte, y en la Resurrección los vence, los elimina y nos abre el camino para renacer a una vida nueva. San Pedro lo expresa sintéticamente al inicio de su Primera Carta: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible» (1, 3-4).

El Apóstol nos dice que, con la resurrección de Jesús, acontece algo absolutamente nuevo: somos liberados de la esclavitud del pecado y nos convertimos en hijos de Dios, es decir, somos generados a una vida nueva. ¿Cuándo se realiza esto por nosotros? En el Sacramento del Bautismo. Antiguamente, el Bautismo se recibía normalmente por inmersión. Quien iba a ser bautizado bajaba a la gran pila del Baptisterio, dejando sus vestidos, y el obispo o el presbítero derramaba tres veces el agua sobre la cabeza, bautizándole en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Luego, el bautizado salía de la pila y se ponía la vestidura nueva, blanca: es decir, nacía a una vida nueva, sumergiéndose en la muerte y resurrección de Cristo. Se convertía en hijo de Dios.

Pablo en la Carta a los Romanos escribe: vosotros «habéis recibido un espíritu de hijos de Dios, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rm 8, 15). Es precisamente el Espíritu que hemos recibido en el Bautismo que nos enseña, nos impulsa, a decir a Dios: «Padre», o mejor, «Abba!» que significa «papá». Así es nuestro Dios: es un papá para nosotros. El Espíritu Santo realiza en nosotros esta nueva condición de hijos de Dios. Este es el más grande don que recibimos del Misterio pascual de Jesús. Y Dios nos trata como a hijos, nos comprende, nos perdona, nos abraza, nos ama incluso cuando nos equivocamos. Ya en el Antiguo Testamento, el profeta Isaías afirmaba que si una madre se olvidara del hijo, Dios no se olvida nunca de nosotros, en ningún momento (cf. 49, 15). ¡Y esto es hermoso!

Sin embargo, esta relación filial con Dios no es como un tesoro que conservamos en un rincón de nuestra vida, sino que debe crecer, debe ser alimentada cada día con la escucha de la Palabra de Dios, la oración, la participación en los Sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía, y la caridad. Nosotros podemos vivir como hijos. Y esta es nuestra dignidad —nosotros tenemos la dignidad de hijos—, comportarnos como verdaderos hijos. Esto quiere decir que cada día debemos dejar que Cristo nos transforme y nos haga como Él; quiere decir tratar de vivir como cristianos, tratar de seguirle, incluso si vemos nuestras limitaciones y nuestras debilidades.

La tentación de dejar a Dios a un lado para ponernos a nosotros mismos en el centro está siempre a la puerta, y la experiencia del pecado hiere nuestra vida cristiana, nuestro ser hijos de Dios. Por esto debemos tener la valentía de la fe y no dejarnos guiar por la mentalidad que nos dice: «Dios no sirve, no es importante para ti», y así sucesivamente. Es precisamente lo contrario: sólo comportándonos como hijos de Dios, sin desalentarnos por nuestras caídas, por nuestros pecados, sintiéndonos amados por Él, nuestra vida será nueva, animada por la serenidad y por la alegría. ¡Dios es nuestra fuerza! ¡Dios es nuestra esperanza!

Debemos tener nosotros, en primer lugar, bien firme esta esperanza y debemos ser de ella un signo visible, claro, luminoso para todos. El Señor resucitado es la esperanza que nunca decae, que no defrauda (cf. Rm 5, 5). La esperanza no defrauda. ¡La esperanza del Señor! Cuántas veces en nuestra vida las esperanzas se desvanecen, cuántas veces las expectativas que llevamos en el corazón no se realizan. Nuestra esperanza de cristianos es fuerte, segura, sólida en esta tierra, donde Dios nos ha llamado a caminar, y está abierta a la eternidad, porque está fundada en Dios, que es siempre fiel.

No debemos olvidar: Dios es siempre fiel; Dios es siempre fiel con nosotros. Que haber resucitado con Cristo mediante el Bautismo, con el don de la fe, para una herencia que no se corrompe, nos lleve a buscar mayormente las cosas de Dios, a pensar más en Él, a orarle más. Ser cristianos no se reduce a seguir los mandamientos, sino que quiere decir ser en Cristo, pensar como Él, actuar como Él, amar como Él; es dejar que Él tome posesión de nuestra vida y la cambie, la transforme, la libere de las tinieblas del mal y del pecado.

A quien nos pida razón de la esperanza que está en nosotros, indiquemos al Cristo resucitado. Indiquémoslo con el anuncio de la Palabra, pero sobre todo con nuestra vida de resucitados. Mostremos la alegría de ser hijos de Dios, la libertad que nos da el vivir en Cristo, que es la verdadera libertad, la que nos salva de la esclavitud del mal, del pecado, de la muerte. Miremos a la Patria celestial: tendremos una nueva luz también en nuestro compromiso y en nuestras fatigas cotidianas. Es un valioso servicio que debemos dar a este mundo nuestro, que a menudo no logra ya elevar la mirada hacia lo alto, no logra ya elevar la mirada hacia Dios.

El nacimiento de Buda


El Buda que fundó la religión budista actual se llama Buda Shakyamuni. Shakya es el nombre de la familia real en la que nació y muni significa ‘Ser Apto’.

Buda Shakyamuni nació en el año 624 a. de C. en Lumbini, lugar que en aquel tiempo pertenecía a la India y que hoy forma parte del Nepal. Su madre fue la reina Mayadevi, y su padre, el rey Shudhodana.

Una noche, la reina Mayadevi soñó que un elefante blanco descendía del cielo y entraba en su seno, señal de que acababa de concebir a un ser muy especial. El hecho de que el elefante descendiera del cielo significaba que el niño provenía de Tushita, la tierra pura de Buda Maitreya.

Meses más tarde, cuando la reina dio a luz, en lugar de sentir dolor, tuvo una maravillosa experiencia en la que se agarraba a la rama de un árbol con la mano derecha y los dioses Brahma e Indra recogían al niño, que nacía de su costado. Los dioses procedieron a venerar al infante y a ofrecerle abluciones.

Cuando el rey vio al niño, se llenó de alegría y sintió como si todos sus deseos se hubieran cumplido. Le puso el nombre de Sidharta y pidió a un brahmín que predijera el futuro del príncipe. El adivino examinó al infante con sus poderes de clarividencia y dijo: “Este niño será un rey chakravatin (monarca que gobierna el mundo entero) o un ser iluminado, hay señales que así lo indican. Puesto que la era de los reyes chakravatines ha pasado, se convertirá en un Buda y su beneficiosa influencia, al igual que los rayos del sol, iluminará a mil millones de mundos”

El Espíritu Santo conduce y penetra en la historia de Israel

El Antiguo Testamento nos ofrece preciosos testimonios sobre el papel reconocido del 'Espíritu' de Dios (como 'soplo', 'aliento', 'fuerza vital', simbolizado por el viento) no sólo en los libros que recogen la producción religiosa y literaria de los autores sagrados, espejo de la psicología y del lenguaje de Israel, sino también en la vida de los personajes que hacen de guías del pueblo en su camino histórico hacia el futuro mesiánico.

Es el Espíritu de Dios quien, según los autores sagrados, actúa sobre los jefes haciendo que ellos no sólo obren en nombre de Dios, sino también que con su acción sirvan de verdad al cumplimiento de los planes divinos, y por lo tanto miren no tanto a la construcción y el engrandecimiento de su propio poder personal o dinástico según las perspectivas de una concepción monárquica o aristocrática, sino más bien a la prestación de un servicio útil a los demás y en especial al pueblo. Se puede decir que, a través de esta mediación de los jefes, el Espíritu de Dios penetra y conduce la historia de Israel.

Ya en la historia de los patriarcas se observa que hay una mano superior, realizadora de un plan que mira a su 'descendencia', que los guía y conduce en su camino, en sus desplazamientos, en sus vicisitudes. Entre ellos tenemos a José, en quien reside el Espíritu de Dios como espíritu de sabiduría, descubierto por el faraón, que pregunta a sus ministros: "¿Podemos encontrar otro hombre que tenga en igual medida el espíritu de Dios?". (Gen 41, 38). El espíritu de Dios hace a José capaz de administrar el país y de realizar su extraordinaria función no sólo en favor de su familia y las ramificaciones genealógicas de ésta, sino con vistas a toda la futura historia de Israel.

También sobre Moisés, mediador entre Yahvéh y el pueblo, actúa el espíritu de Dios, que lo sostiene y lo guía en el éxodo que llevará a Israel a tener una patria y a convertirse en un pueblo independiente, capaz de realizar su tarea mesiánica. En un momento de tensión en el ámbito de las familias acampadas en el desierto, cuando Moisés se lamenta ante Dios porque se siente incapaz de llevar “…Yo solo no puedo soportar el peso de todo este pueblo: mis fuerzas no dan para tanto...” (Nm 11, 14), Dios le manda escoger setenta hombres, con los que podrá establecer una primera organización del poder directivo para aquellas tribus en camino, y le anuncia: “Yo bajaré hasta allí, te hablaré, y tomaré algo del espíritu que tú posees, para comunicárselo a ellos. Así podrán compartir contigo el peso de este pueblo, y no tendrás que soportarlo tú solo”. (Nm 11, 17). Y efectivamente, reunidos setenta ancianos en torno a la tienda del encuentro: “Entonces el Señor descendió en la nube y le habló a Moisés. Después tomó algo del espíritu que estaba sobre él y lo infundió a los setenta ancianos. Y apenas el espíritu se posó sobre ellos, comenzaron a hablar en éxtasis; pero después no volvieron a hacerlo”. (Nm 11, 25).

Cuando, al fin de su vida, Moisés debe preocuparse de dejar un jefe en la comunidad: “Que el Señor, el Dios que anima a todo viviente, ponga al frente de esta comunidad a un hombre que la guíe en todos sus pasos y al que ellos obedezcan en todo. Así la comunidad del Señor no estará como una oveja sin pastor" El Señor respondió a Moisés: "Toma a Josué, hijo de Nun, que es un hombre animado por el espíritu, e impone tu mano sobre él”. (Nm 27, 17-18), y Moisés le impone 'su mano' a fin de que también él esté “lleno del espíritu de sabiduría” (Dt 34, 9). Son casos típicos de la presencia y de la acción del Espíritu en los 'pastores' del pueblo.

A veces el don del espíritu es conferido también a quien, a pesar de no ser jefe, está llamado por Dios a prestar un servicio de alguna importancia en especiales momentos y circunstancias. Por ejemplo, cuando se trata de construir la 'tienda del encuentro' y el 'arca de la Alianza', Dios dice a Moisés: "Yo designé a Besalel - hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá - y lo llené del espíritu de Dios, para conferirle habilidad, talento y experiencia en la ejecución de toda clase de trabajos” (Ex 31, 2.3). Es más, incluso respecto a los compañeros de trabajo de este artesano, Dios añade: “Junto con él puse a Oholiab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan, y doté de una habilidad especial a todos los artesanos competentes, a fin de que puedan ejecutar lo que les he ordenado, a saber: la Carpa del Encuentro, el Arca del Testimonio, la tapa que la cubre y todo el mobiliario del Santuario” (Ex 31, 6.7).

Cuando se realiza el cambio histórico de los Jueces a los Reyes, según la petición de los israelitas que querían tener 'un rey para que nos juzgue, como todas las naciones' (1 Sm 8, 5), el anciano juez y liberador Samuel hace que Israel no pierda el sentimiento de la pertenencia a Dios como pueblo elegido y que quede asegurado el elemento esencial de la teocracia, a saber, el reconocimiento de los derechos de Dios sobre el pueblo. La unción de los reyes como rito de institución es el signo de la investidura divina que pone un poder político al servicio de una finalidad religiosa y mesiánica. En este sentido, Samuel, después de haber ungido a Saúl y haberle anunciado el encuentro en Guibeá con un grupo de profetas que vendrían salmodiando, le dice: “Entonces te invadirá el espíritu del Señor; entrarás en trance con ellos y serás cambiado en otro hombre”. (1 Sm 10, 6). Y efectivamente: “Apenas Saúl se dio vuelta para alejarse de Samuel, Dios le cambió el corazón, y aquel mismo día se cumplieron las señales. Desde allí, se dirigieron a Guibeá, y se encontraron con un grupo de profetas. Entonces lo invadió el espíritu de Dios y entró en trance en medio de ellos”. (1 Sm 10, 9.10).

También cuando llegó la hora de las primeras iniciativas de batalla: “El espíritu de Dios irrumpió sobre Saúl cuando este oyó esas palabras, y una violenta ira se apoderó de él”. (1 Sm 11, 6). Se cumplía así en él la promesa de la protección y de la alianza divina que había sido hecha a Samuel: “Cuando te hayan sucedido todas estas señales, haz todo lo que sea conveniente, porque Dios está contigo” (l Sm 10, 7). Cuando el espíritu de Dios abandona a Saúl, que es perturbado por un espíritu malo (Cfr. 1 Sm 16, 14), ya está en el escenario David, consagrado por el anciano: “Samuel con la unción por la que Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David. Samuel, por su parte, partió y se fue a Ramá”. (1 Sm 16, 13).

Con David, mucho más que con Saúl, toma consistencia el ideal del rey ungido por el Señor, figura del futuro Rey-Mesías, que será el verdadero liberador y salvador de su pueblo. Aunque los sucesores de David no alcanzarán su estatura en la realización de la realeza mesiánica, más aún, aunque no pocos prevaricarán contra la Alianza de Yahvéh con Israel, el ideal del Rey Mesías no desaparecerá y se proyectará hacia el futuro cada vez más en términos de espera, caldeada por los anuncios proféticos.

Por tanto, el santo espíritu del Señor (Is 42, 1; cfr. 61, 1 ss.; 63, 10-13; Sal 50/51, 13; Sab 1, 5; 9, 17), su 'soplo' (ruah), que recorre toda la historia bíblica, será dado en plenitud al Mesías. Ese mismo espíritu que alienta sobre el caos antes de la creación (Cfr. Gen 1, 2), que da la vid todos los seres (Cfr. Sal 103/104, 29.30; 33, 6; Gen 2, 7; 37, 5.6. 9.10) que suscita a los Jueces (Cfr. Jue 3, 10; 6, 34; 11, 29) y los Reyes (Cfr. 1 Sm 11, 6), que capacita a los artesanos para el trabajo del santuario (Cfr. Ex 31, 3; 35, 31), que da la sabiduría a José (Cfr. Gen 41, 38), la inspiración a Moisés y a los profetas (Cfr. Nm 11, 17. 25.26; 24, 2; 1 5 10, 6.10; 19, 20), como a David (Cfr. 1 Sm 16, 13; 2 5 23, 2), descenderá sobre el Mesías con la abundancia de sus dones (Cfr. Is 11, 2) y lo hará capaz de realizar su misión de justicia y de paz. “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones”. (Is 42, 1); “…no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley”. (42, 4).

¿De qué manera implantará el derecho y liberará a los oprimidos? ¿Será, tal vez, con la fuerza de las armas, como habían hecho los Jueces, bajo el Impulso del Espíritu, y como hicieron, muchos siglos después, los Macabeos? El Antiguo Testamento no permitía dar una respuesta clara a esta pregunta. Algunos pasajes anunciaban intervenciones violentas, como por ejemplo el texto de Isaías que dice: “Pisoteé a los pueblos en mi ira, los embriagué en mi furor, hice correr su sangre hasta el suelo.” (Is 63, 6). Otros en cambio, insistían en la abolición de toda lucha: “El será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra”. (Is 2, 4).

La respuesta debía ser revelada por el modo en que el Espíritu Santo guiaría a Jesús en su misión: por el Evangelio sabemos que el Espíritu impulsó a Jesús a rechazar el uso de las armas y toda ambición humana y a conseguir una victoria divina por medio de una generosidad ilimitada, derramando su propia sangre para liberarnos de nuestros pecados. Así se manifestó de manera decisiva la acción directiva del Espíritu Santo.

Los Jardines Colgantes de Babilonia


Son considerados una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, y fueron construidos en el siglo VI a. C. durante el reinado de Nabucodonosor II en la ciudad de Babilonia (la Babel de los textos bíblicos), a orillas del río Éufrates.

Hacia el año 600 A. C., Nabucodonosor II, rey de los caldeos, quiso hacer a su esposa Amytis, hija del rey de los medos, un regalo que demostrara su amor por ella y le recordara las hermosas montañas de su florida tierra, tan diferentes de las grandes llanuras de Babilonia.

Según una leyenda, en cambio, los jardines habrían sido construidos en el siglo XI a. C. Pero entonces reinaba en Babilonia Shammuramat, llamada Semíramis por los griegos, como regente de su hijo Adadnirari III. Fue una reina valiente, que conquistó la India y Egipto. Pero no resistió que su hijo conspirara para derrotarla, y terminó suicidándose. Pertenece a la Mesopotamia antigua y es parte de las siete maravillas del mundo antiguo.

Con la posible decadencia de Babilonia y el fin del Imperio neobabilónico, los jardines fueron abandonados progresivamente. Cuando Alejandro Magno llegó a la ciudad en el siglo IV a.C., los jardines ya estaban parcialmente en ruinas y totalmente abandonados. Finalmente los jardines fueron destruidos por el rey Evemero en el año 125 a.C.

Los jardines estaban junto al palacio del Rey, contiguo al río, para que los viajeros los pudieran contemplar ya que el acceso estaba prohibido al pueblo. Desde la más alta de las terrazas se situaba un depósito de agua desde el cual corrían varios arroyos.

Los Jardines Colgantes de Babilonia no "colgaban" realmente en el sentido de estar suspendidos por cables o cuerdas. El nombre proviene de una traducción incorrecta de la palabra griega kremastos o del término en latín pensilis, que significa no justamente "colgar" pero si "sobresalir", como en el caso de una terraza o de un balcón.

El geógrafo griego Estrabón, quién describió los jardines en el siglo I a. C., escribió:

“Éste consta de terrazas abovedadas alzadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Éstas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas, y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto.”

Las excavaciones arqueológicas más recientes en la antigua ciudad de Babilonia, en el actual territorio de Irak destaparon el asentamiento del palacio. Otros hallazgos incluyen la construcción abovedada con paredes gruesas y una irrigación cerca del palacio meridional.

Un grupo de arqueólogos examinó el área meridional del palacio y rehicieron la construcción abovedada como los Jardines Colgantes. Sin embargo, el historiador griego Estrabón había indicado que los jardines estaban situados en el río Éufrates, mientras que la construcción abovedada esta alejada varios cientos de metros. Reconstruyeron el lugar del palacio y localizaron los Jardines en el área que se extendía del río al palacio.

En la orilla del río, las paredes recientemente descubiertas de 25 metros de espesor pudieron estar escalonadas en forma de terrazas, tal como las describen las referencias griegas. Sin embargo, hay pocas pruebas para cualquiera de estas teorías, pues no se menciona nada en los numerosos documentos babilónicos de la época.

El Niño Fidencio


Fue un famoso curandero mexicano, y su nombre verdadero fue José de Jesús Fidencio Constantino Síntora, venerado ahora por la Iglesia Fidencista Cristiana. La Iglesia Católica no le reconoce status oficial de santo, pero su culto se ha extendido por gran parte del norte de México y el sur de Estados Unidos. Uno de los capítulos menos conocidos de la historia paranormal mexicana consiste en la historia del extraño curandero conocido como "El Niño Fidencio" cuyo increíble historial de curaciones causó sensación en los primeros años del siglo 20. Nacido el 17 de octubre de 1898 en Yuriria, Guanajuato, México, fue el numero catorce de una familia con veinte hijos. A los seis años, su madre lo dejó en un pueblo cercano en una escuela de una sola aula y nunca regresó por el. Fue recogido por los padres de un compañero de clase, Enrique López de la Fuente, en cuya casa trabajaba a cambio de alojamiento y comida.

Se decía que el joven Fidencio: "deambulaba por las calles iluminando con la fe, sanando a los enfermos y buscando fervientemente la tierra santa, como Dios le había mandado a hacer."

Mientras tanto, su amigo Enrique López se había hecho un nombre por sí mismo como un oficial de la Revolución Mexicana; huyendo de Pancho Villa encontró refugio en un rancho propiedad de un emigrante alemán en el pueblo de Espinazo, Nuevo León. Recordando a su amigo Fidencio que tenía una gran habilidad como cocinero y mayordomo lo hizo llamar. Fidencio viviría en ese pueblo durante más de una década, ya que su reputación como curandero aumentó a pasos agigantados, sobre todo como partera masculina, el utilizaba solo fragmentos de vidrios duros, hilos del hogar y agujas para suturar a las heridas, eran sus únicos instrumentos para la realización de cesáreas. La reputación del curandero se extendió a lo largo y ancho del país, y al igual que en un cuento de hadas, llego a los oídos del hombre más poderoso de México en ese entonces: Plutarco Elías Calles, presidente de México. Investigadores del gobierno federal fueron enviados desde la capital hacia el remoto norte para ver exactamente lo que estaba pasando, y un informe oficial describe las curaciones de Fidencio como nada menos que "milagroso".

El Presidente de la Republica Mexicana fue a Espinazo en busca de "sanación espiritual", pero lo más importante, un remedio para la "enfermedad vergonzosa" que lo aquejaba. El 8 de febrero de 1928, el tren presidencial se detuvo en el pueblo, impresionando a los aldeanos, que nunca esperaba ver tan augusta compañía en medio de ellos. Una vez dentro de la casa Fidencio, el presidente Calles se reunió en privado con el curandero y el tema de la discusión sigue siendo desconocido hasta hoy. El único hecho es que el ejecutivo se encerró con el curandero durante tres horas. Después de ese período de tiempo transcurrido, la comitiva presidencial vio salir a Fidencio de la habitación sin hacer frente a ellos. Más horas pasaron, y el general Almazán, uno de los principales asesores, se estaba poniendo nervioso. ¿Qué estaba pasando en la habitación, y que hacia el Niño Fidencio? No pudiendo esperar más, y en vista del hecho de que Fidencio no había regresado, el general irrumpió en la habitación, sólo encontró al presidente desnudo sentado en una silla de madera, cubierto de una gruesa capa de miel, de la cabeza a los pies. Visiblemente molesto, el general ordenó a sus guardias encontrar al curandero. Lo encontraron muy pronto, jugando con algunos de sus pacientes con discapacidad.

El trabajo del curandero debió de haber sido sorprendente ya que el Presidente Calles recompenso sus buenos servicios mediante la construcción de un acueducto que transportaba el agua directamente a Espinazo desde una distancia de treinta kilómetros además de más trenes cargados de suministros para los habitantes y los pacientes. Nunca se sabrá la verdad sobre la curación milagrosa del presidente Calles fue por los poderes Niño Fidencio, si es que en realidad tenía. Pero el interés político en la asistencia de otro mundo no se circunscribe a ese momento en particular en los primeros años del siglo 20. El Niño Fidencio murió a la edad de 40 años el 19 de octubre de 1938. Según el acta de defunción su muerte se determinó como muerte natural. Se atribuye su muerte a consecuencia de las largas jornadas de trabajo que realizaba para curar a sus enfermos que llegaban a ser hasta de 48 horas, a veces sin probar alimento, lo cual fue minando su salud hasta llevarlo a un agotamiento irreversible. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Santa Laura Montoya


Laura Montoya, "La Madre Laura" nació en Jericó, Estado Soberano de Antioquia, Estados Unidos de Colombia, el 26 de mayo de 1874. Fue bautizada el mismo día de su nacimiento con el nombre de María Laura de Jesús. Hija de Juan de la Cruz Montoya y María Dolores Upegui, tuvo dos hermanos: Carmelina, que era mayor y Juan de la Cruz, su hermano menor. Debido a la precaria situación económica de su madre, Laura fue dejada en un hogar de huérfanos en Robledo, el cual era dirigido por su tía María de Jesús Upegui, religiosa fundadora de la Comunidad de Siervas del Santísimo y de la Caridad. Sin haber recibido instrucción previa, su tía la inscribió a los 11 años de edad como externa en el Colegio del Espíritu Santo, una institución educativa frecuentada por niñas de clase alta de la ciudad. No obstante, en razón de las adversidades que vivieron al habitar un hogar de huérfanos, sin dinero para comprar libros mientras estudiaba en un colegio de clase alta, se sintió marginada y al finalizar el año se retiró de la institución.

Cuando Laura tenía 16 años, la familia decidió que ella debía hacerse maestra para ayudar económicamente a su madre y hermanos. De esta manera, se presentó a la Escuela Normal de Institutoras de Medellín y obtuvo una beca del gobierno. Para su sustento al inicio de sus estudios, su tía María de Jesús le dio alojamiento, ofreciéndole a cambio dirigir el manicomio. Al poco tiempo se presentó una vacante en el internado y pasó a habitar en la misma Escuela, obteniendo excelentes resultados en sus estudios.

En agosto de 1895 fue nombrada maestra en la Escuela Superior Femenina de Fredonia. La apertura de otro Colegio de señoritas en Fredonia por parte del cura del pueblo propició un reto para Laura que no llegó a afectar su buen desempeño en la Escuela Superior Femenina, pues terminó siendo preferida por la población. El 23 de febrero de 1897 fue trasladada a Santo Domingo. Allí decidió dar catolicismo a los niños en el campo. Mientras desarrollaba su carrera pedagógica, cultivó la mística profunda y la oración contemplativa. Debido a su experiencia docente, su prima Leonor Echavarría le ofreció colaborar en la dirección del recién inaugurado Colegio de la Inmaculada en Medellín.

Practicó la literatura, escribió más de 30 libros en los cuales narró sus experiencias místicas con un estilo comprensible y atractivo. Su autobiografía se titula "Historia de la Misericordia de Dios en un alma". Pasó sus últimos 9 años de vida en silla de ruedas. Falleció en Medellín el 21 de octubre de 1949, tras una larga y penosa agonía. La congregación de misioneras contaba con 90 casas en el momento de su muerte y estaba conformada por 467 religiosas que trabajaban en tres países.

La causa para la beatificación de la Madre Laura fue introducida el 4 de julio de 1963 por la Arquidiócesis de Medellín. El 11 de julio de 1968 la congregación religiosa de misioneras fundada por ella recibió la aprobación pontificia. Fue declarada Sierva de Dios en 1973 por el papa Pablo VI y posteriormente declarada venerable el 22 de enero de 1991 por el papa Juan Pablo II. El propio Juan Pablo II la beatificó el día 25 de abril de 2004 en una ceremonia religiosa realizada en la Plaza de San Pedro en Roma en presencia de 30.000 fieles. El arzobispo de Medellín Alberto Giraldo Jaramillo erigió por medio del Decreto 73 de 2004 el Santuario en donde reposan las reliquias de la Madre Laura. Posteriormente el Congreso de Colombia aprobó la ley 959 del 27 de junio de 2005 por la cual se le rinde homenaje a la Madre Laura y reconocimiento a su obra evangelizadora. Su fiesta se celebra el 21 de octubre.

El día 20 de diciembre del año 2012 en Ciudad del Vaticano, el cardenal Ángelo Amato dio a conocer que el Papa Benedicto XVI dio la autorización para la canonización de la beata, siendo la primera persona de nacionalidad colombiana quien sería reconocida como santa en la Iglesia Católica. La fecha final para la celebración del rito de canonización se anunció el 11 de febrero de 2013. Su canonización se realizó el 12 de mayo de 2013. A esta ceremonia a la que asistieron aproximadamente 80 mil personas y que se realizó en la Plaza de San Pedro de El Vaticano, asistió también una importante delegación de colombianos encabezada por el presidente de Colombia Juan Manuel Santos como también el médico Carlos Eduardo Restrepo en compañía de su familia y los médicos que dieron testimonio de este milagro. Durante la ceremonia, el Papa Francisco dijo:

“Esta primera santa nacida en la hermosa tierra colombiana nos enseña a ser generosos con Dios, a no vivir la fe solitariamente – como si fuera posible vivir la fe aisladamente -, sino a comunicarla, a irradia la alegría del Evangelio con la palabra y el testimonio de vida allá donde nos encontremos. Nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo, que corroe las comunidades cristianas y corroe nuestro propio corazón, acogiendo a todos sin prejuicios ni reticencias, con auténtico amor, dándoles lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo, compartiendo con ellos lo más valioso que tenemos, que son, no son nuestras obras o nuestras organizaciones: Cristo y su Evangelio”.

Santa Madre María Guadalupe García Zavala


Religiosa mexicana, cofundadora de la Congregación de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres. Nació en Zapopan Jalisco, México, el 27 de abril de 1878. Sus padres fueron Fortino García Venegas y Refugio Zavala Orozco de García. Recibió el sacramento del bautismo en la parroquia de San Pedro Apóstol en Zapopan. Recibió la primera comunión el 8 de septiembre de 1887, en la basílica de Zapopan. A los 20 años de edad comenzó a participar en la Conferencia de la Beata Margarita, filial a la conferencia de San Vicente de Paúl. Esta Conferencia se dedicaba exclusivamente a obras de caridad. Tuvo un noviazgo con Gustavo Arreola, y estando prometida en matrimonio a los 23 años, sintió la llamada del Señor Jesús para consagrarse a la vida religiosa y especialmente dedicarse a los enfermos y a los pobres.

Lupita le contó sus inquietudes a su director espiritual el padre Cipriano Iñiguez Martín del Campo, quién apoyó a la madre Lupita a fundar una Congregación Religiosa para atender a los enfermos del Hospital, así juntos el 31 de octubre de 1901, funda la Congregación Religiosa de "Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres". Juntos procuraron atender a los enfermos, en aquel entonces con muchas carencias materiales y buscando siempre apoyarlos espiritualmente. Durante las épocas de crisis la orden se vio obligada a mendigar por las calles para obtener fondos.

A partir de 1911 la vida religiosa se vio crudamente perseguida por diferentes revolucionarios como lo fue bajo Venustiano Carranza, Álvaro Obregón y sobre todo bajo la persecución religiosa a cargo de Plutarco Elías Calles bajo la llamada Ley Calles. Este fue un periodo sangriento de persecución que no terminó antes de 1936. En ese tiempo el ser religioso o sacerdote significaba un peligro de muerte. Las hermanas de la madre Lupita durante este periodo arriesgando su vida ocultaron en el hospital al entonces Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez y a otros sacerdotes.

En la vida de la madre Lupita se abrieron 11 congregaciones por en México y actualmente cuentan con 22 fundaciones de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres en este país además de Perú (Misión en Camporredondo, Asilo de Ancianos y Noviciado en Chachapoyas, ambos en el Depto. de Amazonas), Estados Unidos, Islandia, Grecia e Italia. La Madre Lupita murió, el 24 de junio de 1963 en Guadalajara, Jalisco, México a la edad de 85 años.

Beatificada el 25 de abril de 2003 bajo aprobación de la Congregación para las Causas de los Santos la cual reconoció a finales de diciembre de 2003 un milagro atribuido a la madre Lupita. Fue canonizada el 12 de mayo de 2013 en Roma por el Papa Francisco siendo esta su primera ceremonia de canonización junto a otros santos.

¿Qué es una canonización?



La canonización es el acto mediante el cual la Iglesia católica, en ambos ritos (Oriental y Occidental), declara como santo a una persona fallecida. Este proceso comprende la inclusión de dicha persona en el canon, o lista de santos reconocidos. Anteriormente, los individuos eran reconocidos como santos sin requerimientos o procesos formales. La canonización, sea formal o informal, no santifica a ninguna persona. Se trata de una declaración de que ella fue santa al momento de su muerte, con anterioridad al mismo proceso de canonización.

La Iglesia católica, en ambos ritos, posee un mecanismo formal continuo para llevar a cabo el proceso de canonización de una persona. Asimismo la Iglesia ortodoxa también tiene sus formas y mecanismos de Canonización. Actualmente las canonizaciones se efectúan después de un proceso judicial, llamado Proceso de Beatificación y Canonización, o simplemente proceso de canonización. Se puede definir como el proceso que dilucida la duda acerca de la santidad de una persona. Existen dos vías para llegar a la declaración de canonización:

La vía de virtudes heroicas
La vía de martirio

En el proceso de canonización se establece la duda procesal de si el candidato a santo (o siervo de Dios) ha vivido las virtudes cristianas en grado heroico, o si ha sufrido martirio por causa de la fe. Además, para llegar a la canonización se requiere de la realización confirmada de uno o dos milagros. La canonización se lleva a cabo mediante una solemne declaración papal de que una persona está, con toda certeza, contemplando la visión de Dios. El creyente puede rezar confiadamente al santo en cuestión para que interceda en su favor ante Dios.

El nombre de la persona se inscribe en la lista de los santos de la Iglesia y a la persona en cuestión se la "eleva a los altares", es decir, se le asigna un día de fiesta para la veneración litúrgica por parte de la Iglesia católica. El tiempo transcurrido entre la muerte y la canonización de los santos ha sido sumamente variable: desde siglos —tal el caso de san Pedro Damián, canonizado 756 años tras su muerte—, hasta menos de un año. Entre estos últimos casos, pueden citarse los ejemplos de san Antonio de Padua, canonizado 352 días después de su deceso, y de san Pedro de Verona, cuyo proceso de canonización tuvo una duración de tan solo 337 días.

En el año 1588 el Papa Sixto V puso el proceso en manos de la Congregación para las Causas de los Santos y del Santo Padre, que se encarga de estudiar, comprobar y verificar todo el proceso. Hay cinco pasos en el proceso oficial de la causa de los santos transcurridos cinco años desde la muerte del candidato o candidata:

Etapa Inicial:

- se postula la Causa
- la persona es declarada "Siervo de Dios"
- la persona es declarada "Venerable"
- beatificación, la persona es declarada "Beato" (requiere de un milagro atribuido al candidato)
- canonización, la persona es declarada "Santa" (requiere de la autenticación de otro milagro)

Con el título de Venerable se reconoce que un fallecido vivió virtudes heroicas. Esta declaración la hace el Cardenal correspondiente a la zona geográfica donde vivió esa persona, en la catedral, basílica más importante de esa zona.

Se reconoce por el proceso llamado de beatificación. Además de los atributos personales de caridad y virtudes heroicas, se requiere un milagro obtenido a través de la intercesión del Siervo de Dios y verificado después de su muerte. El milagro no es requerido si la persona ha sido reconocida mártir. La beatificación la hace el Papa o un Cardenal en nombre del Papa, generalmente en la Basílica de San Pedro o en la Plaza de San Pedro del Vaticano. En algunos casos, puede que la Ceremonia de Beatificación, se efectúe en el lugar de nacimiento de la persona a beatificar.

Con la canonización, al beato le corresponde el título de santo. Para la canonización hace falta otro milagro (en total dos milagros o un milagro más haber muerto como mártir) atribuido a la intercesión del beato y ocurrido después de su beatificación. Al igual que ocurre en el proceso de beatificación, el martirio no requiere habitualmente un milagro. Esta canonización la hace el Papa en la Basílica de San Pedro o en la Plaza de San Pedro del Vaticano. En la actualidad, se efectúa en algunos casos en el País de Origen del Beato a canonizar. Mediante la canonización se concede el culto público en la Iglesia católica. Se le asigna un día de fiesta y se le pueden dedicar iglesias y santuarios. No existe un cómputo preciso de quiénes han sido proclamados santos desde los primeros siglos.

Una mesa para todos - Jesús y la doble multiplicación de los panes - (Segunda Parte)



Cuando los primeros cristianos, poco después de morir Jesús, empezaron a predicar el Evangelio a los paganos, sintieron la necesidad de dejar en claro que también ellos estaban llamados a participar de la Eucaristía y a recibir el cuerpo de Jesús; que Jesús no había venido a salvar únicamente a los judíos sino también a los paganos. Y la forma que encontraron de hacerlo fue mediante la creación de un relato paralelo de la multiplicación de los panes, muy parecido al anterior, pero en vez de estar ubicado en la orilla occidental del lago de Galilea, situara a Jesús en la margen oriental (Mc 7,31), ya que el lado oriental del lago no era territorio judío sino pagano.

Así se explica porqué actualmente existen en los evangelios dos relatos de la multiplicación de los panes. Y así también se entiende porqué, cuando los comparamos, los dos relatos tienen detalles muy diferentes. Si ahora comparamos los dos relatos desde esta perspectiva, podremos entender mejor el sentido de las divergencias que hay entre uno y otro:

- En el primer relato, la gente se reunió en grupos de 100 y de 50 personas para comer (Mc 6,40); porque el pueblo de Israel, durante su marcha por el desierto con Moisés, estaba organizado en grupos de 100 y de 50 (Ex 18,25; Dt 1,15). En el segundo relato, la gente se organizó espontáneamente para comer, lo que muestra la libertad de las naciones gentiles frente a las estructuras judías.

- En el primer milagro, los apóstoles toman la iniciativa y se afligen por el hambre de la gente (Mc 6,35-36), lo cual muestra la preocupación de los primeros cristianos por transmitir el Evangelio a los judíos. En el segundo milagro, la gente esperó tres días sin comer y los apóstoles no reaccionaron, hasta que Jesús les hizo advertir el hambre de ellos (Mc 8,1-3), señalando así el recelo y la demora de los primeros cristianos en predicar el Evangelio a los paganos.

- En el primer milagro, Jesús siente lástima de la gente “porque estaban como ovejas sin pastor” (Mc 6,34). Se cita, así, una profecía de Ezequiel (Ez 34,5-6), que anunciaba que Dios se iba a ocupar del hambre de su pueblo (Ez 34,13). En cambio en el segundo milagro, Jesús siente lástima de la gente “porque llevan tres días sin comer” (Mc 8,2). Indica que también los paganos, aunque no entraban en la profecía, son amados por Dios, y por eso él se ocupa de su hambre.

- En el primer milagro, la gente se recuesta “en la hierba verde” (Mc 6,39). Es una alusión al Salmo 22, muy conocido por los judíos, donde se dice: “Dios es mi pastor, nada me falta; en hierbas verdes me hace recostar” (Sal 22, 1.2). En cambio en el segundo milagro la gente se sienta “sobre la tierra” (Mc 8,6), que simboliza la universalidad, la totalidad del mundo, de donde venían los paganos.

- En la comida con los judíos, las sobras de pan se recogieron en doce “canastas” (Mc 6,43); la palabra griega usada (kófinos) indica los recipientes pequeños, tejidos de caña y mimbre, comúnmente usados por los judíos. En cambio en la comida con los paganos, las sobras se recogieron en siete “cestas” (Mc 8,8); aquí el término griego (spyrís) alude a los recipientes grandes de cuerda, empleados por los paganos para sus provisiones; el gran tamaño de estas cestas, a diferencia de las primeras, indica la multitud de los pueblos paganos invitados a la Eucaristía.

- En el primer milagro, Jesús tomó los panes y “pronunció la bendición” (Mc 6,41). En cambio en el segundo Jesús tomó los panes y “dio gracias” (Mc 8,6). Las dos palabras significan lo mismo, y se refieren al acto de bendecir a Dios por los alimentos antes de comer. Pero “pronunciar la bendición” (euloguéin, en griego) es la expresión típica que empleaban los judíos en su círculo familiar, mientras que “dar gracias” (eujaristéin, en griego) es la fórmula que se empleaba en los ambientes griegos, es decir, paganos, y por lo tanto más correcta para la bendición de Jesús en el segundo grupo de gente.

Estos detalles son simbólicos y están referidos a esos dos ámbitos lo confirma una escena posterior del Evangelio. Cuando Jesús, poco después del segundo reparto de panes, nota la intranquilidad de los discípulos que se sentían descontentos por tener que ir a misionar al extranjero, les dice: “¿Aún no entienden? ¿Es que tienen la mente embotada? ¿No se acuerdan cuando repartí los 5 panes a los 5.000? ¿Cuántos canastos de sobras recogieron?” Los discípulos le dijeron: “Doce”. “Y cuando repartí los 7 entre los 4.000, ¿cuántas cestas de trozos recogieron?” Le dijeron: “Siete”. “¿Y todavía no entienden?” (Mc 8,14-21). Este diálogo de Jesús y sus discípulos muestra la importancia que tenían los números simbólicos de la multiplicación de panes. Querían significar que tanto el pueblo judío (los 5.000) como el pueblo pagano (los 4.000) estaban llamados a formar un solo pueblo, cada uno con sus particularidades, características y rasgos propios, pero unidos bajo la autoridad y el amor del Señor, y compartiendo el mismo pan.

Qué grande debió de haber sido la sensibilidad de los primeros cristianos, que ante la preocupación de que los paganos se sintieran excluidos y se quedaran lejos de la Eucaristía, dejaron expresamente aclarado que el Maestro de Nazaret era maestro de todos y había venido para todos. Los cristianos modernos no tienen esa misma sensibilidad. Al contrario, muchos consideran la comunión dominical como un premio exclusivo para algunos, un reconocimiento para los que han sido buenos, una recompensa por la santidad personal, un homenaje a las obras meritorias que hicieron durante la semana.

Pero la comunión es el alimento de los débiles, de los que no encuentran el rumbo y acuden a Jesucristo para que los levante de sus miserias y ponga un poco de luz en sus vidas. Y en vez de criticar a quienes van a comulgar, debería dolernos descubrir cómo cada vez más gente está alejada de la comunión, o incluso indiferente; y por ello, alejada de nuestra asamblea, de nuestro servicio, de nuestra atención. Quienes crearon el segundo relato de la multiplicación de los panes imaginaron una escena que históricamente no existió, pero que reflejaba perfectamente la voluntad de Jesús: que nadie quedara lejos de su pan, de su amor, de su amistad. Hoy sigue siendo el sueño de nuestra Iglesia: que millones de hermanos, que están confundidos, alejados y desorientados, vuelvan a acercarse a la comunidad cristiana y se sientan cómodos en ella, sin ser marginados ni rechazados, para que Jesús pueda repartirles su pan. Un pan que la Iglesia tarda demasiado en hacerles llegar.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Editorial san Pablo
(Argentina)

martes, 14 de mayo de 2013

Los 800 mártires de Otranto


El 29 de julio de 1480, a primeras horas de la mañana, desde las murallas de Otranto se hizo visible en el horizonte una flota de 90 galeras, 15 mahonas y 48 galeotas, con 18 mil soldados a bordo. La armada era guiada por el Bajá Gedik Ahmed, que estaba a las órdenes de Mahoma II, llamado Fatih, el Conquistador, o sea el sultán que en 1451, apenas a los 21 años, había ascendido a jefe de la tribu de los otomanos.

En 1453, guiando un ejército de 260 mil turcos, Mahoma II conquistó Bizancio, la "segunda Roma", y desde entonces abrigaba el proyecto de llegar a la Roma verdadera y transformar la Basílica de San Pedro en establo para sus caballos. En junio de 1480 juzgó maduro el tiempo para completar la obra: quitó el asedio a Rodi, defendida con coraje por sus caballeros, y dirigió su flota hacia el mar Adriático. Otranto era –y es– la ciudad más oriental de Italia. La importancia de su puerto le había hecho asumir el papel de puente entre oriente y occidente.

Circundado por el asedio, el castillo, dentro de cuyas murallas se habían refugiado todos los habitantes del barrio, estaba defendida por solo 400 soldados que no tardaron en abandonar la ciudad, quedando en ella solo sus habitantes. Los turcos se acercaron a la ciudad de Otranto, con unas 150 naves y más de 15.000 hombres. La ciudad tenía 6.000 habitantes y había sido abandonada por las milicias aragonesas, empeñadas en Toscana. Apenas comenzado el asedio, que duró unos 15 días, se les intimó la rendición como renuncia a la fe en Cristo y conversión al Islam. Al ser rechazada, bombardearon la ciudad, que cayó en manos de los invasores el 12 de agosto. El ejército enardecido masacró sin piedad a quien se ponía a golpe de cimitarra.

Después de quince días de asedio, al amanecer del 12 de agosto, los otomanos concentran el fuego contra uno de los puntos más débiles de las murallas, abren una brecha, irrumpen en las calles, masacran a quien se le ponía a tiro y llegan a la catedral donde se había refugiado buena parte de los habitantes. Llegando a la catedral, donde se habían refugiado una buena parte de los habitantes, los otomanos derribaron la puerta y cercaron al arzobispo Stefano Pendinelli, que estaba celebrando la Santa Misa y distribuyendo la Eucaristía a los presentes. Monseñor Pendinelli fue horriblemente despedazado en el acto. Junto al prelado, mataron a los canónigos, religiosos y demás fieles que se encontraban en el templo.

Entre aquellos héroes hubo uno de nombre Antonio Primaldo, sastre de profesión, avanzado de edad, quien, en nombre de todos, afirmó: "Todos creemos en Jesucristo, Hijo de Dios, y estamos dispuestos a morir mil veces por Él". El Bajá Gedik Ahmed decreta la condena a muerte de todos los 800 prisioneros. A la mañana siguiente estos son conducidos con sogas al cuello y con las manos atadas a la espalda a la colina de la Minerva, pocos cientos de metros fuera de la ciudad. Repitieron toda la profesión de fe y la generosa respuesta dada antes; por lo que el tirano ordenó que se procediese a la decapitación y, antes que a los otros, fuese cortada la cabeza al viejo Antonio Primaldo.

Dobló la frente, se le cortó la cabeza, pero el cuerpo se puso de pie: y a pesar de los esfuerzos de los asesinos, permaneció erguido inmóvil, hasta que todos fueron decapitados. El prodigio evidentemente estrepitoso habría sido una lección para la salvación de los musulmanes. Un solo verdugo de nombre Berlabei, valerosamente creyó en el milagro y, declarándose en alta voz cristiano, fue condenado a la pena del palo.

Los cuerpos inertes quedaron a la intemperie durante un año en el lugar del suplicio, donde fueron encontrados incorruptos por las tropas enviadas para liberar Otranto. En junio de 1481, los restos fueron llevados a la iglesia cercana “a la fuente de la Minerva” y trasladados el 13 de octubre siguiente a la Catedral. A comienzos de 1500 se erigió una capilla dentro de la Catedral para acoger definitivamente las reliquias, meta constante de peregrinaciones. Antonio Primaldo y sus compañeros fueron de inmediato reconocidos mártires por la población y cada año la Iglesia local, el 14 de agosto, celebra devotamente su memoria. El 14 de diciembre de 1771 fue emanado el decreto de confirmación del culto ab immemorabili tributado a los mártires.

En 1988 fue nombrada por el entonces arzobispo de Otranto, monseñor Vincenzo Franco, la comisión histórica. En los años 1991-1993 se realizó la investigación diocesana, reconocida válida por la Congregación para las Causas de los Santos el 27 de mayo de 1994. El 6 de julio de 2007, Benedicto XVI aprobó el decreto con el que se reconocía que los Beatos Antonio Primaldo y compañeros habían sido asesinados por su fidelidad a Cristo. "Nuestra diócesis esperaba este momento desde hace tiempo --escribe el arzobispo de Otranto, monseñor Donato Negro-- en una época de crisis profunda, la inminente canonización de nuestros mártires es una fuerte invitación a vivir hasta el fondo el martirio cotidiano, hecho de fidelidad a Cristo y a su Iglesia”. El milagro reconocido, necesario para el citado decreto, se refiere a la curación de un cáncer de Sor Francesca Levote, religiosa profesa de las Hermanas Pobres de Santa Clara"

Benedicto XVI fijó la fecha de canonización en el Consistorio Ordinario Público del pasado 11 de febrero. El domingo 12 de mayo de 2013, el papa Francisco canonizo a los 800 mártires de Otranto y dijo durante la ceremonia:

Hoy la Iglesia propone a nuestra veneración una multitud de mártires, que juntos fueron llamados al supremo testimonio del Evangelio, en 1480”.

“Casi 800 personas, supervivientes del asedio y de la invasión de Otranto, fueron decapitadas en las afueras de la ciudad. No quisieron renegar de la propia fe y murieron confesando a Cristo resucitado. ¿Dónde encontraron la fuerza para permanecer fieles? Precisamente en la fe, que nos hace ver más allá de los límites de nuestra mirada humana, más allá de la vida terrena, hace que contemplemos ‘los cielos abiertos’ – como dice san Esteban – y a Cristo vivo a la derecha del Padre”.

“Dios no dejará que nos falten las fuerzas ni la serenidad. Mientras veneramos a los Mártires de Otranto, pidamos a Dios que sostenga a tantos cristianos que, precisamente en estos tiempos y en tantas partes del mundo, ahora, todavía sufren violencia, y les dé el valor para ser fieles y para responder al mal con el bien”